Max Weber, dí­ algo, coño

Espero que el Plan de Rescate tenga una partida para indemnizar a todos los que leyeron y defendieron la í‰tica protestante y el espí­ritu del capitalismo de Max Weber que se han quedado con el culo al aire. Weber explicaba que, para el catolicismo, el trabajo era una maldición divina, por lo que el seguidor de esta religión elegirá el dinero fácil y abandonará las labores cuando haya llegado a un punto de necesidades satisfechas. Para el protestantismo, o más bien calvinismo, el trabajo era una actividad con sentido por sí­ misma que serví­a para glorificar a dios y, además, todos los bienes materiales que producí­a eran señal de la predestinación del sujeto. El trabajo cientí­fico no era para descubrir los secretos del universo, sino para crear máquinas con alguna aplicación práctica. El producto del trabajo no se invertí­a en riquezas ostentosas, como hací­an los católicos, sino en reinversiones, en lo que Weber llamaba el cí­rculo virtuoso, que es el que convierte a un pequeño negocio en una gran empresa. La creencia en la predestinación, hace que los personajes católicos como Don Juan puedan ser perdonados antes de morir de todos sus pecados, mientras que los personajes de teatro protestante, como el jefe de Los bandidos, siempre son castigados, algo que seguimos, o seguí­amos, viendo en el audiovisual.

Una de las bases de la ética protestante del trabajo y la austeridad fue una burbuja vivida en carne propia, la de los bulbos en los Paí­ses Bajos. Comenzó en 1634, 13 años después del reconocimiento de su independencia por Felipe III, y terminó en febrero de 1637, del tres al nueve, con un colapso económico, muy limitado porque la globalización estaba por llegar, pero que podí­a haber puesto en peligro la recién conseguida independencia ya que, no olvidemos, los ejércitos eran de pago. También se puede decir que comenzó en 1634, con el inicio de la demanda francesa que subió el precio del bulbo, y terminó en 1637, pocos meses después de la instalación de un protomercado de futuros que amplió la puerta de entrada del mercado de tulipanes a inversores sin capacidad de responder a su inversión. En su libro sobre la locura de las masas de 1841, Charles Mackay señaló una obviedad, como algunos se habí­an hecho ricos, otros acudieron pensando que la pasión por los tulipanes iba a durar siempre.

La cosa, como la de ahora, también acabó con intervención y nueva legislación pero, lo que es más importante, con una profunda huella cultural basada en la austeridad y el recogimiento pero, sobre todo, en la creencia en el que ’el que la hace, la paga’ y en el ateí­smo del perdón, dos consignas que han quedado en evidencia por el plan de rescate. La refundación que pide Sarkozy o la lección que Pelosi quiere que los financieros saquen sólo se consigue recuperando esas dos consignas, claves para no jugar con fuego, que hací­a que los financieros saltarán por la ventana o acabaran en la cárcel. La moral pública y esas dos consignas claves han dejado paso al sentimiento de grupo donde todo lo malo no és que se perdone, sino que no se olvida. Es posible que ahí­ esté la clave de la aceptación del plan, en el cambio en la moralidad pública de EEUU, el cambio que va desde el protestantismo inicial del que hablaba Weber al evangelismo personalizado de las sectas de renacidos, como la que pertenece Bush jr., el perí­odo donde todo esto se ha producido. O no. O es sólo una paja mental. Ya nos lo explicarán los sociólogos.  

PD: Servidor comenzó a escribir esto el viernes y el domingo se encontró con que LV también habí­a pensado en lo mismo. Seguro que lo suyo es más interesante y, sobre todo, más sólido.

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