Mi abuelo

Mi abuelo fue maestro. En su primera escuela, en un pueblo alavés a finales de los años cuarenta, lo recibieron haciendo la ola. Vení­a, según dijo el alcalde, “a desasnar a los mozos” y, entre todos los habitantes, le financiaron la casa y parte de su alimentación. Si los niños del pueblo aprendí­an a leer, escribir y contar, algo que no sabí­an sus padres, tendrí­an más posibilidades de progresar, aunque siguieran siendo campesinos. Al menos, no los engañarí­an en el mercado de la capital. Cuando se jubiló, a finales de los ochenta, recibió varios regalos de los ex alumnos de su última escuela, en Santa Marí­a de la Vega, Zamora. A la mayorí­a, los separaban una o dos generaciones del analfabetismo.  

Cada cierto tiempo, tenemos algún informe que nos habla de la pésima calidad de la educación española y siempre hay alguien que habla de un pasado ideal donde todo el mundo salí­a del Saber y Ganar. Además del poco dinero que se invierte porque no luce, la escolarización universal hasta los 16 y la desmesura de los horarios laborales y extraescolares, también deberí­amos tener en cuenta la pérdida de prestigio de los maestros y de la educación. Hasta hace una o dos generaciones, la instrucción era la única forma de progreso social, además de la emigración, para la mayorí­a de la sociedad. El trabajador se deslomaba para que su hijo estudiara cualquier cosa porque, siendo bachiller o universitario, iba a tener mejores condiciones de vida: más dinero y menos horas. En los pueblos, que alguien fuera a la universidad significaba que iba a volver en un cochazo y con un trabajo en la ciudad. Hoy, el cochazo está más al alcance del electricista o del comerciante que del universitario. No hay pasado ideal; la gente de entonces buscaba la pasta, como la de ahora, y lo único que ha cambiado es el rumbo del progreso social. Pero, tranquilos, todo vuelve. También los maestros. Espero. 

(Publicado el 31 de enero)

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