Relato agostí­ II

Asesinato en Maitines 

Justo antes de tocar el pomo de la puerta que separa la Sala de Reuniones de la Sala de Prensa de la sede del Partido del Progreso Moderado, Antonio Benavides, Secretario de Comunicación y Portavoz, se coloca entre las piernas el portafolios corporativo donde guarda las notas de la comparecencia para poder ajustarse la corbata, las gafas y el pelo que se arremolina tras las orejas como si la madera se hubiese transformado en un tocador. Un espejo, piensa, necesito un espejo; no puedo presentarme ante los periodistas con esta pinta. Gira sin mover las rodillas, pensando a quién de entre los asistentes a Maitines puede pedirle un peine o, al menos un espejo. Recuerda haber visto en el inicio del almuerzo, antes del descubrimiento del cadáver de Cerceda, a tres mujeres, Mar Mendiburu, la presidenta de la Comunidad de Madrid; Navas Obregón, la encargada de cosas de economí­a en el partido, y Tránsito Simancas, ex ministra y alcaldesa de Valladolid. De las tres, piensa Benavides, Mendi y Transi son del grupo que piensa que soy gilipollas y Navas puede entrar en él si le pido un peine o un espejo con la que tenemos encima. Necesito una tí­a discreta y que sepa cómo soy, se dijo el portavoz sin saber qué querí­a decir exactamente la frase, sobre todo, el final de la frase. Repasó las mujeres presentes en Maitines. A Carmela, la secretaria de Cerceda, se la habí­a llevado a la enfermerí­a Chus Sanabria, ex ministra y médico, porque se habí­a desmayado al descubrir el cadáver de su jefe. Elena Palacios, de Servicios Generales, habí­a ido a buscar un servicio médico discreto y Marí­a Antonia, la jefa de Seguridad, a alguien que iniciara una investigación interna, mucho más discreta todaví­a.

Ay, susurra Benavides, ¿por qué estamos en contra de la paridad? Alzó las manos mirando a la presidencia de la sala. 

Jaime, la hostia, Cerceda, la Virgen, el muerto, perdón.

Vuelve a situarse frente a la puerta y, tras santiguarse, comienza a andar de espaldas al cadáver, olvidándose de la carpeta ajustada entre las rodillas. Los tres folios que contiene se desparraman por la moqueta. Los recoge y, antes de devolverlos al portafolios, coloca el único que está escrito entre los dos en blanco. Tres semanas antes, una cámara habí­a grabado las notas de Federico Sanjuán, Portavoz en el Senado, antes de una rueda de prensa y, en una de las esquinas, habí­a una caricatura del Presidente del partido, Jaime Cerceda, con varios cuchillos clavados. Todos con el nombre de algún dirigente: Vicente Castalia, Portavoz Parlamentario; Alfonso Ariza, Secretario General, Jerónimo Jiménez, ex ministro de Fomento y alcalde de Sevilla; Mar Mendiburu, Presidenta de Madrid; Gonzalo Sanz del Rí­o, alcalde de Madrid; José Marí­a Castilla, ex Presidente del Gobierno, y Gregorio Gutiérrez-Colosí­a, ex ministro de Economí­a. Demasiada gente, pensó entonces Benavides; y aún faltan, le respondió Jordi Salvanella, jefe del partido en Barcelona. La secretarí­a de comunicación que él dirigí­a habí­a enviado entones una circular por mensaje de móvil, correo electrónico y valija interna para que los dirigentes del partido se abstuvieran de realizar caricaturas, o cualquier otra anotación, en los márgenes de las notas, o cualquier otro soporte, antes de una comparecencia, o cualquier otro acto público. Os instamos a todos, terminaba la nota, para que la legí­tima crí­tica se efectúe dentro de los cauces previstos en los estatutos internos y, para los que no puedan evitarlo, os rogamos cubrid las notas de las comparecencias con un folio arriba y otro abajo a la manera del popular sandwich. Por lo que habí­a visto, sólo él y Chus Sanabria habí­an respetado lo del bocadillo.

Joder, piensa Benavides mirando el cadáver de Cerceda, menos mal que no ha sido un puñal, seguro que Sanjuán serí­a  el primero en la lista de sospechosos.

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