No hay fascismo. No somos tan importantes

En los últimos años, se ha llamado fascista al PP, a Ciudadanos, a Podemos (desde PP y Ciudadanos), al Gobierno de España, al Govern de la Generalitat, al Procés, a los contrarios al Procés, a la campaña pro Brexit, a Trump, a Salvini y, sin ánimo de ser exhaustivo, a una larga lista de políticos, periodistas y humoristas. Se ha asimilado fascista (o nazi) a muchas cosas (intolerante, autoritario, nacionalista, racista, machista, xenófobo, homófobo, etc.) hasta llegar al punto en que el concepto no significa nada. El fascismo es algo muy concreto, lo mismo que el nacional-socialismo. Es una propuesta política que ninguna de esas personas o partidos defiende.

“Es fascista porque es totalitario”, se ha escrito. China también es un modelo totalitario, lo mismo que lo fue el caudillismo hispanoamericano o las monarquías absolutistas. “Es fascista porque persigue ideas”. Bien, como sucedía en los Estados Unidos durante los años 50 o en ciertos países donde es ilegal pertencer a una religión distinta de la oficial. Por cierto, en los años 50, Estados Unidos también mantenía leyes racistas, con lo que el fascismo no tiene el monopolio de “sembrar el odio contra el diferente”. Eso es algo muy extendido. Sucede lo mismo con “crear un enemigo exterior o interior”. Volvamos al macartismo o a toda la legislación antisemita promulgada en la Europa del XIX o a Ruanda. La homofobia y el machismo son conceptos transversales, lo mismo que el nacionalismo.

El fascismo es algo muy concreto. Es una propuesta política con unas característas (partido único, estado corporativo, economía dirigida, organización paramilitar, persecución política, expansión territorial, etc.) que recogen muy pocos partidos. El populismo de derechas que busca aglutinar al electorado con un discurso xenófobo basado en la seguridad, la soberanía y la impugnación de la posmodernidad no es fascismo. “Trump es un nazi”, se dijo. Este otoño, habrá elecciones en Estados Unidos y todo hace pensar que habrá unas nuevas presidenciales dentro de dos años en las que puede ser derrotado. Los nazis no perdían elecciones.

Quizá, se insiste tanto en el concepto “fascismo” porque lo simplifica todo. Si son nazis, no hay que ofrecer una propuesta política alternativa y solo hay que situarse enfrente, lo que nos otorga el prestigio de “luchador antifascista”. No lo tenemos. No es fascismo. No hace falta. El fascismo es producto de un momento histórico en el que había varios modelos sociales y económicos defendidos por organizaciones de masas. En este momento, tal cosa no se produce. Hay un modelo económico y varias propuestas de gestión política que van desde la democracia sueca a la teocracia saudí. Trump o Salvini no son fascistas. Ni tienen esa propuesta política ni, sobre todo, la capacidad de llevarla a cabo. No hay fascismo porque no es necesario. No somos tan importantes.

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