Pablo, el matarreyes

Imaginemos. Tras las imágenes de la comparecencia del Rey y algunas reacciones políticas, vamos a Brasil. El telediario nos dice que Del Bosque interrumpió el entrenamiento para que los jugadores pudiesen ver el momento histórico. Vemos aplausos. Hay declaraciones del seleccionador, Iker, Iniesta o Xavi; hablan de gran labor, democracia o estabilidad. Sergio Ramos se emociona y habla del padre de todos. Es simple, claro, pero tampoco pensemos que la mente social es mucho más compleja.

Necesitamos la narración. Unimos las escenas, los hechos, con ese hilo de causa y consecuencia. Preferimos pensar que todo tiene un sentido a aceptar que no hay un destino, sino supervivencias. Dentro de ese relato, es importante cuándo suceden las cosas. Dentro de dos semanas, a punto de comenzar el Mundial, la abdicación puede tener un marco emotivo resumido en las palabras de los jugadores.

Hoy es una derrota; poco importa cómo quiera presentarse. Hace ocho días que se celebraron las elecciones europeas y el gran triunfador fue un nuevo partido con un mensaje claro: el cambio. Queremos echar a la casta ha repetido durante toda la semana el líder de ese partido y, en una semana, ya ha conseguido que se vayan dos dos, Rubalcaba y el Rey, el de más arriba. Situar hoy la abdicación es confirmar que se puede derribar lo de arriba porque el de más arriba ha caído. Pablo, el matarreyes.

El que ha pensado que hoy era un buen día para anunciar esto está dando a las elecciones europeas una importancia desmesurada y, quizá, ha colocado un órdago en las elecciones municipales y autonómicas del próximo año. Los paralelismos con el 31 son toscos, pero evidentes. El que ha pensado que hoy era un buen día para anunciar esto no ha apostado por la estabilidad, sino que está dando la razón a quienes quieren un cambio. Y les dice que es posible. Gracias.

No hay que tener prisa en traer la República; lo harán los cortesanos.

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