La inmerecida suerte de la gente de orden (PAH)

Escribo poco porque apenas tengo cosas nuevas que decir. Creo que la gente de orden sigue teniendo mucha suerte con las diversas reencarnaciones del cabreo. Una suerte bárbara y, seguramente, inmerecida. Primero porque no hacen nada por buscarla y, segundo y más importante, porque no la reconocen cuando la tienen delante.

Hay once millones de personas, más de un cuarto del país, en la frontera de la miseria, de un lado o de otro; muchos de ellos han exprimentado un parapente social que les ha dejado sin estómago. Aún así, se puede andar por la calle o encender el telediario sin esperar grandes sobresaltos.

La PAH ha encauzado el cabreo y no permite que el malestar se desborde. La desesperación, como antes la indignación, ha vuelto a ser encauzada de forma constructiva, dentro de un movimiento, en lugar de dejar que crezca al albur. Situar las acciones dentro de un marco siempre crea un rito e impide los estallidos incontrolados. La PAH arropa la desesperación y le proporciona un horizonte razonable y educado de esperanza o desagravio, aunque sea el insulto o el cerco a los domicilios.

Todo podría ser de otra manera y, por ejemplo, al personal le podría haber dado por incendiar sus pisos, dejar el gas encendido o sacar la escopeta. No hay que preocuparse. Si permanece la criminalización de la PAH y sus miembros -razonables y educados, insisto- desisten, podemos llegar a ese punto.

Todo es cuestión de insistir en la estupidez y tentar a la suerte.

Deje un comentario