Corrupción

El sabio Manolo Portela publica en su agenda de prensa la siguiente reflexión sobre la corrupción. Lo más interesante, el último párrafo y, sobre todo, esta frase: Ni el rechazo social ni la inspección del Estado han sido nunca determinantes en la reducción de la corrupción pública. Y cada elección lo demuestra, aunque en cada elección haya gente empeñada en pensar lo contrario.

Ahora resulta que, tal como informa EL PAíS pág 18, Juan Antonio Roca vuelve a ingresar en la cárcel con una fianza de tres millones… después de haber pagado un millón como fianza en el caso Malaya. Ahora estos tres millones se fijan por el caso Saqueo 1.

Hay que suponer que estas medidas judiciales tratan de amedrentarle para que se sepa definitivamente “tocado” por sus perseguidores o de romper la trama de silencio de sus colaboradores. La trama de Gil y Roca ha basado su poderí­o en saber aprovechar lo oculto desaprovechado, en poner en marcha las potencialidades que antes no veí­a nadie. E hizo un marco transparente para los inversores y opaco para la inspección auditora y fiscal. La teorí­a de la corrupción dice que ésta es una actividad con rendimientos crecientes a escala, que cuanto más crece el número de los que se dedican a ella más incentivos se crean para desarrollarse.

No es éste un caso diferente de tantos otros. Todos los robos, de dineros privados o de caudales públicos, se parecen en lo importante: expropiar en beneficio de personas fí­sicas con nombres y apellidos. En el caso de los dineros privados los perjudicados han podido instar las demandas judiciales que creyeran oportunas contra los ladrones, las auditoras o al Estado como subsidiario (los fondos de Garantí­a). En el caso de los dineros públicos es peor, porque los perjudicados han sido todos los que con sus impuestos financian el gasto público.

Es la aparente falta de diligencia en la defensa de los intereses públicos lo que produce asombro y escándalo, como si la multitud de organismos de control existentes (Hacienda, Banco de España, CNMV, Dirección General de Seguros, etc.) carecieran de las ocasiones y medios necesarios para descubrir las estafas. Peor todaví­a ha sido la forma en que se han podido llegar a conocer casi todas estas irregularidades: en una gran mayorí­a de ocasiones mediante el papel reparador y vengativo, según los casos, de la prensa. El azar, la lucha polí­tica y el débil lazo de complicidades que se establecen en el “mercado de corruptores” y el “mercado de corrompidos”, han sido los verdaderos investigadores de las estafas y del robo al Estado.

El arbitrismo favorece la corrupción y la transparencia la dificulta. La corrupción económica se beneficia siempre de la obscuridad. La decisión de un estafador viene definida por la ponderación del beneficio que puede conseguir si su acción no es descubierta, del grado de castigo asociado a si se le descubre y de la probabilidad de detección asociada. Ni el rechazo social ni la inspección del Estado han sido nunca determinantes en la reducción de la corrupción pública. La historia dice que más eficaz ha sido el abandono voluntario de la capacidad de actuación discrecional de las autoridades en la aplicación de las normas de la vida económica.

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