El pollo del móvil

Caminaba tranquilamente por el mercado de mi barrio con dos lenguadinas de ración para cenar cuando alguien grito mi nombre. Eh, Jorge Dioni, aquí­. Localicé la llamada en una pollerí­a. Eh, Jorge Dioni, aquí­, le cambio las lenguadinas por un pollo de corral. Me pregunté cómo sabí­a el pollero mi nombre y que tení­a dos lenguadinas en el carro pero no pude meter baza porque no paraba de hablar. Mire, con este pollo de corral todo son ventajas. Puede comerlo por la mañana, por la tarde o por la noche, los muslos le salen gratis y, por un poco más, le regalamos Internet de pesebre y tele por cable oví­paro. Respondí­ que no necesitaba pero que me lo pensarí­a.  Gracias, respondió, ¿me podrí­a dejar su dirección y su DNI para preparar los papeles por si acaso?. Mientras estaba respondiendo, el pollero saltó por encima del mostrador y cambió las lenguadinas por su pollo de corral antes de desaparecer sin dejar rastro. Al llegar a casa, metí­ el pollo en el frigo y descongelé unos filetes de tapilla para cenar.

No hubo novedad hasta que, un par de semanas después, llegó la primera factura de la pollerí­a. Lo llamé pero, entre almohadilla y asterisco, sólo pude hablar con un fax que se mostró tan comprensivo como desdeñoso. Las facturas, las reclamaciones sobre las facturas y las amenazas sobre las reclamaciones sobre las facturas inundaron el buzón. El asunto se convirtió en una cuestión de huevos y fui a la Oficina de Consumo, la Delegación de Avicultura y la Secretarí­a de Estado de Pollos de Corral pero, en todos, me pidieron una confirmación de que yo no habí­a pedido el pollo. Sin plumas y cacareando, me fui a mi casa donde me plante a llorar delante del frigorí­fico. Comencé a pensar en escribir mi historia pero cambiando el pollo por un móvil para que nadie piense que estoy empollando mis penas. Cuando me levanté, oí­ una carcajada que, sin duda, era del pollero. Será la gripe aviar. (Publicada el 12 de marzo de 2008)

Deje un comentario