Relato agostí­ III

Asesinato en Maitines

-Mecagúendios, Toño, qué coño haces aquí­. Tienes que despejar a los periodistas.

      Vicente Castalia, portavoz parlamentario, es el primero en reparar que el secretario de comunicación, Antonio Benavides, ha regresado a la Smoking Room. Ha tardado cuatro minutos y quince segundos.

      -Joder, es que no puedo presentarme así­, coño.

      Benavides odia los tacos pero sabe que es el momento de usarlos; son el ladrido del caniche ante el pastor alemán. 

      -Así­, ¿cómo?, ¿sin saber qué decir? Pues como todos los lunes y, si no puedes, seguro que hay otro compañero con más ganas de trabajar por el partido.

      La voz de trompeta llena de agua de Mar Mendiburu, presidenta de la Comunidad de Madrid, nunca ordena o amenaza, siempre se limita a invitar. Benavides está convencido de que ella fue la inspiración del personaje de Gollum, calvicie incluida.

      -Así­ sudando, despeinado y sin saber si tengo la corbata anudada.

      Benavides siempre aparta la vista cuando le toca responder a una persona del grupo que pensaba que él era gilipollas. Cuando acaba, mira durante un instante a Mendiburu antes de continuar.

      -Si debo convencerlos de que la reunión se ha suspendido porque el presidente Cerceda está indispuesto, no puedo tener un pelo fuera del sitio porque esos cabrones se dan cuenta de todo. Impecable, hoy tengo que estar impecable.

Nota que varias miradas lo atraviesan y que alguien aguanta la risa. Le parece que es Salvanella pero está convencido que el catalán lo aprecia.

      -Muy bien, Toño, tómate el tiempo que necesites para arreglarte y, si tienes que repasar el documento o ensayarlo, lo haces sin problemas.

      Benavides está convencido de que Castalia pertenece al grupo que piensa que él era gilipollas, incluso que es miembro fundador del mismo, pero le gusta que se le acerque y que le coja por los hombros antes de seguir hablando.

      -Sabemos que va a haber rumores. Joder, esto es Madrid. Aunque venga el estilista de Beckham y te ponga como un pincel, no se van a creer nada. Dirán que ha dimitido y que lo queremos ocultar hasta que se acabe de resolver lo de Navarra o que nos lo hemos cargado porque ya no confiamos en él para las Generales.

      Salvanella ya no puede aguantar. Pide tiempo con las manos para contener la risa.

      -Joder, Castalia, ¿no hay otro verbo?, que Jaime está muerto aquí­ al lado.

      -Pues el verbo es muy acertado. Está muerto y alguien se lo ha cargado. Y todos sabemos quién ha sido, aunque no hayáis querido decirlo en el comunicado.

      Alfonso Ariza, secretario general, secretario accidental para Castalia o Mendiburu, y secretario subnormal para Salvaella, con quien está enfrentado abiertamente, alarga las vocales y tropieza en las erres, como siempre que está nervioso.

      -Al presidente lo ha matado ETA.

      Hay un silencio susurrante y murmullesco que Salvanella se decide a interrumpir.

      -Vamos a ver, Ariza, esto es un tema muy serio.

      -Y tan serio. A nuestro presidente lo ha matado ETA de un tiro en la nuca, como hace siempre. Esta vez no puedes decir que no hay indicios. Es una bala en el corazón de España.

      López Vargas se sacude las manos. Ha querido dar más énfasis al pronunciar España golpeando el pocillo donde reposan las sopas de ajo y sus manos están cubiertas de caldo rojo.

      -Joder, esto quema todaví­a.

      Vargas saca un pañuelo blanco y se limpia las manos. El trapo queda con manchas rosadas.

      -¿Quieres decir que un etarra se ha colado aquí­ sin que nadie se diera cuenta ni lo registrara ninguna cámara, que después desconectó el sistema de seguridad de la sala de reuniones, llevó allí­ a Cerceda, lo sentó en su silla, lo mató y se piró sin que tampoco quedara constancia en ningún lado?

      -Claro, ETA está más fuerte que nunca.

      Ariza suelta la frase de corrido. Salvanella hace un gesto como de gol fallado del Barí§a.

      -Deja esa mierda. Nos vamos a tomar por el culo. Cuando venga la policí­a, los sospechosos seremos nosotros y no la ETA, ni los Grapo, ni Spectra, ni Control.

      -Por eso hay que decirlo antes.

      Marcos Arrate, sociólogo de cabecera de todos los presidentes del PPM, habla muy despacio y con las manos juntas sosteniendo la cabeza, como siempre que hay una discusión. A Benavides le recuerda a un oráculo, Salvanella piensa que es un trilero y el resto varí­a dependiendo de si el sociólogo los apoya o no.

      -Jordi tiene razón. Somos los sospechosos, como en una novela de Agatha Christie, pero no va a venir Poirot para entrevistarnos y deducir discretamente quién es el asesino, sino la policí­a y será un escándalo que, como dice Jordi, nos puede costar muy caro. El partido podrí­a desaparecer.

      Silencio sin murmullos ni susurros que también es roto por Salvanella.

      -No nos pongamos apocalí­pticos, Arrate, el partido está consolidado. No somos la Alianza por el Progreso ni la UCD. Hay casi un millón de militantes.

      -Entre los que estás desde hace muy poco.

      López Vargas señala con su í­ndice, aún brillante por la grasa de las sopas, al catalán.

      -Cuando algunos estaban en la Alianza luchando porque España no se convirtiera en una casa de putas, tú trabajabas para los separatistas.

      -Y tú estabas en Bandera Roja.

      Castalia y Mendiburu intentan mediar. Benavides le pregunta por la posición de su corbata a Navas Obregón que, cabecea sin atreverse a hablar. Ariza repite las palabras atentado, traición y proceso de paz. Arrate comienza a hablar sin que nadie lo escuche.

      -He dicho que el partido podrí­a desaparecer porque todos sabemos que el liderazgo de Cerceda no era sólido que, incluso en esta sala, hay varios y varias que esperaban que se tropezara para darle la patada hacia abajo. Pero esto no es un recambio del que podamos salir reforzados, sino una crisis. Antes de que venga la policí­a y comience a interrogarnos, tenemos que dar nuestra versión. Hay que jugar con nuestras cartas.

      -La policí­a de Zapatero; la misma que preparó el 11-M.

      Vargas se ha quitado el sudor con el pañuelo que le sirvió para limpiarse de las sopas y su cara brilla como la de Bilbo Bolson ante la perspectiva de perder el anillo. Benavides ve incluso colmillos donde deberí­an estar las muelas.

      -El 11-M.

      Salvanella detiene el griterí­o que provoca el número de la bestia.

      -Ya la cagamos el 11-M, Arrate,

      -No estabas allí­, Jordi, y es una gran decepción el que te des pábulo a las metiras de los que quieren hundir al partido.  

      -Si vas a repetirlo, no cuentes conmigo. Si se saca un comunicado con la palabra ETA, después salgo yo dimitiendo.

      -Y lo tendrí­a que leer el Secretario General y la Adjunta a la Presidencia.

      Benavides repite la frase hasta que se ceciora que todo el mundo la ha oí­do y, sólo entonces, se desanuda la corbata.

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