Celebraciones

Siempre me han gustado poco las celebraciones. Cuando era periodista deportivo, alguna me tocó hacer y son momentos con una euforia parecida a la borrachera donde lo único consistente que puede producirse es un vómito. Además del exceso de anécdota y declaraciones, siempre suele haber las tradicionales apelaciones hispanas al insulto, el desprecio y la trancendencia, un cóctel que distraí­a del motivo principal: pasarlo bien.

En toda celebración, hay un momento insulto. Habitualmente, toma la forma de “X, cabrón, saluda al campeón; o es Y el que no bote”; como si lo conseguido sólo fuera importante por el corte de mangas que se hace a un tercero no presente. También hay un instante de desprecio a lo conseguido situándolo sólo como un prólogo de algo más importante que sucederá en el futuro. Adopta la forma de “y el año que viene, traeremos la X o la siguiente de estas”. La trascendencia enlaza con lo anterior y es alguien que suelta “este triunfo es una demostración de X o es el inicio de Y”.

Y todo junto muestra una cierta incapacidad para pasarlo bien aquí­ y ahora, sin sensación de culpa, sin autoimponerse nada para el futuro y, sobre todo, sin necesidad de justificar la felicidad tonta que te viene cuando pasa una cosa de estas. Quizá  (ay, que no quiero caer en la trascendencia) por el cambio generacional o porque, en contra de todo lo anterior, no hubo épica, ni cojones, ni dale, dale. Quizá, porque como explicaba el maestro Juliana el domingo en el desayuno, España está en venta: “la acuñación de la roja como nueva marca de la españolidad deportiva y el lanzamiento a gran escala de un manifiesto en defensa de la lengua castellana no han coincidido por casualidad. Son anticipaciones de una nueva fase del comercio de las ideas y los sentimientos en España”. Veremos.

PD: Hace 16 años, me compré una bandera. Gonzalo y José Luis habí­an venido a Barcelona para ver los Juegos y, después de ir a un par de competiciones y ver que todo el mundo llevaba la suya, compramos una y escribimos Pucela, Benavente y Manitú, la peña festiva a la que pertenecí­amos. Con ella, fuimos al waterpolo, al beisbol, al atletismo, donde José Luis y yo nos dormimos, a la final de gimnasia deportiva y a la final de fútbol, el dí­a que mejor me lo he pasado dentro de un estadio. Cuando acabó, hubo un sorteo y yo me llevé una trompetilla de esas que te ponen los labios como BB King. Creo que la bandera se la llevó Gonzalo pero el sábado, él y José Luis me escribireron sendos mensajes diciendo que estaban celebrándolo con la bandera de Barcelona. Evidentemente, vamos a quedar para desentrañar este entuerto con un convite y, mientras tanto, yo buscaré la mí­a.

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