Gallardón-Gore

Ayer, el fichaje de Pizarro por el PP desembarcaba normandamente en la polí­tica politizada, mientras que apenas tení­a hueco en los diarios gratuitos, un cachito en Metro. Era una maniobra que reforzaba la autoridad de Rajoy y colocaba la mirada de su partido, por primera vez en la legislatura, en las elecciones y no en la pelea por la sucesión del dí­a siguiente de las elecciones. Era un golpe muy futbolero, un terreno en el que siempre los actores prestados, empresarios o cientí­ficos, son recibidos con un halo mesiánico por un problema de alfabetización. Hoy, la exclusión de Gallardón se enseñorea de todas portadas, paganas y no, con aroma a vencedores y vencidos, algunas palabras gruesas como humillación, titulares desmesurados como el del ABC (Un ultimátum de Aguirre acaba con la carrera polí­tica de Gallardón) y una escenificación bergmariana, acto en el Fórum Europa y reunión nocturna, y propensa a alargar el drama en los confidenciales. El efecto Gallardón ha apagado el efecto Pizarro (hasta que debata con Solbes), dejando el foco sobre el lí­der. Enric Juliana lo concreta en su crónica: Rajoy ha tomado finalmente el control de la nave y sabe adónde va. Puede que se estrelle pero ha definido un rumbo. Quizá un matiz, la sombra de Aguirre. A ella pertenece el ultimátum; la última palabra. La presencia de su nombre vuelve a situar la mirada en el dí­a después de la elecciones.

Hoy, Gallardón parece muerto pero hay que dejar que el ambiente se enfrí­e para comprobar si tiene pulso. Hace algunos dí­as, discutí­a en la tertulia que su obsesión por entrar ahora en las listas fuera positiva porque lo convertí­a en blanco fácil. Si ganaba, serí­a complicado que capitalizase la victoria y, si perdí­a, iba a recibir hasta en el carnet de identidad. ¿Era tan importante ser número dos para la sucesión? La única jugada que veí­a era muy sibilina. En el caso de una victoria exí­gua, ofrecerse como el candidato que contase con el apoyo de los nacionalistas; algo de lo que ya se habló en 1996. Hoy, Gallardón parece muerto porque los tiempos se han acortado y uno de los responsables es el fútbol, donde todo se analiza semana a semana. Hace años, Joan Gaspart se presentó a la presidencia del Barí§a pactando con casi todos sus rivales (Masfurroll, Castells, Fernández o Llauradó); a todos les ofreció una vicepresidencia desde donde podrí­an medrar como sucesores. Todos cayeron y sólo Gaspart fue presidente. Algunos de ellos, Masfurrol o Castells son empresarios de éxito que hubieran podido tener otra oportunidad de no haberse metido en la nave de los locos de Gaspart. Hoy, Gallardón parece muerto pero creo que se ha quitado un peso de encima.

La mirada del bloque de la derecha vuelve a estar en el dí­a después de las elecciones, en la sucesión. En la tertulia, defendí­ (y aposté) que Aguirre era la única opción posible. Ha sabido crearse una imagen lejana a la de pija pasmada con la que dejó el Gobierno Aznar, ha superado la sombra de la trama de los tránsfugas y ha sabido moverse entre las familias del bloque de la derecha tejiendo alianzas. En el caso de que el PP no logre ganar las elecciones, Aguirre emergerá con dos problemas: su voz no se oirá en el Congreso y las elecciones Generales se celebrán en toda España, algo que la prensa de Madrid no termina de entender. Si Gallardón decide dejar su puesto a Ana Botella cuando Aguirre se haga con el poder dentro del bloque de la derecha, es muy poco posible que lo haga para oscurecerse. Ha mamado polí­tica. Cuando AP eran cuatro, él y su padre eran la mitad. Su cabreo, más calentón que otra cosa, viene por ahí­, inquilino de la casa tomada. Más bien, dejará el papel de actor polí­tico, él puede, y se pondrá otra careta más institucional, al estilo Al Gore. Planeará sobre el PP de Aguirre sin mancharse las manos y, de los resultados, como en el fútbol, depende que sea el fantasma de las Navidades pasadas o Papá Noel. Veremos. Pero, de muerto, nada.

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