Del laberinto al 30

Es una lucha vieja. Los creadores de contenidos y los creadores de tecnologí­a llevan compitiendo (y pactando, claro, que es otra manera de hacerlo) desde que existen los contenidos y la tecnologí­a; desde que el mono lanzó el hueso con el que habí­a matado al otro mono para conseguir la charca. En la horda y en la tribu, ambos conceptos solí­an ir unidos en el brujo, el que sabí­a cómo se hací­an las cosas e invantaba por qué y para qué. Cuando el grupo se hizo sedentario, la figura se dividió entre el sacerdote y el constructor y la lucha se perpetuó en la evolución de ambos, cultura/religión e industria/ciencia, cuatro entradas de una matriz que ha conocido todo tipo de combinaciones. Desde el control de la cultura por los constructores y viceversa al control de la ciencia por los religiosos y viceversa.

La Edad Media europea fue el momento de mayor estrechez de la matriz, el perí­odo donde regresó el dominio del brujo. La religión concentraba la guarda de los contenidos, la tecnologí­a para reproducirlos y el control sobre ambos con capacidad de sanción. Suele decirse que esta estructura se pone en cuestión por el invento de la imprenta de tipos móviles pero serí­a más correcto decir que lo que socava la concentración de poder es el contexto del invento, el nacimiento de la burguesí­a o, como lo denomina Jacques Attali, el ascenso (o resurgimiento) del orden mercantil, basado en la libertad concreta del individuo concreto. La imprenta de tipos móviles, dentro del ascenso orden mercantil, puso en manos incontroladas la capacidad de reproducir contenidos y distribuirlos. La lectura individual sustituye a la comunicación oral colectiva del sermón y el pregón y la reacción del brujo es la batalla, la contrarreforma, la quema de imprentas e impresores y de libros y lectores. Las consecuencias son el atraso de esos territorios (Portugal, España, Francia e Italia) y el dominio de los lugares donde la libertad individual se garantiza (Holanda, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos). Aún hoy, la Iglesa católica odia la Ilustración a quien culpa, no sin motivo, del fracaso de su proyecto y busca un retorno que es absurdo en tanto que imposible.

Estamos en otro momento de la lucha. Internet, como la imprenta de tipos móviles, ha coincidido con un nuevo ascenso del orden mercantil, que se ha expandido por toda la sociedad conviertiendo a toda persona en productor y consumidor. La red y sus derivaciones han cuestionado la concentración de poder porque ponen en manos incontroladas la capacidad de reproducir contenidos y distribuirlos. La industria cultural, que habí­a concentrado la guarda de los contenidos, la tecnologí­a para reproducirlos y el control sobre ambos con capacidad de sanción, se resiente. La primera ha sido la musical pero la tecnologí­a digital y la autoedición cuestionarán el resto. La reacción, como siempre, está siendo la batalla. Primero, como en la contrarreforma, hermosos predicadores nos avisaron de la llegada del apocalipsis por nuestros pecados; durante años, los artistas han alertado de la desapariciónde la cultura y el fin del mundo tal y como lo conocí­amos. Tal cosa no sucedió, más bien, todo lo contrario. La música vive un momento dulce con millones de grupos que dan miles de conciertos en decenas de festivales y cientos de salas. El dinero se mantiene aunque, claro, está más repartido.

Una vez que se ha visto que la cultura no va a desaparecer y que los artistas siguen teniendo un nivel de renta aceptable con el diezmo conseguido a través de las sociedades de gestión, la industria ha decidido dar la cara y, como en la contrarreforma, opta por los autos de fe, la hoguera. Tal cosa era esperable. Ignacio Escolar, miembro de la SGAE en tanto que autor, explicó hace tiempo cómo se repartí­an los 18 euros de un CD. El distribuidor final se lleva un 40,2% y la discográfica, un 24,4%, mientras que los famosos derechos de autor están en el 4% y el royalty no llega al 10%. Y añadí­a: “la mayorí­a de las discográficas multinacionales suelen firmar a sus nuevos artistas por un perí­odo de cinco discos. El royalty de estos primeros contratos suele ser de sólo el 8% –no del 9,4%– y muchos sellos incluyen cláusulas que rebajan esta cifra hasta el 3% en caso de que los discos se vendan durante una campaña de promoción televisiva o a precio de oferta. Sólo los artistas que negocian contrato desde una posición de fuerza –después de entregar sus primeros cinco LPs– pueden conseguir un royalty más elevado. Este porcentaje, además, se calcula sobre un precio inferior al de venta en las tiendas”.

La BPI, la industria fonográfica británica y Denis Olivennes, ex presidente de fnac son los promotores de la contrarreforma. La amenaza va desde cortar la lí­nea a cuantiosas multas. El objetivo es el mismo que la lanazada por el eje Escorial-Roma en el XVI, volver al pasado para recuperar el control de la estructura, pero ese camino es absurdo en tanto que imposible. La oca, el juego de la vida, tiene varios retrocesos. De puente a puente, del laberinto al 30, de dados a dados y de la muerte al inicio; el problema es que, al menos que uno juegue solo, el resto de participantes no regresan y ganan la partida. Si Francia, Reino Unido, o toda la UE, apuestan por imponer el regreso de la concentración de poder, habrá una paralización del avance tecnológico, en dispositivos, aplicaciones, servicios y cambios sociales, pero no será global porque no todos los jugadores volverán a la casilla de salida. Otros focos aprovecharán el momento para tomar el relevo como centro del orden mercantil. Esta batalla de una lucha vieja terminará, como todas, con la derrota de los que apuestan por la la victoria completa a través de la fuerza en lugar de la conquista a través de la inteligencia y la cooperación (otra forma de lucha). Pero, en el camino, podemos perder mucho tiempo.

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