El timón está suelto

Dice Rafael Nadal en La Vanguardia: “Las clases dirigentes han traicionado todos sus compromisos de servicio a la sociedad y han defraudado completamente las expectativas. Los que más estaban obligados a dar ejemplo y a liderar el esfuerzo colectivo son los que más se han inhibido. Cinco años después de la gran alarma no ha habido ningún avance en las reformas anunciadas, ni cambios de comportamiento moral, ni compromisos más sólidos de la política con el servicio público a los ciudadanos. Al contrario, cada semana hay un Rodrigo Rato que ficha por Telefónica o un portavoz de Unió Democràtica que da explicaciones muy descorazonadoras en relación al caso Pallerols”.

Rafael Nadal ha detectado el inicio de una crisis orgánica. Esas son las importantes. Las económicas solo son reestructuraciones del sistemas. Lo importante, lo único importante, son las ideas. Las crisis orgánicas, según Gramsci, se producen por el fracaso de la clase dirigente en alguna empresa política para la cual solicitó el consenso de las masas (guerras, plebiscitos, etc.). La crisis económica provocó la demanda de ese consenso. Usando palabras como esfuerzo, sacrificio o dignidad, la clase dirigente española pidió una devaluación interna a sus ciudadanos y estos la aceptaron.

Sin embargo, por efecto de la crisis, la clase dirigente experimentó una contracción defensiva que le hizo crear zonas de impunidad a las no llegaban esas palabras. Rescates financieros, ayudas a empresas de infraestruras, indemnizaciones de los directivos de las cajas, amnistía fiscal, indultos, discrecionalidad judicial, colocación de militantes o exgestores, etc. Al lado, la pantalla no jerarquiza como el papel, los datos del paros, los eres, la eliminación de becas, la subida de las tasas, la desaparición de la dependencia, los deshaucios, los suicidios, etc.

Se produce lo que Gramsci llama crisis orgánica. La clase dirigente deja de “empujar la sociedad entre hacia delante”, pierde la dirección de las clases subordinadas y éstas se separan de los intelectuales y partidos que las representan. Es lo que llamamos desafección. La clase dirigente ha decidido cambiar la cabina de mandos por el camarote del capitán, donde se están bebiendo las últimas botellas de todo, sanidad, educación, infraestructuras, etc. Han dejado el timón suelto.

Aún no han percibido que, detrás de la empresa política de la salida de la crisis, hay otra llamada democracia parlamentaria, que no es el último capítulo de la historia. Evolucionará, queda saber a dónde y quién lo dirigirá. Puede ser a una sociedad en red o a un sistema unipartidista. No es un proceso rápido, pero es un proceso y su principal característica es que no son reversibles.

Dice Rafael Nadal: “Saldremos de la crisis, pero no sólo habremos perdido protección social, sino que habremos consolidado algunas fracturas irreparables en nuestra sociedad. Habremos creado una sociedad de dos velocidades, con derechos diferentes y perspectivas de futuro radicalmente diferentes en función del origen de los ciudadanos”. Habla de la crisis económica porque, en esas condiciones de fractura social, la crisis orgánica continuará y el conflicto, larvado o explícito, será cada vez mayor.

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