Sarko Marx

Sarkozy me recuerda cada vez más a Groucho. En todas las pelí­culas de los Marx, siempre hay una escena en la que éste aparece revolviéndolo todo. Dicta una carta, saca una muela, examina a un caballo, nombra un embajador, corteja a la rica heredera interpretada por Margaret Dumont y seduce a cualquier otra jovencita que haya en la sala. í‰se es Sarkozy. En septiembre, reclamó la refundación de la polí­tica agraria, la refundación del sistema educativo y la refundación del contrato social. Y barato, oiga. La refundación del sistema educativo, por ejemplo, no fue a base de aumentar el personal o mejorar las instalaciones o reforzar la seguridad, sino mandando una carta a los profesores. Me lo imagino dictando como Groucho: comillas, paréntesis, cierre paréntesis, querido maestro… Después de un mí­nimo descanso, llego el divorcio y el desparrame. En dos dí­as, se fue al Chad para rescatar a las azafatas, discutió con un pescador normando, redefinió la polí­tica internacional con Bush y la europea, con Merkel. 

Y eso que no llega a doscientos dí­as en el poder. Como si no tuviera otros 2.500 dí­as más para pensar mejor las cosas antes de refundarlas no sea que, en medio año, haya que refundarlas otra vez. Lo más importante es estar siempre en movimiento y dar la sensación de que, con una refundación, ya está resuelto. Sin embargo, los problemas del modelo agrario, el sistema educativo o la conflictividad social siguen ahí­ mientras él va allí­ y allá. Quizá la respuesta no sea polí­tica. Después del show de las azafatas, mi mujer indicó: “se comporta igual que cualquier tipo de mediana edad al que ha dejado su mujer. Busca hacer muchas cosas y no estar en casa”. “Pero hace meses que se comporta así­â€, le dije. “Claro”, me respondió, “es que hace tiempo que lo dejaron; sólo hubo un lapso de cara a la galerí­a. Dentro de no mucho, estará con una chica más joven y más alta”. Desde ahora, creo que escribirá ella. (publicado el 16-01-08)

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