El ausente, el búnker, Vellido Dolfos, el mantel, el balcón y el motorista del Pardo

Las tradiciones no son ideológicas, sino estéticas. El hijo dí­scolo puede hacer muchas cosas pero nunca dejar de cortar el pan con cuchillo o poner sal al melón, si alguna de ellas era costumbre en su casa. Cuesta más cambiar la medida del bajo de los pantalones (los hay que están acostumbrados a llevarlos pesqueros y los hay que no soportan que aparezca el calcetí­n) que de partido polí­tico. Los bloques tienen sus tradiciones que afectan a su modo de hacer las cosas; los comunistas formamos corrientes con sólido sustrato ideológico, los socialistas se agrupan en familias con base territorial y la derecha busca conexiones personales de notables. E igual que lo peor de las familias surge en Navidad, lo peor de los partidos sale en los perí­odos sucesorios, reales o forzados. Estos dí­as, también han surgido seis tradiciones de las derecha española que, recordemos, hunde sus raí­ces, como toda la polí­tica española, en el franquismo; a favor, el Movimiento, o en contra, el PCE; el socialismo español mezcla ambas.

El ausente. Una larga tradición polí­tica (de uso polí­tico; no de ideologí­a) de la derecha española se basa en la mitificación del ausente y el uso de su nombre para todo. Mejor si está muerto pero vale también que esté exiliado o retirado. Y, si no quiere morirse, exiliarse o retirarse, se le ayuda un poco porque lo importante del ausente en su capacidad de convertirse en teleñeco para usarlo al estilo del esperpéntico editorialista de Valle que escribí­a: fulano que, si estuviera vivo, habrí­a estado totalmente de acuerdo con nosotros. Ausentes fueron José Calvo-Sotelo, José Antonio o Franco pero también, Fraga, Aznar o Rato, de quien, por ejemplo, durante estos últimos cuatro años se ha especulado con todo tipo de ideas, posturas y proyectos. Este papel ha sido para Marí­a San Gil. Todos los que estaban en contra citaban a la aún presidenta del PP vasco sin necesidad de añadir nada más para llenar de emotividad discurcos vací­os. Pero el ausente tiene un problema: no está.

El búnker. De la asusencia del ausente terminan dándose cuenta los que lo citaban pero, cuando lo hacen, están solos y, con viejas fotos, recortes de periódico y libros, muchos libros, construyen un búnker en el que todo el que está fuera es culpable y todo el que está dentro, sospechoso. Es otra tradición. La izquierda suele ventilar los cambios con escisiones y la derecha hace búnkers. Lo hubo cuando el franquismo asumió la franquicia Falange; cuando el franquismo se hizo más técnico que polí­tico; cuando llegó la democracia y, también, cuando llegó Aznar. Este último apenas se vio porque, cuando estaba en ciernes, fue sitiado, rendido y arrasado por Álvarez-Cascos, el último secretario general que ha tenido el PP. La legislatura pasada, el búnker se transformó en una urbanización y parecí­a hasta habitable; de hecho, hubo mucha gente que buscó un apartamento con derecho a piscina. Hoy, de nuevo búnker, los que se fueron a vivir allí­ buscan salir porque, salvo Jí­menez y Ramí­rez, pocos más pueden pagar la hipoteca de vivir allí­. La crisis de las hipotecas basura se prepara en la prensa del bloque de la derecha. 

PD: Ojo, el búnker no son los crí­ticos. El búnker es una parte de los crí­ticos, otro término con tradición, transversal eso sí­, porque los crí­ticos son todos los que han quedado fuera o no han obtenido lo que pensaban o vaya usted a saber. El problema que tienen los crí­ticos es que no se soportan unos a otros y no suelen pasar de una reunión conspirativa. O dos. 

El Bellido Dolfos: Bellido Dolfos es el gran traidor de la tradición castellana; llámase Bellido Dolfos, hijo de Dolfos Bellido; cuatro traiciones cometió y con esta serán cinco. Cuenta la leyenda que, pagado por Urraca, Reina de Zamora, concertó un encuentro con el Rey Sancho, hermano de la anterior, y sitiador de Zamora por cuestiones de herencia. Mientras estaban reunidos, Vellido Dolfos lo asesinó y, después, entró en Zamora pidiendo la paga. La evolución siempre produce traidores. Los que formaron UCD o AP fueron acusados de tal cosa, lo mismo que, por ejemplo, los militares y obispos que apoyaron al gobierno Suárez en, por ejemplo, la legalización del PCE. La historia convierte en ridí­culos los momentos decisivos y transforma en leyenda las anécdotas. También fue acusado (con la boca pequeña mientras tuvo el Boe) de traidor Aznar por no sacar los papeles del Cesid o echar a Vidal-Quadras para pactar con Pujol. Y Gallardón y Piqué y, ahora, Rajoy y los que están con él, como la hermana de Miguel Ángel Blanco, blanca como Bruto al pie de la estatua, o como el mismo Vidal-Quadras. Las investigaciones sobre la muerte del Rey Sancho ofrecen una versión más creí­ble: murió mientras cagaba en el campo. Mala cosa es un apretón en la guerra.

PD: Y la camisa, claro. Cuando la derecha realiza alguna mudanza, siempre se enseñan las camisas, unas son viejas y otras, nuevas. Y, los que tienen de las primeras, las enseñan mostrando el rodalón de sudor en el sobaco.

El mantel. Si uno lee las memorias de un dirigente de la izquierda, los escenarios son congresos, pisos o despachos donde se discuten ponencias, estatutos, programas, idearios, consignas o el futuro de la humanidad; si, en cambio, se hojean las de Fraga, Herrero, Areilza, Calvo-Sotelo u cualquier otra figura de la derecha, hay, sobre todo, restaurantes. Hay despachos, pasillos, reservados, trastiendas y cacerí­as pero todos con el mismo ambiente de mantel, café, copa y puro para discutir de cosas concretas. Quién ocupa qué puesto, por dónde van los mí­os en la lista o dónde iré si no salgo de diputado. El cambio producido en el congreso ha sido de nombres y su gestación ha sido mantelera. Durante las semanas previas, sueltos en prensa (pinchos se llamaban) y confidenciales producí­an en cadena rumores o informaciones, en Madrid da lo mismo, sobre comidas, cenas o barreras en los toros donde se pactaban cargos, tiempos y conspiraciones. Estas últimas, al estar dirigidas por ausentes, se ausentaron. 

El balcón. Aunque la izquierda tiene ganada la batalla de los logos, que no del logos, y la mitificación de las siluetas, tí­tulos y sí­mbolos, la derecha se ha hecho fuerte en el balcón y, en general, en escenarios alzados donde deja momentos castizos memorables. La soledad del Auditorium de Palma, Fraga rompiendo la carta de dimisión de Aznar, Pujol, enano, habla castellano en la primera victoria electoral, Rajoy en la plaza de Colón leyendo el manifiesto de una manifestáción contra el proceso de paz, Rajoy y su mujer en la última derrota y el frí­o saludo del Aznar en Valencia. Ay, Aznar, vino y puso los pies en la mesa y le llamaron la atención porque la mesa ya no era suya. Su gesto era, justo, lo que necesitaba Rajoy para demostrar(se) que ha roto amarras.

El motorista del Pardo. La izquierda es cuotista y derecha, providencialista. Quizá está dejando de serlo para entrar en la aceptación de la polí­tica como juego en el que es imposible ganar del todo. Pero, hasta el momento, lo ha sido. La figura mí­tica del motorista del Pardo, que enviaba los ceses firmados por Franco, fue sustituido por el cuaderno azul de Aznar pero sin perder la base: el dedo. Yo te lo di; yo te lo quitaré. Se olvida que un dedo eligio a Suárez y que el dedo de éste eligió a Calvó-Sotelo. Se recuerda que unos pocos dedos eligieron a Aznar y se recuerda mucho que el dedo de éste eligió a Rajoy. Pero no se repara lo suficiente en que el dedo de éste ha señalado a Soraya, a Cospedal o a González Pons, entre otros. Son sus primeros dedazos. Y sus primeros muertos. Se ha hecho mayor. Ya era hora.   

PD: Y queda, la tradición más importante de la derecha española, el centro. ¿Qué es el centro? El centro, aunque Rajoy use otras palabras es ‘haga como yo y no se meta en polí­tica’. De gallego a gallego. 

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