Mesa petitoria

El máximo desafí­o al estado apenas encuentra su sitio en la prensa. Como los dadaí­stas desbordados, Ibarretxe tiene que hacer happenings callejeros para obtener atención. Lo oí­mos en el coche y mi mujer me pregunta si hará el referéndum. No, respondo. Joder, dice, qué seguro estás. Es que, respondo, un referéndum es una cosa en la que tiene que participar mucha gente. Tiene que constituirse una junta electoral cuya composición está determinada por la legislación (magistrados y catedráticos), se tiene que publicar el censo electoral y hay que contar con la colaboración de ayuntamientos y otras instituciones para preparar los colegios electorales y se tienen que constituir mesas en colegios electorales con presencia de las fuerzas de seguridad. Hay que movilizar a demasiada gente y la mayorí­a, aunque puedan estar de acuerdo en el planteamiento inicial, seguro que no lo ven claro porque su porpio cargo depende de la legitimidad de las leyes. Pero, insiste mi mujer, puede situar las urnas en edificios que dependan del Gobierno vasco o en la calle. Claro, como hace el Athletic para elegir presidente o en mi pueblo para elegir la reina de las fiestas. Pero eso no es un referéndum, sino una mesa petitoria. Si todo lo que puede ofrecer a la ciudadaní­a el presidente de la Comunidad con más competencias y que más porcentaje de dinero gestiona es una mesa petitoria, hay un serio colapso polí­tico.

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