Relato agostí­ IV

Asesinato en Maitines

 -Esos hijos de puta, esos hijos de puta lo han matado.
 Carmela del Campo, secretaria personal de Jaime Cerceda, amiga í­ntima de su esposa Julia y madrina se su hijo pequeño, ha esperado quedarse a solas con Chus Sanabria, Adjunta a la presidencia del PPM, médico de familia y madrina del hijo mayor de Cerceda, para soltarlo. Las dos han subido en el ascensor de presidencia a la cuarta planta, llamada el Ala Oeste por ser la de los despachos de dirección, con Marí­a José Izquierdo, ex comisaria de policí­a y Jefa de Seguridad del Partido, y Elena Palacios, de Servicios Generales, que las han acompañado hasta el despacho de Sanabria. Allí­, entre las tres han tumbado a Carmela en un sofá y Sanabria le ha preparado un cóctel de pastillas para tranquilizarla, pastilla verde, sin dejarla atontada, roja, ni bajarle mucho la tensión, amarilla. Sin embargo, cuando Pepa Izquierdo y Elena Palacios, abandonan el despacho, la secretaria se incorpora y aparta la mano de Chus, que ha colocado las tres pastillas formando un semáforo.
 -Esos hijos de puta han matado a Jaime, los han matado Chus, lo han matado. Ay, Dios mí­o, qué va a hacer Julita. Y los niños, los niños, los niños…
Sanabria se traga el tranquilizante y mete las otras dos pastillas en el bolsillo antes de abrazar a Carmela y ponerse a llorar con ella. El sollozo acaban convergiendo en un mantra: que injusto que ellas, las dos personas más cercanas a Cerceda, son las que han descubierto el cadáver. Carmela se encontró con el cuerpo al entrar en la sala de reuniones a distribuir el escueto orden del dí­a: Navarra, Baleares, guardias veraniegas y turno abierto. No le habí­a sorprendido su brevedad porque, algunas veces, habí­a repartido folios con un sólo asunto: manifestación, por ejemplo, pero sí­ que Cerceda se lo hubiera mandado por correo electrónico desde su casa y no personalmente. Todos los lunes, se acercaba con una hoja de cuaderno en la que habí­a escrito a mano los temas previstos y siempre hablaban de lo que habí­an hecho con sus familias el fin de semana y la posibilidad de verse el siguiente, algo casi imposible desde que era presidente del partido. Tras ver el cuerpo e identificarlo como el de Cerceda, habí­a corrido al despacho de Sanabria, convencida de que le habí­a dado una lipotimia, una baja de tensión o, quizá, algún tipo de yuyu del corazón. Ambas habí­an entrado a la sala de reuniones y se habí­an encontrado allí­ con el sociólogo Marcos Arrate, que siempre repartí­a hojas complementarias al orden del dí­a.
 -Es Cerceda, Cerceda, es Cerceda, le ha dado algo.
 Carmela respondió al sociólogo con una saña que sólo reservaba para su primer marido. 
 -Y te has dado cuenta tú solo, ¿sin hacer ninguna encuesta?     
 -Joder, Camela, estoy acojonado igual que tú.
 -No, igual que yo, no, porque yo aprecio a Jaime y tú siempre has dicho que es un error andante.
 -No me parece lo más elegante recordarme esto ahora.
 -Callaros, joder, no le ha dado nada. Lo han matado.
 Chus Sanabria se retiró del cuerpo y se apoyó con los brazos en la mesa. Hizo varias respiraciones y, después, sacó un inhalador del interior del traje chaqueta y se lo metió en la boca. Una, dos y tres. Intentó inspirar profundamente pero el sollozo le provocaba tráfico lento con paradas intermitentes. Hipaba.
 -¿Y es él?
 Arrate se acercó al cuerpo por la espalda.
 -Coño, Marcos, conozco a Jaime desde hace treinta años.
 Las palabras parecieron desatascar la traquea de Sanabria.
 -La calva más por el lado izquierdo que por el derecho, la media barba canosa, el reloj que le compramos cuando fue elegido sucesor de Castilla en el Congreso de Segovia y las gafas.
 Sanabria comenzó a llorar.
 -Fui con él a comprar esas gafas hace dos semanas. Le quedaban muy bien. Le dije que estarí­a muy bien en los carteles de las Generales.
 -No puede ser, no puede ser.
 Arrate caminaba por la sala.
 -¿Qué vamos a hacer?, ¿qué vamos a hacer?, al candidato le da un infarto a menos de un año de las Generales. Dios mí­o, se va a liar la de Dios.
 -Eres un hijo de puta. Jaime se acaba de morir y a ti sólo te importa ganar las elecciones, como siempre.
 Carmela y Marcos Arrate se miran con odio y desprecio, respectivamente, hasta que Maria Jesún Sanabria los congela.
 -Jaime no se ha muerto; lo han matado. Hay un orificio de entrada en la región occipital que…
 -¿Qué coño es esto de occipital?, Me cagí¼entodoloquesemenea, Chus, joder, ¿qué ha pasado?
 -Que le han metido un tiro en la nuca.
 Los tres se quedan inmóviles hasta que sueña el teléfono de Carmela.
 -Dios mí­o, es Julita, es Julita.
 Sanabria aclara a Arrate que Julita es Julia Herrera, la esposa de Cerceda.
 -No le digas nada.
 La secretaria y el sociólogo vuelven a intercambiar odio y desprecio, esta vez con palabras, hasta que el teléfono deja de sonar y ambos se callen. El silencio apenas diez segundos, hasta que otro politono vuelve a llenar cortar el ambiente de la sala de reuniones. Chus Sanabria saca su móvil y, tras tose un par de veces, contesta.
 -Julia, ¿qué tal¿? No lo he visto. Acabo de llegar a la sede porque he venido esta mañana de ver a mis padres. No, tampoco he visto a Carmela. Ya sabes cómo son los lunes aquí­. Seguro que está ayudándolo a preparar la reunión. En cuanto vea a Jaime le digo que te llame. Un beso, Julita.
 Sanabria guarda el teléfono y coge a Carmela y a Marcos Arrate por los hombros.
 -Vamos a mantener la calma. Es lo mejor para todos.
 El sociólogo se aparta.
 -Un tiro en la nuca. ETA se nos ha metido en la sede.
 -No sabemos nada, Marcos. Lo primero es decirle a Pepa que llame a la policí­a.
 -¿Quieres llamar a la policí­a de los socialistas?
 -Vamos a llamar a la policí­a, la que habí­a cuando Franco, cuando Suárez, cuando Felipe y cuando Castilla. Yo fui Secretaria de Estado de Seguridad cuando Jaime fue Ministro de interior. Le puedo decir a Pepa que llame a alguien de confianza para que sea discreto.
 -Nos van a joder, Chus, lo sabes, los socialistas y prisa no van a dejar pasar esta oportunidad. Manipularán las pruebas y nos culparán a nosotros. El parido se irá a la mierda.
 -¿Es lo único que te importa? Han matado a Jaime y lo único que te importa son las elecciones.
 Carmela se quedó entonces con ganas de decir lo que ahora sigue balbuceando abrazada a Chus Sanabria.
 -Lo han matado; esos hijos de puta lo han matado. Arrate, Arrate, seguro que Arrate ha tenido algo que ver.
 -Vamos a calmarnos, Carmela, vamos a calmarnos.
 -Ay, Dios mí­o, qué va a hacer Julita. Y los niños, los niños, los niños…

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