Todos los ahorcados mueren (entre) empalmados

«En un Burgos salmantino de tedio y plateresco, en una Salamanca burgalesa de plata frí­a, Francisco Franco Bahamonde, dictador de mesa camilla, merienda chocolate con soconusco y firma sentencias de muerte»

Es el inicio de la novela La leyenda del César visionario de Francisco Umbral. Es una novela cojonuda que desmiente todas esas bobadas sobre Umbral y la novela que se dijeron hace un mes, cuando Umbral se volvió fútbol y todo el mundo se vio en la obligación de hablar, opinar o escribir sobre él, olvidando su ignorancia o desinterés. Una periodista de La Gaceta de los Negocios indicó que esta novela, situada en una ciudad castellana con la guerra aún humeando, reflejaba perfectamente el tardofranquismo. Ay, Burgos, la merienda con chocolate y las sentencias de muerte devolvieron a la periodista a su infancia, cuéntame musa, por ejemplo, Puig i Antich o el proceso de Burgos.  

Umbral se ahorcó literariamente hace años lanzándose desde su columna. Cuando se marchen los ladrones de cadáveres, habrá que acercarse para recoger la mandrágora.

PD: Lo mejor, en un diario que aún no existe.

Las oraciones de los hombres justos se elevan al cielo como columnas que sostienen el firmamento para aplastar la justa ira divina. Según la doctrina de la comunión de los santos, la salvación es hasta cierto punto una empresa colectiva, nadie se salva solo: los padres del yermo rezan por todos nosotros. Los estilitas decidieron hacer realidad esta metáfora en su propio cuerpo. Se subí­an a una columna, en mitad del desierto, y allí­ viví­an rezando y alimentándose de alfalfa y yerba. Dicen que sus deyecciones, casi lí­quidas, a causa de la dieta, caí­an enroscándose por la columna, igual que resbala la cera por un cirio. Umbral, el columnista, hizo realidad en su vida el temblor de la literatura: el fue sólo literatura, sujetó la bóveda celeste con un armazón de palabras, se convirtió en un anacoreta, el hombre-pluma que soñaba Flaubert, con su ametralladora Olivetti, el que escribe por la salvación de todos los demás, los pecadores que caemos en la tentación de un adjetivo mal puesto o un gerundio donde no corresponde.

Francisco Umbral solí­a decir que hay dos clases de escritores: aquellos que escriben cuando se les ha ocurrido una idea y los que escriben para que se les ocurra una idea. í‰l era de los segundos: escribí­a para pensar, pero también escribí­a para lograr una identidad, una vida, un sentido. Fue, por encima de todo, escritura: una esbelta columna de violencia y belleza verbal.
Sus deyecciones, como las de los padres del yermo, aumentaron a medida que se iba consumiendo la vela, adheridas a la columna, enrolladas hacia abajo: la chulerí­a, el machismo, las marquesas, la rebatiña por premios y honores, las mezquinas venganzas y las genuflexiones vergonzantes ante el poder.
La llama encendida, sin embargo, ha ardido en oración literaria por todos los que recordamos haber crecido leyendo a Umbral con devoción y aprendiendo la fuerza de la escritura desatada, sin más asunto que la propia literatura.

Tení­a una incapacidad metabólica para la novela, pero sus mejores columnas cumplí­an la norma de Francí­s Ponge: “El escritor no debe dar al lector una idea, sino una cosa”. Eran construcciones léxicas, como catedrales o vasos campaniformes.

Su columna se ha convertido ya en una estela funeraria, una lápida de piedra en la que no serí­a justo ni elegante hacer pintadas con un spray.

Rafael Reig, en un número cero de Público, recogido por Escolar.net.

Por favor, entren en el blog de Rafael Reig. Creo que acabo de enamorarme.

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