Vía portuguesa

Hace poco más de un par de años, el quince de junio de 2011, Artur Mas tenía que acceder en un helicóptero al Parlament. El edificio estaba rodeado por un grupo de manifestantes que increparon a la mayoría de diputados. Felip Puig, el capità collons pedía más dureza, y la hubo, pero hubo otra gente, escasa, que buscó otro camino. No se podía enfrentarse directamente al malestar, ni ver conspiraciones. Revertirlo era imposible por la situación de (casi) quiebra; la única opción era encauzarlo. Veintisiete meses después es evidente que la escena ha cambiado. Artur Mas publica artículos en el NYT y lidera, o se apropia el liderazgo, de la cadena humana que ha vertebrado simbólicamente Catalunya (mientras el Congreso sufría una gotera; la inclemencia del azar).

Alguna de esa gente inteligente se fijó, por ejemplo, en Portugal, donde la conciencia colectiva de país atenuaba la dureza de los recortes y, aparentemente, sofocaba cualquier estallido social. El habitual desprecio español hacia el oeste impedía fijarse en ese ejemplo. Más exactamente, el habitual desprecio español hacia todo impedía fijarse en nada. Había que importar para Catalunya ese concepto de dignidad nacional para que el proyecto común se impusiera al malestar social, para que ese objetivo se ofreciera al grupo, cada vez más numeroso, de gente sin nada que perder y, en fin, para que la sensación de grupo se impusiera a la de saqueo de unos por otros. El concepto de lucha de clases, renacido por la evidencia de la miseria, debía quedar deslumbrado por el nuevo amanecer de la construcción nacional. Todo en positivo.

A priori, el objetivo está conseguido y queda perfectamente expuesto en un tuit de CiU escrito desde el subconsciente: “Tant important és la #consulta com la recuperació econòmica. L’agenda social i la nacional són la mateixa”. Todo es uno, todos somos uno. Mueva la bandera y olvídese de la política. No es algo extraño en este trozo del mundo. No hay gente que cada vez paga menos impuestos redistributivos y gente que cada vez paga más tasas extractivas; no hay gente que se lleva el dinero del hospital de Sant Pau y gente que no es atendida. Todos somos uno. Y, si estás abajo, dignidad, silencio, no te muevas, no te organices, no luches, súmate al colectivo ya formado. Todos somos uno.

PD: No es probable que, desde Madrid, haya mucha gente inteligente con ánimo de embridar ese malestar (sí hay uno: Matabosch, del Liceu, nuevo director del Teatro Real). Los puentes requieren topógrafos e ingenieros, pero basta un poco de dinamita para volarlos. Sobrarán capitanes cojones y vaya usted a saber cómo acabará la cosa porque, si algo no quiere CiU, es tener que tomar decisiones.

PD2: Si la cosa acaba en independencia, pediré mi pasaporte. Catalán es quien vive y trabaja en Catalunya, decía el Estatuto, luego fui catalán diez años.

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