Refutaciones de postí­n para afirmaciones de listí­n I (Impuestos)

Cuando a usted le digan:

Hay que bajar los impuestos; el dinero está mejor en los bolsillos de los ciudanos

No se entretenga hablando del fracaso de las polí­ticas monetaristas en los 80 ni de la falsedad de la curva de Laffer, aquí­ tiene una anécdota de prestigio para ilustrar su argumento: la batalla de Salamina.

Tras la victoria ante los persas de Darí­o en la batalla de Maratón, las ciudades griegas se sumieron en un perí­odo de complacencia, convencidas de que la retirada persa al Asia Menor era definitiva. ¿Todos?, no. El ateniense Temí­stocles, al que hoy considerarí­amos un lobbista de la industria armamentí­stica, no paraba de asegurar que Maratón no era el final del contencioso contra los persas, sino el principio, y que era necesario construir una poderosa flota naval. El gran debate surgió cuando en 483 AC se descubrió un rico yacimiento de plata en Laurión. En la asamblea, se dispusieron dos bandos, los que sostení­an que el botí­n tení­a que repartirse entre los ciudadanos y Temí­stocles, que insistí­a en gastarlo en el complejo militar-industrial de la época. El sabio-lobbista sacó un as de la manga para llevarse el gato al agua: el oráculo de Delfos le habí­a indicado que la plata tení­a que emplearse para erigir un muro de madera que defendiera Atenas, lo que él interpretó como la construcción de 200 naves trirremes. Se pusieron manos a la obra. E hicieron bien porque Jerjes, sucesor de Darí­o, que llevaba preparando la invasión de Grecia desde su llegada al trono, en 486 AC, inició su campaña en 481 AC cruzando el Hespolonto por puentes construidos con barcos. ¿Qué habrí­a pasado si en la asamblea Temí­stocles hubiera sido derrotado por los liberales que defendí­an que la riqueza estaba mejor en los bolsillos de los ciudadanos? (Dí­gase esto último arrastrando las vocales, como Pedro Solbes)

El resto de la historia tiene detalles preciosos y que se pueden sacar en cualquier momento. La historia de Leonidas y sus 300 que retuvieron a los persas en el paso de las Termópilas, otra intervención de Temí­stocles proponiendo el canal de Salamina como lugar de la contienda contra la propuesta espartana de luchar en el istmo Corinto, mar abierto, para tener capacidad de repliegue, la destrucción de Atenas durante la asamblea de ciudades griegas para decidir el combate, otra intervención de Temí­stocles enviando un traidor de trampilla al campamento de Jerjes para engañarlo (detalle usado por Mariano Rajoy en un pasado Debate sobre el estado de la Náción), la presencia entre los persas de Artemisia I de Caria, primera mujer almirante de la historia, el trono que se hizo construir Jerjes para contemplar la segura victoria, otra intervención de Temí­stocles engañando de nuevo a Jerjes y provocando que la batalla se desarrollara en el canal de Salamina en lugar de en Corinto, cuestión que aún debatí­a la asamblea griega y que sólo se saldó con los hechos consumados. La batalla, que duró entre siete y ocho horas, se decidió por la movilidad de la flota griega y el embotellamiento sufrido por las enormes naves persas en el canal. Ay, cuántas veces se repite la historia.

Pero, el detalle más interesante es la propia historia de Temí­stocles. Tras la victoria, recibió todo tipo de honores, incluida la corona de laurel de Esparta. Sin embargo, como buen lobbista armamentí­stico, buscó nuevos enemigos y auguró que Esparta se convertirí­a en un peligro para Atenas y promovió la construcción de fortificaciones. Cuando Esparta presentó una queja, Temí­stocles se incluyó en la embajada negociadora (tradición continuada por Halliburton) y, cuando recibio la noticia de el Muro estaba terminado, se dirigió provocadoramente a los espartanos. Ay, pero no hay agorero que diez años dure y el lobby de los comerciantes, a quienes no interesaba otra guerra, promovió su ostracismo y, después su condena a muerte. Temí­stocles se refugió en el Imperio Persa, donde murió en 470 AC. Según la tradición, se envenenó para no participar en un nuevo intento de invasión de Grecia; no querí­a traicionar su anfitrión ni a sus antiguos compatriotas. En 431 AC, se declaró la Guerra del Peloponeso entre la liga del Peloponeso, digirida por Esparta, y la de Delos, encabezada por Atenas, un conflicto muy interesante para comprobar cómo se puede desestabilizar un sistema polí­tico usando el derecho de autodeterminación (de los territorios del enemigo, claro). Kosovo, Abjasia, Osetia, Tí­bet, Taiwan… Ay.

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