Ya somos todo aquello contra lo que luchamos

16 de Febrero, 2017

(Previa de la asamblea de Podemos)
Todo es culpa de El secreto. Y de las series, también. La insistencia en relacionar la ficción (House of cards, Borgen, Juego de Tronos, etc.) con la política ha hecho que demasiada gente crea que está dentro de una historia. Y no. Las narraciones están planificadas, todo sucede por algo; si aparece una pistola en el segundo capítulo, alguien la va a disparar en el cuarto.

En la realidad, no. Buscamos un sentido a las cosas que nos pasan cada día; les quitamos el azar y las situamos dentro de un relato íntimo y flexible: la vida. Si uno cree que está dentro de una historia, todo pasa a ser público y sólido. La narración exige un final redondo cuando la vida nunca lo tiene; no nos dirigimos hacia nada, somos el que sobrevivió a todo aquello. Pensar en una narración cerrada hace que todo el mundo forme parte del trama: compañeros, facilitadores, antagonista y opositores; es decir, buenos y malos. Uno deja de ser protagonista de su propia vida porque ese espacio narrativo se le queda pequeño. Merece algo más.

La evolución del grupo dirigente de Podemos tiene más que ver con el espectáculo que con la maduración. Es decir, se parece más al proceso que sufren los concursantes de Gran Hermano (todo el mundo me mira; soy famoso; soy importante; todo lo que hago es importante) que a la consolidación de un proyecto político. Los miembros de los dos grupos principales en disputa (Iglesias y Errejón) convertirán la plaza de toros de Vistalegre en algo parecido a la Cúpula del Trueno de Mad Max (dos entran; uno sale). Se reunirán con la idea de que todo el mundo está mirando. Y no. Ya, no. El resultado provoca curiosidad, como todo espectáculo, pero ya no es trascendente.

En otoño de 2014, la encuesta del CIS situaba a Podemos como la primera fuerza en intención directa de voto. En primavera, habían irrumpido con cinco eurodiputados y su crecimiento, que parecía no tener techo, provocaba temor en el establishment político, periodístico y empresarial. El PP temía por el gobierno y el PSOE, incluso, por su supervivencia inmediata. Quizá ese miedo estuvo detrás de la despiadada campaña de desprestigio que sufrieron a la que, sin embargo, tampoco sería justo situar como la causa principal de la evolución política y electoral. Un ataque sólo logra su objetivo cuando logra la colaboración de la defensa.

Dos años y dos elecciones generales después, el panorama ha cambiado. Podemos ya no capta votos transversalmente, sino que está situada en un espectro concreto. Amplio, pero delimitado. Salvo un futuro shock, tiene un techo claro y no sólo no da miedo, sino que resulta un rival muy cómodo para ese establishment porque impide la construcción de alternativas.

La referencia más ajustada del actual modelo español, según el politólogo Pablo Simón, es la I República italiana: un bloque sólido de centro-derecha que dispone de amplias ramificaciones en los centros de poder, un partido de centro-izquierda flexible que dispone de vínculos con algunos movimientos sociales y culturales, y una formación de centro dinámica que captura a las nuevas generaciones y a los desencantados. Los tres, proporcionalmente a su peso, controlan los resortes. Completa el panorama una fuerza con la que no hay puentes y que empuja al resto a entenderse.

En democracia, cuando no hay mayorías, el acceso al poder se logra por interacción. Puede ser una negociación, donde varios actores buscan el beneficio mutuo o por decantación. Esto último sucede cuando algo externo o interno provoca que todos los actores tengan que decidirse por una opción que no consideraban. Lo segundo, tras el fracaso de lo primero, llevó a Rajoy de nuevo a la Moncloa. Las fuerzas cuya función principal era impedirlo, PSOE y Podemos, están en crisis.

Ese fue el momento clave. En la investidura de Pedro Sánchez, el proyecto Podemos, que ya no era el proyecto Cambio, pasó a ser el proyecto Iglesias. Este fin de semana, se decidirá si eso sigue siendo así. No será fácil. Los debates políticos, si los hay, llevan meses enturbiados por las cuestiones personales y éstas harán todo mucho más difícil. Amigos, examigos, novios,  exnovios, compañeros de trabajo, etc. Todos a la gresca. Es probable que haya escenas duras; el reto a superar es el Comité Federal del PSOE en el que dimitió Pedro Sánchez.

Pero lo que suceda no será definitivo por la propia dinámica interna del partido, vinculada al espectáculo, a la agitación permanente en torno a un hecho concreto (conflicto, elecciones, movilización, debate, hashtag, etc.), y a la necesidad de un rival  externo (la casta, la vieja izquierda, el PSOE) o interno. Todo ello, con presencia constante en la esfera pública. Las redes sociales no son sólo su herramienta de comunicación, sino una forma de estar en el mundo. Es el ritmo youtuber. Hay que estar haciendo algo y que lo vea todo el mundo. El debate en el PP sobre si Cospedal puede ser ministra y secretaria general está siendo importante, pero no se retransmite por twitter.

También, al no existir un enfrentamiento político, sino una cuestión personal, la  negociación (recordemos: varios actores buscan el beneficio mutuo) es casi imposible. El choque, muy masculino, precisa de la desaparición última del grupo contrario (el antagonista y sus colaboradores). A pesar de que todos los participantes lo niegan, la opción de la escisión es bastante probable. No este fin de semana, claro.

Incluso, es previsible que el grupo vencedor no logre sobrevivir hasta las próximas elecciones. El punto clave llegará en las elecciones municipales de mayo de 2019. En 2015, Podemos se integró en candidaturas ciudadanas en las que su presencia no correspondía a su fuerza electoral y otras formaciones, como IU o Equo, estaban sobreponderadas. Fue un éxito, pero es probable que Podemos quiera presentarse con sus siglas o bajo la coalición Unidos Podemos, un proyecto más pequeño que las candidaturas ciudadanas. La negociación será tensa y el PP, que en 2015 estaba tocado, tratará de aprovecharlo para recuperar poder local. La pérdida de ayuntamientos emblemáticos, como Madrid o Zaragoza, es un escenario probable y volverá a poner sobre la mesa una nueva reformulación del proyecto. Quizá, desde Barcelona.

Porque, independientemente de las posiciones políticas de cada uno, la aparición de Podemos ha sido una suerte. La ruptura del contrato social y la desconfianza hacia la UE, en ocasiones, promotora del empobrecimiento ha provocado cambios políticos en casi todos los países y, en la práctica totalidad, la derecha populista y xenófoba ha ocupado el espacio del cabreo. En España, tenemos un proyecto constructivo a cargo de gente preparada y dialogante, que no legitima ningún tipo de acción violenta y que ha intentado, con poco éxito, tener un proyecto más allá de echarle la culpa a alguien.

Probablemente, ese ha sido el problema. El deseo de ganar las elecciones, de capitalizar el cabreo y la ilusión, ha devorado la construcción de un marco ideológico y todo se ha basado en la ley de la atracción de El secreto de Ronda Byrne: “Saber qué es lo que uno quiere (el sorpasso al PSOE, por ejemplo) y pedirlo al universo”; después, “enfocar los pensamientos de uno mismo sobre el objeto deseado con sentimientos como entusiasmo o gratitud” y “sentir o comportarse como si el objeto deseado ya hubiera sido obtenido”.

El grupo dirigente de Podemos se ha sentido dentro de un proceso histórico que les conducía a un éxito inevitable: somos nuevos y el resto, viejos; tenemos razón y el resto, no; somos jóvenes, preparados, mejores…. Y no. Como sostiene el periodista Esteban Hernández, “esto no va de abrimos la tienda, nos anunciamos por la tele y todo el mundo acude en masa como si fuera Primark, sino de hacer pensar a la gente que con otro Gobierno le iría mejor en su vida cotidiana”.

No se discutirá mucho sobre la vida cotidiana en Vistalegre. Lo que está en juego es el poder. El ensimismamiento ha hecho que los conquistadores parezcan náufragos sin apenas haberse movido de la playa en la que desembarcaron. El señor de las moscas es el libro que mejor explica lo que ha sucedido en Podemos. “Ya somos todo aquello contra lo que luchamos”. El verso de José Emilio Pacheco lleva meses retumbando sin que nadie lo haya pronunciado.

(Publicado en GQ)

Cómo crear votantes de Le Pen

4 de Febrero, 2017

Lo primero es que la la estructura de elección indirecta (UE), en Latinoamérica era el FMI, imponga un nuevo marco legal al Estado, que se descarga de toda la responsabilidad.

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El objetivo del nuevo marco legal es cambiar el reparto de los recursos: abaratar los costes generales bajando concretamente el de la fuerza de trabajo.

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Todo se rodea de palabras hegemónicas (reforma, flexibilidad, liberalización, competitividad) y, a conceptos desprestigiados, como la afiliación sindical, se le añade la palabra control.

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También se deja caer que esos trabajadores son unos privilegiados. Son distintos porque, gracias a su afiliación sindical, tienen marco legal. A menor afiliación sindical y menos convenios, menos sueldo y más precariedad. De ahí, el desprestigio que han sufrido las organizaciones de representación de los trabajadores. También, han perdido su capacidad de acción y discurso político, y han envejecido por una razón obvia: los trabajadores a los que representan cada vez tienen más edad.

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Habrá huelgas que no le importarán a nadie. Esos trabajadores serán señalados como insolidarios. Lo más probable es que pierdan. Dentro de unos años, los trabajadores de ese sector cobrarán la mitad, cantidad que no repercutirá en el precio de las mercancías.

España, dice la información, es de los últimos países en llegar a esta legislación. Convendría pensar a qué partidos votan los estibadores europeos a los que la UE ha aplicado esta reforma.

(Actualización)

La patronal coloca su mensaje: la situación es insostenible.

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El objetivo de todo lo anterior, las palabras (reforma, flexibilidad, liberalización, competitividad) es sólo cambiar el reparto. No hay más.

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Una legislación proveniente de la UE y aplicada por el gobierno te baja el sueldo un 60% sin mayor motivo que cambiar el reparto. Si se quiere cambiar los resultados políticos, hay que cambiar ese reparto.

Pasen y vean, Trump, el mayor espectáculo del mundo

25 de Enero, 2017

@POTUS es la cuenta de twitter de la Presidencia de Estados Unidos y está dentro del traspaso de poderes. Donald Trump ha dicho que no la quiere; seguirá usando la suya: @realDonaldTrump. No es sólo una cuestión cuantitativa, él tiene más de 20 millones de seguidores y la de la Presidencia, 13, sino cualitativa. Trump sabe que todas las estrellas sufren cuando cambian de formato de programa y, sobre todo, de canal. Ya, cabría decir, es que es el nuevo presidente y la cuenta de twitter es institucional. Bien, entonces es que aún no hemos entendido del todo lo que ha sucedido y, sobre todo, quién ha ganado las elecciones.

Hace unos días, el Circo Ringling Bros., Barnum & Bailey anunciaba que echaba el cierre por problemas económicos no sólo derivados de las limitaciones sobre el uso de animales. La época del circo pasó porque ya no quedan cosas increíbles y porque todo lo que allí se veía ya está al alcance de un click. Los espacios concretos no son competencia para una carpa invisible que es capaz de contenernos a todos y que nos ofrece la posibilidad de ser público, payaso y equilibrista en la misma función. Y ahí en medio, entre los hermanos Ringling y Bailey, está el nombre de Phineas Taylor Barnum, el creador del concepto de espectáculo, el primer gran millonario del show-business; es decir, el precursor de Donald Trump.

Si pensamos que ahora somos crueles y malvados, y que twitter saca lo peor de las personas, deberíamos recordar que, entre las distracciones más populares del siglo XIX, había cosas como presenciar ejecuciones, acudir a los depósitos para ver los cadáveres sin identificar, darse una vuelta por los asilos de enfermos mentales o visitar los llamados museos humanos, donde se exhibían personas con malformaciones o simplemente de etnias no europeas. Si estaban vivas, mejor, pero tampoco había mucho problema en verlas disecadas.

La sirena de las islas Fidji

P.T. Barnum tuvo el museo humano más famoso de la historia. Primero, compró el Scudder’s American Museum, cuyas piezas más valiosas eran animales, como el esqueleto de un carnero con dos cabezas, y un museo de cera. Barnum, con una gran visión para los negocios, sabía que el público quería ver otra cosa, quería emocionarse, y carecer de una oferta adecuada no podía ser un problema. Si no lo tenía, siempre podía inventárselo. Ya lo había hecho en su periódico que, sin ironías, se llamaba The Herald of  Freedom (El heraldo de la libertad).

Con esa premisa, presentó a su primer gran personaje, Joice “la bicentenaria”. Joice Heth, era presentada como la nodriza de George Washington, de 160 años. Las colas de gente esperando oír a la anciana, que mascullaba sus supuestos recuerdos sobre el primer presidente de EE.UU. sentada en una mecedora, le permitieron acuñar una de sus frases para la posteridad: “a la gente le gusta ser engañada”.

Tras Joice “la bicentenaria”, llegó el “General Tom Thumb”, nacido Charles Stratton, una persona afectada de enanismo al que Barnum, amigo de su padre, adoptó con siete años. Gran cantante y bailarín, llegó a ser una celebridad en su época y a su boda con Lavinia Warren, miembro también de la troupe de Barnum, fue un acontecimiento social con 10.000 invitados y recepción por parte del presidente Lincoln. Es posible que aquí esté la inspiración del cuento en el que se basa la película ‘Freaks’.

Después, llegaron otras ‘atracciones’ como un esqueleto de sirena de las islas Fidji, que logró combinando los de un simio con un pez, o Chang y Eng, los gemelos de Siam, que dieron origen al concepto “siamés”. Todos los días era la última oportunidad para verlos. Sus voceros gritaban: “Acudan a ver a los gemelos de Siam; mañana, un cirujano los separará”. Todos sus personajes constituían el ‘P.T. Barnum’s Grand Traveling Museum, Menagerie, Caravan & Hippodrome’, publicitado como “el mayor espectáculo del mundo”. Podría haber usado el “lo que pasó a continuación te sorprenderá” porque su museo se basaba en el mismo mecanismo que el clickbait.

¿Cómo podía ir la gente a ver eso? La pregunta se responde con el éxito de los programas de Alfonso Arús, Pepe Navarro o Javier Sardá hace un par de décadas. En 1881 decidió unir fuerzas con uno de sus principales competidores, James Bailey. Su espectáculo, que se movía en tren por Estados Unidos, fue famoso por exhibir a Jumbo, el elefante más grande del mundo. Fallecido Barnum, llegó la unión con los hermanos Ringling, que conservaron el famoso lema.

Presidente-espectáculo

Donald Trump es un hombre de negocios, pero también un showman. Sin tener en cuenta esta idea es complicado entender qué ha sucedido en este último año y qué puede pasar a partir de ahora. Los medios lo han atacado sin entender que es un devorador de planos. Es decir, su presencia en la pantalla, independientemente del contenido de los mensajes, siempre es beneficiosa para él.

Trump se alimenta de protagonismo y todos los medios lo han atiborrado porque se hicieron adictos a él: emociona, provoca asco, odio, hace que todo el mundo se posicione, opine. Eso es un espectáculo. Es el sueño de cualquier programador de televisión. Será complicado que haya alguna noticia capaz de hacerle mella, aunque aparezca practicando en orden alfabético todos los tags de pornhub en un hotel de Moscú. Como cualquier espectáculo, su único problema es que pase a ser aburrido.

Por eso, necesita crear tensión constantemente. Gracias a su cuenta de twitter logra fabricar sus propias crisis que establecen no sólo una agenda pública, sino una división del tiempo. En la sociedad del espectáculo, todo es histórico, todo es una oportunidad, todo tiene que ir deprisa, todo tiene que refundarse al poco de nacer. Necesitamos siempre estar pendientes de algo, de un acontecimiento, el Black Friday o el Blue Monday. Ahora tenemos un emperador que los fabrica. Y, si no lo hace él, siempre podemos contar con su variopinto equipo.

Trump también entiende la desaparición de pudor, ya sea a nivel personal o intelectual, el pensamiento rápido, el think spit, me pasa por la cabeza y lo suelto, en el que se basan las redes sociales. Es algo que impide hacer predicciones sobre su política, salvo que escenificará bien que la gente que lo ha votado ha ganado las elecciones, algo que ya hemos visto en la configuración de su equipo. Buscar un público más amplio suele desdibujar el espectáculo. También parecerá que hace lo que ha prometido. Es decir, si es necesario presentar a la sirena de las islas Fidji, se hará.

El hecho de que sea mentira no es irrelevante, pero es un concepto subordinado a la experiencia personal, el principal valor. ¿Por qué todo el mundo hace fotos y vídeos de todo, incluso de contenidos a los que se puede acceder con más calidad? Porque lo importante ya no es la autoridad (el hecho, el monumento o el artista), sino la experiencia, el hecho de que ‘yo’ estoy ahí.

Probablemente, Trump es el primer presidente del siglo XXI. Con cierto regusto del XIX, también. Esperábamos otra cosa, pero es lo que hay y pensar que es un bruto o un impresentable no arreglará nada. Él, tan tonto, llegó a presidente con prácticamente todo el mundo en contra y, de momento, no ha provocado análisis, sino emociones. Quizá, por eso lo logró.

(Artículo publicado en GQ)

El desguace de la Ilustración

23 de Diciembre, 2016

A propósito de El Holándes Errante de Richard Wagner (dirección escénica de Àlex Ollé y; dirección musical de Pablo Heras-Casado)

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En el siglo XXI, ya no existen los grandes relatos. Suele repetirse que murieron las ideologías fuertes que abrigaban material e intelectualmente ofreciendo, no sólo una explicación coherente del mundo, sino una línea histórica. Más que libros, símbolos u organizaciones, eran la posibilidad de sentirse dentro de algo más grande, algo que venía de lejos y por cuyos objetivos merecía la pena sacrificarse.

Pero no es cierto. Sí hay grandes relatos y disfrutan de un excelente vigor. O, al menos, de una salud inesperada para el siglo XXI, ya que era el momento en el que estaba prevista su muerte o, por lo menos, un cierto declive social e intelectual. Sí existen grandes relatos porque ahí están las religiones y el nacionalismo. No han muerto todas las ideologías; sólo, las racionales.

Lo que ya agoniza es el progreso, un concepto que indica la existencia de un sentido de mejora en la condición humana, una evolución, no siempre lineal, en las condiciones materiales y espirituales dentro de un gran conjunto cuya suerte compartimos. Debemos aprender y estar agradecidos a los que nos precedieron y esforzarnos para que la vida de los que vendrán sea mejor. Estamos montados a hombros de gigantes, sostenía Salisbury.

La religión, en cambio, es una narración cerrada y prefiere la palabra destino. Hay un origen de todo al que suele suceder un momento perfecto que se estropea por la acción humana, cuya única tarea es reparar ese instante. El destino es la salvación personal en ese fin de los tiempos, el triunfo incontestable de la divinidad. Todo está ya escrito es una frase habitual en las religiones y que, con cierta frecuencia, ha precedido a la proscripción o desaparición forzada de otros libros.

El robo del fuego

Todo dejó de estar escrito en el siglo XV europeo, cuando comenzaron a descubrirse las civilizaciones antiguas y científicos, filósofos o artistas decidieron desestimar la revelación divina como fuente de conocimiento y se subieron a los hombros de esos gigantes. Todas las religiones tienen pequeñas narraciones, el fuego de Prometeo o la manzana del Edén, sobre ese momento en el que comienza a existir la condición humana, lo que sucedió en Europa entre el Renacimiento y la Ilustración, lo que Kant llamaba “salida de la minoría edad” por “falta de ánimo de servirse del propio entendimiento”, y del que España, por ejemplo, decidió aislarse con la Contrarreforma.

Si queremos elegir un momento, podemos decir que robo del fuego se produjo el 11 de diciembre de 1750 cuando Anne Robert Jacques Turgot pronunció en la Sorbona el discurso llamado Cuadro filosófico de los progresos sucesivos del espíritu humano. Turgot, que pasa por inventor de la palabra progreso, sostuvo: «La razón, las pasiones, la libertad producen sin cesar nuevos acontecimientos. […] Los signos arbitrarios del lenguaje y de la escritura, al dar a los hombres el medio de asegurar la posesión de sus ideas y de comunicarlas a los otros, han formado con todos los conocimiento particulares un tesoro común que una generación transmite a la otra, constituyendo así la herencia, siempre aumentada, de descubrimientos de cada siglo. […] La masa total del género humano, con alternativas de calma y agitación, de bienes y males, marcha siempre –aunque a paso lento– hacia una perfección mayor».

La leyenda de El holandés errante también es una de esas pequeñas narraciones sobre los límites de la condición humana, sobre los peligros del movimiento, físico o intelectual. El capitán Van der Decken recibe la maldición de navegar eternamente sin rumbo por firmar un pacto con el diablo que le permitía hacerse a la mar sin tener en cuenta a dios, es decir, las condiciones meteorológicas o los accidentes geográficos. O, según la versión más popular, la romántica, por querer doblar a toda costa el cabo de Buena Esperanza.

Ese pacto era real y se había firmado el siglo anterior, el XVIII, con la máquina de vapor de Watt o el cronómetro de Harrison, que permitía calcular la longitud sin mirar al cielo. Los barcos del XIX podían navegar sin tener en cuenta a dios. Entre ellos, los numerosos que tomó Humbold, impulsor de la ciencia moderna, o el Beagle, que llevó a Charles Darwin por el mundo durante casi cinco años. Era algo que llevaba décadas sucediendo en tierra firme, donde la divinidad ya no servía para sustentar estructuras de poder. El mar era una de las últimas fronteras; la otra, el cielo, tuvo que esperar un siglo más.

¿Dónde podría ser posible algo así?

El montaje de El holandés errante de La Fura dels Baus presentado en el Teatro Real se entiende mejor si, como propone Àlex Ollé, se reinterpreta el personaje del capitán maldito como una elaboración de Senta. La protagonista femenina está atrapada en un mundo arcaico donde no cabe el progreso, sino el destino, la sumisión, y “el holandés es la emanación de sus sueños de libertad”. Ese mundo primitivo es Chittagong, la segunda ciudad de Bangladesh y uno de los principales centros mundiales del desguace de barcos. “Daland vende a su hija, Senta, al Holandés y pensamos ¿dónde podría ser posible algo así?, ¿dónde la vida humana vale tan poco? Habíamos visto un documental sobre Chittagong y recordamos ese lugar, uno de los infiernos en la Tierra”. Como Marlow, Ollé quiere explicaros el horror.

Más que en el capitalismo irracional, la puesta en escena nos sitúa en el pacto de ambos contra el progreso. Es un mundo autoritario, violento e irracional; a veces, mecánico, como en el traslado de las piezas del barco, y a veces, arrebatado, como en la discusión última entre Senta y Erik, su pretendiente frustrado, reinterpretada patriarcalmente. A alguien que ha robado el fuego, como el Holándés, sólo le queda el abatimiento que, en lenguaje marítimo, significa perder el rumbo. A alguien que quiere ser libre, como Senta, sólo le queda desaparecer.

Capitalismo e irracionalidad

Los grandes relatos ideológicos del XIX, con indiferencia de su espectro político concreto, parten de esa idea del progreso humano y de la Ilustración, es decir, del reconocimiento de los derechos humanos. La puesta en escena nos presenta un mundo en el que esa condición humana ha naufragado, algo que diluye la presencia de los protagonistas y su capacidad de evocación, empequeñecida ante el despliegue escénico: la tormenta, el barco, la playa o el mar ensangrentado del final. Todos esos elementos, más que escena, son reparto.

Es complicado sostener, como hizo Ollé en la presentación de la obra, que nos encontramos en un “momento racionalista”. Como sucedió en el XIX, presenciamos un reflujo de la irracionalidad con diversas intensidades. En algunas partes del mundo, el Estado, la principal concreción racional de la organización humana, debe compartir su espacio con los intereses económicos; en otras, como el mundo árabe, ha sido desguazado para que la religión vuelva a ocupar su espacio.

Es un fenómeno político que suele examinarse de forma separada, país a país, o limitando el interés a las consecuencias que nos afectan, emigración o terrorismo, los barcos que se varan en nuestras playas. Conviene observar la evolución del mundo árabe desde los años 60, o la del Este de Europa, para comprobar cómo capitalismo e irracionalidad pueden acabar con el legado de la Ilustración, en fase inicial en la mayoría de casos. La imposición del modelo neoliberal precisó del acuerdo entre el capitalismo preilustrado y las diversas religiones y no se explica el retroceso en países como Hungría, Afganistán, Egipto o Israel sin esta confluencia de intereses.

Se nos suele presentar la necesidad de elegir entre libertad y seguridad, pero esa es una disyuntiva que pertenece a un mundo preilustrado que obliga a elegir entre vivir intramuros, donde hay protección a cambio de servidumbre, o extramuros. Esa bifurcación es un camino sin salida porque, al renunciar a la Ilustración, Occidente está dejando de tener un modelo de convivencia, lo que quiere decir que acepta el choque entre iguales, entre irracionalidades. La alternativa no es el apaciguamiento, sino el enfrentamiento entre desiguales; cabe recordar que el primer ejército popular del mundo se construyó al grito de “libertad, igualdad, fraternidad”, tres conceptos que están en el desguace.

El corazón de las tinieblas

El pacto firmado con el diablo en el XIX para navegar sin tener en cuenta a dios tenía una maldición. Mientras Humboldt y Darwin creaban las bases de la ciencia moderna con sus viajes, Joseph Conrad recorría el río Congo en el Roi des Belges. Al final de su viaje, no hay una teoría ni un atlas, sino el horror de Kurtz que Marlow traslada de la colonia al corazón de las tinieblas, la metrópoli. A pesar de estar a hombros de gigantes, la oscuridad está siempre ahí y Conrad nos indica que conviene no verla como algo externo. Debemos pensar en el mundo como un todo y arrinconar la superioridad moral que nos hace pensar que hay cosas que no pueden suceder aquí o ahora.

El pacto para navegar sin tener en cuenta a dios es la globalización, un modelo que, al desguazar la Ilustración, tiene menos que ver con el capitalismo que con el colonialismo. La estructura económica (precariedad, subcontratación, deslocalización, paraísos fiscales, verticalidad, etc.) que se ha desarrollado en las últimas décadas cobra más sentido si la relacionamos con el funcionamiento del sistema colonial desligándolo del factor geográfico. Es decir, todos formamos parte de la colonia, los estados están reduciéndose al papel de administradores, obligados a trasladar el sufrimiento, como Kurtz, y la metrópoli, el corazón de las tinieblas, no figura en los mapas. El siguiente paso es llevarla a la nube.

Chittagong, el desguace, no es un reducto del pasado y es tan externo como lo son los tumores del órgano donde nacen. No cabe preguntarse dónde podría ser posible algo así, dónde puede estar ese mundo arcaico, violento, donde no hay progreso ni libertad, donde la vida humana no vale nada, porque nos lleva a verlo todo desde fuera e incluso contemplarlo con los ojos coloniales: dónde podría ser aún posible algo así. Evitemos el juicio o la compasión. Es interesante cambiar el complemento de tiempo y afrontar la pregunta incómoda: ¿dónde podría ser ya posible algo así? Porque, si continuamos con el desguace de la Ilustración, si seguimos renunciando al progreso, si no entendemos que la seguridad es consecuencia de la libertad, lo único que nos salva de ese modelo es que no somos competitivos, aún.

Por qué sí necesitamos una serie sobre Serrano Suñer (y sobre cientos de personajes históricos más)

20 de Diciembre, 2016

“Ese día, la humanidad perdió una batalla”, sostenía Berto Romero, al imaginar el momento en el que “una persona, en algún lugar del mundo, sintió la necesidad de aclarar la piel ligeramente oscura que rodea al ano”. En todo, también en el blanqueamiento anal, hay un Tesla y un Edison, un Elvis Presley y un Carl Perkins. Elvis es Paris Hilton, que popularizó la operación, como hizo también con la vaginoplastia, hasta el punto de introducirla en la carta de las clínicas de estética y las cosas que uno puede ver si tiene todo el día la tele puesta. El Carl Perkins del anal bleaching, todo queda mejor en inglés, es Tabitha Stevens, una actriz porno muy de los noventa, cuando el modelo femenino era Barbie. Su cuerpo, sometido a numerosas operaciones, entre ellas seis implantes de pecho y cuatro operaciones de nariz, incluido un implante total, es ya una performance.

Porque hay que tener en cuenta que la operación, como toda intervención humana, como cualquier acto creativo, tiene un sentido ideológico. El objetivo del aclarado es que el espectador olvide que el ano es un orificio que se encuentra al final del tubo digestivo y, sobre todo, que su función anatómica es controlar las heces. No busca que pensemos sólo que algo es lo que no es, sino que es otra cosa, que simulemos desconocimiento previo. Hay que olvidar lo que sucede en ese sitio, no sólo el tránsito de los deshechos, su aspecto, su olor, sino incluso los usos culturales y sociales que, en los humanos, tienen que ver con el gozo. Se trata de relegar el sentido completo de un lugar para que prevalezca, no el placer, sino la estética inmóvil. Podríamos decir que es una gentrificación anatómica.

La base ideológica del blanqueamiento anal es la misma que la del blanqueamiento histórico. El blanqueamiento histórico busca presentar momentos o personajes de una manera más agradable, ocultando las cuestiones conflictivas. Por ejemplo, la visión patriarcal hace que heroísmo y homosexualidad no combinen bien, así que se omite lo segundo no sólo en el caso de personajes históricos, como Alejandro Magno, sino también con los de ficción, como Aquiles.

El concepto mezcla habitualmente propaganda y narrativa, ideología y relato. Cuando prevalece la primera, la cosa no funciona; todas las modernas teorías sobre la persuasión corroboran algo que ya explicó Mary Poppins: “con un poco de azúcar esa píldora que os dan pasará mejor”. Para entendernos, se trata del tratamiento de la esclavitud en Lo que el viento se llevó; para entendernos mejor, cabe verla en el mismo programa doble que Doce años de esclavitud.

Por ejemplo, la famosa carga de la Brigada Ligera de la Guerra de Crimea no fue un acto de heroísmo, sino la consecuencia trágica de una orden mal entendida. Pero la verdad no trascendió fuera del ejército, donde se revisaron las comunicaciones, y Alfred Tennyson hizo un bello poema que elevó la moral de la tropa de Su Graciosa Majestad durante decenios. Siempre hay que ir a la guerra con un buen poema. (Hoy, seguro que algún medio ya habría publicado los Crimea Leaks con las comunicaciones confusas de Lord Cardigan a Lord Ragan que provocaron el desastre. Y habría dado igual).

El debate sobre el blanqueamiento histórico ha regresado por la serie Lo que escondían sus ojos, protagonizada por Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y seis veces ministro en sus primeros gobiernos (Interior, Gobernación o Exteriores), además de presidente de la Junta Política del partido único, Falange Española. Como en el blanqueamiento anal, se trata de olvidar la parte olorosa, lo sucio, para centrarse en la estética.

La serie, aunque no esconde su admiración por la Alemania nazi, presenta a Serrano como una mezcla de político astuto, un poco Underwood, y playboy-socialité, lo que fue el Conde Lequio en los 90. Se obvia su responsabilidad, no sólo en la represión posterior a la Guerra Civil, sino en la deportación de los más de 9.000 españoles que acabaron en los campos de concentración nazis.

Tras el primer capítulo, se abrió una petición de firmas para pedir la retirada de la serie, de la que se considera que hace apología del franquismo. En medio, la historia. La dicotomía blanqueo-cabreo provoca la postergación de la historia, algo que siempre trae disgustos y frustraciones. Serrano Suñer merece una serie que profundice en su vida intensa, con todo el tránsito de heces que tuvo y que no tenemos que limpiar desde el presente. Normalmente, se suele juzgar con severidad el pasado para poder no tener que hacer nada con el presente.

Una serie que explique cómo escapó del Madrid republicano vestido de mujer, todas las negociaciones de la II Guerra Mundial, el juego entre Alemania y la Gran Bretaña, y cómo, en los años 60, colaboró con la trama de ultraderecha que quiso dar un golpe de estado en Francia. Una serie en la que se explique que fue el fundador de la ONCE, el promotor de la reconstrucción de las zonas destruidas por la guerra y el principal autor de la legislación laboral franquista, donde se creaba el salario mínimo y situada, en muchos artículos, a la izquierda de todo el arco parlamentario actual. Ese pacto social ayuda a entender, más allá de la afiliación ideológica, la pervivencia del franquismo.

También debería contar, a través de los amigos de Serrano, como Carceller o Mora Figueroa, el cambio social que provocó la guerra y que permitió a los vencedores no sólo ocupar el poder, sino acumular fortuna a través de las propiedades incautadas, concesiones públicas o, incluso, usando prisioneros como mano de obra, situación que aclara por qué es tan espinosa la cuestión de la memoria histórica. También sería muy interesante reconstruir cómo Franco rechazó la Ley de Organización del Estado, inspirada en la Italia de Mussolini, de Serrano Suñer. Es decir, cómo se rechazó el fascismo como estructura y optó por un modelo más cercano a las dictaduras conservadoras. Sin esa visión de conjunto, es complicado entender las cosas.

Pero nadie quiere saber qué pasó porque el tránsito intestinal de la historia es desagradable. Huele. Y nadie tira de la cadena.

Condenados a la emoción, condenados a la tragedia

9 de Diciembre, 2016

Al final, Otello, trastornado por las insidias de Yago sobre la infidelidad de su esposa, Desdémona, la mata antes de suicidarse. Muerte. Al final, Norma, desesperada por el abandono de su amante, Pollone, decide inmolarse junto a él. Muerte. Al final, Tito perdona a Vitelia y su enamorado Sexto, quienes han tratado de matarlo por venganza y celos.

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La Clemenza di Tito, tercera obra de la temporada del Teatro Real, refuta a sus precedentes, Otello y Norma no sólo estéticamente (negro / negro / blanco), sino en el desenlace, en la conclusión que se ofrece a las historias pasionales (tragedia / tragedia / clemencia). La razón humana puede evitar que la muerte sea el final inevitable del desbordamiento que produce la emoción.

Pero la ópera de Mozart también es la única obra en la que no hay un choque social. Otello es un militar de origen africano, intruso en el mundo veneciano, al que pertenece su esposa. Norma es una sacerdotisa celta, intrusa en el orbe romanizado, del que forma parte su amante. Por su parte, Vitelia y Sexto comparten orígenes con Tito: los tres pertenecen a la alta aristocracia de Roma.

Son esos intrusos a los que pertenece la emoción, la pasión, los que no saben dominarlas, los que hacen inevitable la tragedia. La disciplina que podría embridar lo irracional, que podría evitar el desenlace, pertenece a la aristocracia que, en ocasiones, cuando se mezcla con los extraños, sufre consecuencias dramáticas. Desdémona es asesinada por Otello y Pollone, arrastrado por Norma a la pira.

Esa división, ese contraste entre la lobreguez de los intrusos amenazando el mundo armiñado de lo establecido estaba clara en el contexto de la composición de la ópera. Mozart la escribió en el verano de 1791 como acto central de la coronación como rey de Bohemia de Leopoldo II de Habsburgo, hermano de María Antonieta, reina de Francia.

norma

De allí llegaba lo oscuro, lo sucio, lo curvo: la Asamblea Nacional, la toma de la Bastilla, la abolición del feudalismo, la eliminación de los tributos eclesiales, la declaración de los derechos del hombre, el calendario republicano, la igualdad de la mujer y la Constitución, la gran intrusa. Los antiguos siervos y criados no sólo opinaban, sino que legislaban para marcar las fronteras del rey y de dios. Y todo lo que se puede delimitar se puede eliminar. El verano de 1791 se produjo el intento de fuga de Luis XVI con su familia. Fue arrestado en Varennes. Un año más tarde, fue depuesto; al siguiente, guillotinado.

Leopoldo II fue uno de los principales promotores de la coalición internacional contra la Francia revolucionaria; la guerra, entre otros factores, como la indiscrecionaliddad del Terror, provocó la evolución del proceso desde la democracia hacia el autoritarismo de impronta militar que, sin embargo, sirvió para consolidar parte de los avances. Los instrusos instucionales sólo pudieron acomodarse blanqueándose; mejor dicho, siendo elaborados en la claridad del Imperio y no, en la tenebrosa Asamblea Nacional.

La democracia queda establecida como una intrusa, como un terreno sombío propicio a las pasiones, a la manipulación, la demagogia; fácil de arrastrar hacia los finales trágicos, la represión, el terror, la sangre. La ciudadanía es incapaz de seguir su propio entendimiento y salir de la minoría de edad descrita por Kant.

A la Ilustración sólo le queda un único camino, someterse como adjetivo al sustativo despotismo, como si cada avance humano sólo fuera una concesión al alcanzar un cierto hito, un regalo hecho desde fuera, como sugería 2001, a cuya habitación final recuerda la puesta en escena de La Clemenza di Tito.

2001

El diálogo entre negro y blanco, entre Otello/Norma y Tito resuena en la política, sobre todo, en los procesos electorales. Los sistemas de persuasión, habitualmente tomados de la publicidad, hacen que la ideología quede relegada, como algo oscuro, viejo y sucio, por la emoción, que es blanca, limpia y nueva, al menos en apariencia por sus breves ciclos de reciclaje.

No hay otro lenguaje posible que el de la emoción. De ese ente, que la mayoría de las ocasiones recibe una destilación nominal completa para eliminar todos sus atributos (pueblo, gente, etc.), se asume es es incapaz de asumir mensajes complejos; nunca será posible la alfabetización política que haga que los intrusos dejen de serlo. Ese ente sólo recibe y expresa impulsos. Esa conclusión hace imposible la formación de una visión general, eso quiere decir la palabra ideología, que sustente acciones concretas.

De ahí, la imposibilidad de confeccionar una alternativa. Las emociones, los impulsos, son materiales para, si acaso, ganar elecciones, pero hacen imposible el ejercicio del poder, donde es precisa una visión general para provocar el cambio. La ausencia de caminos, provoca la mirada nostálgica que permite cualquier puesta en escena: la idílica América blanca de las fábricas o la idílica Francia blanca de la campiña.

No es ninguna contradicción que esas puestas en escena estén dirigidas por la élite. Los propios intrusos asumen que deben estar fuera, que deben asumir sus limitaciones, ya que están destinados a la emoción y, por tanto, a la tragedia. Otello y Norma saben que no hay otro camino tras haber profanado la frontera social y cultural; ellos mismos no se concederán ninguna clemencia.

otello

Ninguno de los dos

10 de Noviembre, 2016

Las respuestas suelen estar tan cerca que es complicado verlas. Quizá, el porqué Podemos no logra captar los votos del PSOE, ni consiguió superarlo electoralmente, no está en oscuras conspiraciones, sino dentro de la propia formación. Las primarias de la Comunidad de Madrid pueden dar pistas: personalismo, emotividad, estética infantil y levedad ideológica. Detrás ambas candidaturas, se intuye la creencia en la afluencia masiva de los votos por razones que no logran escapar de la fe: somos nuevos y el resto, viejos; tenemos razón y el resto, no; somos jóvenes, preparados, mejores… Vamos a heredar esto. El verbo merecer suele delatar graves problemas con la autopercepción.

Si Podemos quiere captar los votos del PSOE y constituirse en una alternativa es probable que deba prescindir de todo su delirante y onanista grupo fundacional. No es uno u otro, ya sea en Madrid o a nivel estatal, sino ninguno de los dos. A partir de ahí, construir un proyecto con más ideología y menos folklore, sin bandazos tácticos que parten de la idea de que los votantes son imbéciles y con propuestas materiales: precios de la energía, modelos de contratación, convenios colectivos o tasas universitarias. Dejar paso tras tocar techo o morir con el invento. Esa es la disyuntiva.

Lo mejor de mí mismo

4 de Noviembre, 2016

(Discurso de Richard Ford en los premios Princesa de Asturias)

Pueden imaginarse ustedes el gran revuelo en nuestra casa -de Kristina y mía- cuando una mañana del verano pasado recibimos un e-mail de Su Majestad, en el que se me informaba que, inexplicablemente, se me había concedido y se me iba a entregar hoy este premio magnífico. Siendo como soy norteamericano, tengo, digamos, un contacto nada frecuente con, en fin, con monarca alguno. Y mucho menos con un rey y una reina de tan alta realeza como sus majestades. Pero estoy seguro de que podré acostumbrarme: soy escritor. Y no estoy tan ocupado. Tengo tiempo para estas cosas. Confío en que su majestad el rey Felipe y yo podamos seguir en contacto. Creo que el hecho de escribir a un rey, y de que ese rey escriba a un novelista (aun sin mediar este premio) seguramente sacaría a la luz lo mejor de cada uno. Y no es que lo mejor de Su Majestad no se manifieste en todo momento.

Supongo que el hecho de estar aquí hoy, en este gran salón, en compañía de tantos notables, y de Sus Majestades, debería quizá infundirme un sentimiento de humildad. Pero se me hace difícil sentirme humilde en este estrado donde un día estuvo Woody Allen. Siento más bien un regocijo gozoso ante la maravilla de la vida, ante lo que nos puede acontecer en ella. Estoy seguro de que todos los que estamos hoy aquí sentimos lo mismo. Sin embargo, quienes somos escritores percibimos siempre lo extraordinario que pueda haber en ese acontecer. Lo sabemos, pues lo encaramos cada día en cada página. Ortega y Gasset escribió -y para muchos de los presentes esto supondrá una observación icónica- que “la vida se nos da vacía”. Para expresarlo con sencillez, existir se convierte en una tarea poética. Recibir la vida “vacía” no es sino otra forma de decir que todo puede suceder. Y la tarea poética del escritor consiste en hacer que, con la ayuda de la imaginación, sucedan más cosas, a fin de acrecentar el número de las que pueden concebirse, y al hacerlo realzar la riqueza y la densidad de las posibilidades humanas.

Para mí, esa tarea “poética” convierte el oficio de escritor en una vocación gozosa, y optimista: los días como hoy (si es que alguna vez pudiera darse otro día como el de hoy) encarnan casi a la perfección ese carácter gozoso y optimista.

Los escritores son optimistas natos, si no siempre gozosos natos. A fin de cuentas, no competimos entre nosotros (o no deberíamos hacerlo). Cuando a alguno le sucede algo bueno todos nos beneficiamos, pues vemos refrendada nuestra creencia de que pueden suceder cosas buenas. Un escritor de vocación da por supuesto asimismo un futuro en el que habrá lectores a los que les serán provechosos nuestros libros. También es privilegio de nuestra vocación crear para los demás algo bueno que antes no existía. Mi fallo como escritor -un fallo contra el que he luchado toda mi vida (tal vez a ustedes les pase lo mismo)- está en que aun siendo optimista a veces pierdo mi don para lo gozoso. Los asuntos graves me vuelven demasiado grave; en el mundo actual, el mundo que vemos a nuestro alrededor, hay excesiva gravedad, y ello no predispone demasiado a la alegría -los norteamericanos lo vivimos cuando vemos que Donad Trump puede llegar a ser nuestro próximo presidente-. Y les pasa lo mismo a los ciudadanos españoles cuando ven las desigualdades de renta y el abatimiento económico. Y les pasa también a los franceses, y a los griegos, y a los eritreos que huyen de África. Al parecer la alegría mengua velozmente en el mundo; por lo que supongo que se hacen aún más necesarios los actos de la imaginación encaminados a inventarla.

El novelista norteamericano Henry James escribió una vez que no hay temas más humanos que los que reflejan, en la confusión vital, la relación entre la dicha y la carga, la relación entre las cosas que ayudan y las cosas que causan sufrimiento. Lo que James quería decir era que la vida está llena de infortunios, como la Biblia nos dice; pero que es posible aunar la desdicha con la felicidad -e incluso con lo gozoso- mediante actos de imaginación. Como las dos caras de la máscara del teatro. No puedo generalizar y decirles a ustedes que la gran literatura sigue siempre una sola dirección, en un sentido o en otro. Pero sí puedo decir que si estuviera en mi mano querría ser un gran escritor; y que mi estrategia para lograrlo es siempre, si está a mi alcance, escribir historias que aúnen lo desdichado con lo jubiloso, y que al hacerlo se expanda nuestra conciencia de las posibilidades humanas, nuestra conciencia de que cualquier cosa es posible. Sería otra manera de entender a Ortega y su poética de la existencia. En suma: la literatura es libre, ¿no? En una sociedad libre como la mía y la de ustedes, nadie nos dice lo que debemos escribir. Nada depende del resultado de lo que escribimos salvo si lo que escribimos consigue éxito y es grande. ¿Por qué no tratamos -como hizo Cervantes- de imaginar más, por mucho que las fuerzas reduccionistas de la convención social nos digan que imaginemos menos?

Cuando veo la televisión y leo los periódicos en mi casa, en mi país, veo, por todas partes, que los intolerantes del mundo se afanan por dividir violentamente a los seres humanos. Para nosotros los escritores, sin embargo, la primera fuente de consuelo, la encarnación de nuestro optimismo está en “el otro”, en lo mutuo. Lo que me infunde esperanza -a veces es lo único que puede hacerlo- son los actos cuyo objetivo es expandir la tolerancia, la aceptación del otro y la empatía, más allá de lo convencional, de lo meramente práctico y de lo mezquino. Los actos “poéticos” -bien podría decir Ortega- que son a un tiempo actos políticos.

Me considero un novelista político. Y no porque escriba acerca de políticos, de elecciones y de asuntos del gobierno y sus consecuencias (cosa que ya hago), sino porque, en mayor medida, todo lo que acabo de decir “es” la política. La política determina el destino de la humanidad al acrecentar nuestra capacidad de aceptar al prójimo, y de encontrar la empatía mutua y una causa común para todos. Si pudiera, rescataría lo que entendemos por política y restauraría el valor de esta palabra; me cercioraría de que evocara la necesidad de una respuesta imaginativa que nos hiciera recuperar la capacidad de vivir juntos -tal como puede suceder en la literatura-, y de que la política no acabara siendo, como en Estados Unidos, sinónimo de egoísmo y cinismo y engaño y despropósito. Sinónimo de infortunio.

Hoy es un día de esperanza. Sé que al recibir este valioso premio puede parecer que pienso que hoy todo tiene mejor aspecto en todas partes, y que poseo un don especial para la verdad. No es así. Hoy soy afortunado, eso es todo. Llegado el día, otro escritor estará donde yo estoy ahora. Y creo que esto es esperanzador. Pero es una verdad evidente para todos que el día de hoy constituye una breve, alentadora y hasta jubilosa unión, una pequeña y exquisita muestra de la clase de unión que el mundo literalmente se muere por lograr. Algo está sucediendo hoy aquí. Se ha traducido con talento la literatura de una lengua “extranjera”, una lengua de una cultura distinta. Un editor valiente e idealista ha asumido el gran riesgo de apadrinar esta escritura, y se empeña en encontrar los lectores a quienes va dirigida. Bibliotecarios y libreros se han unido; la televisión difunde este acontecimiento en todo el planeta; sus majestades han dado su imprimátur; todo ello atestigua que hoy no solo asistimos a un acto literario sino también a un acto político, ambos en el sentido más básico y democrático del término “política”, allí donde florece la expresión libre, y asimismo en su sentido más emblemático e histórico.

Hoy tengo aquí un cometido de representación, de subrogación de mis colegas del mundo, que valerosamente están haciendo grandes cosas en pro de la tolerancia y la empatía y el destino de todos, a menudo en circunstancias mucho más difíciles de las que yo haya tenido que afrontar nunca. Yo no vuelvo a casa en Siria. No vuelvo a casa en Birmania, o en Sudán del Sur, donde la tarea de la literatura -hacer que algo suceda, hacer que una vida vacía se convierta en poética para bien de todos- es prácticamente imposible. Y sin embargo la cumplen. Cabe la posibilidad de que alguno de ellos esté aquí el año que viene. Mi compromiso, inspirado por este premio, es fácil. Consiste sencillamente en procurar no pensar que este maravilloso obsequio es un galardón que se me otorga al final de mi andadura, no pensar que soy demasiado viejo, que estoy en el ocaso de mi vida, sino más bien considerarlo un estímulo, un afianzamiento de mi determinación de crear algo provechoso para el mundo. Tal vez aportar alegría. Para lograrlo, para esta tarea, les prometo que voy a poner lo mejor de mí mismo.

Dios y leyes viejas

28 de Septiembre, 2016

(A propósito de Norma, de Vicenzo Bellini. Puesta en escena de Àlex Ollé)

“Ha estado bien, a pesar de la puesta en escena”, decía sonriendo un anciano por los pasillos intestinales de los cines de Príncipe Pío. “Bueno, es lo que se espera de La Fura dels Baus”, respondió su amigo, que llevaba un traje azul de rayas, parecido al que usé para hacer la primera comunión. Ambos comenzaron a elogiar a Sonya Yoncheva, que acababa de morir en una cruz de fuego encarnando a la Norma de Vicenzo Bellini.

Bajando por la escalera mecánica en dirección al intercambiador de autobuses, no podía quitarme de la cabeza esa última frase: “Es lo que se espera”. Para un artista, suena a epitafio. Si nos quitamos el cinismo, sorprender y provocar no son obligaciones del arte de vanguardia, sino del arte a secas, como la búsqueda de la belleza, a pesar de que la posmodernidad nos diga que no existe. Quizá, su vinculación a lo bueno y lo verdadero sí ha quedado desubicada. El compromiso del artista, es hacer pensar y tocar las narices con su obra. No sólo tocar las narices, no sólo hacer pensar y, en ambos casos, con una obra.

Para el anciano del traje azul de rayas, las 1.200 cruces, estéticamente apabullantes, que llenaban el escenario del Covent Garden en la puesta en escena de Àlex Ollé eran algo previsible, lo mismo que los reclinatorios, los confesionarios, el altar, las cofradías de Semana Santa o los ‘empalaos’ de Valverde de la Vera. Incluso, los militares con bigote y gafas ahumadas, como Oroveso, el padre de Norma, figura que se inspira en Pinochet, pero que, sería injusto no decirlo, también bebe del facha cinematográfico español: López-Vázquez, Agustín Gonzalez, etc.

Esa condición de previsible también quedaba clara al oír a Kasper Holten, director artístico de la Royal Opera House. “Temperamento mediterráneo”, dijo en la entrevista previa. Al escucharle, era complicado no tener la sensación de que esa puesta en escena era exactamente la que cabía esperar de un español. Seguro que, en el entreacto, los hombres con traje azul de rayas del Covent Garden recordaron a Almodóvar, Buñuel o Lorca.

Las 1.200 cruces de la cueva de la sacerdotisa Norma, los reclinatorios, los confesionarios, el altar, las cofradías de Semana Santa o los ‘empalaos’ de Valverde de la Vera sí podrían causar algún pellizco en los teatro españoles porque, en España, el consejo de ministros sí se celebra habitualmente en una cueva con 1.200 cruces y el militar con bigote y gafas ahumadas no es una figura folklórica, sino que participa habitualmente en el debate político y te puede detener cualquier día por cualquier cosa.

Aquí, sí hay dirigentes que, para saber lo que deben hacer, necesitan que un druida queme muérdago y lea en sus cenizas. Uno de ellos, por ejemplo, controla la policía. Aquí, donde no tuvo lugar la Ilustración y el Renamiento acabó en la hoguera, una formación cuyo lema es “dios y leyes viejas”, el PNV, es considerada un ejemplo de modernidad. En Inglaterra, las 1.200 cruces corren serio riesgo de ser una postal más de ese mediterráneo entregado a la pasión irracional de los celos o la religión.

Pero la actualización es magnífica. Hablar de Norma como la lucha de persona, de su felicidad y su proyecto, frente al grupo y cómo la irracionalidad de la religión es capaz de dirigir al segundo, es una idea muy interesante. La clave, la da el propio Àlex Ollé en una entrevista en La Vanguardia: “[Norma es] un personaje muy humano cuyas dudas y problemas son actuales. Su pueblo la quema cuando se siente traicionado… nada que no veas hoy con el ISIS”.

Ahí nos lleva la brújula. En la entrevista, Ollé sostenía que no había querido retratar a una religión concreta, sino la represión de la ideología y el fanatismo. Pues, en ese aspecto, el desafío intelectual y político que tenemos los espectadores de esta Norma no tiene nada que ver con cruces, reclinatorios o confesionarios. Mientras veía la representación, era incapaz de no imaginarme una puesta en escena un poco diferente: una mezquita de Whitechapel como la cueva de Norma, vestida con chador.

No dejaba de pensar que esa puesta en escena pellizcaría el estómago desde las primeras frases, cantadas por Oroveso y los druidas: “Con tu aura profética, oh dios terrible, inspírala; infúndele […] ira y odio contra los romanos, sentimientos que acaben  con esta paz, para nosotros mortal. […] En la ciudad de los césares, con tremenda fuerza retumbará”.

En Londres, no me atrevo a afirmarlo de España, todo el mundo entiende la irracionalidad de la religión y sabe distinguir un fanatismo, han financiado o amparado varios como el que tuvimos en España o el chileno, pero quizá la irracionalidad del miedo queda más difusa y también es un factor que también provoca fanatismos. Ese es el problema actual con la irracionalidad. No su existencia, sino la respuesta que ofrecemos.

Unos exigen y otros aceptan estados de excepción, leyes especiales, toques de queda, cárceles secretas o campos de concentración. Se legitima la mentira o el autoritarismo, siempre que se ajuste a los objetivos tácticos, actuaciones que no sólo nos desarman moralmente, y nos hacen comportarnos colectivamente como hijos de puta, sino que acaban con las zonas intermedias. Al no haber individuo, no hay matices, no hay moderación, hay que unirse a un grupo. Frente a la incertidumbre, las naciones, no como estado, sino como conjunto de tradiciones y creencias, como fe, como la cueva de los druidas, se ofrecen como un buen refugio: dios y leyes viejas.

Cuestionar la Ilustración no parece el mejor modo de defenderla, pero aceptamos la irracionalidad para acabar con la irracionalidad. Ese es el desafío.

Snchz necesita un MILV (Mature I’d Like to Vote)

5 de Septiembre, 2016

Cuesta entender la apelación de Pedro Sáchez a las “fuerzas del cambio”. Cuesta entender no sólo que él mismo se considere parte del tal cosa, sino que alguien siga considerando que tal cosa exista. Los nuevos partidos, muy eréctiles, han envejecido rápido y mal, como los concursantes de un reality; los hemos visto haciendo de todo y sólo pueden captar pantalla con posados-robados.

La solución es compleja: Podemos y Ciudadanos no se soportan y tienen vetos cruzados, pero tener su apoyo es la única opción. El grupo dirigente del PSOE sabe que no puede formar gobierno sólo con Podemos, no sólo porque precisaría de un pacto  tan variado como ininteligible en buena parte del país, sino porque es una formación que ha tratado de engañarlos en las dos votaciones de la mesa del Congreso.

Imaginemos que Pedro Sánchez da un paso atrás y propone a un MILV (Mature I’d Like to Vote) que puedan aceptar Ciudadanos y Podemos. Un tipo que ponga en marcha un pacto de mínimos basado en la regeneración. Un tipo capaz de evitar los vetos y que no sólo pueda tener alguna abstención nacionalista, sino que incluso pueda desarbolar moralmente a la derecha, como hizo Carmena con Aguirre, una persona capaz de diluir el voto del miedo y desactivar la resignación social. ¿Existe?