¿Qué coño hacíamos en medio?

Hace unos meses, se celebraron elecciones autonómicas en Catalunya. Ganó CiU, se hundió el tripartito y el PP creció un poquito. En Madrid, el resultado se resumió en ‘triunfo de la derecha y hundimiento de la izquierda’ para alimentar la idea de la inevitabilidad de la futura victoria del PP en las Generales. De nuevo, 1996. En Barcelona hubo voces (La Vanguardia, por ejemplo) que insistían en que quien había ganado las elecciones era el catalanismo y que el escenario no iba a ser el mismo que en 1996. No habría una reedición del Pacto del Majestic. Este blog se situó en un punto intermedio. Las elecciones eran el primer paso hacia la constitución de una nueva CEDA (Coordinadora Estatal de Derechas Autonómicas) pero no se iba a repetir el escenario de 1996 porque el descalabro de la izquierda iba a ser mucho mayor.

Las nuevas elecciones municipales apuntan en esta dirección. El entedimiento entre el bloque de la derecha ha sido rápido y silencioso. Los grupos periodísticos que apoyan a la nueva CEDA (unos, por interés, como El Mundo; otros, por convicción, como La Vanguardia) se han ocupado de que la operación sea inodora, incolora e insípida, incluso en casos como el de Badalona (primer experimento de poulismo xenófobo). Por ejemplo, la propuesta del conseller de economía, Mas-Collel, de paralizar las obras del AVE a Extremadura habría provocado un cisco considerable no hace mucho. Como en el soneto, no hubo nada. El silencio provoca la pregunta de si todo fue atrezzo. Si todo, desde el boicot a los productos catalanes al editorial sobre la dignidad de Catalunya, fue puesta en escena de ambas partes; pequeños círculos de tiza cuyo único objetivo era sacar de los distintos gobiernos a la izquierda.

La pregunta insinúa su propia respuesta y establece un escenario muy favorable al cinismo. Todos los grupos que asumieron la defensa de la pluralidad, del establecimiento de puentes, de espacios de concorcia y del resto de metáforas ñoñas, se quedan desubicados; más concretamente, con cara de tonto. Si todo era mentira, ¿qué hacíamos en medio?

El primero, el PSOE, donde sus estrategas electorales (si es que existen) deberían borrar Catalunya de su futuro mapa de proyectos y argumentos, como se hacía en el XIX con los burgos podridos tomados por el caciquismo. La implicación en el nuevo Estatut, seguramente equivocada en las formas, ha hecho perder trabajo y votos sin reportar nada. El ecosistema madrileño de medios permite mejor la retirada del proyecto de la pluralidad que la futura revisión de las formas. Con el lema, nadie más que nadie, el PSOE podría hacer oposición al PP por su pacto con CiU en el resto de autonomías y, en Catalunya, se limitaría a recoger votos en las Generales aprovechando el miedo al PP. Tras el PSOE, IU, donde la política sobre la pluralidad (y sus pactos) es desconcertante.

Y, por último, el resto del personal, que no tenía nada que perder, salvo el tiempo. Esos tipos que perdieron unos minutos discutiendo con la militante del PP que les pedía firmas ‘contra Catalunya’; que comparon cava cuando la familial pedía sidra o champagne; que se molestaron en mostrar su descontento contra la crispación territorial porque créían que la pluralidad es algo positivo, un derecho de cada persona que se puede ejercer individualmente o en grupo. Algunos, que ya oteábamos la CEDA, con su programa común de reparto de comisiones y sobreseimientos, nada hemos perdido. Otros, más valiosos, se han quedado por el camino, desubicados, preguntándose ¿qué coño hacíamos en medio?

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