Periodismo II (sí­ndrome Gallo)

Suele pasar que la gente confunde los mejores años de su vida con los mejores años del mundo y su decadencia o muerte con la decadencia o muerte de su gremio, de una forma de vida, de la música o del mundo en general. Es el Sí­ndrome Gallo, después de mí­, naide. Hace unos dí­as, Juan Luis Cebrián confundí­a los problemas económicos de Prisa (y de muchos grupos de comunicación clásicos) con la muerte del periodismo. Enric González escribió (en el diario de Prisa).

Funerales 

Vamos a pasar una larga temporada de funerales, me temo. Ayer, en este periódico, Juan Cruz entrevistaba a la prestigiosa reportera mexicana Alma Guillermoprieto, y elevaba al titular una de esas frases que suenan a responso por los muertos: “Siento que el oficio se está acabando”. Se trata de una sensación muy extendida en el gremio.

Personalmente, no la comparto. ¿Recuerdan El apartamento? ¿Recuerdan la oficina en que trabaja el protagonista? Un paisaje burocrático de mesas iguales y hombres iguales, sobre el que impera un poder arbitrario. En la pelí­cula de Billy Wilder, el paisaje corresponde a una empresa aseguradora. Podrí­a, sin embargo, corresponder a un periódico. La industria periodí­stica, que numerosos expertos dan por desahuciada y que, por la costumbre, solemos confundir con el oficio, es un asunto de propietarios, capataces y empleados. Si la despojamos del velo de romanticismo, queda eso: una jerarquí­a vertical, unos intereses comerciales y polí­ticos, unos empleados que sirven a cambio de un sueldo.

La parte industrial, la que dicen que agoniza, no es especialmente bonita de ver. Toda la gracia está en el oficio, en las personas que lo practican y en el público al que sirven. Quizá desaparezcan las mesas, la cafeterí­a, las complicidades oficinescas, la seguridad de una nómina, la enfermedad retribuida, el relativo cobijo de una cabecera; es de suponer que, en contrapartida, el periodista quedará liberado de los compromisos de sus amos. Se atisba una época en la que el periodista será él mismo, expuesto a la intemperie, a solas con sus propios compromisos y sus propios errores.

No crean que después de los “dinosaurios”, por utilizar una expresión con la que jugaban Cruz y Guillermoprieto, vendrá el vací­o. Vendrá otra cosa, simplemente. Otra cosa que ya existe. Yo no necesito el aval de una cabecera para creer en las cosas que cuenta, por ejemplo, Gervasio Sánchez. Mientras exista la sociedad, existirán periodistas como él. Eso me tranquiliza. No sé si a ustedes.

Yo estoy muy tranquilo. Tampoco necesito el aval de una cabecera para leer a Enric Juliana (imprescindibles sus comentarios a la visita de Bertone) pero también debo reconocer que la marca La Vanguardia no es sólo el aval de una cabecera y, aunque sólo fuera el aval de una cabecera no es poca cosa; hay muchas cabeceras que no son un aval.

En un foro virtual, escribí­ (más desordenadamente) el 20 de enero sobre la refundación de El Paí­s propuesta por Cebrián.

Como leninista, la palabra refundación tiene que ir unida a otra, sangre. No pueden refundar los mismos que nos han llevado hasta aquí­ y que posiblemente crean que todo se reduce a cambiar el software, no el hardware.

Leo muchas cosas sobre cacharricos que pueden ser (televisión por capas o domótica interactiva; todo imitando a Philip K. Dick) y tengo alguna conclusión (nada que no se haya dicho en este foro). Creo que habrá una integración de todas las pantallas (móvil, tv, pc, consola, libro electrónico, cine) y todo muy interactivo y muy, muy, muy segmentado, casi personalizado. Habrá tanto material que triunfarán los buenos, aquéllos de los que uno se pueda fiar, y, claro, los ruidosos. Y a nivel global. Un periodista será un medio en sí­ mismo (con patrocinio propio) que puede integrarse en una marca (una cabecera) o no y no tendrá ningún jefe que le dé indicaciones porque hará lo que le dé la gana. Escribirá para sus acólitos sobre polí­tica, manga o detergentes porque su espacio (creo que medio ya no será adecuado) nos contará su vida.

La publicidad no dejará de existir pero tenderá a ser personalizada. Los nuevos medios permitirá saber que fulano quiere irse de viaje a las Bermudas o que a mengano le gusta REM o que zutano quiere cambiar de coche y no te ofrecerán un banner, sino publicidad a ti de lo que te interesa y de la manera que te interesa. Ojo a la información que acumulan buscadores y redes sociales.

PD: Sobre la TV, González escribió otro gran artí­culo titulado Quiebra, donde se recogen los lamentos de la dirección de Telecinco y del resto de cadenas. Unos dí­as después, nos enteramos que la audiencia de los canales temáticos no para de crecer. La tele no está en crisis ni se está muriendo; está en crisis y se muere una manera de hacer las cosas, una forma de hacer y consumir tele. La integración de pantallas (móvil, tv, pc, consola, libro electrónico, cine) provocará un cambio en el que, como sucedió en la industria de la música, revitalizará el sector pero acabará con la industria pesada de intermediación; con la actual dirección de Telecinco, por ejemplo.

Deje un comentario