Generación, gusto y género

Pedro Vallí­n sigue entrevistando a intelectuales para desbrozar el momento que vivimos. El sábado publicó la entrevista con José Félix Tezanos en la que se habló de inmigración y conflictos territoriales. En medio, la descripción de la sociedad actual: “cuando preguntas a los jóvenes cuáles son las categorí­as que les hacen sentirse identificados con los demás, las primeras son las tres “G”. La edad (es decir, la generación), los gustos y el género. Y la tendencia histórica de estas variables es ascendente, mientras van perdiendo peso la identificación territorial, y las ideologí­as. Cuestiones que parecen importantes como la clase, la ideologí­a o la profesión, aparecen muy abajo en la lista, y la religión, prácticamente al final”. Son las redes sociales. IU deberí­a entenderlo para reelaborar su discurso.

“La edad, el gusto y el género han sustituido a la identidad local y nacional”

Autor de una veintena larga de libros sobre estratificación social y nuevas tendencias de la sociedad, José Félix Tezanos, catedrático de Sociologí­a, director del mensual Temas para el Debate y editor de la revista Sistema, mantiene una mirada ceñuda sobre la distribución de la riqueza en España aún antes de la llegada de la desaceleración, y, por tanto, se mesa las barbas atento al surgimiento de nuevas desigualdades y focos de conflicto en el interior de sociedades prósperas ahora que pintan bastos. Desde la Fundación Sistema, vinculada al PSOE, dirige, junto a Salustiano del Campo, el proyecto España Siglo XXI, cuyo primer volumen, La sociedad, acaba de ver la luz.

El PP presume de haber rentabilizado en la campaña un discurso sobre inmigración que la izquierda evita más por corrección polí­tica que por convencimiento.
Bueno, es posible que el mensaje del PP haya sido parcialmente exitoso, ha funcionado, y es cierto que los algunos ciudadanos tienen la sensación de que hay problemas de los que no se habla. Pero, en cualquier caso, el problema de la inmigración es mucho más profundo de lo que pretende el discurso de Rajoy en campaña.

Explí­quese.
Se trata de un fenómeno que hunde sus raí­ces que van desde el desplazamiento de población del medio rural al urbano, hasta el trasvase entre paí­ses limí­trofes. Y todo ello tiene relación con una evidencia: el 14% de la población mundial posee el 75% de la riqueza. Esto ha provocado un movimiento de población planetario sin precedentes, con 1.100 millones de personas moviéndose por el globo, ya sea para acercarse a las ciudades o para cambiar de paí­s.

Y nosotros estamos en una posición especialmente delicada.
La desigualdad en las fronteras es el factor determinante, el catalizador del proceso, y nosotros tenemos la frontera más desigual del mundo. Entre España y el Magreb hay una desigualdad más acusada incluso que la que existe entre Estados Unidos y México. Por eso somos el segundo paí­s que más inmigración recibe, en números absolutos, tras Estados Unidos, y el primero en cuanto al peso relativo de esa inmigración sobre la población general. Pero es que tenemos al menos otras dos fronteras.

No se refiere a los Pirineos, ¿verdad?
Somos el paí­s con más fronteras, entendidas en el sentido de colindancias entre poblaciones muy desiguales. Además de la del Magreb, tenemos la frontera con el África subsahariana a través de Canarias, portal de Europa para esa región del mundo, y la frontera aérea con Latinoamérica, con quien tenemos tratados que permiten la libre circulación de personas.

Hay diversidad de pareceres sobre el alcance del problema de la integración de inmigrantes a dí­a de hoy. ¿Usted cree que es un problema potencial o un problema real?
Digamos que vamos registrando sí­ntomas de posibles conflictos. Tenga en cuenta que el paro entre la población inmigrante es muy superior al de la población de origen. En el caso de los varones, es el doble. Y que mientras los extranjeros son el 10% de nuestra población, suponen un 33,5% de nuestra población reclusa. Si lo miramos en números reales, la proporción de inmigrantes que están en prisión es bají­sima, tanto que permite afirmar que los inmigrantes vienen a trabajar, no a delinquir, pero este tipo de realidades estadí­sticas crea imagen.

¿Existe segregación en España?
Hay segregación en la escuela, porque un tercio de los niños inmigrantes están sin escolarizar, y hay que considerar que de los jóvenes inmigrantes de 16 a 18 años sólo un 10% estudia bachillerato y otro 10% hace Formación Profesional. Es decir, el 80% restante no estudia. Y también existen fuertes concentraciones de la población inmigrante, con barrios en Madrid, Barcelona y Valencia donde los extranjeros suponen más del 50% de la población.

¿Han fallado las polí­ticas de integración?
Se han hecho cosas desde la Secretarí­a de Estado y se han dotado fondos por primera vez para que se trabaje en la inclusión social de la población inmigrante, además de colaborar con algunas ONG como SOS Racismo, muy implicadas en estas cuestiones.

¿Y cuál es el efecto real de estas polí­ticas?
Estamos ante un modelo nuevo de inmigración, que viene aquí­ y conserva sus señas culturales y su identidad, que en muchos casos no muestra deseos de integrarse sino de crearse un marco social propio con sus compatriotas. Las polí­ticas de integración en ese medio son difí­ciles, porque son una inmigración de ida y vuelta que no siente que deba adaptarse.

¿Guetos?
Se trata de una multiculturalidad de facto, porque las ciudades acogen a muchas expresiones culturales distintas, pero este es un asunto para el que urge un diagnóstico sobre lo que ocurre y lo que puede ocurrir.

¿Conocemos las dimensiones reales del fenómeno?
Bueno, éste último año puede haber un millón más de personas, tenemos que esperar a que se publique el padrón. Algunos adelantan que por ejemplo, el número de polacos se ha duplicado, pero en todo caso son filtraciones, hay que ser pacientes.

El temor es que la crisis económica actúe de catalizador de los posibles conflictos de integración.
Claro, la inestabilidad económica afecta principalmente a los sectores con un gran porcentaje de trabajadores inmigrantes, lo cual es, a su vez, una evidencia del peso que han tenido en nuestro crecimiento. Piense que el 70% de la nueva población activa ha sido un efecto de la inmigración, con el peso que eso ha tenido en la caja de la Seguridad Social. Y esto nos ha convertido en uno de los paí­ses con una mayor aportación al desarrollo económico de esos paí­ses de origen, una de las claves para contener el fenómeno de la inmigración. Porque además de los 4.000 millones de euros que aportamos del presupuesto como Cooperación al Desarrollo, están los 8.000 millones que se enví­an en remesas cada año, y hay que considerar que mucho del dinero enviado por los inmigrantes a sus paí­ses no puede ser computado porque se enví­a mediante los llamados mandaderos, gente a la que se entrega un sobre para que lo entregue allí­. Si se regularizara todo este tráfico de dinero tendrí­a aún una mayor repercusión en la economí­a española, aflorarí­a un montón de dinero.

La inmigración es una fuente de desigualdad en nuestras ciudades, pero usted denuncia otros procesos de falta de equidad.
Ha habido otros procesos de desigualdad, agujeros negros sociales, que requieren atención, como el cambio de los calendarios vitales, es decir, el retraso en la emancipación producido por las condiciones económicas. El caso de las becas laborales es un claro ejemplo de pérdida de conquistas sociales que habí­a llevado décadas alcanzar. La existencia de becarios incumple la legislación laboral y con ello estamos profundizando las fronteras internas y estamos creando un mundo dual, de integrados y excluidos.

¿Qué trazado tienen esas nuevas fronteras sociales que denuncia?
La frontera se establece en función de los cortes generacionales, el género y la cualificación.

Pero si esos problemas han ido consolidándose durante este periodo de crecimiento, ¿por qué han pasado inadvertidos?
Porque son procesos que no dan la cara. ¿Por qué? En buena medida porque la familia actúa como pantalla de mediación. Hay muchos jóvenes procedentes de la clase media cuyos salarios son muy inferiores a los que se supone que necesitarí­an para pertenecer a ese grupo de ingresos, pero al no emanciparse, disponen de su salario para mantener niveles de consumo “suficientes” y por tanto mantienen la apariencia de que siguen perteneciendo a la clase media, de la que, en realidad, han sido excluidos.

¿Cuáles pueden ser las consecuencias?
Esa ficción de pertenencia a un grupo social del que la renta te ha excluido no es sostenible en el tiempo. Por primera vez estamos ante un proceso real de movilidad social descendente. Digamos que el relato es: su abuelo tení­a un nivel de estudios e ingresos menor que el de su padre, y su padre, menor que el de usted. Pero quienes le sigan no seguirán esa progresión, sino que, como ya está ocurriendo con los jóvenes recién incorporados al mercado laboral, su nivel de vida será menor.

Es llamativo, no obstante que sea un proceso invisible.
Se decí­a en campaña que la gente habí­a comenzado a percibir un empeoramiento de su situación económica antes de que los números macroeconómicos arrojaran alguna señal. En parte se debe a que, dado nuestro desarrollo económico, el excluido de hoy vive lógicamente en una situación menos mala que lo que ha sido históricamente un excluido. Pero vivimos en una sociedad dualizada, en la que un sector de la población progresa y otro ve mermar su calidad de vida.

¿Y considera posible que todo ello afecte a la cohesión interterritorial española?
Bueno, lo primero que hay que tener claro es que los discursos de identidad no son tan fuertes, a efectos de cohesión social, como ocurre también con los que quieren crear categorí­as en función de la adscripción a una religión.

No lo parece.
Fí­jese, cuando preguntas a los jóvenes cuáles son las categorí­as que les hacen sentirse identificados con los demás, las primeras son las tres “G”.

¿Que son…?
La edad (es decir, la generación), los gustos y el género. Y la tendencia histórica de estas variables es ascendente, mientras van perdiendo peso la identificación territorial, y las ideologí­as. Cuestiones que parecen importantes como la clase, la ideologí­a o la profesión, aparecen muy abajo en la lista, y la religión, prácticamente al final.

Sin embargo, la hipérbole territorialista que hemos vivido ya ha comenzado a plasmarse en conflictos no simbólicos, como el del agua, y ahora viene la financiación. La democracia mitigó las diferencias de renta en el eje norte-sur, cohesionó el paí­s. ¿Esto está en riesgo?
Efectivamente la democracia ha provocado cambios de fondo en la sociedad española. De una parte, por los fondos de cohesión europeos, pero también por el esfuerzo de los gobiernos españoles por insuflar un caudal de dinero en los sistemas públicos de protección, educación, sanidad y pensiones; sobre todo, pensiones, que tienden a reducir los riesgos de exclusión social de los colectivos menos favorecidos. Y la cohesión territorial contribuye a beneficiar al conjunto de España, es indudable.

Usted postula que sigue existiendo una diferencia territorial clara.
Sí­, los indicadores señalan unas diferencias significativas entre el número de camas hospitalarias por habitante, por poner un ejemplo, en la calidad de vida de unas comunidades autónomas y otras y en su renta. Hay indicadores de desigualdad preocupantes que contribuyen a crear agravios. El agua es un primer indicio de problemas de solidaridad interna.

¿Prevé conflictos acuciados por la desaceleración?
Bueno, hay que tener claro que en periodos de deterioro económico hay tipos de conflictos que afloran y otros que no. Por ejemplo, se sabe que en épocas de recesión no se dan tantos conflictos en algunos sectores, como el de los empleados públicos, que tienden a dejar sus reivindicaciones aparcadas hasta que soplen vientos favorables. Pero lo que está claro es que, tanto desde el punto de vista de la desigualdad territorial como la social, en esta coyuntura económica se exige un esfuerzo de consenso, que los polí­ticos transmitan en su conjunto una imagen de autoridad, de que funcionarán los mecanismos de solidaridad. Se trata de no añadir nuevas fronteras interiores, de carácter social y territorial, a las evidentes fronteras exteriores.

¿En qué dirección?
Es imprescindible un pacto keynesiano de reanimación de la economí­a, hay que acelerar la obra pública y a la vez hay que tomar iniciativas sociales como el fomento de la vivienda social… Pero además de las polí­ticas objetivas, son muy importantes también las acciones subjetivas.

¿Perdón?
No hay que transmitir la imagen de que se lanzan balones fuera, pero tampoco fomentar el miedo. Los polí­ticos tienen que hacer un esfuerzo por recuperar la confianza de los ciudadanos en la marcha de la economí­a, porque si no, actúa el efecto Thomas: basta que algo sea tenido por real por la gente, para que tenga los mismos efectos que si lo fuera. Por eso es tan importante un gran pacto de Estado que transmita la imagen a los ciudadanos de que todos los poderes y agentes sociales trabajan en la misma dirección. Nos jugamos mucho.

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