¿Cómo acabar con la corrupción polí­tica? Basta con no defenderla

Jesús Gil, precursor en tantas cosas, lo tuvo claro: mejor dentro del sistema que fuera. Para protegerse, nada mejor que las instituciones. La mejor trinchera es el colectivo, el partido, el club de fútbol, el ayuntamiento, la familia; Fuenteovejuna, coño. La ética del grupo, paralela a la ética del hecho. ¿Cómo acabar con la corrupción polí­tica?, se preguntaban en la prensa los intelectuales, los abogados, los sociólogos e, incluso, los periodistas. Como sucede en la ética del hecho, se pedí­an leyes; cambios legislativos en el control de las finanzas de los partidos e instituciones y en los procesos electorales. Es complicado de entender que la elección directa de un alcalde (esto es, la supresión del legislativo) vaya a facilitar el control de su gestión pero la ética del hecho es la fe en el cambio en sí­. ¿Qué hacer para acabar con la corrupción polí­tica?, se preguntaban. Nada. Bastarí­a con que no la defendieran.

Un tipo sabe que, si es descubierto en un delito de corrupción y pertenece a un partido polí­tico, su falta entrará dentro del relato general de la polí­tica. Es decir, habrá prensa que minimice su actuación o la silencie o, incluso, la defienda. También tendrá a su disposición la estructura del partido para defenderlo, poner a su disposición los mejores abogados y presionar a los jueces, colectivo cuya promoción depende de los partidos. Es decir, un tipo, llamémosle Francisco Camps (Josep Maria Sala o Macií  Alavedra), sabe que, si es descubierto en un delito de corrupción, su falta no será considerada como un delito normal, sino que entrará dentro del relato general de la polí­tica donde todo es escenografí­a y juego. El trato que reciba a la entrada de los juzgados, las medidas cautelares, la actuación del fiscal, el juicio y la sentencia (con los recursos) no se situarán dentro de la legislación correspondiente, sino que serán una pesa (una torna) en la báscula de la polí­tica. Así­, al situarse dentro de un relato aceptado (la polí­tica) en lugar de quedarse en el meramente delictivo, la actuación del corrupto se legitima.

La secretaria general del PP puede decir, pese a las pruebas contra Camps, que todo es una conspiración sin presentar ninguna prueba; el ABC, a pesar de las pruebas, puede apuntarse a la versión conspirativa sin tampoco presentar pruebas y apuntalar con encuestas o textos, la imagen pública del acusado y el juez, a pesar de las pruebas y de su parcialidad, puede archivar el caso. Todas esas actuaciones se entienden sólo dentro del relato de la polí­tica donde todo es escenografí­a y juego. Aceptamos que Cospedal, el ABC y el juez De la Rúa son del PP, es decir, forman parte del grupo, y aceptamos su actuación en bloque para defender a uno de los suyos como cualquier otro rito de la polí­tica. Para acabar con la corrupción, harí­a falta sacarla del relato polí­tico para resituarla en el delictivo. No habrí­a ética de grupo porque no habrí­a grupo. El corrupto se quedarí­a solo sin compañeros de partido o periodistas u otros profesionales que dieran la cara por él. Pero, para conseguirlo, harí­a falta que los compañeros de partido o periodistas y otros profesionales consideraran la corrupción como un problema y, para conseguirlo, harí­a falta que el cuerpo electoral considerara la corrupción como un problema y, de momento, la corrupción no suele dar vergí¼enza, sino envidia.

PD: Con la corrupción, me pasa lo mismo que con el punto del gazpacho. Temo más la solución que el problema.

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