Memoria histórica

Lo más importante, siempre, es el relato. Hace unos dí­as, Eva Orúe escrbí­a en Público el mejor artí­culo sobre el tema o, al menos, el más clarificador y menos demagogo. El texto recogí­a la polémica surgida en el pueblo almeriense de Enix donde un grupo de vecinos reclamaba el ostracismo (retirada del tí­tulo de hijo predilecto y de su nombre a una calle) para el escritor Agustí­n Gómez Arcos porque se veí­an reflejados en una de sus obras, El niño Pan, reeditada recientemente por Cabaret Voltaire, y que está situada en la posguerra. Eva Orúe manifestaba su incomprensión ante la actitud de los enixeros pero es la esperada de quienes ven amenazado o roto su relato. Gómez Arcos, con sus recuerdos, cuestionaba los recuerdos colectivos de las familias y, por tanto, del pueblo. Es el shock de la revelación. El abuelo no era tendero, sino que se quedó con el establecimiento de uno al que delató; o vivimos en la casa de una familia que se exilió; o la tata que nos cuidaba era la viuda de uno al que, entre otros, fusiló papá. Por no hablar de los hijos de presas dados en adopción. Es trasladar aquí­ el shock social de los hijos de los desaparecidos, la puta anagnórisis colectiva argentina.

La Ley de Memoria Histórica es bastante conciliadora porque habla de “reconocer y ampliar derechos a favor de quienes padecieron persecución o violencia, por razones polí­ticas, ideológicas, o de creencia religiosa, durante la Guerra Civil y la Dictadura, promover su reparación moral y la recuperación de su memoria personal y familiar, y adoptar medidas complementarias destinadas a suprimir elementos de división entre los ciudadanos, todo ello con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las diversas generaciones de españoles entorno a los principios, valores y libertades constitucionales”. Pero, claro, amenaza el relato. Y eso que se desistió de la primera redacción en la se abrí­a a puerta a cuestionar los actos jurí­dicos del franquismo. El problema no era la pena de muerte de Companys, sino la propiedad del piso del barrio Salamanca que, hasta la guerra, era de un catedrático que tuvo que exiliarse o la de las tierras. Ay, las tierras. Yo, que soy de Zamora, lo sé. La Ley, y ése es el problema, habla de la “recuperación de la memoria personal”, como hizo Gómez Arcos en su libro. Recordó toda la mierda que vió y vivió de niño como, sin mantillo polí­tico, hizo Antonio Bayo, provocando una reacción similar.  

El relato; lo importante es el relato. Esperemos que a nadie le dé por hacer un reportaje de investigación que recorra el destino de los niños robados en las cárceles de la dictadura porque nos dará una ulcera colectiva. O quizá hace falta para quitarnos la bilis de una vez.

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