Cómo aprendimos a tener miedo (en la época en la que no pasa nada)

9 de Septiembre, 2017

Siempre ha estado ahí. En cada sitio, se llama de una manera: Coco, Baba Yaga, Bogeyman, Sacamantecas, Krampus, Struwwelpeter. Si no te duermes, vendrá la Guajona y te comerá; si no te acabas la comida, vendrá el Hombre del saco y te llevará. Siempre ha habido personajes asustaniños, un castigo invisible para cumplir rutinas y, sobre todo, evitar comportamientos peligrosos: hablar con extraños, adentrarse en el bosque, acercarse al río, etc. Los adultos tenían su propio Coco llamado Dios, que también mandaba y castigaba para inducir ciertos comportamientos; pero que, sobre todo, podía convocar a sus cuatro jinetes del Apocalipsis: la guerra, la peste, el hambre y la muerte. En cualquier momento, una epidemia, una mala cosecha o una invasión podían acabar con todo lo conocido. No nos hacemos una idea.

En el XVIII, la Ilustración comenzó a cuestionar a Dios, que ya no valía para sustentar las monarquías, y, en el XIX, la cosa se complicó aún más porque la ciencia no sólo desmentía el relato religioso, sino que  también comenzaba a controlar a sus jinetes gracias a las dos cosas que más vidas han salvado: la higiene y las vacunas.

El romanticismo inventó entonces nuevos Cocos para adultos. Algunos eran seres pertenecientes a sistemas tradicionales que, como la mano de obra de la revolución industrial, eran obligados a emigrar a la ciudad (Drácula o la Momia). Otros mostraban los peligros de la ciencia (Frankenstein, el Golem o el Hombre invisible) y la mayoría se basaban en los territorios donde no llegaba la racionalidad (espiritismo, médiums, mesmerismo, casas encantadas, criaturas inexplicables, lugares inexplorados, etc.). En ese grupo están el hombre lobo, los fantasmas, los personajes de Poe, las criaturas de Lovecraft, todos los mundos perdidos e, incluso, los extraterrestres. El nuevo Coco era más literario; pero, en la mayoría de los casos, aún era el extraño reconocible que viene a perturbar la calma de una comunidad estable.

En la primera mitad del XX, declarada ya la muerte de Dios, el cine popularizó esos monstruos románticos (Drácula, Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo, etc.), cuya representación insistía en la ‘otredad’ a través de la caracterización. El desenlace de la II Guerra Mundial y, sobre todo, la Guerra Fría, hicieron que el cine comenzase la segunda mitad insistiendo en dos de esas narraciones, los peligros de la ciencia (de Godzila a los insectos gigantes) y, sobre todo, la invasión extraterrestre, hasta los años 60/70. Ese fue el punto de ruptura.

Situémonos. Esos años son, en Occidente, los de la mayoría de edad de la primera generación (de varones blancos) a la que no le ha pasado nada. Nada. No tienen miedo de Dios ni de sus jinetes. No recuerdan la II Guerra Mundial, ni su destrucción, ni el hambre de la posguerra, ni ninguna gran epidemia. Su perspectiva de vida es plácida: seguridad, educación y sanidad garantizadas, un trabajo relativamente estable, consumo y ocio accesible y todo ello dentro de un sistema democrático que garantiza la alternancia pacífica de las opciones. Para los pensadores franceses, el infierno. Comparado con el resto de la historia de la humanidad, el paraíso. Pero la calma es complicada de soportar; uno de los deseos más humanos es sentirse parte de algo y nada más colectivo que la historia.

Quizá, por eso, fenómenos que hasta entonces permanecían en un lateral, como el terrorismo o la criminalidad, comenzaron a tener relevancia. Cuando una guerra o una epidemia pueden matar a la tercera parte de la población, diez muertos por una bomba o que un tipo mate a cinco personas en su sótano son fenómenos insignificantes. Pero, si las primeras posibilidades ya no existen, las últimas se convierten en un peligro real; mejor dicho, en el único peligro real.

Hasta entonces, el criminal en serie era un personaje menor que ocupaba las portadas de la prensa sensacionalista y que en el arte sólo había sido rescatado como trama policiaca o metáfora política (M o Caligari). En los 60/70, el psicópata, comenzó a convertirse en un ser mítico porque era el único que tenía la capacidad de romper esa estabilidad. Charles Manson, Zodiac, Ted Bundy, Jeffrey Damher, Henry Lee Lucas, etc. se convirtieron en los nuevos jinetes del apocalipsis que entraban en las fiestas donde se consumían drogas o buscaban a víctimas entre los jóvenes descarriados. Ellos son el nuevo Coco y su principal característica es que, como sostenía Frizt Lang de M, viven entre nosotros. Hay que tener miedo, aunque, al inicio, es un miedo difuso. El Coco aún no se ha reencarnado.

Las raíces están en Psicosis de Alfred Hitchcock, pero no es extraño que las primeras manifestaciones de ese nuevo terror familiar, el peligro que vive con nosotros y que puede atacarnos en cualquier momento, tenga un componente religioso: La semilla del diablo, El exorcista o La profecía. Habéis matado a Dios, así que os tenéis que quedar con su exiliado. También tienen un componente espiritual Carrie, Amityville o Poltergeist, revisiones de fenómenos decimonónicos: el mesmerismo, la casa encantada y el espiritismo.

Todas ellas también tienen una característica común que las diferencia de Psicosis o las historias de zombis de Romero: el ‘otro’ no sólo vive entre nosotros, sino que capta o habita en la siguiente generación. El escenario es la familia y los raptados o poseídos son nuestros propios niños o adolescentes, una metáfora del enfrentamiento generacional que se estaba produciendo en esos años donde los jóvenes eran el gran desconocido, la puerta de entrada de todo lo que destruía el viejo mundo.

Pero los jóvenes no tardaron en morir. La matanza de Texas, Viernes 13, Halloween y Pesadilla en Elm Street se convirtieron en las cuatro narraciones fundamentales en la recuperación del Coco, que se lleva a los niños que hacen cosas malas. Leatherface, Jason Voorhees, Michael Myers y Freddy Krueger son la nueva amenaza que, como nos explicaban irónicamente en Scream, quieren establecer rutinas y evitar comportamientos peligrosos: no separarse del grupo, no salirse del camino, no entrar en casas abandonadas (para montar fiestas), no tener sexo, no probar las drogas (si te colocas, aparecerá Freddy). Era la codificación narrativa de las historias de los nuevos jinetes del apocalipsis que, desde dentro, habían aprovechado la laxitud moral para cometer sus crímenes. No son extraños. Puede ser cualquiera.

La generación a la que no le pasaba nada había conseguido que le pasase algo: viajar es peligroso, quedarse en casa es peligroso, dormir es peligroso, vivir es peligroso, tomar esto es peligroso, no tomarlo es peligroso. Ese es el tema de It. La criatura se alimenta del terror que produce en sus víctimas y va cambiando de forma. Usa la imagen del payaso Pennywise, deudor de John Wayne Gacy, un psicópata que mató a 33 personas en los 70 y que actuaba en fiestas infantiles, pero Eso también puede tener la cara de familiares vivos y muertos, e incluso figuras clásicas, como el Hombre-lobo o Drácula. Es ‘otro’.

Nadie está seguro en ningún lugar porque Eso es todo y cualquiera podemos ser sus víctimas porque, al vivir en una adolescencia eterna, todos somos los jóvenes amenazados. El miedo inunda el mundo más seguro de la historia, algo que no es una sensación, sino un hecho objetivo. Comparado con el inicio de los siglos XX, XIX o XVIII, el inicio del XXI es muy aburrido. De verdad. Tras desaparecer la idea de progreso, el miedo es un material político básico en cualquier campaña. Si no votas bien, vendrá el Coco y se quedará con tu trabajo; cuidado porque puede venir el Coco y poner una bomba. El miedo es un enorme negocio. No sólo el obvio (cárceles o seguridad), sino sobre todo el débil (salud, farmacia, alimentación, etc.). El miedo nos empuja a desear una imposible sensación de control en lugar de imitar a los protagonistas del libro: enfrentarnos a él.

El fin de este momento populista

29 de Agosto, 2017

Existe la curiosa idea de que la historia ha experimentado una aceleración en las últimas décadas. Todo va muy rápido, se dice, pero es algo complicado de sostener si uno compara los primeros diecisiete años del XXI con los del XX o incluso del XIX o del XVIII. En esos períodos, hubo grandes guerras y revoluciones, nacieron países, se probaron modelos de gobierno innovadores, se difundieron las teorías científicas en las que se basa nuestro pensamiento, se extendió el módelo económico que tenemos, etc.

Comparado con los siglos XX, XIX o XVIII, el inicio del siglo XXI está siendo bastante aburrido. Hay ruido, mucho y todos los días, pero ese es un problema de percepción. En realidad, no pasa nada, salvo el inicio de una revolución industrial cuyo desarrollo no veremos. Acabamos de inventar la imprenta.

La crisis de 2007 estuvo a punto de ser un hito histórico. Durante unos meses, se habló de un cambio radical, se teorizó sobre la necesidad de cotrolar la globalización a través de la regulación de los mercados o los flujos de capitales; incluso, se pronunció la expresión “refundación del capitalismo”. Era una idea que estaba lejos de ser una revolución y, básicamente, resumía la necesidad de recuperar el contrato social establecido tras la II Guerra Mundial. Todo se quedó en ruido. Nada.

La ausencia de organización y, sobre todo, de una alternativa económica y social por parte de los que hablaban hizo que el modelo que había provocado la crisis se reforzase, extendiendo sus características: globalización, desigualdad, autoritarismo, caridad, etc. O la extensión del bloque identitario (religión, nación o marca) frente a la civilización (estado, derechos o impuestos). Es algo que puede resumirse en la posibilidad de que la Revolución Francesa no fuera un punto de partida, sino un paréntesis: la era de la Ilustración (1789-1989). Conviene pensarlo. Conviene fijarse en lo que ha sucedido en los países árabes para evitar pensar en que ciertas cosas son imposibles.

La crisis abrió una ventana de oportunidad, pero la ausencia de organización e ideología hizo que la posibilidad de alternativa derivase en protesta: de la indignación a la ira. Es decir, ruido. Esa política del cabreo alteró cada sistema político de una forma diferente, pero con una base común casi religiosa. El mensaje, desde la derecha, la izquierda o el nacionalismo, era el mismo: “Habéis sido tratados de forma injusta, habéis sufrido una penitencia, han roto el pacto, ahora os toca a vosotros, vuestra es la venganza, os merecéis algo mejor”.

Se trataba de mensajes colectivos que, sin modelo económico alternativo, se limitaban a concentrar la emoción en los procesos electorales. Es algo que se llamó el momento populista, pero que podría haberse llamado el momento adventista: el futuro es bueno y llegará porque nos lo merecemos. Como sostiene Jünger, existe atractivo en cualquier figura que  desafíe al sistema institucional, siempre frustrante; la enorme tranquilidad nos hace añorar la convulsión, existe un deseo de que suceda algo.

El momento populista, o adventista, se concretó en tres procesos electorales: el triunfo de Syriza, la salida de Reino Unido de la Unión Europea y la presidencia de Trump. Es probable que esos tres hechos tengan -ya estén teniendo- un efecto lenitivo sobre esa ira adventista a través de la mortificación ajena.

Las administraciones de Estados Unidos y Reino Unido, por ejemplo, están paralizadas tratando de gestionar las consecuencias de la ira. El primer semestre de las administraciones suele ser muy movido, pero a Trump no le han dejado hacer nada que se salga del espectáculo. Su problema no es que pueda desencadenar una guerra mundial o que rompa los tratados comerciales, es decir, que pase algo, sino que no pase nada: hará perder cuatro años a su país.

La voz del sistema parece responder: “Queríais la venganza, esto es lo que sucede”. La pulsión de lo nuevo, el deseo que agrupa una gran cantidad de demandad heterogéneas en el concepto voluntariamente impreciso de cambio está debilitándose. Es complicado mantener el antagonismo frente a un enemigo -el régimen, la élite o el poder- cuya principal característica es la asimilación de todo a través del espectáculo para vaciarlo de sentido.

Lo que han dejado claro estas tres concreciones del voto airado es que, sin organización e ideología, no existe alternativa. Los tres resultados electorales, incluido el triunfo de Syriza, han reforzado el modelo económico y social vigente. Se han colocado en el centro del debate falsos enfrentamientos y, si la discusión política no es el reparto de los recursos, el el eje izquierda-derecha, el modelo hegemónico sale reforzado.

El momento populista está desvaneciéndose. Los que confían en que la desigualdad que ha provocado la ruptura del pacto social tenga consecuencias por sí misma no han leído historia ni geografía. La mayoría de grupos sociales han convivido y conviven con esos niveles de desigualdad. Sobre todo, si ese nivel permite un cierto nivel de consumo cuyos obstáculos visibles siempre nunca es el modelo, sino los iguales, otros trabajadores.

Es probable que la democracia del siglo XX siga adaptándose a modelos indirectos o censitarios con niveles elásticos de autoritarismo. Es un modelo colonial en el que la metrópoli está dispersa: metrópolis, paraísos fiscales, nube tecnológica. Las empresas-mundo extraen recursos a nivel global con escasos controles legales y poco pudor porque las revueltas de esclavos, los estallidos de ira, siempre acaban reforzando el modelo.

Cuatro días de marzo, cuatro días de agosto

22 de Agosto, 2017

Al iniciar el procès, la Generalitat habló de “construir estructuras de estado”. Como tantas cosas anunciadas, era una intención, algo más parecido a un farol que a un proyecto. Todo el procès se ha situado en el espacio psicológico del deseo o el sueño, sin traspasar nunca las fronteras establecidas por las resoluciones judiciales. Siempre, camino de Ítaca.
Los atentados han movido los territorios. La violencia siempre es real y deja realidades. Una de ellas es que ha mostrado que Catalunya sí tiene estructuras de estado, al menos, en seguridad, uno de los campos que acostumbran a ser decisivos en los procesos de descentralización o secesión. Ha mostrado, más que su capacidad legal, un poder fáctico. Otra de esas realidades es que esas estructuras han funcionado bastante bien e infinitamente mejor que la referencia. Es incontestable que el 17-A se ha gestionado mejor que el 11-M.

Otra realidad es que el Estado, al no tener capacidad integradora, ha estado ausente. Las “estructuras de estado” son las del Estado español, pero éste no se ha mostrado. La escasa capacidad inclusiva del Gobierno español es histórica -no cabe achacársela a Rajoy- porque su construcción nacional está aún la dinámica amigo-enemigo. Sin embargo, la grisura burocrática del actual Gobierno, hábil para destejer los sueños, sirve menos cuando hay que afrontar realidades. Las torpezas del gobierno catalán, el conseller de Interior está a un nivel similar al del ministro de Interior, se han diluido por la polémica lingüística y, sobre todo, por la figura del Major Trapero, ya un icono pop.

Es complicado saber lo que sucederá dentro de seis semanas, si el procès seguirá como estaba previsto, si el proceso de cohesión y reconocimiento, común a otras ciudades donde ha habido atentados, irá en una dirección u otra. Nadie sabe lo que va a pasar. La realidad es que estos cuatro días han mostrado que la Generalitat existe, más allá de los deseos y los sueños, más allá de Ítaca. Es un hecho político relevante.

Pensar y molestar

11 de Agosto, 2017

El problema está en los determinantes. (Casi) todo el mundo está en contra de la precariedad cuando el sustantivo tiene delante un artículo o un posesivo: mi precariedad, tu precariedad…. Incluso, cuando alguien llama a la radio para explicar su precariedad, nos conmueve. Contra la precariedad, siempre con el artículo delante, se escriben textos con muchos datos, se pronuncian discursos o se escriben programas electorales. Todo el mundo está en contra de la precariedad y a favor de los derechos sociales siempre que no aparezca un demostrativo, esta precariedad, que provoque el paso de lo abstracto a lo concreto.

Los trabajadores de Eulen del aeropuerto del Prat llevan varios días en huelga. Reclaman la contratación de más personal para evitar la excesiva ampliación del horario (hasta 12-16 horas), conocer el calendario laboral con anticipación y que no se produzca una contratación dual; es decir, evitar que los nuevos cobren menos al no tener los mismos complementos. Son cuestiones que, con el determinante artículo delante, (casi) todo el mundo comparte en artículos, discursos o programas electorales.

Cuando añadimos el demostrativo, ya no hablamos de conceptos, sino de recursos y, más concretamente, de su reparto, como en el caso de El Prat: privatización, sistema de subcontrataciones, salarios frente a dividendos, etc. Es un modelo que promueve la tranferencia de rentas: las empresas se quedan con el dinero público de la concesión y con la parte de los salarios que se precarizan. Si el grupo perjudicado protesta, aparece el conflicto y, entonces, todo el mundo huye porque provoca efectos secundarios, como las colas del aeropuerto, molestias a un grupo indeterminado al que siempre precede un artículo: la gente.

En la escena de El Prat, estos trabajadores de esta empresa hacen huelga y molestan a la gente, el actor que tiene menos defensores es el primero, el sujeto. Todos se arrogan la capacidad de defender al objeto directo, la gente y el complemento del nombre, esta empresa, también tiene varios polos de defensa: partidos políticos (PP, exCiU, etc.), la patronal o los medios de comunicación que recuerdan cada día que “las empresas crean riqueza, empleo y bienestar” o, indirectamente, que los trabajadores son unos egoístas. Los trabajadores sólo tienen una defensa: ellos.

Los trabajadores carecen de un apoyo claro de las formaciones políticas que, teóricamente, deberían representarlos porque molestan a “la gente”, grupo indeterminado que se ha convertido en el sujeto electoral. Los trabajadores de Eulen de El Prat no son gente porque han pasado del artículo al demostrativo, se han concretado, no son la gente que sufre la precariedad, sino estos trabajadores pidiendo estas reivindicaciones.

Un modelo económico y social

La clave para poder analizar estas situaciones es la ideología, entendida como una visión global de la realidad. Hay que volver a los conceptos, pero no para escribir artículos, sino para hacerlos dinámicos; es decir, para que sirvan de base a un nuevo modelo económico y, por lo tanto, social.

La gente no existe. Hay grupos sociales que se reparten recursos de distintos tipos: dinero, conocimiento, urbanismo, educación, etc. La política es la forma de repartir esos recursos. Elevar las tasas universitarias, promocionar la construcción de centros comerciales o desligar los contratos de los convenios colectivos son medidas políticas que afectan al reparto y hay que tener una base ideológica que permita defenderlas y, sobre todo, implantarlas cuando se produce el enfrentamiento con lo existente. El gobernante no propone elevar las tasas universitarias sin un discurso ideológico previo: la restricción de la formación no laboral y la eliminación de la movilidad social, por ejemplo. Tampoco, sin un modelo económico y social: la teoría de los tres tercios (acomodados, precarios y excluidos).

Con esa base, se realiza la tarea de propaganda a través de la organización: hay que promocionar el esfuerzo y la excelencia, tenemos que reservar la universidad para los que quieren aprovecharla, hay que evitar despilfarrar dinero público en personas que no estudian, etc. Las tasas universitarias se suben gracias a la palabra esfuerzo y los sueldos se desploman en base a la palabra libertad, que también sustenta la sustitución de los impuestos proporcionales y redistributivos por tasas directas discrecionales. Pero, tras ese trabajo de márquetin, hay un modelo económico y social, una ideología. No se ve, igual que los peces no son capaces de percibir el agua, pero es lo que permite no cambiar el discurso y pasar del artículo al determinante.

Desde hace años, la ideología es un terreno ocupado por la derecha, conservadora o liberal. Hay un modelo claro: la división social en tres tercios (acomodados, precarios y excluidos) y la promoción del bloque identitario (nación, religión, marca). Desde hace años, la izquierda no ofrece un modelo económico y social, más allá que la recuperación del keynesianismo de los treinta gloriosos, del fin de la II Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo. La izquierda carece de ideología, carece de política, porque no quiere molestar.

Una organización ideológica de izquierdas se habría posicionado con claridad al lado de los trabajadores de Eulen para defender con claridad sus derechos laborales o su derecho de huelga. Incluso, frente al deseo de los usuarios del aeropuerto de disfrutar de unas vacaciones. Igualar deseos y derechos es parte de la devaluación de estos últimos. La ideología permitiría a esa organización transmitir a los usuarios que forman parte del mismo modelo social y económico al que volverán tras su viaje o que la posición en un mostrador no otorga poder ni diluye la solidaridad. No son ellos, sino nosotros. En España, no hay tal cosa. Sólo hay una organización ideológica realmente existente: el Partido Popular.

La reforma laboral, por ejemplo, tuvo una base ideológica y un objetivo político: cambiar el reparto. No era una ley para la crisis, sino un modelo económico y, sobre todo, social: los tres tercios. La legislatura 2011-2015 se puede calificar de revolucionaria en su segunda acepción: cambio brusco en el ámbito social, económico o moral de una sociedad.

La izquierda debe volver a la realidad, convertir los debates en conflictos y encuadrarlos dentro de un modelo económico alternativo. Debe aprovechar la ruptura del pacto social de la crisis para que la antigua clase media se reconozca como clase trabajadora y entienda -y asuma- que está en lucha permanente por los recursos con otros grupos sociales con los que, aunque comparta cuestiones como nación, género o raza, tiene objetivos diferentes. El motor de la política no es ganar una contienda electoral concreta, sino cambiar el modelo económico y social. Es decir, tendrá que molestar mucho, tendrá que regresar al conflicto.

Sin organización ni ideología, con movimientos de activistas que se dirigen a la gente, la derecha ocupará cada vez más espacios. Es la historia del siglo XXI.

Moción de investidura

13 de Junio, 2017

“Cuando no corres, tienes menos posibilidades de tropezar”. La frase podría ser de Sun Tzu o del maestro Miyagi, pero es de Mariano Rajoy, alguien que ya podría dedicar el resto de su vida a dar conferencias TED sobre cómo sobrevivir en condiciones adversas o a escribir libros de autoayuda con el título genérico de Andar deprisa. En los últimos años, el presidente ha logrado convertir en algo parecido a la astucia su parsimonia decimonónica y la aparente capacidad para evitar la aceleración de la actualidad. Si uno no se mueve, no se posiciona frente a todo, no opina de todo, parece estático, lo más cercano a la muerte en la sociedad del espectáculo. Pero eso no es así. O, mejor dicho, sólo es así en los reality shows.

Una de las claves de su capacidad para sobrevivir es la delimitación de sus propios periodos de tiempo y qué batallas son importantes. Quizá, Rajoy es quien mejor aplica la frase del general vietnamita Giap, popularizada por Íñigo Errejón: “uno a diez en lo estratégico, diez a uno en lo táctico”. Sólo hay que enfrentarse cuando sea imprescindible y haya garantías de victoria. Es decir, no se pelean todos los balones. Tras asegurarse los presupuestos ―se aprobarán a finales de este mes―, Rajoy decidió pelear el balón de la moción de censura para convertir el acto en una reafirmación de su gobierno: la sesión de investidura que no pudo tener el pasado mes de octubre. Entonces, la crisis del PSOE oscureció el momento.

El presidente subió a la tribuna para responder a la intervención destituyente de Irene Montero en lo más parecido a un golpe de efecto que se le recuerda. Sin pasarse. Traía el discurso escrito, sarcasmos incluidos. La decisión también estaba inspirada por Giap: tácticamente, a corto plazo, responder a una moción fracasada presentada por Podemos, puede ser un mal trago evitable;  estratégicamente, a largo, Rajoy necesita que el voto del cambio esté dividido y que Podemos y PSOE sigan enfrentándose por la segunda plaza. La elección de Rajoy, que le aseguraba la presencia en los informativos del mediodía, provocó la gran derrota de la jornada: Cristina Cifuentes. La solemnidad de la jornada dejó en mal lugar el embarramiento elegido por la presidenta de la Comunidad de Madrid la semana pasada en su propia moción.

En una jornada tan importante, traer el discurso de casa tiene un aroma a descortesía, pero no se puede menospreciar la apuesta metafórica que hay detrás: voy a mi ritmo, no compito, no te reconozco como rival. Frente la intervención larga y vehemente de Irene Montero, al alcance de pocos parlamentarios, Rajoy repitió el mismo mensaje de los últimos dos años: lo peor ha pasado. El mismo discurso que en el debate sobre el estado de la nación de 2015 y con argumentos y bromas parecidas: “hay corruptos en la cárcel porque la justicia funciona”; “ustedes sólo ven lo negativo de España”; “somos muy malos, pero nos votan más”. Su única debilidad es la autoconfianza. Y cada vez es mayor.

Para Rajoy, enfrentarse a la descripción de los casos de corrupción, también tenía otro sentido: la expiación. “He cometido errores”, dijo en su comparecencia sobre Bárcenas, “he confiado en gente que no lo merecía”. La moción de censura y la comparecencia en la audiencia el 26 de julio serán su gran pena de telediario, su penitencia, su auto de fe. Cuando las instituciones no terminan de funcionar, prevalecen los castigos estéticos sobre los legales.

Para Podemos, la moción también ha significado revisar una sesión de investidura. En su caso, la del primero de marzo de 2016, en la que votaron en contra de la investidura de Pedro Sánchez, coaligado con Ciudadanos. Cuando Iglesias se refirió a equivocaciones del pasado, todo mundo entendió que estaba recordando ese momento; tenemos que entendernos, le dijo al grupo socialista. Es probable que esa decisión les siga persiguiendo hasta el punto de tener que revivir el mismo dilema tras las próximas elecciones. E incluso antes, en una moción de censura socialista.

Si uno de los objetivos de Podemos era ganar credibilidad y respeto, lo han logrado. Iglesias, modulando y, sobre todo, controlando la aceleración y la gestualidad, hizo uno de sus mejores discursos. Muy largo, sí, pero otra de sus metas era que el debate no se quedara en un día. Combinó la emotividad con el contexto histórico y las propuestas, a las que dio la forma de diálogos con la sociedad. Su reinvención provocó que la respuesta de Rajoy quedara descolocada. Traía un discurso desabrido, para el viejo Iglesias, el Calamardo gritón, y la descompensación entre ambos fue evidente. En los próximos meses, queda por ver si el personaje de Iglesias acepta la reinterpretación.

Quizá, debería haber entrenado más el andar deprisa. Para Podemos, el camino hasta el debate comenzó el 18 de abril, con la presentación del tramabús —esas puestas en escena combinan mal con la seriedad del debate—, y se ha hecho largo porque lo han recorrido esprint a esprint: buscando candidato, preparando concentraciones, emplazando al PSOE para influir en sus primarias, etc. Y esto último no salió bien. Pedro Sánchez ganó las primarias frente a su aparato y con un mensaje de izquierdas que les comerá votos porque rompe el mensaje de que el bipartidismo está cohesionado. Pero ese no es el principal peligro de Pedro Sánchez. Su lentitud indica que sí ha aprendido de Mariano Rajoy y que quiere ganar las elecciones andando deprisa. No sería extraño que Sánchez, el gran ausente, copie los puntos fundamentales del discurso de Iglesias —no muy diferente del programa clásico de IU— en su camino a la Moncloa.

Andar deprisa

4 de Mayo, 2017

rajoy

El lunes 24 de abril, el tuiter de Mariano Rajoy ofrecía un contenido aparentemente habitual. El texto (“Amanece en Brasil. Comienzo el día con un poco de ejercicio; hoy, intensa agenda en un país socio y amigo”) sí lo era, pero la imagen que lo acompañaba, no. La cámara, en lugar de situarse a la altura del presidente buscando la informalidad, bajaba hasta tocar el asfalto de las calles de Brasilia. El contrapicado, con las líneas de fuga abranzando a la figura central, mostraba un cielo encapotado en el que las nubes se arremolinaban combinando los diferentes tonos entre el negro y el azul; los colores siempre son más nítidos cuando amenaza tormenta. La composición formal sustituía a la espontaneidad, algo lógico en uno de los procesos de creación narrativa más interesantes: el personaje de Mariano Rajoy.

La imagen, situada en el contexto político español, incluso encerraba una metáfora, un posible juego, un mensaje: la figura central avanza como si la tormenta no existiera, como si del camino por recorrer fuera irrelevante todo lo cuantificable, salvo la solidez. Ese día, en medio de la investigación sobre el Canal de Isabel II, se conocía la investigación, antigua imputación, de Eduado Zaplana y circulaba el rumor sobre la dimisión de Esperanza Aguirre, ambos viejos enemigos de Rajoy. La escena, contextualizada, recordaba el proverbio árabe: “siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”. No es tan sencillo hacerlo.

La gran cantidad de acontecimientos dota a la escena pública de una aparente velocidad y es complicado no caer bajo su gravitación; si uno no se mueve, no se posiciona frente a todo, no opina de todo, parece estático y, en la sociedad del espectáculo, la incomunicación, la no producción de contenidos, es lo más cercano a la muerte. Pero no es así. Esa es la apuesta, quizá involuntaria, de Rajoy y su principal metáfora es caminar deprisa.

El proceso de creación del personaje a través de esa característica comenzó hace un año; llevaba un tiempo en preproducción, con imágenes de caminatas por el bosque, habitualmente ridiculizadas, pero los vídeos se lanzaron en la primera campaña electoral. Alguien decidió convertir en emblema algo que parecía una debilidad, siguiendo la frase que, sobre el humor, Umberto Eco atribuía a Aristóletes: “suelen las personas vulgares complacerse de sus defectos”. Para un sector de población, la imagen de Rajoy hablando sobre la belleza de las ciudades que visitaba, recorriendo los lugares comunes, físicos y psiclógicos, era risible; pero esa sonrisa irónica otorgaba la etiqueta de élite a sus poseedores y construía un personaje llano, accesible, un proceso populista con gran tradición en Estados Unidos.

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En uno de ellos, Rajoy ofrecía la clave de su gran éxito: “Siempre he preferido caminar rápido a correr. Caminar rápido es mi manera de alcanzar los objetivos. Cuando no corres, tienes menos posibilidades de tropezar”. Es decir, no se trata tanto de planificar, de evitar todos los problemas, sino de minimizar riesgos, de no detenerse ante ellos. Lo primero, además de imposible, consume mucha energía: conviene asumir que siempre habrá algún problema porque siempre habrá alguien, fuera o dentro, que los creará. La clave, metaforizada en caminar deprisa, es delimitar los periodos temporales y evitar la competición directa.

Así, la tortuga derrotó a Aquiles.

La competición entre ambos es una de las paradojas de Zenón de Elea, un ejemplo cómo ha funcionado siempre la cultura del espectáculo. El filósofo, discípulo de Parménides de Elea, dedicó su obra a apuntalar las teorías de su maestro, del que también era hijo adoptivo. Buena parte de su defensa se basaba en refutaciones de planteamientos que quedaban fuera de la doctrina eleática. Fue un punto de giro en la historia del pensamiento.

Hasta Zenón, los filósofos exponían su pensamiento sin atenerse a ningún tipo de demostración; el sustento era la forma: lo bello era verdadero. Sobre la naturaleza, la obra de Parménides, estaba escrita en hexámetros y se presentaba como una revelación divina. En cambio, su discípulo buscó lo sólido para defenderlo: analizaba varias perspectivas de las teorías que lo atacaban para refutarlas racionalmente y, por ejemplo, mostrar que conducían a incongruencias. Es el origen de la dialéctica y del método científico, la base del pensamiento moderno. Sin embargo, Zenón ha pasado a la historia por lo divertido, por sus paradojas relativas al movimiento: Aquiles y la tortuga o la flecha inmóvil, dos metáforas que siguen siendo vigentes y que la física cuántica, la gran creadora contemporánea de poesía, confirmó en 1994.

Ambas paradojas buscan demostrar que el movimiento es una ilusión. En la primera, Aquiles, el griego más veloz, el de los pies ligeros, decide competir contra una tortuga a quien le deja una cierta ventaja inicial. Al darse la salida, Aquiles recorre en poco tiempo la distancia que los separaba inicialmente; pero, al llegar allí, descubre que la tortuga ya no está, sino que ha avanzado, más lentamente, un pequeño trecho. Sigue corriendo, pero al llegar de nuevo donde estaba la tortuga, ésta ha avanzado un poco más. De este modo, basándose en la posibilidad teórica de la división infinita del espacio, Zenón explica que Aquiles no ganará la carrera, ya que la tortuga estará siempre por delante de él.

Es obvio que la paradoja es falsa porque Aquiles no recorre espacios infinitesinales, sino concretos, una zancada, pero la imagen es interesante si le damos a la tortuga el rostro de Mariano Rajoy. Todos los Aquiles con los que se ha enfrentado, desde los internos a los externos, han considerado que no había problema en darle ventaja porque, antes o después, iban a alcanzarlo. Se le podía confirmar como presidente del partido o investirlo como presidente del gobierno; su debilidad aparente parecía solventar esa ventaja inicial. Es complicado encontrar un trimestre en los últimos doce años donde no se haya publicado o dicho la frase “la situación de Mariano Rajoy es insostenible”.

Su secreto, como la tortuga, es delimitar los periodos temporales y evitar la competición directa. En su paradoja, el filósofo divide infinitesimalmente el terreno que tiene que recorrer Aquiles, lo que congela su estado. Es algo que Zenón también explicó con el lanzamiento de una flecha: si el momento en el que medimos su posición es lo suficientemente pequeño, la flecha no tiene tiempo para moverse y parecerá suspendida en el aire. Es falso, y Aquiles podría confirmarlo ya que una flecha en el talón acabó con su vida, pero el correlato político es que un proceso dinámico sometido a una constante observación produce la sensación de estatismo. Es probable que el sistema político español tuviera debilidades, pero el exceso de atención, y de presión, en los últimos años, le ha dotado de una apariencia de solidez que hace que cualquier esfuerzo parezca inútil, lo que provoca desafecciones.

Cabe señalar, además, que Zenón divide el terreno que hay detrás de la tortuga; pero no, el que hay delante, lo que hace que Aquiles tenga una visión distorsionada del recorrido. La aceleración en carrera tiene sentido si uno se fija sólo en el siguiente tramo, pero lo pierde cuando se piensa en la distancia completa, como hace la tortuga. Aquiles esprinta, se queda sin aire, se sobreexpone para llegar hasta el siguiente tramo, donde ya no hay nadie cuando llega. Rajoy camina con un objetivo concreto (del congreso de Valencia de 2008 a los presupuestos 2017) cuyos tramos no se dividen, mientras sus rivales, internos o externos, esprintan, se sobreexponen, se quedan sin aire antes de llegar donde él ya no está.

En la paradoja, Aquiles es quien toma la decisión de competir contra la tortuga. Si asumimos la narración, hay una pregunta previa ¿en qué coño pensaba?, ¿qué quería ganar el héroe de Troya, el vencedor de Héctor, al derrotar a una tortuga? Es más sencillo si entendemos el concepto de hibris, el desprecio temerario a los límites impuestos por los dioses y que, en ocasiones, se concretaba en el abuso de los débiles, en el desprecio y la superioridad moral. Esa soberbia suele ser el hamartia, el error en el que cae el héroe trágico que sabe qué es lo correcto, pero no puede hacerlo. El pélida, el de los pies ligeros, no puede evitar cagarla porque piensa que es invencible.

La clave del desafío es que es Aquiles quien compite, quien desea ganar; la tortuga, de la que desconocemos su nombre y otras gestas, es un participante indiferente a la competición. Mira hacia su objetivo y camina; sabe que Aquiles ya ha comenzado, pero mira hacia su objetivo y camina; tiene a Aquiles en la nuca, pero mira hacia su objetivo y camina. Es decir, la tortuga Rajoy no modifica el paso, no reacciona a todo, no toma posición con cada cuestión de actualidad, ni con las que le implican a él, no reconoce a sus rivales, no conoce a nadie, no compite con nadie más que consigo mismo.

Esta actitud delimita el espacio de la actual situación política donde puede establecer un nuevo eje simbólico a izquierda-derecha y viejo-nuevo: lo inmóvil y lo móvil. Rajoy, al ocupar el primer espacio, proporciona la sensación de que el resto gravita en torno a él. PSOE, Podemos y Ciudadanos compiten entre ellos, buscan arrebatarse espacios políticos ya conocidos en lugar de cenirse a su propio proyecto y crear un terreno nuevo.

Cualquier alternativa a Rajoy debe dejar el disfraz de Aquiles, evitar la soberbia de creerse mejor, y convertirse en tortuga. Cualquier alternativa debe delimitar sus propios periodos temporales, fijar sus objetivos concretos y evitar la competición directa. Cualquier alternativa debe centrarse en las próximas elecciones, que sólo parecen lejos cuando se divide infinitesimalmente el tiempo, y presentar un programa basado en propuestas materiales que mejoren la vida de los ciudadanos. No es necesario enfrentarse a todo, dar todas las batallas, esprintar todo el tiempo, aparecer todas las semanas en los medios de comunicación. Cualquier alternativa a Rajoy debe aprender de él: “Cuando no corres, tienes menos posibilidades de tropezar”.

Un gigantesco gag

20 de Abril, 2017

En La sociedad del espectáculo, Guy Debord describía la separación entre realidad e imagen como un proceso tan político como cultural, ya que los simbolos quedan desgajados de los hechos a la que se refieren y son convertidos en contenido comercializable de usar y tirar: camisetas del Che, crucifijos de bisutería o fotos warholianas de Mao. Al convertir el símbolo en espectáculo, la realidad no sólo pierde su sentido, sino que incluso deja de existir. Prevalece la imagen como un nuevo espacio que crea su propio territorio. Por ejemplo, los Ramones ya no son un grupo provocador, ni siquiera son un grupo, ni siquiera son música. Son una marca de ropa.

La espectacularización de cualquier hecho social o político produce esta separación entre imagen y realidad en la que la segunda deja de existir. Se produce en las campañas electorales de los nuevos movimientos, los partidos están quedando atrás, y hace que esa acumulación de imágenes, en las que los yoes se proyectan a través de las emociones, ni siquiera amenace la realidad realmente existente cuando alcanza el cargo que busca. El sistema no es sólido, pero carece de alternativas.

La espectacularización –involuntariamente humorística– de la corrupción realizada por Podemos a través de un autobús decorado y la distribución de recortables tampoco escapa a este efecto de separación entre imagen y realidad. De hecho, la coincidencia con otros hechos, operaciones policiales, imputaciones o declaraciones, sitúa a todo el conjunto bajo el mismo prisma de irrealidad.

Para que sea efectiva, la denuncia del saqueo precisa de una continuidad en forma de trabajo parlamentario, personación en los procesos judiciales y elaboración de una alternativa. Para que sea efectiva, la denuncia de la corrupción precisa entender que esta precisa de corruptos, corruptores y avaladores. Es decir, separar realidad e imagen y dar todo el territorio a esta impide entender que política y sociedad están vinculadas. La corrupción no es posible sin un cuerpo electoral que la permita.

Cuando el ruido pase, ya vivimos momentos similares en el verano de 2013 y el otoño de 2014, es probable que esta espectacularización logre el objetivo contrario al que teóricamente persigue. La crítica pública al poder, habitualmente humorística, suele estar ceñida a celebraciones y tiene un efecto catártico y expiatorio. En lugar de concienciar sobre la corrupción y el saqueo, el escarnio público contribuye a su absolución social. Suele suceder, además, con los formatos pornográficos: impacto visual, excitación y descarga.

Cuando el ruido pase, es probable que sea complicado distinguir nada y todo nos parecerá un gigantesco gag.

La importancia narrativa de ETA

11 de Abril, 2017

Uno de los pocos consensos en la historia de España es situar el inicio de la transición en el atentado a Carrero Blanco. En lugar de poner el punto de partida en la muerte del dictador, todos los libros, al menos los canónicos, arrancan con la imagen rodada por Gilo Pontecorvo del coche saltando por los aires cuyos derechos pertenecen a Enrique Cerezo. Ese agujero en el suelo es el “érase una vez” de la democracia española y es muy coherente con su historia porque tiene dos elementos clave: la individualidad y la violencia.

El sur de Europa experimenta otras dos transiciones en esos años y la comparación es pertinente. En Grecia, el punto de partida es la revuelta de la Politécnica de Atenas, también en noviembre de 1973. Las manifestaciones de estudiantes forman una imagen tensa, más aún si se tiene en cuenta que las manifestaciones del 14 terminaron con la matanza del 17, sobre la que aún no hay cifras oficiales. En Portugal, abril de 1974, la escenografía es perfecta, desde “Grándola, Vila Morena” en la radio, hasta los fusiles llenos de claveles. No es el reverso de Grecia porque ambas imágenes tienen un aspecto común: el acto colectivo, que es el que falta en España.

En España, el inicio del relato de la recuperación de la democracia es un atentado terrorista: una acción con actores concretos. Es decir, un juego de élites o, si se prefiere, de individualidades. De hecho, la elección de ese momento como inicio de la transición se basa en que Carrero Blanco no sólo podría haber retrasado el proceso, o hacerlo más sangriento, sino haberlo impedido. La idea de que la capacidad individual del gobernante, en la tradición del caudillismo, se sitúa por encima del contexto histórico o de la influencia regional, enraíza con otra idea clásica: la excepcionalidad española.

No es fácil ver documentos donde la transición española se sitúe dentro de un proceso histórico más amplio: el fin de las dictaduras mediterráneas. De Portugal, sólo llega el ligero impulso, casi estético, que dio a la democracia y el miedo que provocó en el ejército. Conocemos poco de su transición. De Grecia, no sabemos nada. Sacar a España de ese contexto, como sacar la Guerra Civil de la II Guerra Mundial, permite dotar al hecho de una sensación, también muy presente en nuestra historia, de providencialidad y convierte a sus protagonistas en figuras míticas que realizan tareas sobrehumanas que quedan fuera del debate público; el proceso se sacraliza para ser adorado.

Regresemos al 20 de diciembre de 1973. El hecho es que no hay participación colectiva de una ciudadanía que reacciona “con nobleza”, según el vicepresidente Fernández Miranda: “el orden es completo en todo el país”. Más bien podría decir que el pueblo contiene la respiración ante los acontecimientos. Es un juego de élites. Las imágenes del entierro donde varias personalidades, Torcuato Fernández o Juan Carlos de Borbón, se pasan una pala con la vierten árena sobre el féretro recuerdan más al clan que a un acto institucional.

Ocho años después, en el gope de estado del 23-F, la ciudadanía hará lo mismo: contener la respiración a la espera de la acción individual: Armada, Tejero, Suárez, Juan Carlos I… En los últimos años, varios grupos políticos han intentado reescribir el relato de ese momento añadiendo que la acción popular tuvo algún tipo de influencia en el desarrollo del golpe. Proyectar los deseos, adelante o atrás en el tiempo, es algo que impide entender la realidad; hay que estudiar el pasado en lugar de juzgar a quienes participaron en él. Las imágenes colectivas pertenecen a manifestaciones o votaciones, actos de confirmación o reconocimiento.

El relato de las acciones individuales del 23F deja una legitimidad, Juan Carlos I, sustentada hasta el momento en la legalidad y la inevitabilidad: la alternativa menos mala, la única posible o la mejor de todas las opciones. El actor colectivo, que podría haber compartido esa legitimidad, no lo logra por incomparecencia, algo que se premia en el resto de actores. Los líderes políticos que no aceptaron la orden de los golpistas, Suárez y Carrillo, pierden las siguientes elecciones; los líderes políticos que se tiraron al suelo, González y Fraga, configuraron el bipartidismo español.

En el atentado también se produce ese reparto de papeles: si la legalidad es ilegítima, la ilegalidad es legítima, y la única manera de cambiar la legalidad es la ilegalidad, una idea que seguramente está detrás de la indiferencia que, durante años, acompañó a los atentados, y que también subyace en la violencia global del proceso o en el intento de 23F. Esa dinámica de enfrentamiento de fuerzas es algo que conecta con otro concepto histórico: la violencia como motor de los cambios políticos.

Según el historiador José Luis Villacañas, “nadie ha logrado a lo largo de siglos generar transiciones políticas subinclemente pacíficas y ordenadas”. Existe una visión patrimonialista del estado por parte de las élites que hace que el cambio sólo sea posible mediante posiciones de fuerza. No es extraño que el gran teórico del regidicio sea Juan de Mariana. Añade Villacañas: “La clase política tiene mentalidad de señor y no de servidor público, que es la concepción moderna. El espíritu moderno pasa por ahí y en España no ha entrado de una forma fehaciente porque ha generado una continua desconfianza por parte de las instituciones respecto de su propio pueblo”.

Esta última frase enlaza con la idea de individualidad, pero cabría añadir que tampoco el pueblo reclama su papel; seguramente, por el peligro que históricamente eso ha significado. Podría decirse que desde los Reyes Católicos no ha habido una generación de españoles que no haya conocido algún tipo de represión ideológica; leer, en España, es sospechoso.

Esta dinámica hace que la idea de colectividad se haya construido, otra idea de Villacañas, sobre la dinámica amigo-enemigo. Primero, lo anticatólico; después, con el nacimiento de la idea de nación, lo antiespañol, donde también estaban todos los anticatólicos. La idea de representar “lo español” abandera la lucha contra cualquier tipo de pérdida de privilegios. Los primeros antiespañoles fueron los afrancesados; los últimos, ETA.

Aznar no fracasó en su idea de rearme ideológico. No logró una homogeneidad sólo ancanzable, seguramente, con métodos coercitivos; pero sí, volver a construir una idea tradicional de colectividad, dispersa por la apertura de la Transición y sustentada hasta entonces sobre todo en la prosperidad. Su base fue recuperar la vieja dinámica amigo-enemigo. Lo antiespañol era ETA y, por ende, todo lo que pudiera asimilarse. Ahí entraba, por supuesto, todo lo que no se situara en el terreno marcado por esa construcción que se apropió de elementos como la Transición o la Constitución al situarlos dentro de esa dinámica amigo-enemigo.

Esa territorialización del pensamiento permite señalar qué ideas, o chistes, son admisibles, y cuáles, no. También, la figura de la víctima facilita una reinterpretación histórica del atentado del 73, una grieta que puede permitir una revisión de la dictadura más profunda. Nunca hay que olvidar las palabras del Torcuato Fernández Miranda: “hemos olvidado la guerra […], pero no hemos olvidado ni olvidaremos nunca la victoria”. Más aún, cuando ese resultado permitió configurar una élite social y económica que permanece. Por eso, la desaparición de ETA, una insignificancia política es un hecho clave narrativamente. La construcción colectiva promovida por Aznar pierde una parte fundamental: el enemigo.

PD: Según Villacañas, la prueba de existencia de una nación es la revisión de la ley constituyente. No, su sustitución violenta, como sucede en España. Es el punto donde deberíamos estar y tuvimos una casilla de salida estéticamente impecable: las plazas llenas. Aparentemente, la pulsión de la individualidad y las dinámicas territoriales lo han impedido, pero aún estamos a tiempo.

¿Quiénes iban en esos barcos?

25 de Febrero, 2017

(A propósito de Billy Budd) / Para Javier, a quien le gusta leer historias de naufragios

“¿Quiénes iban en esos barcos?” es una pregunta recurrente en la obra del filósofo alemán Peter Sloterdijk. ¿Quiénes iban en esos barcos que descubrieron, exploraron, comerciaron, explotaron, cazaron, investigaron, predicaron, guerrearon y, en resumen, construyeron el mundo que hoy tenemos? Nobles de poca fortuna, hijos sin derecho a herencia, visionarios, ambiciosos, gente que buscaba o huía, reclutas forzosos, delincuentes, etc. Es decir, “los que no cabían en tierra”.

Eran personas, además, cuya estabilidad física, psicológica y emocional se ponía a prueba por la incertidumbre de la meteorología y las durísimas condiciones del viaje (falta de agua o comida, ausencia de sueño o severa disciplina). A bordo, lo permitido se estrechaba por la necesidad de orden, pero lo posible o lo tolerado tenía una amplitud inaceptable en tierra. Escuchar a las sirenas ayudaba a no enloquecer. Gente como esa dibujó el mundo. Normalmente, tras una ballena o en busca de El Dorado.

En su puesta en escena para el Billy Budd de Benjamin Britten, Deborah Warner nos mete dentro de uno de esos barcos, el Indómito, un navío de guerra inglés que participa en la ofensiva europea contra la Francia revolucionaria. Warner no se rinde al tópico contemporáneo que mitifica todo contacto con la naturaleza convirtiéndolo en placentero y espiritual; sin perder el poder simbólico, nos sitúa en un universo rígido e implacable donde el orden, incluso desde la severidad o la crueldad, debe regirlo todo. Un barco de Sloterdijk. El escenario, casi desnudo, cortado por líneas rectas, se convierte en un ser vivo en el que todo debe funcionar de forma implacable: el orden por encima del sentimiento, la ley por encima de la justicia, la supervivencia por encima de las posibilidades.

Es una historia con muchas capas de complejidad, insistía Warner en la presentación para evitar los tópicos que el resumen del argumento suele provocar: el recién enrolado Billy Budd, un joven bueno y carismático, es acusado por un suboficial envidioso, John Claggart, de querer preparar un motín. El capitán, Edward Vere, que comparte la inclinación por el chico de su tripulación, propone un careo entre ambos en el que el marinero, ofendido, mata de un golpe al acusador. A pesar de sus sentimientos y de la sensación de injusticia que recorre el barco, el capitán debe ceñirse a la ley y condena a Billy a la horca. Este acepta el veredicto y, tras manifestar su admiración por el capitán, pide al resto de la tripulación que no se rebelen.

La obra nos reta “a cuestionar el bien y el mal, la inocencia y la corrupción, el amor y el odio, y sumergiéndonos en una ambigüedad abierta y sin respuesta”, dice Warner, que pide “no juzgar” a los personajes. Es algo complicado en el caso del malvado John Claggart, pero Brindley Sherrat lo consigue con una interpretación que combina el temor que ofrecen sus presencias ―sus apariciones recuerdan a Darth Vader― con la intuida fragilidad de sus soledades. Es un ángel caído que asume el papel de defensor de la estabilidad, emocional y colectiva, del barco ante la llegada de alguien que, además de un líder, es un elemento perturbador. Claggart sabe que los barcos sólo pueden tener un capitán y que éste sólo debe pensar en el barco. La bañera donde Vere se asea y las hamacas donde descansan los marineros son prácticamente las únicas cesiones a la curva del escenario.

El plano amoroso logra emocionar en la última parte, donde Billy Budd acepta casi con gozo el sacrificio, mientras el capitán Vere se resigna a asumir ese desgarro emocional que le impedirá volver a amar. Es el momento en el que mejor se percibe la fusión entre interpretación, música y escenografía.  Uno muere, el otro comienza a no-vivir. “La música se evapora y deja la sensación de remordimiento”, indicó Ivor Bolton, director musical, en la presentación.

Al relato de Herman Melville, Britten añadió unos breves prólogo y epílogo, donde el capitán recuerda los hechos. “Ese recurso del recuerdo”, indicó Joan Matabosch, director artistico del Teatro Real “hace que el centro esté tanto en el comportamiento de los personajes, como en la angustia del capitán por haber tenido que condenar a ese hombre cumpliendo las leyes vigentes”. “Samuel Beckett haría que la obra volviera a comenzar para ser interpretada de nuevo”, añadió Warner.

En esa segunda visión quizá el plano político ganaría espacio. La obra vuelve a plantear (Otello, Norma, La clemencia de Tito, El holandés errante) el enfrentamiento entre irracionalidad y racionalidad, y sus trágicas consecuencias habituales, sobre todo, para los personajes “intrusos”. La encrucijada de Billy Budd es más interesante porque nada nos invita a defender lo racional. Es complicado no rendirse ante el marinero hermoso, carismático y amable, un Parsifal. El espectador comparte su ira ante las acusaciones de Claggart y desea que, en el último momento, suceda algo inesperado que impida la ejecución final.

Más aún, es casi imposible sentir simpatía ante Claggart, el suboficial que considera que la belleza y el liderago de Budd pueden ser un problema a largo plazo. Pero, despojado de la envidia y, quizá también, de la pasión no correspondida, su personaje encarna al hombre de estado, alguien que es capaz de no ceder ante la emoción del momento y proyectar las pésimas consecuencias de algo aparentemente benéfico. Es un defensor de la estabilidad que asume los caminos torcidos que, según Maquiavelo, debe recorrer lo correcto en ocasiones.

La obra tiene otra mirada, la capacidad de destrucción de los rumores, muy actual en un momento en el que se está redescubriendo el poder de los bulos. Históricamente, las expansiones (o persecuciones) religiosas o nacionales siempre han tenido al frente historias inventadas, bien de milagros o martirios, bien de crueldades o conspiraciones. La idea de que las personas de religión hebrea dominan el mundo, concretada en el libelo Los protocolos de los sabios de Sion, siempre ha justificado el antisemitismo, lo mismo que los bulos sobre menores asesinados, habitualmente convertidos en niños santos.

No es extraño que sea muy complicado por parte de los actores tradicionales oponerse a las informaciones falsas ya que, por ejemplo, ellos mismos las suelen emitir. Por ejemplo, la resolución de la crisis bancaria que comenzó en 2007 estuvo llena de medias verdades y promesas no cumplidas. No es tanto que la mentira haya subido un escalón, sino que hicieron que la verdad descendiera del suyo. Nos queda la ley, como a los marineros del Indómito, aunque no sabemos hasta cuando porque todo lo que sea autoridad es cuestionable; no de una manera crítica, sino porque todo existe en tanto el deseo personal, en tanto me hago un selfie con eso.

En el XXI, como en el XVIII, nos hemos echado a la mar, aunque sea virtualmente. De nuevo, tenemos exploradores que descubren lo que no existía, esos lugares donde había dragones, y los piratas que buscan sacar partido de la ausencia de leyes para, incluso, influir en los procesos electorales ajenos. Es probable que el nuevo mundo sea tan rígido y desigual como el navío imaginado por Deborah Warner, así lo son las nuevas empresas tecnológicas. Como Peter Sloterdijk, debemos volver a preguntarnos ¿quiénes van ―vamos― en esos barcos?, ¿cómo son ―somos―?, ¿quiénes van en los barcos digitales que, tras una ballena o El Dorado, están dibujando los mapas que necesitaremos, ¿acaso vuelve a ser la gente que no cabe en tierra? ¿Quiénes van en esos barcos que descubren, exploraran, comercian, explotan, cazan, investigan, predican, guerrean y, en resumen, están construyen el mundo en el que se vivirá dentro de décadas?

Billy Budd. En el Teatro Real hasta el 28 de febrero

Ficha artística
Dirección musical: Ivor Bolton
Dirección de escena: Deborah Warner
Escenografía: Michael Levine
Figurines: Chloé Obolensky
Iluminación: Jean Kalman
Coreografía: Kim Brandstrup
Dirección del coro: Andrés Máspero
Dirección del coro de niños: Ana González

Reparto
Billy Budd: Jacques Imbrailo
Edward Fairfax Vere: Toby Spence
John Claggart: Brindley Sherratt
Mr. Redburn: Thomas Oliemans
Mr. Flint: David Soar
Lieutenant Ratcliffe: Torben Jürgens
Red Whiskers: Christopher Gillet
Donald: Duncan Rock
Dansker: Clive Bayley
Un novicio: Sam Furness
Squeak: Francisco Vas
Bosun: Manel Esteve
Oficial primero: Gerardo Bullón
Oficial segundo: Tomeu Bibiloni
Amigo del novicio: Borja Quiza
Vigía: Jordi Casanova
Arthur Jones: Isaac Galán

Regreso inevitable a las Leyes de Pobres

23 de Febrero, 2017

Las Leyes de Pobres nacieron en Inglaterra tras la epidemia de peste negra de mediados del siglo XIV. El declive demográfico provocó una inflación de los salarios y, para tratar de controlarlos, el rey Eduardo III promulgó una ordenanza que obligaba a trabajar a todos los hombres disponibles. El cuerpo legal se completó posteriormente con el Estatuto de Cambridge que establecía restricciones al movimiento de los mendigos y las personas ociosas, a las que se podía imponer castigos físicos o trabajos forzados.

La pobreza, más aún con la Reforma protestante, era tratada como un problema individual y eran habituales los señalamientos (la marca de la V o la perforación de las orejas). Sólo los ancianos, enfermos y discapacitos estaban capacitados para pedir limosna, así que las personas que no encontraban trabajo eran obligadas a bajar su salario para evitar morirse de hambre. La otra opción era romper la ley, cuyos castigos se agravaron en los años posteriores. En 1547, se aprobó una ley que castigaba a los vagabundos con dos años de servidumbre e incluso la muerte en caso de reincidencia.

Las malas cosechas de finales del XVI provocaron un aumento de la pobreza y, para evitar revueltas, durante el reinado de Isabel I se produjo un cambio en las Leyes de Pobres con la distinción entre mendigos profesionales y pobres por causas sobrevenidas. Para los segundos, comenzó a establecerse un plan de ayudas a cargo de las parroquias: comida, vestimenta, leña e incluso un pago periódico. El sistema era discrecional y con tendencia al despotismo por parte de quienes tenían que repartirlos.

El sistema evolucionó a través de las workhouses, lugares donde las personas que no tenían recursos podían establecerse. Las condiciones de esos lugares, así como de los orfanatos o los correccionales para los hijos de los pobres, seguían siendo discrecionales y sólo comenzaron a mejorar cuando las asociaciones de trabajadores se hicieron cargo de ellos. El modelo, establecido en el XIV, se mantuvo hasta el establecimiento del Estado del Bienestar en el siglo XX.

De hecho, las Leyes de Pobres se mantuvieron formalmente hasta 1948 cuando fueron derogadas en la promulgación de la Ley de Asistencia Nacional. El sistema discrecional de reparto directo (alimento, vestimenta, vivienda, ayudas de estudio, leña o dinero en efectivo) fue sustituido, aunque no totalmente, por un modelo institucional de distribución indirecta: derechos sociales reconocidos en la ley, trabajo/salario e impuestos.

Duró treinta años. A partir del gobierno de Margaret Thatcher el modelo institucional de distribución indirecta (derechos sociales conquistados y reconocidos en la ley, trabajo/salario e impuestos) comenzó a ser desmantelado para regresar al sistema de Leyes de Pobres. Los derechos sociales dejaron de figurar en la ley, los impuestos dejaron de ser directos y redistributivos y se socavó la acción colectiva de los trabajadores.

Los problemas sociales, paro, pobreza o delincuencia volvieron a ser considerados como cuestiones individuales, sin contexto socioeconómico, que podían ser atenuadas con una acción discrecional a través del reparto directo. Evidentemente, los nombres han cambiado: bono social energético, cupones de comida, ayuda social para el alquiler, apertura de comedores escolares, complemento salarial o renta básica universal.

El regreso a las Leyes de Pobres es inevitable porque es transversal. La derecha entiende que es un buen modelo para mantener la desigualdad y evitar conflictos sociales y la izquierda, que también quiere evitar el conflicto ideológico o directo, acepta que esa es la única solución para evitar los casos extremos. Bienvenidos al siglo XIV.