El enroque y la bolsa de plástico

Ayer decí­a uno de los articulistas de la Razón, cito de memoria, que serí­a escandaloso que, al final, el gran perdedor polí­tico de la crisis fueran el PP y Rajoy. Lo dice porque lo intuye. El obstáculo que ha tenido el PP ha sido el tiempo y el espacio; no era posible jugar a la frivolidad cuando los plazos se acortaban y el problema no se situaba en las hipótesis o las amenazas, sino en la realidad. El problema sigue siendo generacional dentro del PP. Pese a los cambios, el grupo de poder del partido sigue pensando que perdieron las elecciones de 2004 no por sus propios errores, sino por una campaña en contra por parte de un grupo mediático que alentó una movilización popular y el oportunismo de la oposición que aprovechó ambos. En la pasada legislatura, el PP se enrocó buscando sólo salir en tromba cada vez que el gobierno dejaba un flanco débil. Como tal cosa sucedió muchas veces y la mayorí­a, simultáneamente, estuvo cuatro años en tromba tratando de copiar el sistema que, pensaba, habí­a llevado el éxito a ZP: campaña mediática, movilización popular y oportunismo polí­tico. Le fue bien, si el objetivo era perder por poco.

El problema del enroque es la realidad. Cuando las cosas suceden, las hipótesis y frivolidades se difuminan. La polémica de la ampliación del matrimonio se acabó en cuanto comenzaron las bodas y las manifestaciones sobre el terrorismo desaparecieron en cuanto volvió el terrorismo. Cuando llega la realidad, todo el mundo suele buscar el centro y el enroque asfixia. La crisis es un baño de realidad absoluto en cuanto la caí­da de la economí­a especulativa llega a la real: los bancos no dan dinero, las empresas cierran, la gente se queda en la calle. No se hunde nada pero, cuando se trata de dinero, el miedo nunca es escaso. Cuando la crisis internacional se apuntaba y sólo tení­amos el pinchazo local de la construcción, el bloque de la derecha se enrocó, más por movimiento reflejo que por convicción, y, sin mucha explicación, quiso ganar en verano 2008 las elecciones de marzo de 2008 o, quizá, las de marzo de 2012. Tení­amos razón, se repetí­a, el gobierno engaño; y otra vez. Cuando llegó la realidad de la crisis de crédito global, el enroque comenzó a asfixiar y a hacerse más inexplicable.

Hace unos dí­as, el Gobierno propuso un plan de emergencia para imitar el dopaje del resto de paí­ses a sus sistemas financieros. El PP, creyendo que tení­a otro flanco abierto, volvió a echar el acelerador, que el Gobierno reconozca que ha mentido, que devuelva los presupuestos, que haga esto y lo otro. El reflejo de imitar el sistema que, pensaban, habí­a llevado el éxito a ZP les llevó a llamar decretazo al plan de emergencia, como habí­a hecho el PSOE con la reforma laboral de 2001. Pero ni habí­a tiempo ni se trataba de hipótesis o frivolidades. Haber esperado, no haber aprobado el plan al mismo tiempo que el resto, o haber retirado los presupuestos, habrí­a situado a España en un titular aparte. Y, en una crisis de confianza, lo que menos conviene es llamar la atención. La ví­spera de la reunión, el PP recula y se desenroca todo lo que puede en busca de aire y el bloque mediático se queja. ’Rajoy asegura ahora’, titula hoy El Mundo con cierta pena. Es posible que al bloque mediático le hubiera gustado que Rajoy fuera contumaz en el enroque y la asfixia, hasta acabar con una bolsa de plástico en la cabeza, al estilo diputado conservador británico. De momento, Rajoy sigue vivo, aunque perdiendo; por poco pero perdiendo.

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