Irlanda también echó a (algunos) irlandeses

El otro siempre molesta, sea el que sea. Una de las caracteriscas de las construcciones nacionales europeas es la búsqueda de la homogeneidad. Todas, o casi, se crearon buscando, de forma más o menos violenta, la unificación: una raza, una cultura, una religión, una lengua, etc. Cuanto menos disperso, mejor. Los planes de educación, desde hace siglos no promueven el estudio de la mejor literatura, sino de la propia o, más concretamente, de la que la clase dirigente codifica como propia. Para conseguir un relato coherente se practica la herrería histórica; forzar los hechos para se adapten, como sea, a la homogeneidad

En España, por ejemplo, la edad de oro de los siglos X, XI y XII está en el olvido más absoluto porque sus protagonistas, musulmanes, dejaron de ser españoles. Su legado cultural saltó la parte cristiana de la península y se expandió por Francia y, sobre todo, las ciudades italianas, dando lugar a algo llamado Renacimiento, que también se olvidó de sus raíces musulmanas y buscó un salto temporal. De la Roma imperial a la Venecia ducal sin pasar por Constantinopla, Bagdag o Córdoba. Ese fue el camino que hicieron, entre otros, Platón o Aristóteles.

Hace algunos años, Catalunya fue invitada a la feria del libro de Frankfurt y la organización decidió llevar solo a autores de lengua catalana. Fue una decisión poco inteligente porque siempre lo es despreciar cultura, pero las crítica fueron muy injustas. No hicieron nada que no hubieran hecho otros. Nada de la mejor literatura, sino la nacional. Es algo que lleva haciendo España muchos años: Espronceda o Cadalso en lugar de Bryron o Schiller.

Uno de los países que siempre salía en las discusiones era Irlanda. Se decía, y aún se mantiene, que Eire no renunció a sus autores anglófonos como Swift, Wilde, Shaw, Yeats, Joyce o Beckett. Es algo que no es del todo cierto, aunque también habría que añadir que no solo fueron olvidados por ser protestantes o escribir en inglés, sino por raros: homosexuales, izquierdistas, pornógrafos, disolutos o librepensadores.

Lo explica bien Juan Pablo Fusi en Identidades proscritas. Fusi comienza recordando que el nacionalismo irlandés era un movimiento transversal. La Revolución Francesa y la independencia de los Estados Unidos inspiraron varios movimientos en el siglo XVIII, como los Irlandeses Unidos o la Milicia de Voluntarios, promovidas por protestantes anglófonos, como Wolfe Tone, Thomas Rusell, James Tandy o Lord Fiztgerald. Era un grupo con gran presencia porque el principal centro de pensamiento de la isla era el Trinity College, protestante y anglófono. Hyde, el primer presidente de la República, estudió allí.

Llegó el siglo XIX y la organización de los países pasó de tener inspiración ilustrada a un carácter emotivo, las banderas por encima de las constituciones. Las nuevas organizaciones, como la Joven Irlanda o la Hermandad Feniana, ya tenían un marcado contenido católico y gaélico, con recuperación de los mitos y la escultura histórica. El centro educativo también cambio. Los Hermanos Cristianos, con la ayuda de Paul Cullen, ultramontano Arzobispo de Dublín, se hicieron con el control de las escuelas irlandesas. Eamon de Valera, el dominador de la política irlandesa de los 30 a los 60, estudió allí.

De Valera no tenía como referente la constitución de Estados Unidos, sino la construcción de un país católico, gaélico, tradicional, agrario y autárquico. Un perfil parecido a Sabino Arana o a Francisco Franco. En 1893 se creó la Liga Gaélica para desanglizar Iranda. En 1922, tras la idependencia, el gaélico pasó a ser la lengua oficial y los certificados de dominio pasaron a ser obligatorios para el profesorado. Pero ese no fue el principal problema para la cultura. En 1926, se creó un comité para la literatura permiciosa y, dos años después, la ley de censura, que duró hasta 1967.

Vamos con los nombres. Oscar Wilde se fue a Londres a los 25 años (1879) y no volvió a vivir en Irlanda. Dublín erigió una estatua en su honor en 1997, 97 años después de su muerte. Para hacernos una idea, el divorcio se reconoció en 1995. Shaw, socialista, también se instaló en Londres a los 20 años. Desde 1901, Yeats vivió entre Londres y París y Joyce, el gran narrador de Dublín, se marchó en 1902, su última visita fue en 1912 y murió en 1941.

No se libraron ni los de apellidos fetén. Varias obras de O’Connor, director del Teatro de la Abadía, fueron prohibidas y se marchó a EEUU, el mismo camino que O’Faoláin, que también sufrió la censura. O’Casey, socialista, se marchó a Londres y, en 1926, un grupo de nacionalistas interrumpió su obra El arado y las estrellas en la Abadía.

El más claro fue Samuel Beckett. Su primera obra destacada, More Pricks Than Kicks, fue incluida en el índice de libros prohibidos, del que sería un habitual. El ambiente reaccionario de la República se crispó en el juicio Sinclair contra Gogarty, en el que tuvo que declarar y acabó siendo acusado de blasfemia y sufriendo un ataque callejero. Tras marcharse a Francia en los años 30 dijo: prefiero vivir en una Europa en guerra antes que en una Irlanda en paz.

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