La SGAE anuncia que se va a acabar la cultura porque quiere enterrarse con ella

No recuerdo quién sostenía que la gran creatividad de los 30 y los 60 se debía a las guerras de dos décadas antes. Es decir, los jóvenes que accedían en los 30 y los 60 a la escena cultural tenían el escenario bastante vacío porque los que debían de ser sus rivales generacionales estaban, en su mayoría, muertos. La explicación no es completa porque no considera la progresión de ingresos, la extensión de la educación o los avances tecnológicos para la difusión cultural pero es interesante. Sobre todo, porque la mayoría de análisis sociales que se hacen suelen olvidarse de la cuestión generacional. Marx absorbió el concepto de dialéctica de Hegel y la lucha generacional ha quedado olvidada cuando es central en las cosas que pasan. En política, por ejemplo, cuando el Rey opta por Suárez, no elige sólo un determinado perfil ideológico, sino una generación y muchos de sus problemas vinieron por el odio que despertó en la anterior; Fraga le dijo en el lavabo del Congreso: “Jamás te perdonaré que me hayas jubilado doce años antes”. No es lo más inquietante que te pueden decir en un meódromo.

España tiene un fuerte problema generacional. La generación de los 40-50 llegó al poder en los 70 con el cambio de régimen.  Fueron como los chicos del maíz; mataron a sus mayores llamándolos franquistas y, con 20-30 años, dirigían periódicos o ministerios. Y siguen ahí. Ahora, matan a sus jóvenes llamándolos inexpertos, frívolos o posmodernos. Es lógico que no acepten el cambio generacional; nadie lo hace. Como dice Manolo Portela, economista sabio, el que ha entrado ya no piensa en que existe un mundo exterior, sino en poner candados a las puertas. La generación de los 40-50 tiene mucho que defender: contratos fijos, convenios colectivos, (pre)jubilaciones aseguradas, etc… Son cosas que, para los tipos de 40 para abajo, son extrañas (salvo la clase funcionarial; compuesta no sólo por funcionarios). El problema de los sindicatos no es la campaña de la prensa sino esa división generacional. La clase trabajadora se ha dividido en clase funcionarial y clase precaria y, al haber desaparecido la conciencia de clase (una cosa es que una cosa no se perciba y otra, que no exista) ambos grupos se enfrentan y los sindicatos, formados habitualmente por el grupo funcionarial, se dirigen a éste: van perdiendo representatividad, prevalece el corto plazo y éste siempre provoca miedo.

Es el panorama de la famosa cena del miedo porque existe la misma división en la cultura (podemos incluso usar la misma denominación: grupo funcionarial y grupo precario) y sus estructuras de poder, los organismos de gestión de derechos, representan a una parte del grupo funcionarial. En la SGAE, dice Nacho Escolar, decide un 0,7% de todos los socios. Ahí está lal clave de lo que sucede: gente envejecida (no necesariamente vieja) con mucho miedo a todo, muchos privilegios adquiridos, poca representatividad en el conjunto del sector y que realiza acciones a corto plazo aprovechando su capacidad de presión política con el único objetivo de mantener su estatus.

Por mucho que acojone a los comensales de la cena del miedo, lo de internet parece que va para adelante. Tiene pinta de que se prepara una (r)evolución basada en cosas como la movilidad total (geolocalización, geopublicidad, realidad aumentada, etc…), conectividad total (telemedicina, teleservicios, telepresencia, etc…), conexiones máquina-máquina (hogar conectado, coche conectado, energía inteligente, etc…), la convergencia de las pantallas (móvil, ordenador, televisión, tableta y lo que surja) y los universos en la nube (aplicaciones en lugar de software, streaming en lugar de descargas o virtualización en lugar de almacenamiento, etc…). Son cosas que requieren redes con mucha capacidad y, sobre todo, mucha fiabilidad. La peli porno se puede colgar pero una operación de páncreas o un coche, no. Las operadoras, señaladas por las estructuras de poder tipo SGAE como promotoras y beneficiarias del tránsito de contenidos culturales, no quieren invertir en esas redes porque son caras y no ven el retorno de la inversión. No creen que haya demanda masiva de esos servicios y ellas también se presentan como víctimas de otros parásitos: los proveedores de servicios de internet. Telefónica contra Google, para entendernos.

Su primera reacción fue tipo SGAE: pedir una tasa. Tras unos meses de debate, las operadoras pasaron a otra estrategia y solicitaron compartir inversión. Tras una negativa inicial, Google accedió y fue un poco más allá, firmó un acuerdo con la operadora Verizon para participar en la inversión a cambio de que sus contenidos se priorizasen. Se rompía la neutralidad de la red. Casi simultáneamente, Telefónica inciaba el debate sobre el fin de las tarifas planas. No lo harán porque son un buen producto comercial pero pero el debate dará legitimidad a la consolidación de esa ruptura. Sobre la misma vía circularán cercanías, talgos, alvias y aves. Quien pague más, tendrá más ancho y más fiable y no se trata de tarificación final al consumidor, sino a los grandes proveedores de contenidos. Google quiere tener una buena red para extender su dominio de la publicidad en la red a la nueva Televisión IP.

Si a las estructuras de poder tipo SGAE les preocupara la cultura y quisieran defenderla, estarían buscando cómo adaptarse al cambio de modelo que todo esto provocará para evitar las tendencias oligopolísticas sobre la producción y distribución de contenidos (el modelo Apple). Mi padre recordaba el sábado que los derechos de autor nacieron para defender a los creadores de los editores, no del público. Sin embargo, por una cuestión generacional, las esgaes realizan acciones a corto plazo aprovechando su capacidad de presión política con el único objetivo de mantener su estatus: recaudación privada (de tipo diezmo medieval). Es una acción contraproducente en imagen porque legitima cualquier acción con ese contenido, el consumidor no suele aceptar el doble pago (triple, en el caso del cine) por un mismo producto, y nefasta si se sale de la burbuja porque ralentiza el desarrollo cultural y tecnológico. No es la primera vez que suceden cosas así. En el Renacimiento, la Iglesia Católica, que también tenía el privilegio de recaudar sus impuestos, quiso detener el mundo que se había iniciado con la difusión del saber a través de los talleres de impresión. Probó también a perseguir a quienes difundían los nuevos saberes, filósofos, escritores, astrónomos, médicos, etc… No pudo hacerlo pero sí logró que algunos países quedaran más retrasados; España, por ejemplo. 

Las estructuras de poder tipo SGAE no son exclusivas de España pero sí, del mundo occidental. Su capacidad de presión política está marcando cómo el mundo occidental se enfrenta al cómo se harán las cosas. No estoy hablando de modelos cerrados porque el mundo no son líneas, sino esferas que se van agregando, pero la Ley Hadopi o la Ley sinde (o Biden-Lassalle) configuran una actitud legitimadora de las viejos sistemas cerrados que están dentro de las estructuras de poder, concretamente sentadas encima de la caja fuerte, poniendo candados para que nada entre del mundo exterior. La adaptación de la industria cultural a los nuevos sistemas de producción, distribución y consumo puede provocar terremotos en esas estructuras. Posiblemente, si la SGAE pasara de la recaudación privada y previa a acciones de mercado (nadie propone que un trabajador no cobre por su trabajo; el debate será cómo, cuánto, cuándo, durante cuánto tiempo y, sobre todo, qué trabajo) sus ingresos disminuirían bastante y seguro que su grupo de poder desaparecería. Para ellos, la opción lógica es no cambiar, aunque ralenticen el desarrollo cultural y tecnológico del país. Nos volveremos a joder.

La (r)evolución está sucediendo y, el que antes llegué, pondrá la mesa, distribuirá los platos y elaborará el menú; es decir, los países o empresas que antes dejen atrás el cómo se han hecho las cosas hasta hoy serán los que marquen los modelos de desarrollo, el cómo se harán las cosas. Espero que sea Occidente porque prefiero la democracia. La opción es China.

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