Atrapados en el relato

10 de Enero, 2018

El objetivo de la política ya no es el progreso o el cambio, ni siquiera la gestión. La principal meta de las formaciones es la competición electoral, el espectáculo. No se tratan de ganar las elecciones para ejercer el poder, sino que se ejerce el poder para ganar las elecciones. Por eso, el aspecto externo de los proyectos es el de movimiento, una coagulación coyuntural que, pasado el objetivo, suelen disolverse.

El relato sitúa la política en el terreno de la emoción y, en ocasiones, en la ficción. El relato que se construye en la competición electoral crea una realidad paralela emotiva que después choca con las circunstancias materiales, instituciones incluidas, despreciadas por no encajar. El relato no tiene que ser veraz, sino verosímil. Tras ganar la competición electoral, el relato tiene que seguir activo y llenar el escenario con trucos narrativos: intrigas, cambios de personajes, etc.

Ese es el terreno de los proyectos que han triunfado en la creación de relato. Entre ellos, la república catalana. Quizá, es el que depende más de la ficción porque es el que más lejos ha ido. Si analizamos los hechos desligados del relato emocional, el pasado mes de septiembre no se produjo un desafío a una legalidad concreta, sino una exploración de un camino alternativo. Es cierto, la cosa iba de democracia.

La democracia, como la conocemos, se basa en ciertos recursos e instituciones. Las sociedades plurales se expresan a través del sufragio universal para elegir unos representantes, habitualmente encuadrados en partidos, que crean consensos a través del debate público en los legislativos. Esos consensos se transforman en leyes que son aplicados por otro actor y todos se controlan entre sí y externamente.

Es obvio que este sistema se queda corto para ciertos proyectos, como el de la república catalana, que optó por cambiar todos estos elementos. Ya no hay un consenso creado a través de un debate público ni un control recíproco de los actores ni tampoco una sociedad plural. El pueblo expresa un mandato a un líder que debe hacerlo efectivo. Pasamos de lo político a lo espiritual; es decir, entramos en el terreno de la ficción. Todo es relato.

[Es una revolución que conviene ser analizada sin juicios rápidos ni analogías fáciles porque, quizá, está revelando una tendencia. Algo tiene que llenar el vacío que ha dejado la desaparición del concepto de progreso y la decisión es una de las opciones.]

Y ahí está el problema: la frontera entre ficción y realidad. Los requerimientos enviados por el Gobierno el pasado otoño eran interpuestos. Hablaba el Estado. La Generalitat era interpelada como una parte del mismo. Por eso, la respuesta tenía que ser contundente: sí o no. Caben pocos matices a la existencia: ser o no ser. A través del Gobierno, el Estado se preguntaba si existía mediante la Generalitat y se encontró con una respuesta hamletiana: tal vez soñar. Ese no es territorio de los Estados, de momento.

La frontera entre ficción y realidad sigue siendo el problema. Existe un cierto consenso en que lo sucedido el pasado otoño se sitúa en el terreno de la ficción, la puesta en escena, pero el Estado no puede aceptar eso. Es complicado que el Estado, a través del poder judicial, acepte que los documentos, las declaraciones y, en general, todos los hechos pertenecen al terreno de lo irreal porque sería impugnarse a sí mismo. Y, si es real, lo sucedido es grave.

La disyuntiva para los participantes es reconocer que todo era falso y retirarse de la escena o no hacerlo y seguir el camino espiritual, cuya siguiente etapa es el martirio. El proceso no será breve y las penas no serán cortas. La idea de la amnistía presentada en diciembre por Miquel Iceta es probable que tenga más consenso dentro de cinco años. Conviene hacerse a la idea de que, en 2023, habrá gente en la cárcel. Y seguiremos atrapados por el relato.

Autoficción

3 de Enero, 2018

Hace tres años, me gané algunos insultos con un artículo en Vanity Fair titulado Por qué la encuesta que aúpa a Podemos no significa demasiado. “Tenéis miedo”, decía uno de los comentarios, como si un servidor fuera familia de los Newhouse, propietarios de la revista, y tuviera la posibilidad de perder la fortuna familiar por la llegada al poder de los barbudos, coletudos en este caso. “Tenéis miedo”, decía uno de los comentarios sin distinguir, algo muy habitual, entre el análisis general y la opinión particular.

El artículo se basaba en una idea: la encuesta se había realizado en un período en el que el cabreo social estaba en máximos y Podemos había sido la fuerza que había logrado canalizarlo. No era nada sólido, sino emocional. Lo explicaba bien Belén Barreiro. De hecho, había gente que recordaba haberlos votado en 2011, cuando aún no existían. Tenemos suerte, decía un artículo posterior, de que el cabreo tenga una espita constructiva en lugar de buscar el discurso identitario, como en Europa, o destructivo, como en Italia.

Podemos era una coagulación del cabreo y, para ser una opción real, necesitaba voluntad política. Es decir, convertir lo emotivo en organización e ideología. La actitud del grupo dirigente, entre el delirio, el onanismo y el fatalismo (creer que uno forma parte de un proceso histórico inevitable) no hacía prever que este paso se pudiera dar. Tres años después, Podemos se desploma en las encuestas.

[Nada ha habido más lesivo para los intereses de la clase trabajadora que la sustitución de la organización ideológica por el activismo que se manifiesta a través de estallidos catárticos y emocionales: las primaveras, de mayo del 68 al 15M]

No es una cuestión de “hacerse mayor”, concepto devaluado en un sistema que necesita que su fuerza de trabajo no salga de la inmadurez para que acepte las condiciones de vida de la adolescencia, sino de proyecto. Podemos se presentó como “herramienta de cambio” y pudo cumplir esa función en febrero de 2016, pero no lo hizo. Ni “herramienta” ni “de cambio”. Optó entonces por convertirse en una estructura ideológica. El balance, casi dos años después, es el mismo: ni estructura ni ideología. Poco más que la coagulación del cabreo. Barreiro volvió a tener razón: es un partido de nicho (hueco practicado en una pared o muro, en especial el que sirve para contener una estatua, una imagen o un adorno).

Autor, narrador y protagonista

El problema es que el Podemos practica la metapolítica. Es un partido autoreferencial que concibe sus actuaciones con el fin de demostrar su propia personalidad frente al resto. El tramabús, la moción de censura o la asamblea de electos, hitos del año pasado, no tuvieron como objetivo denunciar la corrupción, derribar a Rajoy o buscar una solución territorial, sino mostrar al resto de individuos “quién soy” y, más aún, “cómo soy”. Una moción de censura que se presenta por sorpresa y sin negociar con nadie ya no es un instrumento político, sino un recurso narrativo. Es posible que sea uno de los primeros grupos que han aplicado la autoficción a la política. [La república catalana es otro ejercicio, aún mayor, de autoficción política].

La autoficción es un relato fundado sobre el principio de las tres identidades: el autor es también el narrador y el personaje principal. Esa es una de las claves. Al tener como personaje principal de su discurso algo tan difuso como “la gente”, las ventanas se convierten en espejos. El pasado verano, gente que trabajaba en los aeropuertos hizo una huelga que dificultó las vacaciones de otra gente. Tener una organización ideológica no sólo permite analizar el hecho y discernir que el derecho está –o estaba– por encima del deseo, sino crear estructuras de apoyo que te identifiquen como actor político útil; es decir, que no sólo coagula emociones, sino que conquista territorios.

Lo que diferencia a la autoficción de la autobiografía es prescisamente que es ficción. Hay un cruce entre lo real, la vida del autor, y varias experiencias ficticias y el lector acepta el pacto de asumirlo todo como una propuesta literaria completa en lugar de discernir lo que es verdad de lo inventado. Todo entra dentro de la suspensión de la incredulidad. Quizá, el espectáculo televisivo, no sólo el reality-show, es el medio que mejor ha asumido ese cruce entre lo real y lo ficticio. El plató como escenario interminable. El actual auge de la autoficción le debe tanto –o más– a la creacción posmoderna del yo (Gran Hermano, redes sociales, cotilleo, Kardashians, etc.) que a la introspección de Proust.

En Podemos, todo es un espectáculo. Nada tiene continuidad después del primer impacto porque ese es el objetivo: llenar el escenario. Tras el show, se apagan las luces y esa oscuridad incluso proporciona un final al contrario. La denuncia primaveral de la corrupción tuvo un efecto catártico, como los carnavales o las fallas, que incluso permitió al PP intentar poner un punto final. El espectáculo hace que cualquier movimiento interno se perciba e interprete de forma emocional, desgarradora, porque es parte de una narración. Es ficción. Ficción real, pero ficción.

Tres años después de esa encuesta, el problema está fuera. Se diagnostican, como causas de la caída, la desmovilización de la izquierda (culpa por abajo) y la derechización de la sociedad, producto de la crisis identitaria (culpa por arriba). Es decir, nada se puede hacer. Nada. El proyecto estaba destinado a tomar el poder por el colapso del sistema o el proceso de recambio generacional, luego no tenía que hacer nada. El proyecto ha sido derrotado por fuerzas externas contra las que tampoco puede hacer nada. Nada. Es un mal balance, pero es un buen punto de partida.

La estación del AVE Felipe González

31 de Diciembre, 2017

Una foto con Felipe González. Enric Juliana sostenía hace un par de días que ese será el objetivo de Albert Rivera en 2018. Una foto para volver a encarnar el cambio, para presentarse en las elecciones de 2020 como el nuevo Macron: ni de izquierdas ni de derechas ¡España! Hay varios problemas en ese cuento de la lechera en el que, si se mira con un mínimo de interés, pueden verse las huellas frescas de los dirigentes de Podemos. Buscaron esa foto en las elecciones del 26-J y el elegido fue Zapatero, al que elogiaron sin mesura. “Es una referencia. Le consulto los temas importantes”, llegó a decir Iglesias.

El primero es que el sistema electoral español no es el francés. No se escoge un Rey Sol en una circunscripción única a dos vueltas. No habrá un duelo Rajoy-Rivera en el que el segundo pueda encarnar la renovación frente al granítico presidente, que no tiene valentía para encarar las reformas económicas, sociales y territoriales que se necesitan. Eso no sucederá. En el anterior ciclo electoral, Rajoy ni siquiera concedió un debate.

El segundo es que las primeras elecciones que se celebrarán serán autonómicas y municipales y quedan quince meses para el inicio de la campaña electoral. En ellas, se mide más la capacidad de músculo de las organizaciones que el carisma del líder. Hay que tener gente. Es algo que ya sufrió Podemos cuando muchas de sus candidaturas municipalistas se llenaron de antiguos cuadros de la agonizante Izquierda Unida. Ese músculo prestado, que le dio varios triunfos importantes, no ha terminado de asimilarse y esas costuras ya están dejándose ver. Los quince meses serán largos para los que necesitan movimientos constante.

Es probable que al bipartidismo le baste con situar el foco en las pensiones y recordar los planes privatizadores. Los jóvenes son importantes, seguro, las clases medias urbanas de cuarentaytantos, también; pero los jubilados (y su órbita gravitacional) son la masa crítica electoral. La estrella política de Manuel Pizarro se apagó cuando Pedro Solbes sacó un papel en el que defendía “tocar” las pensiones.

El PP, que sí tiene una organización, no lo pondrá fácil en esas escaramuzas territoriales. Se recordará mucho el proyecto de Ciudadanos de eliminar las Diputaciones, decisivas en la prestación de servicios fuera de las grandes ciudades y que sólo gobierna en tres ciudades medianas: Arroyomolinos y Valdemoro, en Madrid, y Mijas, en Málaga. También, pequeñas historias poco leídas en Madrid, enfrentamientos internos, dimisiones, transfugismo, etc., cobrarán importancia. Músculo. Ciudadanos debería tener en cuenta que el PP, de momento, existe. Podemos pensó que el PSOE ya no existía porque no salía en la tele.

Esa existencia define el tercer problema: la persona elegida. Felipe González tiene 75 años y, aunque sigue siendo alguien inquieto que no tiene problema en posicionarse, esa foto (de igual a igual; sin un contexto en el que FG mande) sería algo más. Puede desearla, pero esa foto, hoy, sería una traición. Considerar que el PSOE es igual a Pedro Sánchez –y que, por tanto, no es permisible atacar al todo para hundir a la parte– es una sinécdoque televisiva que puede servir para un debate o una serie, pero es improbable que sea asumida por la persona que ha sido tan referente como significado. Nadie ha sido más PSOE que Felipe. Aznar no está en esa situación. Él es el creador y no es lo mismo ser el poeta que una metáfora.

Felipe González no sería el primero que rompe consigo mismo a los 75 años, pero, más que en campaña electoral, está en los versos que Juan Luis Panero dedicó a su padre: “y las calles de Felipe González / y el colegio Felipe González”. Sí, “y la biblioteca Felipe González / y la estación del AVE Felipe González”. A pesar de toda la importancia que los años han ido acumulando en su cabeza, alguien con formación marxista conoce la diferencia entre el papel fotográfico, si es que tal cosa aún existe, y el metal de las placas donde se da nombre a los lugares.

PD: No es difícil imaginarlo en otra foto, apadrinando el gobierno entre el PSOE y Ciudadanos que no pudo concretarse en febrero de 2016. Al destino, decía Borges, le gustan las repeticiones.

España negra; Catalunya negra

2 de Diciembre, 2017

Hace años, un familiar pidió la palabra al oír la expresión “el franquismo que se nos impuso desde Madrid”. Supongo que lo hizo, más que como madrileño, porque el acto en el que participaba tenía lugar en Galicia. “Me parece absurdo”, indicó, “tener que recordar que Francisco Franco no nació en Madrid, sino aquí, como Camilio Alonso Vega, por ejemplo”.

Es algo habitual achacar a Madrid y, por extensión, al centro de la península, todo lo negro, casposo y reaccionario de la historia de España. Pero no es así. La historia es común, en lo bueno y en lo malo. Y, en algunos casos, más de lo que se cree. En los últimos meses, desde Catalunya se ha insistido en denunciar esa España antigua y oscura -franquista ha sido el adjetivo más usado- y, desde una posición de alejamiento y superioridad moral, se ha señalado como “irreformable” o “inviable”. Como mi familiar, pido la palabra para explicar que esa España negra, casposa y reaccionaria es un producto con una importante participación catalana. Advierto de que no es un texto histórico ni quiere serlo. Se trata de un ensayo de tesis en el que seguro que falta contenido y he estirado algunas relaciones de causa y consecuencia. El objetivo del texto es sostener que las cosas, observadas con un mínimo de atención, no son blancas o negras.

“Peligro de homogeneización”

Esa España debe su pervivencia al fracaso de los proyectos aperturistas y no se entiende el fracaso del liberalismo en el XIX sin la fuerza de sus enemigos ideológicos (el catolicismo y el tradicionalismo) y económicos (el proteccionismo y el esclavismo). La base del primer elemento estaba repartida, aunque Catalunya era uno de los focos principales. La guerra de los Malcontents de 1827, donde se pide reestablecer la Inquisición, es un ejemplo. El caso de Catalunya es interesante, sobre todo, para señalar cómo el antiliberalismo ideológico confluye y, discrecionalmente, se apropia de los movimientos culturales, como sucedió en el debate educativo de la segunda mitad del XIX. Esa será una de las derrotas claves del proyecto progresista y la incapacidad histórica de los diversos gobiernos para diseñar un sistema laico y público, desligado de la tutela de la Iglesia Católica, se mantendrá, con matices, hasta el XXI.

En la segunda mitad del XIX, tuvo lugar en Catalunya una recuperación cultural historicista entroncada con el Romanticismo europeo, la Renaixença. De ella, formaban parte personas de adscripción democrática, moderada, conservadora el incluso muy conservadora, como Rubió i Ors, ganador del Jocs Florals de 1841 con un poema sobre los Almogávares. Suyas son también estas palabras: «las universidades, manteniéndose católicas, sean en España las encargadas de impedir que el error [el liberalismo] se derrame por nuestro suelo». La frase sirve como imagen y resumen de dos cuestiones claves: la cohesión de la resistencia antiliberal a través del catolicismo y su capacidad de atraer otros proyectos para sus objetivos.

Esto sucederá en la oposición a las reformas educativas de Ruiz Zorrilla que, a imagen de la escuela republicana francesa, decretaban la libertad de enseñanza y terminaban con el intervencionismo eclesiástico, que habían provocado las expulsiones de los catedráticos Salmerón y Castelar, pero también se unificaban los contenidos y se ampliaba la presencia del castellano (frente al latín). La consolidación de este modelo hubiera sido clave, pero fracasó.

A través de la oposición a los últimos puntos, establecidos como el “peligro de homogeneización”, la pata ideológica (catolicismo y tradicionalismo) conseguirá, entre otros muchos, el apoyo transversal de la cultura catalana para provocar el fracaso de las reformas y, en la Restauración, el regreso de la Ley Moyano de 1857, que establecía una cierta tutela de la Iglesia sobre la educación pública y su capacidad para tener centros privados independientes. La Iglesia aplica una visión larga y tiene sus propios mapas; en el siglo XXI sigue apelando “peligro de homogeneización” para mantener sus privilegios, aunque, usando el lenguaje del neoliberalismo, lo denomina “libertad de elección”. Lo interesante de este detalle, que no es menor, pero no deja de ser un detalle, es el uso del elemento cultural-identitario como cohesionador de un proyecto de raíz conservadora e incluso reaccionaria, algo que volverá a suceder.

“Sálvense las colonias”

La base del elemento económico (esclavismo y proteccionismo) estaba menos repartida. No se entiende el desarrollo económico catalán sin la importancia de ellos y los principales proyectos políticos surgidos desde Barcelona, las personas fueron otra cosa, se basaban en la defensa tanto de los aranceles como del tráfico de esclavos. Ya no hablamos de un detalle, sino de un factor decisivo. Es decir, más que la resistencia de los sectores reaccionarios, representados por la Iglesia Católica o el Carlismo, comunes a otros territorios, el gran problema del proyecto liberal español es que, al contrario de lo que sucedió en Europa, no pudo contar con el apoyo de la clase social pujante, la burguesía.

La esclavitud es algo tan molesto que se ha borrado de la memoria, pero se trata de un factor imprescindible para comprender el pasado. A mediados del siglo XVIII, España e Inglaterra se enfrentaron en lo que se llamó la Guerra del Asiento. El nombre se refería al llamado “asiento de negros”, el permiso para la trata de esclavos africanos en las colonias españolas (Portugal permitía la esclavización de los indígenas; España, no, aunque las Encomiendas se parecían al sistema de Servidumbre). Inglaterra perdió y devolvió el “asiento” a la Corona española que, en lo que hoy conoceríamos como colaboración público-privada, estableció un sistema de concesiones.

En 1765, se creó la Compañía Gaditana de Negros, primera empresa peninsular destinada al tráfico de personas. Ese mismo año, Carlos III concedió al puerto de Barcelona la capacidad de comerciar esclavos con las colonias. El resto del comercio se había autorizado con los Decretos de Nueva Planta. Es interesante leer, por ejemplo, La burgesia catalana i l’esclavitud colonial, de Jordi Maluquer de Motes o la obra de Josep Maria Fradera, reñido en público por Jordi Pujol por sus investigaciones sobre el pasado colonial catalán, para entender cómo el tráfico de esclavos sirvió para el proceso que se conoce como apropiación original; es decir, la acumulación de capital por parte de una élite antes de iniciar un proceso económico; en este caso, la industrialización.

Los apellidos de los comerciantes o poseedores de esclavos nos suenan, hay ascendientes de empresarios y políticos en activo, pero es importante no aplicar una mirada de superioridad moral. Repasar la lista de apellidos sirve para ver el funcionamiento de los procesos económicos y cómo estos están ligados a los procesos políticos. Como sostiene el periodista Manuel López Ligero: “Todo es propiedad, por lo tanto, todo son apellidos”. “Somos 400 familias, y siempre somos las mismas”, en palabras de Fèlix Millet. Pero no salgamos del materialismo. Juzgar las cosas, como hace la posmodernidad, impide analizarlas y entenderlas porque la emoción lo inunda todo. Estos apellidos se condensan en un grupo de presión heterogéneo que intervendrá en la creación de iniciativas aparentemente contrarias, como la Restauración borbónica o el Catalanismo político, o el golpe de estado de Primo de Rivera, que sólo tienen sentido si se enmarcan dentro de los intereses económicos.
“Comercio triangular”

Y, para el análisis, es importante tener en cuenta el hecho de que Catalunya llega tarde a este comercio. En el siglo XIX, la esclavitud comienza a ser cuestionada (por razones humanitarias y materiales) y España se adhiere, de forma obligada, a tratados internacionales para evitarla. Pero no los aplica. Los barcos españoles no capturan barcos esclavistas y, en cambio, es habitual la presencia de altos cargos de la administración civil y militar en el comercio. Incluida, la Corona. Esta cuestión hace que el esclavismo no sea un sector económico más, sino un negocio muy ligado a la corrupción política. Sobre esta cuestión, es interesante leer La esclavitud en la América española, de José Andrés-Gallego.

Los españoles no capturaban barcos esclavistas; pero los ingleses, sí. La inseguridad de los mares provocó la aparición, además de los bancos o las compañías de seguros, del llamado “comercio triangular”. Las empresas concesionarias llevaban esclavos africanos, o siervos asiáticos (culis) a las colonias americanas y Filipinas; pero, en muchas ocasiones, no importaban directamente dinero, sino materias primas, ya que estas despertaban menos interés en los barcos ingleses, policiales o piratas.

A partir de finales del XVIII, comenzaron a llegar al puerto de Barcelona grandes cantidades de algodón o azúcar, elementos que serían claves en la potente industria alimentaria y textil que desarrollará Catalunya en el siglo XIX. También llegaron café o tabaco, algo que conducirá a la fundación de grandes empresas. Por ejemplo, la Compañía General de Tabacos de Filipinas, la primera multinacional española. A partir de ese momento, la economía catalana comenzó a estar fuertemente ligada a las colonias; tanto, que, en la guerra cubana llamada “de los 10 años”, el primer grupo militar que desembarcó en la isla fue el de los Voluntarios Catalanes, reclutado por la Diputación de Barcelona. Tanto, que el diputado Josep Puig i Llagostera exclamó en las Cortes: “Sálvense las colonias y piérdanse los principios”

Esas grandes cantidades de materias primas que llegaban a los puertos provocaron la aparición de un eje fundamental: el proteccionismo. Los centros portuarios, Santander, Cádiz, perteneciente a una división administrativa con capital en Sevilla, o Barcelona, buscaron cerrar el mercado para la industria basada en esas materias primas, como la textil (en el caso de Cádiz, por ejemplo, situada en la sierra, lo que después fue un problema para las infraestructuras). Esta burguesía se enfrentó con los productores (valencianos o del interior de Catalunya o de Andalucía) y pactó con los cerealistas castellanos, también partidarios del proteccionismo. Un pacto del Majestic del XIX.

El arancel fue una cuestión clave en toda la política española desde Fernando VII hasta la Guerra Civil y, por ejemplo, está en el origen de las sublevación barcelonesa de 1843 contra el gobierno de Espartero. Tres años después, se produce la II Guerra Carlista, llamada dels Matiners, que se desarrolla casi íntegramente en Catalunya. Su origen es muy transversal, desde la gran crisis europea al sistema de reclutamiento, pasando por los aranceles o la introducción del sistema propiedad liberal, contrario a los usos tradicionales, y a los tradicionalistas se unirán incluso los republicanos. La guerra es interesante porque, de nuevo el proyecto reaccionario es el que logra cohesionar a todo el colectivo. Buena parte de los carlistas derrotados participarán en la Primera Guerra de Marruecos, un foco colonial que será clave en el siglo XX.

El arancel Figuerola

El lector puede hacerse la idea de que Catalunya es, en el siglo XIX, un foco de reaccionarios o facciosos, palabra con la que se llamaba a los carlistas. En absoluto. No puede entenderse la Gloriosa (1868), el intento español de tener un proyecto liberal, sin la participación catalana (Prim, Figuerola, Figueres, Pi i Margall, etc.). Pero tampoco su fracaso y la posterior llegada de la Restauración borbónica.

Prim y su rey, Amadeo, se posicionarán en contra de la esclavitud y a favor de una mayor libertad del mercado. Laureà Figuerola, ministro de Hacienda, famoso por ser el creador de la peseta, intentó reducir los aranceles con una reforma promulgada en 1869. Esta iniciativa librecambista tuvo una fuerte oposición de la burguesía catalana, ya unida en una patronal (Foment de la Producció Nacional). El plazo de implantación era de seis años y no lo logró. En 1874, la monarquía borbónica fue restaurada y, con ella, el proteccionismo, pero la vinculación entre los intereses de la burguesía, proteccionismo, y esa recuperación cultural, de base romántica y tradicionalista, a la que ya podemos llamar catalanismo, se intensificará.

En 1882, se funda el Centre Català, con la voluntad de defender los intereses de Catalunya en la Restauración. Proponía ser una plataforma unitaria para unir todos los catalanistas, desde las posturas progresistas a las reaccionarias, y rechazaba la participación políticos catalanes en otros partidos. Esta institución presentará en 1885 el Memorial de Greuges a Alfonso XII, en el que se rechaza la unificación del Código Civil, se solicita reconocimiento para el catalán y se denuncian de ciertos tratados comerciales en defensa del proteccionismo. Ese año, se incorporan empresarios conservadores carlistas –y proteccionistas y esclavistas–, que juegan a dos barajas.

Liga Nacional, Lliga de Catalunya, Lliga Regionalista
La burguesía esclavista catalana, al igual que la gaditana o la santanderina, se había reunido tras la Gloriosa en torno a los llamados Círculos Hispano Ultramarinos, promotores de un grupo de presión político: la Liga Nacional, cuya sede principal estaba en Barcelona y que contaba con el apoyo de Foment de la Producció Nacional, el Institut Agrícola Català de Sant Isidre, el Institut Industrial de Catalunya o la Societat Econòmica d’amics del País.

Tras resistirse durante años, España se ve forzada en 1886 a declarar la abolición total de la esclavitud y desaparece la Liga Nacional. Un año después, el grupo conservador abandona el Centre Català y funda la Lliga de Catalunya. Su primer presidente, Ferran Alsina, había sido el candidato derrotado por Valentí Almirall. Alsina era el socio de Eusebi Güell, directivo de la Liga Nacional, en el negocio textil. Sobre los apellidos, es interesante leer L’oasis català  de Andreu Farràs y Pere Cullell. Este grupo tratará, de nuevo, unir a grupos heterogéneos en la defensa de sus intereses a través del uso de recursos culturales e indentitarios.

Su herramienta será primero la Unió Catalanista, que promoverá las Bases de Manresa y, después, tras la pérdida definitiva de las colonias, la Lliga Regionalista, fundada en 1901, dos años después del 98. El propio fundador de la Lliga, Francesc Cambó, relacionaba la pérdida de los mercados antillanos con el planteamiento serio del problema catalán. Lo recoge Maluquer. Sería interesante separar el catalanismo de esos instrumentos políticos de defensa de los intereses de la burguesía que usan discrecionalmente elementos culturales e identitarios. En palabras de Fradera: “el catalanismo no es resultado del nacionalismo; lo precede y sobrevivirá a él”.

El salto entre la Liga Nacional y la Lliga de Catalunya puede parecer imposible a ojos del siglo XXI, pero todo es más entendible si se tiene en cuenta el fuerte carácter reaccionario de una parte de ese movimiento cultural, como un grupo vinculado al diario la Renaixença, promovido –el diario– por Prat de la Riba y dirigido por Guimerà. De ese grupo (Coroleu / Pella i Forgas) saldrá una obra interesante llamada Los fueros de Cataluña (1878), donde, por ejemplo, se habla de “los derechos imprescriptibles de sus pueblos” o se sostiene que “la nación catalana es la reunión de los pueblos que hablan el idioma catalán”. Pero también, que “siendo la religión de los catalanes la católica, apostólica y romana, no le es lícito a ningún laico discutir pública ni privadamente acerca de sus dogmas” y, además del sufragio para cabezas de familia, se reclamaba el desempeño de oficios a los nacidos, excluyendo a los naturalizados. O La Tradició Catalana (1892), de Torras i Bages, respuesta a la visión más progresista de Valentí Almirall. Para Torras, que ataca al “uniformismo nacido en Francia” (recordemos las reformas de Ruiz Zorrilla), el regionalismo es lo contrario a este liberalismo impío y por eso la Iglesia, que es eterna como las naciones, está de su parte. Hay un hilo entre este discurso del XIX y ciertas cuentas de twitter del XXI.

“Antipatriota”

En este contexto, se entiende el choque inicial que se produce entre el catalanismo y el movimiento obrero, entre Güell y Alsina, y los trabajadores de sus colonias industriales, un sistema no muy lejano a la servidumbre. El enfrentamiento se prolongará en el XX cuando la patronal decida emplear a la Unió de Sindicats Lliures, de origen tradicionalista, contra la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), acusada habitualmente por los primeros de “antipatriota”.

Es también interesante la pequeña etapa de Solidaritat Catalana (1906-1909) como otra coagulación oportunista, en este caso, contra la Ley de Jurisdicciones. La transversalidad de la iniciativa incluía a los carlistas, a la Lliga y a los republicanos; de hecho, fue encabezada simbólicamente por  Nicolás Salmerón. La transversalidad, y el uso político de lo cultural e indentitario, provocaron el crecimiento del Partido Radical de Lerroux. Las coincidencias concretas con el XXI son menos importantes que la base, el uso de instrumentos políticos y culturales para la defensa de los intereses de clase.

Es algo que también sucederá en España, donde la élite, burguesía y nobleza, se apropiará de los elementos culturales e identitarios, en clara disputa durante el primer tercio del XX, para defender su estatus, convirtiendo cualquier cuestionamiento en “antiespaña”. Es algo que también pervive hasta nuestros días. La bandera de España sirve para ocultar la factura de la luz.

En el XX, la España negra, casposa y reaccionaria se concretará en el colonialismo, el proteccionismo o la corrupción, condensados en el negocio que significaron las guerras de Marruecos, claves para la industria textil de buena parte de los promotores de la Lliga. También, en la explotación (colonias industriales), la represión de los movimientos democráticos y obreros (pistolerismo), y en las políticas autoritarias. El golpe de estado de Primo de Rivera, capitán general de Catalunya, no se entiende sin la participación de la burguesía catalana.

La lista podría seguir y se hace necesario recuperar Els catalans de Franco, de Ignasi Riera y ver cómo los mismos apellidos apoyan iniciativas diferentes porque son su herramienta para defender los intereses de clase. De nuevo, es importante no aplicar una mirada de superioridad moral y echar en cara a fulano o mengano haber saludado con el brazo extendido. Juzgar las cosas impide entenderlas y hacerlo desde la tranquilidad de una democracia es miserable. Las cosas no son blancas  o negras y, en el caso de que sean negras, las hemos pintado entre todos.

El error Julio Rodríguez

19 de Noviembre, 2017

Existen cuatro bases militares históricas de EEUU en España: Torrejón, Zaragoza, Morón y Rota. En esas tres comunidades (Aragón, Andalucía y Madrid), la militancia contra esa presencia y su alianza militar (OTAN) es parte de la formación ideológica de una parte de la población. No sólo se celebran marchas anuales o manifestaciones, sino que hay chapas, carteles o pegatinas configurando el escenario habitual de un grupo: la pared de la asociación de vecinos, la carpeta del instituto o una vieja camiseta de papá. Es decir, la militancia contra la OTAN forma parte de lo que se conoce como socialización política primaria. Sobre todo, en las personas de más de 40 años.

Podemos presentó al general de la OTAN Julio Rodríguez en dos de esas comunidades: Andalucía y Aragón. En ambas no salió como diputado. En la primera de ellas, Rodríguez incluso perdió el escaño por Almería que sí había logrado el abogado David Bravo. No hay que ser muy inteligente para entender por qué ha fracasado Rodríguez. Basta con mirar un mapa y no creerse superior a las personas a las que uno se dirige.

Pedirle a un aragonés de izquierda que vote a un general de la OTAN es plantearle algo más parecido a una traición personal (el cartel de la sede, la camiseta de papá) que un debate político, algo muy propio de una formación que, desde el inicio, se ha desarrollado, más que como un proyecto político organizado, como un grupo espiritual en busca de adhesiones emotivas. En el caso de Andalucía, también hay que conocer la historia y, por ejemplo, tener en cuenta las relaciones de la izquierda andaluza con los países árabes, en especial, con Libia.

Tras Andalucía y Aragón, Julio Rodríguez desembarca en Madrid. Se insiste en no mirar el mapa, despreciar la historia y, sobre todo, no tener en cuenta a qué personas quiere uno dirigirse. Es probable que ya haya renunciado a la expansión y sólo busque el equilibrio interior, evitar ser devorado por la lucha entre facciones. Podemos ya sólo se mira a sí mismo, ya es un proyecto a la defensiva. Es decir, un nicho, como anticipaba Belén Barreiro. Las próximas elecciones municipales y autonómicas no traerán buenas noticias y es probable que el deseo de cambio quede pendiente de un hilo llamado Manuela Carmena. Perseverar en el error Julio Rodríguez puede incluso cargárselo.

PD: Una de las cosas buenas del actual periodo político es la ausencia de militares en política, algo habitual en la historia de España. Conviene tener en cuenta que Julio Rodríguez puede abrir la puerta a otra gente de otro signo que se presente con otros partidos.

¿Qué diablos es el agua?

6 de Noviembre, 2017

La mejor definición de la hegemonía pertenece a David Foster Wallace: “Dos peces jóvenes están nadando y se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario. Este les saluda con la cabeza y dice: ‘Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?’. Los dos peces jóvenes nadan un poco más hasta que s uno de ellos se vuelve hacia el otro y dice ‘¿Qué diablos es el agua?’”. Eso es la hegemonía, el agua. No se ve y, al beberla, es incolora, inodora e insípida. Parece que no existe. Ese es su secreto.

Antonio Gramsci definió la hegemonía como el recurso que permite que unos pocos ejerzan su control sobre muchos. No puede ser algo explícito, como los aparatos represivos, porque sería entonces fácil oponer un poder equivalente o superior. Es invisible, como el agua. Así operan, por ejemplo, las identidades nacionales o religiosas: ofrecen un nosotros que dota de sentido global a todo. Gramsci señala que esa hegemonía se difunde a través de diversos elementos: desde instituciones como los medios de comunicación o la escuela a recursos como el control del folklore, el calendario, el vocabulario o eso tan difuso llamado sentido común.

La hegemonía tiene como objetivo crear un bloque que Gramsci llama histórico. La cuestión clave es que la hegemonía nunca funciona de una manera explícita, presentando su discurso como parte del debate político porque, en ese caso, también bastaría con presentar un discurso alternativo. Lo hace apropiándose de las palabras y convirtiendo su proyecto en agua, algo incoloro, inodoro e insípido; algo, en fin, inevitable o imprescindible.

Por ejemplo, el neoliberalismo ha logrado hacerse con ciertas palabras como libertad y las aplica a su programa. Por ejemplo, la destrucción de los servicios públicos (sanidad y educación) se hace en nombre de la libertad de elección. El desvío de dinero público a empresas privadas suele tener asociada la palabra eficiencia y el fin del sistema equitativo de impuestos, alivio fiscal o, de nuevo, libertad individual. Los acuerdos de libre comercio tratan sobre controles sanitarios, patentes, jurisdicción, impuestos o derechos laborales, pero deben presentarse como libre comercio porque ¿quién puede estar en contra de la libertad? Por eso, es tan complicado presentar un discurso en contra del neoliberalismo.

Para presentar un proyecto alternativo, hay que conocer el funcionamiento de la hegemonía y, sobre todo, de los recursos que utiliza para atraer fuerzas y crear ese bloque. Para ello, no basta con conocer la teoría, sino que es necesario tener una posición ideológica clara y muy alejada de actitudes emocionales. El proceso catalán es un ejemplo claro y el caso más interesante es cómo En Comú, teóricamente conocedores de Gramsci, se han dejado arrastrar por los habituales recursos de la acumulación de fuerzas que, irónicamente, ellos intentaron aplicar a los socialistas en el pasado ciclo electoral

Estos recursos salpican todo el proceso y la clave es que no son explícitos ni políticos; nunca se presentan cómo discursos. Además de la captación de ciertas palabras (libertad, democracia, derechos, etc.), se crean falsos dilemas morales que trabajan siempre el plano emotivo: vergüenza, indignación, empatía, decencia, dignidad, etc. Por ejemplo, cuando en el pleno del Parlament de septiembre, Joan Coscubiela realiza un discurso propio, no se denigra el contenido, sino el hecho de que sea aplaudido por ciertas formaciones políticas ajenas (Ciudadanos o PP). Se habla de vergüenza o de falta de decencia. El bloque histórico independentista crea el falso dilema: si mantenéis ese discurso, estáis de su lado, que no es el de la democracia y la libertad.

Sucede lo mismo con el primero de octubre. Es un acto de democracia y libertad, pero de él sale el mandato para la independencia. El bloque tiene su propia dirección que establece el vocabulario que hay que utilizar. No acepta la diversidad interna. El agua también ahoga. Por eso, se cierra el Parlament, que podría haber creado una comisión sobre los hechos del 1-O y se establecen portavoces del pueblo que trabajan el plano emotivo. Decisionismo.
Cada hecho relevante provoca una reacción similar. Se crean falsos dilemas morales y emotivos que tratan de cohesionar los bloques y plantear una falsa disyuntiva: o ellos o nosotros. O la democracia y la libertad o la represión y el autoritarismo. Se interpela constantemente (no cabe la equidistancia, no se puede seguir impasible) para que la defensa de un proyecto político propio parezca un posicionamiento inmovilista. La interpelación sube de nivel cuando se trata de acudir a actos en los que es fácil dejarse llevar y emocionarse. Allí, uno no es que acepte el agua, sino que pide beberla.

Poco a poco, esos recursos de la hegemonía, los medios de comunicació, el folklore, el calendario, el vocabulario o eso tan difuso llamado sentido común logran captar voces, imágenes y personas hasta difuminar ese proyecto político propio dentro de la construcción de bloques. En Comú comenzó defendiendo la república federal y el referéndum pactado y ha terminado ahogado en “ni DUI ni 155”. Es decir, a rebufo de los acontecimientos. Domènech, su candidato, ha indicado que el gran objetivo es volver a ser un solo pueblo. Pueblo (Völkisch), el lenguaje del bloque histórico.

Si se defiende un proyecto (referéndum pactado) que, según las encuestas, tiene un apoyo social enorme y no logra coagularlo es que la organización no funciona. No cabe culpar a las circunstancias o a la presión. La mejor manera de soportarla es tener una ideología, un proyecto y una organización. Sin embargo, cuando tu base sólo es la emoción no es difícil que te veas arrastrado por esos torrentes sentimentales.

El bloque centralizador está actuando de forma parecida y quiere captar las palabras legalidad, diversidad y, también, democracia. El PSC ha sufrido una captación parecida, pero cabe señalar alguna diferencia. El PSC se ha hecho fotos con Albiol, pero no le ha hecho –aún– alcalde de Badalona, a pesar de su insistencia. La alcaldesa sigue siendo Dolors Sabater, que leyó un manifiesto el viernes de la declaración de independencia. En cambio, En Comú, presionada por el bloque independentista, ha planteado una consulta a sus bases sobre si debe seguir recibiendo el apoyo del PSC. Esa sensación de culpabilidad es el triunfo de la hegemonía. En la religión, se llama pecado.

Es necesario señalar que hay una política de creación de bloques y, aún más, que hay dos proyectos totalitarios o, por lo menos, totalizadores. Nadie defiende la democracia, la legalidad o la libertad porque ambos son proyectos para los que la diversidad es incómoda. Ambos no se dirigen a una sociedad, sino a un pueblo. Es decir, buscan una uniformidad detrás de su dirección que permita a las respectivas élites seguir acumulando recursos e impedir cualquier proyecto de cambio. Mientras el debate político esté dominado por estos dos bloques reaccionarios, será muy complicado que se desarrolle una alternativa.

Para formarla, sólo hay un camino: organización e ideología. Para formarla, sólo hay un camino: organización e ideología. No es algo que se logre en un plazo breve, pero el motor de la política no es ganar una contienda electoral concreta, sino cambiar el modelo económico y social. No puede nadar en el agua de otros porque siempre lo hará a contracorriente. La izquierda debe volver a la realidad, lo material, y aprovechar la ruptura del pacto social para que la antigua clase media se reconozca como clase trabajadora y entienda, y asuma, que está en lucha permanente por los recursos con otros grupos sociales con los que, aunque comparta cuestiones como nación, género o raza, tiene objetivos diferentes.

El tiempo del orco

24 de Octubre, 2017

Cuanto peor, mejor. Lo dijo primero Mirabeau, como fórmula para acabar con el proceso revolucionario. Pese a su condición de diputado de los Estados Generales y su apoyo a medidas como la nacionalización de los bienes del clero, en realidad era defensor de la monarquía y asesoraba al rey. Su idea, politique du pire (política de lo peor), era que, ante la imposibilidad de rechazar al movimiento popular, había que excitarlo. No había que esperar calma y paz, sino aumentar la injusticia y la insatisfacción para aumentar la demanda de orden, encarnado en la figura del rey.

Es el momento en el que estamos, el tiempo del orco. Hay dos bloques (recentralizadores e independentistas) que nunca pensaron estar ante esta ocasión y tienen muy pocos incentivos para preferir el consenso al caos. Ambos creen que la exploración de espacios políticos inéditos y, llegado el caso, la confrontación ensanchan su ventana de oportunidad. Ambos no sólo se creen en posesión de la palabra democracia, sino que, al tener un origen místico (una realidad que se quebró y la que hay que volver), se atribuyen una superioridad moral que hace imposible el diálogo.

El independentismo, marginal hace diez años, minoritario hace cinco, disfruta de un protagonismo con el que jamás soñó. Para ese bloque, después de navegar durante años, siglos, la costa está ahí, ya se ve. La política de lo peor es beneficiosa porque, además de sumar más actores, les permite lanzar su mensaje al mundo: España es represora e irreformable, una afirmación que se contradice con la realidad, producto de 40 años de descentralización.

El proyecto recentralizador, latente, pero más teórico que práctico, tambien cree estar ante su ocasión de oro. Tiene una excusa, la ruptura de la legalidad, y no tiene oposición. Para este bloque, después de 40 años de cesiones que han desdibujado su idea de carácter nacional, hay una ocasión para embridar este proceso no sólo en Catalunya, sino en otras comunidades. La política de lo peor es beneficiosa porque permite lanzar el mensaje a mundo de que la descentralización conduce a estas situaciones, algo que también se contradice con la realidad. También le permite sumar los apoyos, internos y externos, que nacen de la demanda de orden.

Y, en cada bando, está esa gente que aprovecha el momento para saldar sus cuentas y los hooligans que lanzan la botella de cerveza sin importarles dónde cae. Es el tiempo del orco. Es, en estos momentos, cuando más se echa de menos tener una organización que tenga una base ideológica que le permita analizar la realidad y establecer una estrategia en lugar de un colectivo que se va posicionando, incluso emotivamente, según los hechos. Pero no cabe lamentarse y, aunque parezca poco, hay que señalar a los mirabeaus que quieren verlo todo arder.

El minotauro y la señora Reed

22 de Octubre, 2017

La señora Reed aparece en la primera página de Jane Eyre, pero su descripción física tarda en aparecer. Mortifica a la niña, que sólo es capaz de observarla furtivamente. Cuando Jane es capaz de mirarla directamente entendemos que también, por fin, podrá enfrentarse a ella. La descripción concreta es menos relevante que la actitud que muestra. Jane ya puede ver al monstruo, como la teniente Ripley siglos más tarde en la nave en la nave Nostromo. La criatura pasa a ser visible, mesurable, definible y, por tanto, vencible.

Por eso, Kafka definió a su criatura como “ungeziefer”, que quiere decir bicho. Samsa no se convirtió en un escarabajo o en una cucachacha, sino en algo que se no se puede describir. Kafka pidió a su editor que no apareciera ningún dibujo en la portada, “ni siquiera de lejos”. El bicho está en la cabeza del lector que debe recrecarlo con sus propios miedos. Por eso, los relatos de Lovecraft pierden fuerza al final, cuando se ponen adjetivos a los seres provenientes de las profundidades marinas.

Todo está en la cabeza. Kafka, en Ante la Ley, describe al guardián, pero nada nos dice del salón que protege, salvo las amenazas. El campesino asume que no debe mirarlo. En El proceso, el monstruo se divide para ser invisible: los funcionarios que detienen a K, los burócratas que le toman declaración o los guardias que le acompañan. Joseph K no tiene una señora Reed a la que poder enfrentarse.

El poder no es un monstruo al que se pueda describir porque, en ese momento, se le puede derrotar. El poder no es un monstruo, sino la capacidad de crearlos y, sobre todo, de convertirnos en uno de ellos, en un bicho. El monstruo no está fuera, sino en cada cabeza, en la del campesino que se aprende de memoria cómo es el guardián sin mirar qué hay en el salón que guarda y en la de K que, convertido en bicho al asumir su culpa, facilita la ejecución de la sentencia no pronunciada.

El poder no es el minotauro que espera devorar el tributo de los catorce jóvenes, sino la capacidad de convertirnos en el laberinto que lo protege.

Lingüística

13 de Octubre, 2017

Para entender el discurso del rey del pasado cinco de octubre, hay que haber escuchado otros. En todos, cada Navidad, hay un mantra que se repite: “La Corona, símbolo de la unidad y permanencia del Estado”. Parece una frase hecha, como “orgullo y satisfacción”, pero hay una diferencia: esa sale en la Constitución. Un símbolo es la representación perceptible de una idea y el vínculo es sólo una convención socialmente aceptada. Aristóles decía que no se piensa sin imágenes, pero esas imágenes pueden cambiar, porque los vínculos pueden romperse

Esa era la cuestión que se resolvía el cinco de octubre y que, quizá, no se supo ver. El catedrático Pérez Royo calificó el discurso de disparate porque señaló que el rey “no tiene legitimación para intervenir en política”. No lo hizo. Intervino en lingüística. No se estaba cuestionando una política en concreto, sino aquello de lo que la institución que él representa es símbolo: la unidad y permanencia del Estado. No se trata de para qué sirve la cosa, sino de la cosa en sí. Por eso, el gran error del Govern es un vocativo: “així no, majestat”. Por eso, el requerimiento al president se dirige a él en tanto “representante ordinario del Estado en la Comunidad Autónoma”. Lingüística. Se trata de reestablecer la cosa en sí. 

Para que quede claro, en este texto no se afirma que esa unidad no sea legitimamente cuestionable, sino que es infantil pensar que eso se puede hacer sólo desde la voluntad y sin que el Estado muestre su densidad. La física cuántica me dice que esta piedra se puede atravesar, los neutrinos lo hacen… Bien, antes de lanzarme contra la piedra cabe la pregunta: ¿soy un neutrino? El Estado es una roca enorme que seguro que los neutrinos son capaces de atravesar. Los cuerpos más grandes, sólidos y densos, no. El Estado, como estructura, se ha rebelado ante su cuestionamiento y se ha defendido. Poco. De momento, cabe tenerlo en cuenta, sólo de forma simbólica.

Cronocat

8 de Octubre, 2017

El punto de partida es importante. El hecho de que la transición portuguesa comience con claveles y gente feliz en las calles, y la española con una bomba y gente asustada no es algo irrelevante. Es la primera imagen de nuestra democracia, la que sale después de los títulos de crédito, otro aspecto complicado y escabroso. Por eso, tiene importancia el punto que se escoja como inicio del proceso soberanista.

¿Y cuál es?, ¿la Diada de 2012?, ¿la polémica del Estatut de 2006?, ¿o, quizá, un punto intermedio a menudo olvidado: la manifestación que rodeó el Parlament en 2011? Como imagen, quizá esa Diada. Además, hace que el relato sea más coherente, con cada actor en su papel. Precisamente por eso, es interesante ir bastante antes, aunque sea un poco largo. Todo es importante y, sin una cosa, es complicado entender otra.

2000. El presidente de la Generalitat Jordi Pujol (CiU), apoyado por el PP, rechaza la oferta de pacto que le hace ERC para reformar el Estatuto de Autonomía. Maragall (PSC) sí lo acepta y acuerdan forman un futuro gobierno de izquierdas.

2003. El PSC, en la campaña de las elecciones autonómicas, promete que pondrá en marcha un nuevo Estatuto de Autonomía. Zapatero, secretario general del PSOE, anuncia que apoyará el texto que salga del Parlament. CiU se desmarca de esa reforma. Las elecciones se celebran y el tripartito (PSC-ERC-ICV) pone fin a 23 años de CiU. La burbuja inmobiliaria está tomando fuerza y el crecimiento comienza a ser notable.

2004. Zapatero gana las elecciones. Se conocen los primeros borradores del Estatut y el Gobierno establece límites. Desde Catalunya, se afirma que la intención no sólo es mejorar el autogobierno o la financiación, sino crear una España plural.

2005. El nuevo Estatut se aprueba con el voto de CiU. La polémica ya estaba en marcha. La palabra “nación” concita muchas discusiones. El PP convoca manifestaciones contra el Estatut, al que califica de proyecto personal de Zapatero. Un almuerzo de seis horas entre Mas (CiU) y Zapatero sobre la financiación agiliza los trámites, pero ERC se descuelga. El PP comienza a recoger firmas contra el Estatut.

2006. El estatut se aprueba en un referéndum con poca participación. El PP presenta ante el Tribunal Constitucional un recurso de inconstitucionalidad. También recurrieron el Defensor del pueblo y cinco comunidades autónomas. En las elecciones catalanas, vuelve a ganar el tripartito. José Montilla, andaluz, es presidente de la Generalitat. Aparece Ciudadanos. La economía española asombra. La burbuja inmobiliaria, en su esplendor.

2007-2009. Batalla por los miembros del Constitucional que decidirán sobre el Estatut. El PP logra la recusación del magistrado Pérez Tremps. Se celebran consultas no oficiales sobre la independencia en 512 municipios de Catalunya. Comienza la crisis económica (¿seguro que no tiene nada que ver?). Los problemas de la banca estadounidense se extienden a Europa. Termina la burbuja inmobiliaria y caen las cajas catalanas, salvo La Caixa. Estallan los casos de corrupción de CiU (Millet-Palau).

2010. Tras unos años en los que se habla más del matrimonio homosexual (que acabará con la familia tal y como la habíamos conocido, se decía) y, sobre todo de la crisis, vuelve el tema catalán. En marzo, la prensa catalana publica un editorial conjunto en el que avisa de que una sentencia dura del Tribunal Constitucional puede provocar una crisis social. El TC desoye la advertencia y resuelve (seis votos a cuatro) contra buena parte del texto. Una sentencia anunciada por la foto de varios magistrados, claves en la votación, en una corrida de toros en Sevilla. Se convoca una manifestación multitudinaria que toma un cariz soberanista. Montilla, que tienen que abandonar el acto, advierte del alejamiento político: puede formarse una Liga Norte. CiU, que ya ha incorporado el “derecho a decidir” y el “pacto fiscal” recupera el poder y da por finalizado el acuerdo constitucional. Sin embargo, el PSC lo apoya en la investidura y Mas pacta leyes con el PP. Es la época de los recortes.

2011. El 15 de mayo se inicia en 15M. Primero, en Madrid, pero se extiende a todas las ciudades, incluida Barcelona. El 27 de mayo se produce el desalojo del 15M barcelonés con cargas policiales. El 15 de junio, el Parlament aparece cercado por una manifestación contra los recortes y el presidente Mas tiene que llegar en helicóptero. La campaña Stop desahucios de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca alcanza una gran relevancia. Se lanza de idea, mirando a Portugal, de reconducir la indignación social a través de la cohesión nacional. En la manifestación de la Diada, sólo participan los partidos históricamente independentistas. ETA anuncia el fin de su actividad armada. El PP vence en las Generales.

2012. Varios municipios catalanes se declaran “territorio libre”. En febrero, se aprueba la reforma laboral y se producen graves incidentes durante el Mobile World Center. Se lanza la idea de una consulta sobre la independencia. En julio, el Parlament aprueba un “pacto fiscal” parecido al concierto económico. La manifestación de la Diada, que usa el lema del minoritario partido de Joan Laporta (Catalunya, nou estat d’Europa), es multitudinaria. La prensa de Madrid está más preocupada por la del 15S contra los ajustes. Nueve días después, Rajoy se reúne con Mas y rechaza el “pacto fiscal”. Cinco días más tarde, el 25S, está convocada una manifestación que quiere rodear el Congreso. También, la última huelga general hasta la fecha (14N). Mas convoca elecciones para noviembre. CiU, pese a incluir la una consulta sobre la independencia en su programa, pierde voto. ERC se recupera. En diciembre, Mas y Junqueras firman un acuerdo en el que se comprometen a celebrar una consulta. Sólo entonces, CiU rompe con el PP en la Diputación de Barcelona.

2013. En enero, el Parlament aprueba una “Declaración de Soberanía” que será suspendida por el Tribunal Constitucional. Se inicia un largo partido de ping-pong entre ambas instituciones. En Madrid, la protesta contra los recortes aumenta con la formación de las mareas contra la privatización; pero, en Catalunya, la respuesta a las políticas de ajuste ha disminuido. Se discute de otras cosas, como la consulta, y se forman instituciones cohesionadoras como el Consejo Asesor para la Transición Nacional o el Pacto Nacional por el Derecho a Decidir. En la Diada, se copia la Vía Báltica, una cadena humana que atravesó los países bálticos antes de su independencia de la URSS. La Vía Catalana es un éxito cívico y estético. En el Congreso, Duran i Lleida advierte a Rajoy: si no lo soluciona, se encontrará con una declaración de independencia. Rajoy no hace nada. En diciembre, Mas anuncia la convocatoria de la consulta para el año siguiente (no lejos del referéndum escocés) junto a formaciones antagónicas ideológicamente, como la CUP, cuyo portavoz había sido desalojado dos años antes del 15M barcelonés.

2014. Es un año clave para la separación psicológica. En España, es el año del cabreo contra los recortes y la corrupción (Gürtel, Púnica, tarjetas opacas de Cajamadrid, etc.), que se concreta en la aparición de Podemos en las elecciones europeas. En Catalunya, no; de hecho, es la comunidad donde saca un menor porcentaje de voto, pese a haber sido pionera en las protestas. En Catalunya, es el año de la consulta y la estrategia de convocar un hito que evite el debate político continuará los años siguientes. Ni siquiera afecta demasiado a Mas la caída de su padrino, Jordi Pujol. El ping-pong burocrático continúa. Rajoy afirma que no sabe “quién manda” en Catalunya, como si él no fuera el presidente del Gobierno de todo el Estado. De nuevo, dos éxitos estéticos: la manifestación en forma de uve de la Diada y, sobre todo, la consulta festiva del nueve de noviembre. Meses después, una indiscreción de Homs desvela una oferta de la Moncloa para tolerar esa consulta: que no pareciera una jornada electoral. Lo fue. Se rompe la confianza.

2015. En enero, se convocan unas elecciones autonómicas para septiembre. El hito del año para que no se hable de nada más. Se las llama plebiscitarias y se afirma, en un bucle habitual, que su resultado puede dar lugar a una declaración unilateral de independencia (no se producirá). En las elecciones municipales, aparece un nuevo actor: los comunes de Ada Colau. CiU se rompe. CDC comienza a refundarse en lo que es hoy el PDCat. UDC desaparece. Se desvela la existencia de tramas policiales contra cargos nacionalistas, la Operación Cataluña, que es usado de paraguas. Se lanza la idea de una lista única para esas elecciones, de nuevo, la cohesión nacional. Junts pel Sí, esa lista única, gana las elecciones, pero sin mayoría. El nuevo Parlament declara el inicio del proceso de creación del estado catalán. El TC lo suspende. Se celebran elecciones generales. El PP gana sin mayoría.

2016. Pese a las presiones, la CUP no acepta investir a Mas y Puigdemont se convierte en presidente. Afirma que, en 18 meses, se construirá la república catalana (se cumplieron el 10 de julio de 2017). Comienzan a crearse las estructuras de estado, impugnadas por el TC que acaba quejándose de tener que solucionar un “problema político”. Pedro Sánchez no logra la investidura (¿qué habría pasado sí…?) y se convocan nuevas elecciones, que prácticamente repiten resultado. En la Diada no hay una manifestación unitaria. Días después, en el debate de una moción de confianza, Puigdemont anuncia un referéndum por la independencia en “septiembre de 2017”. Pedro Sánchez deja de ser secretario general del PSOE tras una rebelión interna con el trasfondo sus conversaciones con los nacionalistas. Los socialistas se abstienen para dejar gobernar a Rajoy. La vicepresidente Soraya Sáenz lanza una oferta de financiación que no obtiene respuesta.

2017. Mas y otros cargos son condenados por la consulta del 9N: inhabilitación y una cuantiosa multa. Pedro Sánchez gana las primarias del PSOE con un discurso de regreso a la izquierda y de defensa de la plurinacionalidad. Unidos Podemos presenta una moción de censura que vuelve a mostrar la cuestión territorial como obstáculo para una alternativa. El referéndum se convoca para el primero de octubre. Puigdemont y Rajoy se envían cartas con la disyuntiva de legitimidades: demanda ciudadana y cauces legales. Es un choque de trenes en el que sube la testiculina y decae la inteligencia. El siete de septiembre, el Parlament aprueba el referéndum marginando a la oposición. El 20 de septiembre, catorce cargos públicos catalanes son detenidos en un despliegue policial con registros en diversas instituciones. Los parlamentarios catalanes abandonan el Congreso. Se celebran concentraciones en Catalunya y se evidencia una ruptura social. Las fuerzas de seguridad que deben impedir el referéndum son depedidos efusivamente al grito de “a por ellos”. Si hay “ellos” quiere decir que ya no hay “nosotros”. Ese sí ha sido un proceso que se ha producido en estos años.

Octubre 2017 El día de la votación, hay violencia en los locales electorales; la habitual en manifestaciones o desahucios, pero inesperada para las personas congregadas en los colegios. Se produce un desgarro. Dos días después, se produce un paro de país. Las empresas comienzan a situar su sede social fuera de Catalunya. Los ultras españoles salen del armario. Una iniciativa cívica congrega a personas a favor del diálogo. Una manifestación contra la independencia recorre Barcelona.

Y aquí estamos. Es una situación tensa, pero menos incierta de lo que parece. Como recordaba el periodista y filósofo Josep Ramoneda, una declaración unilateral de independencia precisa de cohesión social, apoyo internacional y, en el caso de sea necesario, capacidad insurreccional. Son factores que no se dan. Kosovo tenía los dos primeros y algo del último; Kurdistán, que celebró su referéndum esta semana, el primero y el último, y algo del segundo. Lo probable es que, tras lo que suceda el domingo, salvo que haya alguna desgracia, se convoquen nuevas elecciones autonómicas en las que no será fácil que, como en 2003, se articule un eje que no sea el identitario. Las condenas que dejarán estos días serán un obstáculo. Se ha producido un corte y no es previsible que Catalunya vuelva a tener una actitud regeneracionista que facilite la gobernabilidad de España. Como decía Montilla, viene la Liga Norte.

Ese es un factor que juega a favor del PP. Como sostiene el periodista Enric Juliana, el Gobierno y el Govern han exprimido durante años esta jugosa naranja y ahora están llegando al final, cuando te comienzan a doler los dedos. Al Gobierno, menos. Cualquier alternativa pasa por el entendimiento de los otros cuatro actores: PSOE, Unidos Podemos, Ciudadanos y nacionalistas. Ahora, tal cosa es imposible y, aunque el PP perdiera voto, es la única opción que no acaba en un callejón sin salida. No será fácil coser lo que se ha desgajado, crear de nuevo ese “nosotros”. Y es probable que se crea que es más sencillo repetir el bucle una y otra vez. Unos, para ganar elecciones; otros, hasta que las condiciones hagan posible su proyecto.