Francia y el Vaticano votaron la desglobalización

Hace dos años, en 2011, Arnaud Montebourg publicó Votad la desglobalización. Era un pequeño libro, tipo opúsculo, en línea con el Indignaos de Hessel, de un año antes. Montebourg era más práctico. Con cifras y ejemplos, explicaba cómo la globalización económica había provocado lo que todos podemos ver que ha provocado: destrucción del estado del bienestar, desindustrialización, deslocalizaciones, desigualdades, precariedad, miseria, aumento de la deuda, privatización de los servicios públicos, etc. Una versión política del Historia de mi gente, de Edoardo Nesi.
Sostenía que había que las sociedades tenían que recuperar la soberanía, que la democracia tenía que fortalecerse, que había que frenar la destrucción de los recursos naturales y que, a la globalización económica, solo la podía detener la globalización social. Todos somos uno, decía. Montebourg pedía que se votara la desglobalización porque ese sistema, nacido a principios de los 80, no había quedado cuestionado tras la crisis de 2007; al contrario, había salido fortalecido. Un sistema que podría provocar otro desastre en cualquier momento. Un sistema que era el desastre en sí mismo.

Se olvidaba, eso sí, de que esa globalización había sido elegida democráticamente. Los ciudadanos habían votado a partidos a favor del programa anterior: destrucción del estado del bienestar, desindustrialización, deslocalizaciones, desigualdades, precariedad, miseria, aumento de la deuda, privatización de los servicios públicos, etc. Lo habían hecho antes de la crisis de 2007 y después, también. La única diferencia entre las dos principales opciones, restos de la democracia-cristiana y restos de la socialdemocracia, estaba en el ritmo y la estética.

Montebourg pedía que se votara la desglobalización y que su partido, el PS, restos de la socialdemocracia, podía hacerlo. Podía reforzar la democracia, detener las privatizaciones, enjugar las desigualdades y reindustrializar Europa para huir del modelo minijob. Como La historia de mi gente de Nesi, el programa de Montebourg parecía casi de extrema izquierda, pero muchas de las sus propuestas las habría asumido sin problemas la democracia-cristiana de los 60. Había mucha nostalgia. Montebourg y Nesi echaban de menos, sobre todo, la cohesión social del estado del bienestar, la estabilidad, lo previsible, la lentitud.
Se presentó a las primarias de su partido; las perdió, pero logró un notable 17%. Se unió a Holande, el candidato elegido. Después, hubo elecciones, su partido las ganó, él se convirtió en ministro para la Recuperación productiva y todo quedó en nada. Lanzó un plan de reindustrialización y protestó contra las deslocalizaciones y los paraísos fiscales. Sin mucho éxito, de momento. Se votó la desglobalización y volvió a salir la globalización. 

Pero hubo otro lugar en el que sí se votó esa desglobalización, el Vaticano.

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