Hace falta política, mucha

El problema de España es que carece de política. Es una zona del mundo donde, entre los siglos X y XV, se estableció una élite que no se dedicó a la producción de nada, ni a la inversión en nada, ni al comercio de nada, sino a la toma de rentas, una élite extractiva que, cuando finalizó la Reconquista, pudo seguir con su estructura en las colonias americanas o asiáticas. Lo explica perfectamente Eric Wolf:

La decisiva inclinación castellana hacia una economía pastoral no sólo ahogó el desarrolló industrial de España, sino que redujo la aptitud de otras clases para poner en jaque el dominio de los tomadores de tributos. La guerra y apoderamiento de pueblos y recursos, no el desarrollo comercial e industrial, llegó a ser el modo dominante de reproducción social. Vistas así las cosas, la conquista del Nuevo Mundo no es más que una prolongación de la Reconquista. La afluencia de la plata del Nuevo Mundo a partir del siglo XVI redujo todavía más el desarrollo industrial de España, pues produjo alzas de precios e inflación, lo que hizo que no pudiera competir con los precios industriales de Holanda.

Sin embargo, la plata del Nuevo Mundo acrecentó los ingresos de la Corona. Juntas, las ovejas de España y la plata de las Américas, costearon grandes operaciones militares de España en Europa y el crecimiento de una burocracia real que excedía con mucho las posibilidades de la economía española. Se compensó el déficit en los gastos mediante préstamos de financieros extranjeros, a los que halagaba en extremo prestar sobre futuras importaciones de plata o sobre impuestos que se cobrarían sobre la venta de lana. Fue así como España nunca contó con una política económica coherente. La burocracia imperial se limitó a actuar como conductores de la riqueza hacia los cofres de Italia, el sur de Alemania y los Países Bajos. La expulsión entre 1609 y 1614 de 250.000 musulmanes no conversos que vivían en el sur de España debilitó más la agricultura del país, pues detuvo los pagos por renta a los señores que, a su vez, no pudieron pagar sus deudas e hipotecas. A mediados del siglo XVII hasta las exportaciones españoles de lana empezaron a perder terreno ante la competencia inglesa. Declinó la navegación y, para fines del siglo XVI, los navieros españoles ya no podían competir eficientemente con las nuevas técnicas de los astilleros del norte de Europa. El capital fluyó más y más hacia préstamos privados y bonos del gobierno que ofertaba más intereses que las inversiones directas en empresas productivas. La España de 1600 era ya es mundo en descomposición y de desencanto que Cervantes describe en el Quijote.

El punto de partida no era diferente al de otros países. A fines del siglo XV, había muchos lugares en Europa donde el 2-3% de la población tenía el 97% de la tierra. En el siglo XVIII, menos y, en el XIX, aún menos y, en el XX, casi ninguno. El problema ha sido la ausencia de rupturas. Desde el liberalismo del XVIII hasta la Transición, todos los intentos de regenerar la clase dirigente española y que pasara a ser un grupo productivo que apostara por la producción, la inversión o el comercio, como sucede en otros países, han sido en vano. El modo dominante de reproducción social sigue siendo el apoderamiento de tributos, las transferencias de renta desde el sistema productivo a esa élite a través de concesiones. Antes, las encomiendas; hoy, las privatizaciones.

Hay que añadir otro factor: la ausencia de cultura. Habitualmente, suele asimilarse la historia de España a la del resto de Europa. Es un error. En el siglo XVI, España decididó aislarse de Europa. La excusa fue religiosa, pero el motivo fue socio-económico. De lo que había que defenderse no era del protestantismo, que también, por lo que tenía de elogio del trabajo, sino de la evolución de las ideas en general para que nada cambiase. La extensión de la incultura hacía que los grupos subalternos fueran más fáciles de controlar a través de los recursos clásicos: la cruz y la bandera. Esa docilidad provocaba que apenas hubiera cuestionamiento del orden. Las revoluciones que hicieron avanzar a Europa en el XVIII y en el XIX no cuajaron en España y sí lo hicieron cosas como el prestigio de la ignorancia o el desprecio por lo extranjero.

Ese monolitismo impidió muchas cosas. Además de un sistema productivo o comercial o un sistema de medios de comunicación moderno, también ha impedido la formación de un sistema político. Esa clase dirigente carece de ideología. No es conservadora, ni liberal, ni demócrata-cristiana, ni nada, por mucho que haya leído a autores conservadores, liberales o de la democracia-cristiana. Su único objetivo es la continuación de ese sistema de apoderamiento de tributos. Este hecho, además, ha condicionado las otras opciones porque, al final, en los grupos de oposición, ha predominado el deseo de acabar con la élite frente a cualquier otra cosa; ha prevalecido el choque frente a la idea.

Pero quizá en ese momento es cuando más cabe ser optimista. Vuelve a haber un cuestionamiento de la élite. Los trabajadores están percibiendo que la conservación de la prosperidad económica pasa por implicarse en la política, por tener ideología, por informarse, por implicarse un poco más. Pasa por saber qué cobran los representantes, qué hacen o qué se publica en los boes. Pasa por convertirse en ciudadanos.

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