La rosa púrpura de Mestalla

“Vamos a enviar un mensaje al mundo”, dijo Fernando Llorente la ví­spera de la final, posando como uno de los Pecos. Y el mundo dio comunicando, pensé cuando Xavi marcó el 1-4 en el minuto 64. No exactamente. El Athletic envió un mensaje que, como las sondas del espacio profundo, está destinado a sí­ mismo porque, aunque haya vida inteligente ahí­ fuera, lo más probable es que no comparta lenguajes ni formatos con nosotros. Ni siquiera dimensiones.

El Athletic es un equipo especial, es un creador de mitologí­a (la Gabarra), de ritos (las flores en el busto de Pichichi en la tribuna) y de leyendas (Zarra, Iribar o Goiko). El alirón, que el próximo fin de semana cantará el Barí§a, es una palabra nacida en San Mamés, uno de los pocos estadios fuera de las islas británicas donde las gradas tienen nombre (Ingenieros, Misericordia o Garay) y que más que una Catedral es un Stonehenge, un lugar telúrico (por eso, estoy preocupado por el cambio de orientación del nuevo estadio. ¿Se ha consultado el Feng Shui y las lí­neas Hartman?). Por todo lo anterior, algunos nos hemos hecho del Athletic. No somos, sino que nos hemos hecho. Y no lo queremos perder. Primero, porque es la razón que nos ha llevado aquí­ y, segundo, porque no garantiza nada. Abandonar la filosofí­a y entrar en el mercado común de jugadores no asegura mejores resultados. La Real, por meter el dedo en el ojo, decidió apostar por dejar de ser especial y ha acabado en el Pantano de la Tristeza. Y a punto de ser engullido por la Nada cualquier año de estos. Ser especial hace que el Athletic pueda explotar su propia marca o tener peñas en todo el mundo. Pero el mensaje es que no vale con ser especial. El Athletic no puede vivir de las fotos de Zarra o el ví­deo del gol de Endika; tampoco contemplarse en la admiración ajena, ni hacer del sufrimiento otro mito, como ha hecho el Atlético.

El mensaje es que el Athletic necesita partidos como este para fijar hitos en la mente colectiva. Necesita pasar más a menudo del así­ soy al aquí­ estoy. Si se ganan, mejor, claro, pero la única oportunidad del Athletic pasaba por abrir un agujero de gusano y conseguir que el Espanyol o el Mallorca hubieran eliminado al Barí§a. Ojo, ambos estuvieron a punto. Con el Barí§a de ayer, con el del Bayern o el del Madrid, habí­a poco que hacer. En la prensa, menudea la decepción con el Athletic, no juegan, no dan tres pases, se dedicaron a defenderse y esperar un fallo del Barí§a. ¿Dónde han estado los últimos años?, ¿en la isla de Perdidos? El Barcelona es el mejor equipo del mundo, con dí­as en los que se va más allá de la puerta de Tannhí¤user, y el Athletic comparte la Tierra con el resto. Habí­a un equipo de Play Station 3 y otro, de Amstrad 128k; uno, en color y otro, en blanco y negro, como en la Rosa Púrpura del Cairo. El mensaje era estar ahí­; decir que se puede. Para conseguirlo, hací­a falta apuntar bien y que al Barí§a se le encasquillara la pistola. Falló lo segundo.

El de Toquero hizo recordar el mil veces visto en youtube gol de Endika de la final del 84 pero la diferencia estaba en el rival. Ese Barí§a tení­a a Maradona pero este, sin tener a ninguno como 10, tiene a once tí­os que no bajan ninguno del notable. Tras el gol, el Athletic no puso el autobús, sino la Y vasca. Una maraña de jugadores se situaba entre la lí­nea de mediocampo y el área. Si Xavi o Messi salí­an del regate, tenian a otros dos, uno delante y otro detrás, para rebañarle la pelota. Y sin todas esas patadas-matrix con las que le habí­an comido la cabeza al árbitro que no paraba de pedir calma como si fuera del samur. Sólo podí­an tocar el balón con tranquilidad los que acreditaran carnet de central, Puyol, Piqué o el reconvertido Touré. El problema es que en este Barí§a incluso los centrales saben sacar el balón, tocar, desmarcarse, driblar, se atreven a llegar a la frontal y chutan si ven un hueco. Como hizo Touré. El Athletic se destrempó. Siguió con su plan pero ese empate no salí­a en el ví­deo de la final del 84. El Barí§a se terminó de hacer con la pelota gracias a la ví­sión desde el banquillo. Pinto Van Damme dejó de sacar en largo para hacerlo en corto, preferiblemente al lateral. El Athletic, que soñaba con el error ajeno, mandó a la primera lí­nea defensiva rojiblanca como moscas a la miel dejando huecos a los creadores de juego. Xavi, vamos.

Tras el descanso, el Barí§a subió un par de puntos la velocidad del balón y minimizó su permanencia en los pies; zas, zas, zas, podí­a ir adelante o atrás, derecha o izquierda, el caso es que hubiera un movimiento uniformemente acelerado que sacara al Athletic de sus orbitales. Quizá un cambio más acertado hubiera sido sacar al amonestado Koikili, bajar a Orbaiz para jugar con tres atrás y meter jugadores de banda como Susaeta, rápido y driblador para tratar de fijar a los centrales pero son cosas que se piensan después. Ahora todos sabemos que los móviles son un gran negocio; habí­a que haberlo visto en los 90. Zas, zas, zas; pum, pum, pum. En diez minutos quedó el partido resuelto por tres tí­os menudos con aspecto frágil. Messi, Bojan y Xavi, tres canteranos, no está de más recordarlo. Y, los dos primeros, en errores de concentración, tampoco esta de más recordarlo para no asumir la inevitabilidad de la derrota. El Athletic, cuyo juego habí­a quedado disuelto por la velocidad blaugrana, se desmoronó. 1-3 hubiera sido algo accesible a la ensoñación, si entra uno se ponen nerviosos, pero tres goles convertí­an el tapete del campo en un desierto.

“Hasta el final, hasta el final” gritaba Gorka, quizá inquieto porque podrí­a quedar como el portero más goleado de una final de Copa. El Barí§a bajó la intensidad pero sin perder el respeto, cosa que hay que agradecerle. Guardiola cambió a Touré para que fuera pitado, a Xavi para que recibirá el MVP y dejó a Messi para demostrar que no se creí­a todas las bobadas que se habí­an escrito sobre la contundencia rojiblanca. Fin. Hubo algunas lágrimas, más de escenografí­a que de duelo, que deberí­an borrarse enseguida para que no se solidifiquen. Los aficionados del Athletic tenemos costumbre de convertir esos momentos en piedras con las que llenamos los bolsillos de los jugadores. í‰se es el mensaje. La mitologí­a es para crearse, no para recrearse; no es para que caiga encima de la plantilla cada septiembre, sino para subirse encima y disfrutar.

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