Elvira

A mí­ no me extraña que Sharon Stone esté más hermosa con 50 que con 25; ni que Zeta-Jones, Julia Roberts, Belén Rueda o Ángels Barceló mejoren cada año. La madurez para los hombres es saber que no llegaremos a ser lo que querí­amos; para ellas, es ir conociendo quién quieren ser. Nosotros transformamos los rasgos de nuestra personalidad en un conjunto de maní­as cada vez más insoportables; ellas pierden los complejos que les exigí­an hacer todo bien. Nosotros perseguimos algo que se nos escapa; ellas se descubren a sí­ mismas quitándose las caretas que habí­an tenido que ponerse cuando tení­an 15 ó 25. Todo se ajusta y tienes la cara que te mereces, dijo Blanca Portillo, Elvira Mí­nguez o Maribel Verdú, una de esas actrices que lo llenan todo cuando aparecen.

Se ha escrito poco sobre Elvira, la mujer de Rajoy. Se ha dicho que estaba guapí­sima con ese traje verde-hoja de cuello de barco y ese collar étnico de Marni, que se va a llevar mucho esta primavera. Pero no se ha escrito que iluminaba la derrota, pese al gris crepuscular de su marido No se ha escrito que era muy fácil ser Sonsoles, la mujer de Zapatero, entre Ví­ctor Manuel y Fran Perea, pero muy difí­cil ser Elvira, entre la oscuridad cetrina de Acebes y Pizarro, dos cadáveres polí­ticos. No se ha escrito que, sin tablas, sostení­a el escenario y tapaba las sombras. No se ha escrito que, con pudorosa fragilidad, construí­a una de las pocas escenas trágicas memorables en un paí­s acostumbrado al esperpento. En la mirada, que aguantaba lágrimas y rabia, reuní­a todos los personajes que permanecen fieles al Rey Lear tras la traición. Y todo ante un público que pedí­a enemigos, culpables o redentores. No se ha escrito que ella es fundamental para entender qué ha pasado en el PP porque, centrados en las conspiraciones planificadas, olvidamos el factor humano. Me la imagino diciendo “no puedes despedirte así­; no puedes dejarlo tan fácil. Hay que luchar”. Y Rajoy fue a la batalla. (publicado en Metro el 2 de abril de 2008)

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