Un catorce de noviembre de 2003

Es probable que buena parte de los análisis que se publicarán mañana sobre el anuncio de la consulta catalana partan de la idea de que todo estaba, y está, planeado. El Govern había previsto el día del anuncio, la inauguración del simposio, y tiene claro su distribución de actuaciones: intentar legalizar la consulta en el Parlamento y, tras el rechazo, convocatoria electoral plebiscitaria. El Gobierno también había dispuesto su reacción y sabe lo que tiene que hacer tanto en las Cortes, como en los tribunales, sobre todo, en el Constitucional.

Pero es probable que no. Los libros de historia, cuando son escritos por sus protagonistas y descienden a la crónica, suelen desvelar una gran participación del azar. En su libro sobre el Congreso de Viena, Harold Nicolson explica cómo las personalidades del persuasivo francés Talleyrand, el taciturno inglés Castlereagh y el altivo español Labrador fueron decisivas en el papel de sus respectivos países y que la vida social, saber bailar o ser gracioso, fue casi tan importante como las reuniones de trabajo. Pero es más atractivo pensar que Metternich lo tenía todo pensado.

En 2003, explica Miguel Ors, apenas un 3 % de catalanes estaban interesados en una reforma de su estatuto. Sin embargo, Pasqual Maragall hizo de esta cuestión un eje de su campaña para ganar espacio al nacionalismo donde CiU presentaba a Mas por primera vez. Quizá, de fondo, las palabras de Companys en el 34: “Ara ja no direu que no sóc prou catalanista”. El eje ideológico estaba cubierto por la ola anti PP, nacida de los errores de la altivez (Yak, Prestige o Irak).

Zapatero, ya en precampaña, prometió un catorce de noviembre de 2003 “apoyar el estatuto que salga del Parlament”, previendo que el PSC tendría una mayoría suficiente para liderar el proceso. No era una fecha cualquiera. El día anterior, los servicios jurídicos del Estado habían presentado ante el Tribunal Constitucional un recurso contra la propuesta Propuesta de Estatuto Político para Euskadi, conocida como Plan Ibarretxe. El nuevo estatuto catalán se tenía que situar en medio de la ruptura de Ibarretxe y el inmovilismo de Aznar.

Pero no sucedió como se esperaba. El PSC logró un 31 %, siete puntos menos que cuatro años antes, y empatando con CiU, que también bajó siete puntos, una derrota dulce. ERC e ICV subieron su representación, doblaron y triplicaron, respectivamente. Era un escenario imprevisto porque, a Maragal, los sondeos le daban una horquilla del 34 % al 37 %. La ola anti PP sí se notó un año después, en las Generales, donde el PSC ganó a CiU: 39 % a 21 %.

La historia es conocida. Maragall no fue capaz de liderar el proceso que pronto se enmerdó. El tono emotivo fue subiendo al tiempo que bajaba el nivel intelectual. El PP vio en esa cuestión un buen enganche electoral para recuperar terreno y, por ejemplo, afirmó que ETA estaba detrás de la confección del estatuto, es decir, que ETA dirigía al legislativo autonómico. No fue lo peor que se dijo, pero sigue siendo una frase representativa. La tramitación en las Cortes y el resultado del recurso ante el TC terminaron de crear un turbio ambiente de agravios. Nada tuvo consecuencias y, por ejemplo, La Vanguardia legitimó esa estrategia realizando un ejercicio de humanización del PP (El nuevo ciclo político PP-CiU consolidará lo anticatalán como materia central de la política española, 13 de septiembre de 2010).

El PSOE y el PSC se desgastaron y la CEDA (PP y CiU) logró recuperar el poder. Pero la crisis se hizo visible y, más aún, en Catalunya. CiU, y La Vanguardia, lanzaron un órdago, con objetivos diversos: desde lograr una mayor cohesión para ocultar el problema social, la vía portuguesa, a presionar al gobierno para lograr un mejor trato fiscal, empresarial o en inversiones. El objetivo no era modificar el marco constitucional; esa solo era la tramoya. El primer hito tenía que ser una gran movilización la Diada de 2012. Se logró. El segundo, una gran mayoría de CiU en las elecciones. No se logró. CiU precisó del apoyo de ERC y se comprometió a realizar una consulta soberanista a finales de 2014.

Desde entonces, los vaivenes han sido muchos. A veces, se recalentaba; a veces, se enfriaba. La Vanguardia se bajó del tren (del que ahora habla como si fuera algo extraño) y propuso la tercera vía. Pero el Govern, acorralado por la prisa de ERC y, sobre todo, por el silencio de Madrid, ha dado un inesperado paso adelante anunciando la pregunta y la fecha, un punto sólido (CiU es un partido de viaje, de Ítaca, un destino es una contradicción interna). De fondo, las mismas palabras: “Ara ja no direu que no sóc prou catalanista“.

El ambiente se volverá a crispar. Hace un año, Enric Juliana anunciaba Generales para 2014 al calor de esa crispación: “Antes de que los catalanes sean llamados a votar en un referéndum que el Tribunal Constitucional tardará menos de dos días en declarar ilegal, los ciudadanos de toda España podrían ser llamados a las urnas por el Partido Alfa, con un discurso de reafirmación nacional por encima de los avatares de la crisis. Frente al soberanismo catalán, soberanismo español, con el apoyo tácito del orden realmente existente en Europa; para ser más precisos, en la Europa continental, que no inglesa. Este es el escenario al que remite José María Aznar….” Puede ser, pero cuesta ver a Rajoy tomar una decisión.

Pero es complicado saber por dónde va a ir la cosa. Han pasado diez años desde esa campaña de Maragall y el relato se ha construido a base de corto plazo, normalmente, intereses electorales. Desde la promesa de Zapatero a la decisión de Mas, pasando por todas las trapacerías del PP. Nada estaba planeado y todos los análisis deberían partir de ahí. Y comenzar a cambiarlo. Sería un buen momento para bajar el tono emotivo y subir el nivel intelectual, pero sería una gran sorpresa. El imperio de la banalidad y la estupidez, comenzando por las portadas madrileñas, es de las pocas cosas que son previsibles.

PD: La desgracia de los hombres de genio es que tienden a subestimar y, por tanto, a desoír, la influencia que la gente de menor inteligencia es capaz de ejercer sobre sus compañeros. El castigo del cínico, que cree que los seres humanos solo son movidos por motivos de codicia o temor, está en que, por su mismo cinismo, levanta pasiones de humillación y resentimiento que, al final, resultan más poderosas que cualquier cálculo lógico. El hombre de un rectilínea energía cerebral, el hombre de ambición indesviable, olvida frecuentemente que la gloria también está sujeta a la ley de los rendimientos decrecientes, y que aquellos que se aprovechan más de sus éxitos vienen a perder con el tiempo su sentido de aventura, su deseo de engrandecimiento personal, y solo desean disfrutar en reposo de lo adquirido. Y la persona que se ha acostumbrado a tener una visión de la vida puramente mecanicista o matemática, no puede comprender que aquello que impacientemente rechaza como ideologías, son realmente ideas; y que lo que él descarta como sentimiento es la expresión de algo sentido profunda y poderosamente. Así, llega un momento en que las razonables esperanzas vienen a ser demasiado razonables para ser verdaderas. (El Congreso de Viena, de Harold Nicolson)

Deje un comentario