La fiesta a la que estamos invitados

Poco antes del intermedio, Nemorino, el amante despechado, el empleado humillado, esparce colérico el contenido de un cubo de basura en un rincón mientras el resto del escenario celebra el compromiso entre Adina y Belcore. El tímido Nemorino es el Joker. La vida es una fiesta a la que no estás invitado, jódete y gestiona tu rabia como puedas. La única oferta posible es la medicalización de tus emociones, convertir en enfermedad todo lo que te incomoda, para que haya un elixir, una pastilla que pueda hacerte sentir otra cosa o no sentir, como la protagonista de Euphoria o el de Serotonina. Pero la obra no va por ahí. No es día de ponerse intensito.

El Teatro Real recupera la puesta en escena de Damiano Michieletto para L’elisir d’amore de Donizetti, una coproducción con el Palau de les Arts de Valencia que ya se pudo ver en diciembre de 2013. Es interesante el efecto Pierre Menard. Los años han pulido los problemas que las críticas de entonces señalaban, como la dirección de actores o el movimiento del coro. Quizá seis años más de Mediaset, reggeton y contenedores de Shenzhen han provocado cambios en la consideración estética o de conceptos siempre resbaladizos, como burdo o chabacano. No se trata de un juicio, sino de la constatación del proceso viejísimo según el cual lo que hoy es vulgar y escandaloso, mañana está en la planta de caballeros de los grandes almacenes y dos días después delata a aquellos que llegan tarde. Ojalá un libro que analice los últimos cincuenta especiales de Nochevieja para comprobar este inclemente paso del tiempo.

Además de la clara asimilación del tronismo como canon estético de la belleza masculina y femenina, la representación entra dentro del universo de la sitcom. Movimiento, movimiento, movimiento; poco espacio para el lucimiento vocal individual, algo que siempre hay quien echa de menos. Todo es un único ser vivo. Estamos viendo un capítulo de Friends. Aunque no todas funcionan, las bromas entre el elenco trasladan al público la sensación de química interna, algo fundamental en este tipo de representaciones. Brenda Rae no es una Adina candorosa, sino desinhibida y divertida gracias a su gestualidad y los problemas que puede crearle el movimiento constante no logran oscurecerla. Juan Francisco Gatell, de menos a más, proporciona al personaje de Nemorino ese carácter del pobrecitismo tierno, más cercano a Ted Mosby que a los innamorati de la Commedia dell’Arte. Su excelente -y mesurada- interpretación de Una furtiva lágrima quedó un poco desubicada en medio del ritmo de sitcom.

Quizá por esa apuesta, entre la sitcom y el universo Mediaset, todo el escenario se llena cuando aparece Dulcamara. Vestido de chulazo, lo que hace seis años podía ser sobreactuación y un cierto abuso de la potencia vocal encajan perfectamente en la evolución de la puesta en escena y su recepción. Erwin Schrott construye un charlatán traficante histriónico que recuerda a los mejores momentos televisivos de Pocholo Martínez-Bordiú. Sin él, no hay diversión. Y la diversión es fundamental porque estamos en una playa.

El pecado del aburrimiento

La historia de L’elisir d’amore es tan universal que acepta todo tipo de adaptaciones sin necesidad de pasar por el estudio de La fura dels baus. Una persona enamorada de otra que es inaccesible –un crush- y que, a su vez, disfruta con los desvelos de la primera, hasta que un elemento –externo e interno– destruye los obstáculos y nos conduce al final feliz. Es un argumento que hemos leído o visto miles de veces.

La idea de la puesta en escena le llegó a Damiano Michieletto durante una jornada playera en la que apareció una camioneta que repartía muestras de una crema. Todo el mundo se levantó porque no tenían nada que hacer. Estaban aburridos, uno de los pocos pecados que existen. Si no estamos haciendo algo que podamos mostrar, construir como experiencia narrable, tenemos la idea de no estamos haciendo nada. Cabe reivindicar el aburrimiento, la pereza, la improductividad, la desconexión porque la colonización del tiempo es nuestra peor derrota.

La playa también es uno de los lugares más democráticos que existen, donde todo el mundo es igual, salvo el físico, la ropa, los aperos que uno pueda llevar o la capacidad de levantarse al alba para tener sitio. Cierto; pero, de momento, la playa no se puede comprar y, de momento, hay que quedarse en bañador. Por eso, es uno de los lugares donde aún puede tener lugar el encuentro entre dos personajes de clases sociales diferentes y donde puede llegar cualquiera a vender cualquier cosa. La red es otro de esos espacios horizontales. Es lógico que exista tanto cabreo allí porque la pantalla es una constante evidencia de que el mundo está lleno de fiestas a las que no estamos invitados, nuestro crush no nos hace caso y, lo peor de todo, estamos aburridos. No nos pasa nada.

Sabes lo que les das, se preguntaba el personaje de Westworld, un propósito. Nemorino busca en el amor imposible porque, como explicaron Freud y sus discípulos, una forma de reconocernos a nosotros mismos es sentirnos desgraciados, colocar obstáculos reales y, sobre todo, imaginarios, entre nosotros y el placer: prohibiciones, pulsiones, etc. “Hace falta un obstáculo para pulsionar la líbido hacia lo alto. Donde las resistencias naturales a la satisfacción no bastaron, las personas de todos los tiempos interpusieron unas resistencias convencionales al goce del amor”, sostenía Freud al analizar el amor cortés. “Difícil, como las cosas buenas”, resumía el personaje de Montoyas y Tarantos.

Creamos barreras adicionales para elevar de valor el objeto porque lo que nos emociona es esa lucha y porque nos dicen que podríamos llegar hasta él. “Los obstáculos externos que impiden nuestro acceso al objeto son precisamente los que crean la ilusión de que, sin ellos, el objeto resultaría accesible”. Desde su tumba, Jacques Lacan manda un saludo al Brexit. Aún más, el obstáculo termina vaciando de forma y fondo el objeto real, que se convierte en una fantasía, un maelstrom que coagula el deseo del sujeto y le proporciona sentido y reconocimiento. Desde su tumba, Jacques Lacan manda un saludo al Procés.

¿Nemorino ama a Adina o quiere ser jefe?, ¿Nemorino ama a Adina o quiere cambiar la relación de poder, cosa que consigue cuando recibe una herencia, que actúa como elixir de amor con todo el que el oye la noticia?, ¿Adina no ama a Nemorino o quiere ser jefa?, ¿Adina no ama a Nemorino o quiere mantener la relación de poder, cosa que queda clara cuando este se presta a sacrificar su vida alistándose, contrato que ella recompra? ¿El verdadero elixir de amor es aceptar todo lo anterior? No lo sé. No es día de ponerse intensito. Es mejor no hacerse tantas preguntas y disfrutar del momento en el que el eromemos (el amado) se convierte en el erastes (el que ama).

Quizá, el elixir de amor se encuentra en el pequeño prólogo de la obra en el que una pareja de ancianos llega a la playa y, tras sacar los archiperres, se dan crema el uno al otro. Quizá, cuando aceptamos que la vida no nos debe nada, podemos intuir su regalo: el tiempo. Quizá, en esa continuidad, en esa vinculación, en ese cuidado, en la capacidad de disfrutar del aburrimiento, en dejar de pensar que la vida son miles de fiestas a las que no estamos invitados, exista un punto de apoyo y no haya más secreto que intentar ser una playa en la que un montón de gente disfrute.

Los comentarios están cerrados