Reírse de Cameron

Hace poco más de dos años, escribí una entrada titulada El timo de las banderas. Poco nos hemos movido de allí. Mucho ruido, mucho órdago, mucho barroquismo, mucho trampantojo y escasa realidad.

El viernes pasado, decía La Vanguardia: “El soberanismo catalán no romperá España y puede que este canalizando pasiones reactivas que, en su ausencia, habrían tomado otras formas y contenidos. […] La situación política en Catalunya enerva los ánimos, tensa los nervios, excita las tertulias, anima las sobremesas, permite soñar en voz alta y evita que se hable de otros asuntos con equivalente pasión e intensidad”. Es decir, hemos contenido a los indignados lo que hemos podido. Entregamos las llaves del fuerte.

Hace poco menos de dos años, escribí que Catalunya tenía poco que ver con Escocia porque ese era un proyecto. Iba en serio, sin sentimentalismos, sin emociones, sin el fantasma de Wiliam Wallace. Hace años, se abrió una web para que los escoceses, y el resto de británicos, trasladaran sus consultas, el debate se centró en cosas reales: pensiones, atención médica, infraestructuras o becas. Nada de eso se habla aquí, todavía en el mundo premoderno. Apocalipsis o paraíso. Y mucho anhelo. Ítaca. La tercera vía es volver a poner la nave, de nuevo, al telar de Penélope.

Hoy, la prensa española carga contra David Cameron por aceptar un referéndum. El Reino Unido es un estado con una ciudadanía que, hace siglos, optó por la democracia. Son conceptos, estado, ciudadanía o democracia, tan ajenos a la historia de España (y Catalunya), casi, como el sistema de castas de la India. Por eso, no se entiende a Cameron y provoca risas. Aquí abajo, reírse del progreso ajeno es algo con mucha tradición.

Tanto si Escocia vota por la independencia como si no, Reino Unido no tendrá un problema político. España, sí.

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