La solución decisionista

La principal aportación española a la teoría política es el caudillismo. Alguien con decisión que, con razón o sin ella, defienda la fe o las tradiciones; alguien que, como sea, ponga orden de una vez: alguien con cojones que lo solucione todo. Pueden encontrar una visión más desarrollada en Francisco de Vitoria, entre otros. Merece la pena recordarlo.

Ayer, lo hice a una pregunta de @JaviM: ¿queda alguna institución no tocada? Sí, el ejército. En las encuestas, suele ser muy valorada y su participación en la crisis de los controladores consolidó su percepción de colectivo serio, disciplinado, eficiente y honrado. Adjetivos que hoy suenan muy bien. La historia de España afirma lo contrario, pero hablamos de percepciones.

Esos días, José María Lassalle escribió un gran artículo titulado El guardián de la normalidad en el que criticaba el uso de fórmulas jurídicas excepcionales de forma prolongada y alertaba sobre la deriva decisionista: una deriva arbitraria que degrada la vigencia institucional de los principios formales nacidos de la deliberación legal para potenciar aquello que Carl Schmitt definía como la “decisión pura, que no razona, ni discute, ni se justifica”. Es una pena que las palabras pierdan fuerza por el partidismo. Seguimos en esa deriva, pero ya no tenemos más artículos suyos alertándonos.

En otras circunstancias, la clase dominante resolvería el tema con una alternancia, pero la oposición no existe y abrir las urnas es peligroso. Ahora mismo, la solución más probable a la crisis actual es la ausencia de solución. Dejar morir el tema, aunque también se mueran el PIB y el IBEX. La segunda posibilidad es que Soraya acabe el año como presidenta del Gobierno tras petición de Angela Merkel.

Pero hay otras. Nos resulta imposible imaginar a uniformados en el Gobierno. Nos resulta tan imposible como era hace año y medio la desaparición de las cajas de ahorros o, hace tres, la masiva emigración. O más imposible, incluso. Nos resulta imposible imaginar a uniformados en el Gobierno, pero no tenemos otros tecnócratas. La cuestión no es que a nosotros nos parezca imposible, sino que a la clase dominante, el Jefe del Estado, por ejemplo, le parezca deseable.
Y es probable que lo veamos antes en Grecia.

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