El mundo real y una jodida alianza

No es lo más popular, pero entre las cosas apropiadas, expoliadas o privatizadas está el ejército. La primera leva moderna se produjo en la Revolución Francesa y, a partir de ese momento, el de defender la soberanía nacional se incorporó a las cartas de derechos. La palabra nación resucitó como sinónimo de pueblo y el concepto de soberanía nacional se oponía al despotismo del trono y el altar, donde el territorio y sus gentes eran patrimonio de una élite. Después, las cosas han acabado donde han acabado.

Ese es el contexto de la famosa segunda enmienda norteamericana, la del derecho a portar armas. Al igual de la Convención Nacional de la Francia revolucionaria decía que “Desde este momento, y hasta que todos los enemigos hayan sido expulsados del suelo de la República, todos los franceses están en permanente requisición para el servicio de las armas”, los estadounidenses se dijeron: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido”.

No es lo más popular, pero puede ser que el ejército y la guerra haya sido la expresión más concreta de los ideales revolucionarios. Por lo menos, de la igualdad. En los lugares por donde se extendió la modernidad, todo el mundo iba a la guerra; unos, a primera fila y otros, a segunda, pero todos morían y mataban. Todos sufrían lo que el conservador Michael Burleigh llama “el mundo real”, donde está excluida la frivolidad en la toma de decisiones porque todas, desde avanzar por el norte o aplazar a mañana la resolución de un código cifrado, tienen consecuencias graves.

Tras el 45, el ejército y las armas han sufrido un proceso de apropiación y, en algunos casos, privatización por parte del estado a través de la desaparición de las levas, la profesionalización y, en algunos casos, el uso de mercenarios, como era habitual en el mundo premoderno. No es una idea muy popular, pero es posible que esto esté en la raíz del desmantelamiento de la soberanía nacional, nación como sinónimo de pueblo, y en la recuperación de terreno por parte de la élite, que vuelve a poseer territorios y gentes. Esta idea necesita de un ensayista francés

La cuestión es que ese proceso también provoca la desconexión con el mundo real. Recuerdo un artículo donde se sostenía que los cuatro de las Azores hablaban con tanta ligereza de la guerra porque nunca habían visto ninguna. Esto es lo que ha sucedido en el último mes. Sin tener en cuenta las consecuencias, ni leer historia, la UE apoyó un cambio de gobierno violento en Ucrania. Era previsible que Rusia, que nunca ha salido del “mundo real”, realizaría movimientos, concretos y sin prisa, como corresponde a un país, casi, premoderno. La UE, donde parece que nadie mirar mapas, ni lee historia, no podía garantizar la defensa de ese cambio de gobierno, más allá de sanciones diplomáticas y económicas.

En sociedades ya desconectadas de ese “mundo real”, es complicado imaginar a un gobierno de la UE capaz de aguantar el goteo de ataudes. Rusia, sí. Mi amiga Eva Orúe me confirmó una percepción hace años: allí, la vida humana tiene un valor diferente. Rusia sí puede aguantar los ataudes que haga falta y llegará hasta donde quiera. No saldrá derrotada, como en la I Guerra de Crimea. Mejor dicho, llegará hasta donde necesite. Es probable que sea Moscú quien cobre el precio de ese 5% del territorio de Ucrania que China compró el pasado mes de septiembre. Rusia y China, el oso y el dragón, jodida alianza.

PD: En la UE, el regreso al “mundo real”, a la conexión del ejército con la sociedad, puede tener otras consecuencias. A un nivel práctico, un pueblo con costumbre de violencia no se dejaría expoliar con tanta facilidad. O sí, me dice la parte pesimista.

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