PAUers. Una aproximación

“Sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra […] Entonces, se le ocurrió que, dirigiéndose hacia el suroeste, podía llegar a su casa por el agua”. En El nadador, de John Cheever, Ned Merrill decide volver a casa tras una fiesta de piscina en piscina. “Le parecía ver, con el ojo de un cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que recorría el condado […] Primero estaban los Graham, los Hammer, los Lear, los Howland y los Crosscup […] después estaban los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde”.

Ned atraviesa los setos, saluda a los vecinos. Jardines cuidados, letreros de propiedad privada, farolitos japoneses, estatuas de dioses clásicos, de animales, enanos de jardín para guardar las herramientas. Automóviles aparcados en el garaje, automóviles aparcados en la puerta, automóviles aparcados en las conversaciones. Camareros de chaqueta blanca sirviendo ginebra fría. Restos de la fiesta del sábado por la noche, preparativos de la comida del domingo. Raquetas de tenis, palos de golf, botas de montar. “El supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color”, la tranquilidad, la continuidad, la serenidad de ser el centro del mundo.

Una casa nunca es solo una casa. Una calle nunca es solo una calle. Un barrio nunca es solo un barrio. Hay pocas cosas más políticas que cómo se construye una ciudad porque eso quiere decir cómo vivirán esas personas, con quién compartirán espacio, cómo irán a trabajar, a qué colegio irán sus hijos, cómo irán hasta allí, dónde vivirán sus amigos, cómo se relacionarán con ellos, dónde comprarán, cuándo comprarán, qué comprarán, cómo comprarán. Es decir, a qué distancia están los centros de salud, las bibliotecas, los cines, los bares, qué tipo de bares son, qué tipo de gimnasios son. Cómo vivimos acaba definiendo cómo somos.

Ned Merrill recorría una comunidad cerrada (gated community), una urbanización de casas unifamiliares, un modelo que el urbanista Bernardo Secchi definía como la negación de la ciudad, al ser “enclaves identificables de seguridad y exclusión”. No existen los espacios mixtos, las zonas grises donde se produce el encuentro con el otro. Son islas comunicadas a través del coche, donde no hay servicios ni comercio. Solo vecinos sobre los que el precio y las normas de acceso garantizan ciertas características. Secchi, autor de Ciudad de ricos, ciudad de pobres, hablaba de un “estado dentro del estado”: una cierta suspensión del orden jurídico colectivo y específicas formas de gobernanza aceptadas por sus habitantes.

Finales de los ochenta, principios de los noventa. Fue el gran momento de la casa unifamiliar en España. Boyer había calentado el mercado inmobiliario y Solchaga sostenía que era el país donde uno podía hacerse rico más rápidamente. Ned Merrill podía recorrer de piscina en piscina el oeste de Madrid (Pozuelo, Las Rozas, Boadilla…) o el norte de Barcelona (Sant Cugat, Valldoreix…). Vería barbacoas de obra a punto de encenderse. Palos de golf, tumbonas de ratán y jardines japoneses.

Es el modelo de ciudad difusa, sin servicios, sin comercios, con enclaves de “seguridad y exclusión”, aislados territorialmente. Su autonomía les permite desconectarse del espacio al que pertenece, de la red social y administrativa, lo que se traduce en una desconexión emocional. Los habitantes se transforman en territoriantes, concepto del urbanista Francesc Muñoz, usuarios de lugares fragmentados (chalet, oficina, centro comercial, escapada) con los que componen su propio espacio. Es un modelo que no para de pedir cemento. Ante las dificultades que tiene el transporte público en este ecosistema disperso, la solución habitual suele ser la construcción de nuevas infraestructuras que abren y delimitan nuevos espacios que también se ocupan. El desplazamiento es de garaje a garaje.

El ladrillazo de principios de siglo reactivó la comunidad cerrada, con modelos blindados, más latinoamericanos que anglosajones (La Finca), pero fue el momento de otro modelo: el bloque cerrado, la urbanización. Los PAU (planes de actuación urbana) promovidos por los ayuntamientos llenaron la parte exterior de las ciudades de construcciones en forma de L o U, bloques de cemento y ladrillo rodeando las zonas comunes: piscina, pista de pádel, jardín, columpios…

La urbanización comparte propuesta ideológica. Es un casi. También es un enclave identificable basado en una retórica de seguridad y comodidades. La calle exterior es insegura e imprevisible en tanto que accesible. Puede pasar cualquier cosa porque puede circular cualquier persona. Aquí, no. Las zonas comunes recrean la calle que, al estar dentro, pasa a ser un recinto delimitado y protegido. No hace falta salir. De garaje a garaje. Lugares fragmentados. De casa, al trabajo; de casa, al centro comercial; de casa, al colegio; de casa, al entrenamiento de los niños. Coche, coche, coche.

Las administraciones dejaron manos libres a los agentes privados: los promotores, las constructoras y los bancos. La burbuja creó un clima de competición en el que las administraciones urbanas se disputaban no solo el pelotazo concreto, sino futuras inversiones públicas y privadas, hospitales, zonas universitarias, contenedores culturales, centros comerciales o grandes superficies. Hay desarrollos que se establecieron junto al futuro espacio comercial, como los pueblos del Oeste nacidos alrededor de una mina. La referencia es oportuna. La desolación inicial despierta cierto espíritu de la frontera. Es una exageración, sin duda, pero esa soledad es la que crea la sensación de autosuficiencia previa a la desconexión emocional de la red.

Al principio, solo había casas. Los huecos para servicios públicos o infraestructuras municipales estaban señalados con carteles. No se llenaban. No importaba. En la mayoría de ocasiones, tampoco había asociaciones de vecinos que los reclamasen. El tejido asociativo es complicado de establecer en las ciudades difusas. Sobre todo, cuando no hay conciencia de esos huecos. Las urbanizaciones son edificios que se han girado y dicen al espacio público: no te necesito, ni tus parques ni tus tiendas ni tus colegios ni tus centros de salud ni tus polideportivos municipales ni tus bibliotecas. Puedo vivir sin ti. No es el estado dentro del estado, pero sí el sálvese quien pueda neoliberal hecho cemento y ladrillo visto con zonas comunes.

Todo es un mercado y participar es competir. Individualmente, claro. La clave no es que las posibilidades de recompensa sean escasas porque el modelo facilita la acumulación, sino la obligatoriedad de la disputa. No apostar, no disputar, significa asumir el fracaso. El riesgo es una prueba de estar en el mundo, de no haber quedado obsoleto. La ausencia de servicios colectivos hace que cada persona compita por encontrar la mejor oferta, algo que suele disfrazarse con el sustantivo libertad. La ausencia de todo te da la capacidad de escoger.

El cuestionamiento de un sistema educativo que garantice la igualdad de oportunidades, por ejemplo, solo es posible con la asimilación colectiva de ese escenario de contienda entre familias a través del concepto libertad de elección. Las administraciones promocionan la competición con el desvío de las inversiones al modelo total o parcialmente privado y el abandono del modelo público; pero, sin la seguridad que proporciona el concepto teórico todo es más complicado. Necesitamos una narrativa para ordenar nuestros actos, para dar significado a las decisiones y que se transformen en relaciones culturales y simbólicas, afectos y compromisos. Necesitamos saber que estamos haciendo lo correcto.

Cada familia busca soluciones individuales más beneficiosas que, bien descubrirán la excepcionalidad de sus hijos, bien harán que se libren de las complicadas condiciones colectivas. Estudiar alemán o chino, violín, programación o inteligencias múltiples. “Top quality education for the future”, “educar en la verdad para ser libres”. Puede ser en colegios del Opus o de Montessori. Las propias instituciones elaboran listas. ¿Dónde van los mejores? Hay que buscar la distinción.

Colegio concertado, seguro médico privado, plan de pensiones, la ilusión de que se están tomando las mejores decisiones y que se puede vivir sin las soluciones tradicionales. En las próximas décadas, gracias a la extensión de las competiciones infantiles, ligas, torneos, padres gritando en la grada, tendremos la aparición de las primeras generaciones neoliberales químicamente puras, gente acostumbrada a competir desde el destete.

Ned Merrill podría recorrer, de piscina en piscina, el cinturón de las ciudades, grandes y medianas. Barrios iguales, continúe por calle lirios hasta llegar a calle azucenas, continúe por calle orión hasta llegar a calle casiopea. Es complicado saber si uno está en Móstoles, Mislata o Esplugues. Revisar los resultados del 28-A desvela la coagulación de este estilo de vida en Ciudadanos. Los chalets son fieles al PP, los barrios conservadores, también. Fuera, están los cinturones naranja, en los PAU del norte de Madrid o en el de Vallecas. Las ciudades del cinturón rojo madrileño tienen un cinturón naranja más o menos definido. Incluso, en capitales de provincia. Serán importantes el 28-M. Hay una clara cuestión generacional, pero también la conexión de un discurso con un estilo de vida. El PP puede haberse cavado su tumba ladrillo a ladrillo.

Peluquerías, clínicas veterinarias, farmacias, fisioterapeutas, un 24 horas y algún bar. Los bancos han cerrado. Si hay niños, guarderías, academias de idiomas y dentistas. Automóviles aparcados en el garaje, automóviles aparcados en la puerta, automóviles volviendo del gimnasio, de comprar el pan, del partido de los niños. Bicicletas de montaña en el trastero. Jardines cuidados, letreros de propiedad privada, distintivos rojos de las empresas de alarmas, protege lo que más quieres, sales un fin de semana y se te mete alguien. Estadísticamente, es mucho más probable que una persona que tiene una casa sea desahuciada a sufrir una apropiación, pero los hechos son irrelevantes. Si uno no puede llegar al destino final, el chalet, por lo menos, puede aparentar tener las mismas inquietudes sobre seguridad o el impuesto de sucesiones.

Las grúas vuelven a funcionar. Todos los ayuntamientos dan luz verde a nuevas zonas residenciales. En Madrid, El Cañaveral, 14.000 casas en el distrito de Vicálvaro. Suelos protegidos, predominio de las cooperativas, más de la mitad de las viviendas tendrán algún tipo de protección. Suena bien. ¿Cómo se va a urbanizar? ¿Habrá mercados, centros de salud, colegios y bibliotecas cuando lleguen las personas o tendrán que buscarse la vida? Una de las primeras promociones será Puerta de San Fernando: pisos de dos a cuatro dormitorios desde 151.000 euros con piscina, pistas de pádel y polideportivas, zona infantil, área ajardinada, etc. Ahí está, Ned Merrill, otro lugar para nadar, otro lugar para encontrar “el supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color”.

Artículo publicado en La marea. Apuntes de clase

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