Parabólicos

Soy parabólico. No es una corriente nueva surgida dentro de IU, calma, sino que Gens ha seleccionado uno de mis relatos, El cuaderno, para la segunda edición de La parábola de los talentos. Tienen la portada aquí al lado. Mi cuento es una historia triste y cotidiana entre un montón de historias hermosas y extraordinarias. El pasado 24 de mayo, celebramos la presentación en la Casa Encendida.

Nos apadrinaron, Luis Llorente, de Gens, Inés Mendoza y María José Codes, de la primera antología, y Julio Jurado, editor, autor y, sobre todo, nuestro pastor. Aquí los tienes. Estas dos fotos son de Sofía Menéndez.

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Y aquí estamos algunos de los parabólicos. No se nos ve a todos, claro. Somos quince.

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He elegido esta porque me encanta enseñar las fotos a mis hijos. Mario y Aitana estuvieron allí. También, el resto de mi familia, en la que incluyo a mi amigo Gonzalo, que vino de Valladolid. Tampoco faltó, claro, Magdalena, mi profe de escritura desde hace muchos años. Me quedé en blanco y se me olvidó mencionar a Beatriz. (Ya que estoy escribiendo a la manera de Reig) Bunburizo las palabras de Julio Leiva: “ella sabe lo de lo intento y no me sale”. Después de la presentación, fuimos a un bar donde los parabólicos nos saludamos y pasamos calor, me escapé a un concierto de Antònia Font, invitado por Pedro, donde también pasé mucho calor, y volví al bar justo en el mejor momento.

El pasado domingo, nos citaron para firmar en la Feria del Libro. Decían que iba a llover pero el único que cumplió las previsiones meteorológicas fui yo, que amanecí nublado. Se me cambió la cara al sentarme en la silla de la caseta de Tres rosas amarillas. Por ella habían pasado los culos de Javier Sagarna, Ángel Zapata, Julio Jurado o Ignacio Ferrnado y, si un escritor es lo que descarta, esa silla debía de saber mucho. No me contó nada. O no supe escuchar, ensimismado en mi vanidad. Aquí estoy.

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Seguro que te has quedado con ganas de saber quién es la dama demediada. Aquí debajo la tienes, escribiendo algo, seguro, más hermoso y menos tópico que yo. Se llama Irene Cuevas y sus cuentos tienen esa ternura surreal que solía regalar Quim Monzó antes de convertirse en el hombre más airado de La Vanguardia. El de la niña suicida del octavo izquierda es de los que más me han gustado de toda la antología. Y el que más recuerdo. Envidio su falta de cinismo, que es una cosa que estoy intentando suprimir de mi dieta. Mi benecol es Manel, donde todo es de verdad. El cuento de la niña suicida del octavo izquierda podría ser una canción de Manel.

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Aquí estamos los dos.

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Beatriz dice que estaba muy guapo. Es porque la estaba mirando. También estuvieron mi padre, que se llevo a Mario a las barcas, y Belén, a quien dediqué el libro de parte de los cuatro.

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Aquí estoy soltando cuarto y mitad de libro. No voy a hacer ninguna metáfora despectiva de la Feria. Me encantaba cuando era pequeño y me sigue gustando mucho. Fui a que Antonio Orejudo me firmara su libro y también llevé otro de Reig (ambos donados por Pedro) pero no lo encontré.

Te presento al resto de los parabólicos que vinieron. Aquí están Manuel Dorado y Marisa Mañana. En medio, con un sombrero envidiado y sonrisa mefistofélica, Julio Jurado, nuestro pastor.

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Estos son Julio Leiva y Javier Quevedo, men in black. El cuento sobre el jumping de Quevedo es el que más le gusta a Beatriz.

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Aquí están Laura Archiles y Mariana Torres.

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Y Eduardo Cano y Javier Pascual

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Habrás visto que cada vez hay menos libros. Se acabaron todos. Le regalé el que había llevado a mi tía Nines, lectora y camello de libros que los demás no le devolvemos. Mi amigo Manolo se quedó sin su ejemplar; la señora que había delante de él se llevó tres. Manolo, la mano invisible del mercado que asigna oferta y demanda nos volvió a dejar sin ná. Ya los han repuesto. Puedes pasarte por la caseta 121 cuando quieras a comprar el libro.

Después, Manolo, Pedro, Asier, Laura, Guillermo, Julia y Beatriz nos fuimos a tomar unas cervezas con la tortilla que había hecho por la mañana. Algunas patatas me quedaron un poco duras pero todo el mundo fue muy amable y no dijo nada. Me fui corriendo porque mi madre había reservado en un restaurante.

Por la tarde, sí llovió pero esa es otra historia.

PD: Por la tarde, Aitana estaba merendando. Empezó a contar una historia y terminó diciendo que papá había escrito un libro por la mañana en el parque. Bieeen, dijo, un aplauso. Escribo para que me miren como lo hacía ella. Y para que me aplaudan, claro.

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