Relato agostí­

(Es un episodio piloto. Se llama, provisionalmente, Asesinato en Maitines)    

Todos los lunes por la mañana, la sede del Partido del Progreso Moderado es un hervidero. El partido convoca una cita informal, no regulada por los estatutos, a la que se accede por invitación directa del presidente del partido, Jaime Cerceda, hasta hoy. Hay diputados, senadores, presidentes de comunidades parlamentarios autonómicos y alcaldes, pero también ex diputados, ex senadores, ex presidentes de comunidades, ex parlamentarios autonómicos y ex alcades; también, varios ex ministros, aunque, como sucede con los anteriores cargos, no están todos.

Lo importante es estar; no ser, ni hacer. Hay gente que lleva asistiendo a las reuniones desde sus inicios y que jamás ha abierto la boca. Ni siquiera un gesto de asentimiento o desaprobación. Su aportación es su presencia; más aún, su no ausencia. Todo metafí­sico o, tratándose de un partido vinculado en sus orí­genes a la Democracia-Cristiana, teológico. Por esta raí­z, un ex ministro caí­do en desgracia bautizó esta cita informal con el nombre de Maitines

Actualmente, además de una veintena de cargos públicos, acuden a la reunión de Maitines, el ex presidente del Gobierno, Juan Marí­a Castilla, siempre que esté en España; Jerónimo Jiménez, un militante de base, catedrático de Economí­a Reducida, escritor, tertuliano y columnista, además de amigo de la infancia de Jaime Ceceda; Marcos Arrate, un sociólogo, hacedor e interpretador de encuestas; Sancho Pradera, un ensayista, con mucho ascendiente, dicen, sobre Cerceda y José Marí­a López Vargas, otro ensayista impuesto, dicen también, por el ex presidente Castilla al que el actual presidente soporta poco por querencia por la manifestación y el insulto.

Las reuniones comenzaron porque el presidente Castilla no querí­a que le pasara lo mismo que a sus antecesores, el dinosaurio Pontedeume y el delfí­n Garcí­a-Arlés, a los que el partido habí­a acabado engullendo porque se dedicaban, según decí­a siempre Castilla, a buscar citas de Cánovas para sus discursos. A mí­ no me va a pasar lo mismo, dijo nada más hacerse con la presidencia del partido en un congreso extraordinario tras el fracaso de las elecciones del 86, aquí­ no se va a mover nadie sin que yo lo sepa y, los que se muevan, será porque buscan un lugar mejor para besarme el culo. En un año, habí­a renovado a todos los presidente autonómicos y, en tres, a todos los dirigentes provinciales. El partido, como Castilla habí­a previsto, se llenó de jóvenes intrépidos, ambiciosos y despiadados deseando buscar el favor del presidente, es decir, ser invitados a la reunión de Maitines.

Si acuden todos, son 32 personas en total, incluyendo al propio Cerceda y a Carmela del Campo, su secretaria que toma notas de todo lo que se dice y no se dice. Jordi Salvanella, presidente del PPM en Catalunya, cuya invitación tras un cruce de artí­culos con el ex presidente Castilla fue muy comentada, suele decir al inicio de cada reunión que deberí­an invitar a alguien más para ser 33, el número perfecto, y convertirse definitivamente en una logia; lo hace siempre mirando al ensayista López Vargas, autor de un libro con muchas comas en el que acusa a la masonerí­a de todas las desgracias ocurridas, de la persecución de Diocleciano a la muerte de Kennedy, aunque en el que ensayo no quedaba claro si el autor consideraba el magnicidio como una desgracia. En todo caso, López Vargas habí­a convencido a un millón de lectores de que los masones buscaban el dominio del mundo, al estilo clásico Fu-Man-Chu o Doctor Maligno.

Los convocados se dividen entre los que quieren ser vistos y los que no. Los primeros, aunque lleguen en sus coches, salen del aparcamiento de la sede y entran por la puerta principal por su propio pie especificando, eso sí­, que no van a hacer declaraciones porque, ya lo saben ustedes, no es costumbre hacerlas antes de las citas internas. Los que buscan pasar desapercibidos, acuden antes de que llegue la prensa o suben por el ascensor interno hasta la segunda planta para bajar después un piso por la escalera. No conviene ir directamente a la primera planta porque hay demasiados despachos. Habitualmente, antes de entrar en la sala de reuniones, se agolpan en la anexa, donde Elena Palacios, encargada de servicios generales, tiene preparado un pequeño almuerzo donde hay dulce, salado e incluso dos huevos fritos con chistorra para el catedrático Jiménez, dos rebanadas de pan con tomate con longaniza blanca de Camprodom para Salvanella, sopas de ajo para López Vargas y Castilla y horchata con fartons para el portavoz parlamentario Castalia, el último en sumarse la lista de antojos. La sala es conocida como la Posada del Peine o, últimamente, el Smoking Room porque el recinto constituye un desafí­o liberal, moderado, eso sí­, a la Ley antitabaco del gobierno socialista que prohí­be fumar en todo el edificio por ser un centro de trabajo.

Pero el lunes en el que comienza esta historia, la sede del Partido del Progreso Moderado es menos hervidero que de costumbre. Es julio y un tercio de los trabajadores contratados están ya de vacaciones. En la sala de prensa, hay menos periodistas porque no se esperan grandes movimientos y, además, la derrota de Cerceda en el Debate sobre el estado de la nación, ha hecho perder el interés que habí­a despertado la victoria, exigua pero victoria, del PPM en las elecciones Municipales. En la sala anexa, la Posada del Peine, el Smoking Room, hay más humo que de costumbre pero nadie ha tocado la comida, ni los huevos fritos, ni el pan con tomate, ni la horchata ni las sopas de ajo, porque, en la sala de reuniones, reposa, con la cabeza apoyada en la mesa y un hilo de sangre imperceptible en la nuca, el cadáver de Jaime Cerceda.

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