España, capital Lavapiés

Si Lavapiés estuviese en Londres, sería famoso en el mundo entero. Reportajes y guías recogerían su diversidad, colorido y exotismo, sus calles estarían llenas de turistas visitando sus tiendas o comiendo en sus restaurantes y habría hostias por diseñar el logo del barrio (el logo es ya un atributo de la existencia). Todo lo anterior, claro, con el apoyo del Ayuntamiento, que habría colaborado en la rehabilitación inmobiliaria y en la estructuración y difusión de la oferta. Los únicos jodidos serían todos aquellos que gustan del sosiego, aunque sea ruidoso, además de los devotos de la autenticidad. Como Lavapiés no está en Londres, sino en Madrid, no es visto como una oportunidad, sino como un problema. Hay muchas maneras de ser de Londres, pero pocas de ser de Madrid que, ojo, es de las pocas ciudades, o la única, con cierto cariz cosmopolita.

La cuestión, como siempre, no tiene nada que ver con tácticas o estrategias, sino con modos de pensar, con la ideología, con las palabras, con física mental. La españolidad es un concepto rígido; la britaneidad, no. Hay varias maneras de ser británico, incluso, inglés; pero solo una de ser español: hay que ser blanco, católico y conservador y, claro, hablar en castellano. Discrepar en alguna de estas cosas no amplia el concepto del español, sino que lo excede; es decir, queda fuera. Y no es una percepción intelectual, sino una realidad penal. Desde el siglo XVII a 1978, tener en casa un libro no católico, no conservador y no escrito en castellano conllevaba diversas penas, desde unas amables hostias en comisaria a la pena de muerte. El último condenado por la Inquisición es posterior a las Cortes de Cádiz. Siempre conviene situarse.

La persistencia de esta rigidez proviene del fracaso de la construcción nacional. No tiene nada que ver con la inmersión lingüística de Catalunya, ni con el PNV, ni con las autonomías. Es algo previo. España fracasó en la creación de la nación cuando tocaba, en la Edad Moderna. Ese fue el momento en el que lo territorios, habitualmente mediante la violencia, explícita o soterrada, intensiva o extensiva, interna o externa, lograron homogeneidad. Algunos casos tuvieron otros elementos. En el caso francés, la desaparición de las diversas lenguas responde más al buen funcionamiento de la administración centralizada; por ejemplo, el sistema educativo.

En el caso español (donde ya había una homogenidad religiosa lograda violentamente), hubo una gran oportunidad, 1812, una oportunidad perdida. Las élites extractivas españolas no dudaron en arrasar la estructura integradora que había vencido a Napoleón al grito de ¡vivan las cadenas! y, pocos años después, volvieron a facilitar una invasión francesa. La oportunidad de la administración también fue fallida porque, como en el resto de las estructuras estatales, primó el mantenimiento de las élites. El sistema educativo, en concreto, se subordinó a los intereses de la Iglesia y se optó por el control religioso de la mayoría y no, por la construcción nacional.

Perdida la oportunidad de construir la nación en el momento en el que se construían naciones todo lo que se hace ahora son dentelladas de perro moribundo. Las naciones, si es que siguen existiendo, no se construyen con homogeneidad, sino con sistemas culturales integradores (cine, música, logos). Por ejemplo, Estados Unidos o, por recuperar la metáfora, Londres. No es probable que el nacionalismo español abandone su rigidez. Tal y como se están poniendo las cosas, el tomo de las banderas es uno de los pocos marcos mentales posibles.

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