¿Qué se hizo de ‘La dignidad de Catalunya’?

Hace año y medio, la prensa catalana publicó un editorial conjunto titulado La dignidad de Catalunya. Fue un texto importante. Partía de la inquietud creada por la entonces futura sentencia del Tribunal Constitucional sobre el proyecto de reforma del Estatuto de Autonomía y terminaba recogiendo el malestar de la sociedad catalana por la polémica articulada por el bloque de la derecha para usar el proceso estatutario contra el presidente Zapatero (alarmismo con el texto, España se rompe, recursos al TC, presión a los jueces, recogida de firmas, boicot a los productos catalanes, boicot a la operación corporativa de la empresa catalana Gas Natural, alarmismo con la lengua, hay guetos en Catalunya, etc..,; el clásico polaco el que no bote, muy usado en la lucha política española). El movimiento del editorial lo encabezó La Vanguardia, el único actor con capacidad para hacerlo por músculo histórico, físico e intelectual. Era un texto sólido que comenzaba hablando de instituciones comunes (Monarquía o Cortes Generales) para sustentar el diagnóstico, el malestar, y ofrecer la conclusión, la inquietud por la incomunicación y el alejamiento de las sociedades. Muchos confundieron el diagnóstico con la conclusión. Algo muy madrileño.

Se decía “Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad” y se finalizaba así, con una advertencia: “nadie que conozca Catalunya pondrá en duda que el reconocimiento de la identidad, la mejora del autogobierno, la obtención de una financiación justa y un salto cualitativo en la gestión de las infraestructuras son y seguirán siendo reclamaciones tenazmente planteadas con un amplísimo apoyo político y social. Si es necesario, la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable”. Se dijo que el editorial era un chantaje, una coacción y, cómo no, una quiebra del estado de derecho. Lo dijeron los mismos que sostenían todos los días que cualquier sentencia que no anulara buena parte del articulado provocaría la ruptura del Estado, la Guerra o el Apocalipsis. (Previamente a todo esto, Andalucía había aprobado en 2007 su reforma estatutaria, donde se habla de la “realidad nacional” andaluza, casi sin ruido y con amplio consenso. Meterse con Andalucía).

Siete meses después del editorial, el Tribunal Constitucional acató lo que se le decía desde la prensa madrileña del bloque de la derecha y purgó el Estatut (con morcillas como la mención expresa a la “unidad de la nación española” después de especificar que la definición de Catalunya como nación del preámbulo “carece de eficacia interpretativa”; penalty y expulsión). La “legítima respuesta de una sociedad responsable” mencionada en el editorial se concretó en una concurrida manifestación. Y ya. Un año después del editorial, se celebraron elecciones en Catalunya con la victorial del catalanismo político y el hundimiento de los promotores del cambio estatutario. Meses después, la probable derrota en las elecciones Municipales y Autonómicas provocó la decapitación política del avalador del cambio estatutario, Rodríguez Zapatero (al que el barullo provocado por el proceso, entre otros, por él mismo, le costó un mal resultado electoral en las Generales de 2008). Tras la contundente derrota electoral en las elecciones municipales y autonómicas, Zapatero entregó todas sus armas al abortar unas primarias donde su contendiente iba a ser la cabeza de lista por Barcelona, Carme Chacón.  El vencedor de la rendición fue el jacobino Rubalcaba.

Año y medio después del editorial, el curso de los acontecimientos nos confirma el descalabro de los promotores del cambio estatutario y apunta a un entendimiento interno entre (parte de) la cabeza de la manifestación y los promotores de todo el barullo (alarmismo con el texto, recursos al TC, presión a los jueces, recogida de firmas, boicot a los productos catalanes, boicot a la operación corporativa de la empresa catalana Gas Natural, alarmismo con la lengua, etc…). Es decir, un entendimiento interno de la derecha, la nueva CEDA, obviando todo el proceso estatutario, editorial incluido.

Un cínico podría decir que el objetivo del editorial era coincidente con la belicosa propuesta del bloque madrileño de la derecha: socavar la estabilidad  del gobierno socialista (estatal y autonómico). Las dos divisiones mediáticas, diría el cínico, se repartieron los flancos. Una vez logrado el cambio de gobierno, la “legítima respuesta de una sociedad responsable” se perdió en los pantanos de la historia. El cínico podría sustentarse en la benevolencia con la que ahora La Vanguardia trata asuntos como los cierres de fábricas, las averías en los trenes o los incidentes de orden públicos. Antes, se reclamaban dimisiones de consellers; hoy, son cosas que pasan. También, en el silencio sobre los casos de corrupción del PP y el muy ominoso silencio sobre el exprimento xenófobo de Badalona. Una sociedad responsable debería cerrar el paso a cosas así.

Seguro que el cínico se queda corto para el análisis donde también tendría que figurar el cambio de escenario, una severa recesión económica que apunta a un recorte de servicios públicos y, como consecuencia, a una dislocación de la sociedad. Es posible que estemos ante el primer cambio social serio de la democracia y que esa sea la razón que hace que Catalunya se envaine la “legítima respuesta de una sociedad responsable”. Catalunya es donde primero se han producido los recortes y donde antes ahn surgido las tensiones. El analista podría decir que no hay que dar soluciones rápidas a un síntoma tan complejo como la concreción política de la xenofobia; quizá el remedio puede provocar un estallido. Seguro que hay mucha gente en Catalunya mirando cómo fue el proceso de cocción del FN francés. Tampoco hay que perder de vista el tradicional afán regeneracionista de la política catalana. A pesar del mantra, Catalunya no busca sacar tajada sino cambiar España. Es posible que haya sido uno de sus errores históricos. El castellano entiende mejor alguien que llega, toma algo y se va a uno que llega y se queda para decir cómo se tienen que hacer las cosas; por eso siempre ha sido mejor entendido el PNV que CiU.

Pero en Madrid no se hacen análisis sino puestas en escena y el cínico recobra protagonismo. Pensemos en un asesor cínico del PSOE. Diría, la mayoría de cadáveres del proceso estatutario estás en nuestras filas. El analista trataría de recordar la mala política de comunicación y las salidas de tono pero el cínico zanjaría la discusión pesando los cadáveres. La conclusión, cuya obertura ha sido el aborto de la candidatura de Chacón, es que Catalunya pasa a ser un burgo podrido. Tal cosa no quiere decir que el PSOE renuncie a los votos de esta autonomía pero sí que realice un proceso de alejamiento; de la idea de la España plural se pasaría (se volvería) al ‘nadie es más que nadie’. En la balanza de los cadáveres, el cínico pondría también algunos gobiernos autonómicos, ¿cuánto ha pesado la bandera de España? Se dejaría la Generalitat en manos de CiU, una opción cómoda para la muñición de los pactos en Madrid, y sólo se buscará recobrar las ciudades (el socialismo catalán no lo aceptará y habrá que ver su evolución). Para las Generales, se recogerían los votos sin hacer gran cosa, esperando sólo a que la derecha española se pase de frenada. (La victoria de Rajoy va a dar prestigio al silencio, la innacción y el paso largo; se pondrá de moda la palabra resiliencia).

La retirada del tablero del socialismo español hará más amplias las zonas de incomunicación y más limitadas las de encuentro (un horizonte de sucesos: una hipersuperficie frontera del espacio-tiempo, donde los eventos a un lado de ella no pueden afectar a un observador situado al otro lado; qué poética es la física). Para impedirlo, sería necesario volver al editorial. Se decía “Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad” y se finalizaba así, con una advertencia: “nadie que conozca Catalunya pondrá en duda que el reconocimiento de la identidad, la mejora del autogobierno, la obtención de una financiación justa y un salto cualitativo en la gestión de las infraestructuras son y seguirán siendo reclamaciones tenazmente planteadas con un amplísimo apoyo político y social. Si es necesario, la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable”.

Esa legítima respuesta puede articularse dentro de unos meses cuando, tras las Generales haya que muñir los nuevos pactos. Será el momento de que CiU, como el representante de esa sociedad responsable, informe al bloque de la derecha de que no sale gratis la política de polaco el que no bote. Andalucía pudo tramitar su Estatuto sin problemas porque todo el mundo sabe en Madrid que el primero fue el iceberg con el que chocó la UCD. Será el momento de abandonar el regeneracionismo y el ensimismamiento y, además de en las históricas reclamaciones tenazmente planteadas, centrarse en una política de cosas físicas, cabezas cortadas o traslado de sedes. Será el momento de decir a los cínicos que no tienen (tenemos) razón.

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