El voto de la distinción

“Tenemos que poner la alarma antes de irnos de vacaciones no sea que se nos meta alguien en casa”, dice la voz preocupada de una mujer. Dentro del problema de la vivienda, la ocupación es un problema residual, pero sirve para un anuncio de alarmas y para un proyecto de ley que agiliza los desalojos, un problema que sí es importante. Si uno tiene una casa es mucho más probable que acabe siendo desahuciado a que se encuentre con la cerradura cambiada tras las vacaciones.

Sin embargo, es probable que esa persona solo se imagine el primer escenario y, además de poner una alarma, vote a los partidos que promueven o apoyan ese proyecto de ley. Es decir, votará a favor de que lo puedan echar de su casa con más facilidad. Vota en contra de sí mismo, cierto, pero todas las explicaciones del mundo, todos los datos, no servirán porque no lo percibe así.

Pierre Bourdieu escribió hace años un libro llamado La distinción en el que sostiene que existen tres tipos de capital: material, social y cultural. El primero no necesita explicación; el segundo se refiere a la red de contactos que uno tiene y que explica por qué hay sitios (colegios, clubes, etc.) que no son accesibles a todo el mundo; el tercero abarca los conocimientos, costumbres o incluso actitudes correspondientes a una determinada clase. Es el más aspiracional.

La publicidad funciona con esa magia simpática que atribuimos al capital cultural: los libros que lee X, la ropa que se pone Y, los restaurantes a los que van Z y W. No es algo nuevo. Hace 700 años, la gente peregrinaba para impregnarse de la santidad del bazo embalsamado de San Aquilino de la misma manera que hoy se leen los discursos de Steve Jobs. El milagro se hará en mí.

Una de las vías más sencillas para lograr esa magia simpática es la política. La forma más sencilla de lograr esa distinción es asumir el discurso ideológico de la clase superior; por ejemplo, las preocupaciones. Aunque sea más probable estadísticamente, debo abandonar el miedo a ser desahuciado porque eso es algo que sucede a otras personas que están por debajo. Mi miedo es el otro, la ocupación. Pertezco a otro grupo, a ese que se queja de los impuestos.

Habitualmente, esa lógica aspiracional de la distinción se suele solventar con un “la gente es estúpida”, pero eso solo realimenta la espiral. ¿Cómo salir? Ni idea, pero negarlo no va a hacer que desaparezca.

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