Jódete y baila

El puente de Dionisio era una procesión en la que los notables de Atenas desfilaban tras el carro del dios resucitado. El público ridiculizaba e insultaba a los poderosos de una forma que hoy consideraríamos impensable: se llamaba calvo al calvo, feo al feo, cojo al cojo, usurero al usurero, cobarde al cobarde y se insistía mucho en la vida sexual: los jovencitos depilados que llenaban la cama de tal o cual ciudadano o las esposas que acostumbraban a yacer con muchos varones o entre ellas, sin varón alguno. El comportamiento concreto era menos importante que el hecho de insultar. Ese momento igualaba y no es extraño que, en ese ecosistema, naciera la democracia; la ridiculización es una rendición de cuentas y, por ejemplo, era habitual que se señalase la mala gestión de algunos gobernantes o su escasa participación en las acciones bélicas.

En las fiestas de Dionsio, también se tocaban instrumentos, se bailaba y se bebía. Y se follaba. Al fin y al cabo, era un rito de fertilidad. Si se parece a una mezcla de Carnaval y Semana Santa es correcto: ambas fiestas nacen de ahí. Los más ingeniosos juntaban todo eso en composiciones y, de ellas, nació la comedia. Sobre el escenario, el texto no perdió fuerza y eran habituales la ridiculización de personales públicos o el insulto. Era algo que, como ahora, no le gustaba a todo el mundo. Cleón, un protopopulista enemigo de Pericles, quiso establecer algo parecido a una ley mordaza. Aristófanes le respondió así en Los acarnienses: “Que maniobre Cleón y que maquine todo contra mí. El bien y lo justo serán mis aliados y jamás me cogerán comportándome con la ciudad igual que él, como un cobarde y un mariconazo”.

Lo interesante no era el contenido concreto, sino el hecho de que este existiera. Es decir, que se pudiera hacer comedia de todo y que fuera posible, dentro de la representación, criticar cualquier comportamiento de cualquier ciudadano. Por ejemplo, Sócrates, a quien se ridiculiza en Las nubes. La animadversión era mutua y Platón no dudaba en echar a los comediantes de su República.

Las fiestas de Dionisio perduraron, pero el puente desapareció y la comedia clásica, también. La democracia ateniense fue sustituida por la monarquía helenística, legitimada por Aristóteles. Su sucesor en el Liceo, Teofrasto, fue maestro de Menandro, el gran autor de la comedia nueva, la que abandonó los temas políticos para centrarse en el costumbrismo. La comedia menandrea es la que juega con la intriga y el equívoco, la que tiene un final feliz lleno de sorpresas, la que ridiculiza al barbero o a la meretriz y adula al gobernante. El Siglo de Oro y el cine francés beben de ahí.

La democracia y la comedia están unidas porque parten de lo mismo: la rendición de cuentas, la ausencia de impunidad o la igualdad de todos los ciudadanos. Símbólica, claro, como cualquier ceremonia. No es extraño que la democracia y la comedia estén siendo cuestionadas simultáneamente. Como en Atenas, la oposición es transversal; Cleón y Sócrates eran enemigos, pero ambos estaban de acuerdo en acabar con la comedia. Obviamente, la acción concreta dependía de la capacidad de cada uno para llevar su posición a la práctica. Los filósofos difundían su pensamiento; los gobernantes escribían leyes. Sucede lo mismo ahora. Unas asociaciones se quejan por las redes y otras denuncian en el juzgado o influyen en el Parlamento.

Como en la Atenas clásica, el remedio para quienes resulta desagradable alguna comedia es joderse. Si un chiste, una canción, una película, un libro o una obra de teatro te resultan ofensivos, haz como los atenienses, jódete y baila. No hay más. El cerebro necesita dieta variada y ejercicio, y la comedia es el entrenamiento intensivo de la mente. Nos dice que nada es sagrado. Por eso, tiene que ser ofensiva. La muerte de la comedia es la indiferencia. El deseo de limitar el contenido puede cumplirse, pero depende de la capacidad de actuación. Esas cosas las suelen hacer los de siempre. Es absurdo intentar competir con las religiones en la elaboración de listas de contenido prohibido. Ha pasado ya muchas veces.

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