Archivo de la categoría "Metro"

Conspiración

miércoles, 16 de enero de 2008

Nueva York. Junio de 1950. Un coche acaba de atropellar a un hombre despistado que parece haber salido de la nada. Los curiosos se extrañan por las ropas pasadas de moda del muerto. A la policí­a, tras registrarlas, le llama la atención el dinero fuera de circulación y otros elementos del siglo anterior como cartas o tarjetas de visita a nombre de Rudolf Fenz. La investigación desemboca en un tipo con el mismo nombre que resulta ser el hijo de un desaparecido en 1876. Todos los datos, fotos incluidas, coinciden. Es un viajero en el tiempo, se deduce, y suele decirse que es el caso más documentado de toda la historia de los Expedientes X. Pero es mentira.

Chris Aubeck, investigador inglés, fue tirando del hilo de la historia hasta llegar a I’m Scared, cuento de Jack Finney, donde se explica por primera vez la historia de Rudolf Fenz. ¿Problema resuelto? Para nada. La capacidad de resonancia del relato es mucho mayor que la de la investigación que tira del hilo porque ésta sólo se publica una vez, mientras que la leyenda urbana del viajero en el tiempo es una lluvia fina que cae cada vez que hay otro caso extraño. La verdad está ahí­ fuera. 

Hace dí­as, se publicó la sentencia del 11-M que declaraba que hay unos hechos probados y otros, no; así­ que hubo unos acusados condenados y otros, no. Como todos los juicios. Los medios no sensacionalistas destacaron que el documento acababa con la teorí­a de la conspiración porque desmontaba todos sus puntos de apoyo. ¿Fin de la historia? Para nada. La teorí­a de la conspiración puede finalizar porque sus promotores piensen que ya no les sirve pero nunca por la realidad. Como en el caso de Fenz, el relato imaginado tiene mucha más capacidad de resonancia que la sentencia probada porque ésta sólo se publica una vez, mientras que la historia supuesta surge cada dí­a convirtiéndose poco a poco en leyenda urbana. La verdad está ahí­ fuera y hay gente que ha ganado mucho dinero asustándola. (publicado 18-12-07)

Calentamiento

jueves, 22 de noviembre de 2007

Pues yo creo que Rajoy ha explicado el cambio climático mejor que Al Gore, aunque fuera sin querer. Rajoy contó que su primo habí­a reunido a diez cientí­ficos en Sevilla y ninguno de ellos le habí­a podido garantizar, al primo, qué tiempo iba a hacer al dí­a siguiente en la capital andaluza. “¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años?”, sentenció Rajoy. Ha sido el mejor resumen del problema, insisto, aunque la intención fuera minimizarlo.

Primero, no se puede saber el tiempo que va a hacer mañana ni en Sevilla ni en Sebastopol. Es noviembre y la gente sigue estando en camiseta. Están en camiseta los dependientes de las tiendas de ropa que guardan los abrigos y prologan la temporada de entretiempo y están en camiseta los propietarios de estaciones de esquí­ que dudan si cortarse las venas de un tajo o haciendo eslalon. Segundo, no se sabe qué va a pasar dentro de 300 años; ni siquiera, el próximo fin de semana. Nadie se extrañarí­a mucho si llega una gota frí­a o una ola polar o, como todos los años, se presenta el veranillo del membrillo. Se puede intuir, por ejemplo, que el deshielo de los polos está al caer, como hacen las petroleras estadounidenses y rusas, pero no se puede asegurar cómo demonios va a acabar esto. ¿Mad Max?, ¿Waterworld?, ¿Planeta de los simios? 

La explicación de Rajoy era buena y la anécdota, mejor pero falló el rumbo y todo embarrancó. Es posible que Rajoy quisiera minimizar el calentamiento global para minimizar el calentamiento particular de su partido, del que ha sido ví­ctima. Rajoy, uno de los ministros más solventes de la democracia, quizá no brillante ni efectivo, pero sí­ solvente, ha sido engullido por la ebullición apocalí­ptica de su partido y, sobre todo, del entorno, un fenómeno que no supo detectar ni detener. En polí­tica tampoco se sabe qué tiempo va a hacer mañana pero sí­ que las heladas son muy duras con los que quieren llevar siempre ropa de entretiempo.

El llavero

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Pongamos que, en una de esas amenazadoras comidas familiares, hay un cuñado nuevo en la familia que, por ejemplo, es andaluz, asturiano o valenciano. Se trata de un tipo simpático y agradable, aunque cuenta chistes de Arévalo, porque no opina sobre los problemas familiares. Al acabar la comida, el cuñado se empeña en enseñarnos su nuevo coche y bajamos todos a ver un reluciente coche corriente y moliente. El cuñado saca el llavero del coche en el que nadie reparará si tiene la el nombre de la marca, su empresa o un banco. Si el llavero tiene la bandera de Andalucí­a o Valencia despertará alguna sonrisa pero nadie podrí­a decir si el cuñado es del PP, el PSOE, IU o algún partido andalucista o valencianista. Si el llavero tiene la bandera de Asturias, la cosa desembocará en Fernando Alonso y, afortunadamente, no saldrá de ahí­ porque una de las pocas cosas en las que coincidimos todos es que los de McLaren son unos gañanes.

Si el cuñado es gallego, catalán o vasco y el llavero tiene los colores de su comunidad, se arma el lí­o. Aunque aún es pronto para saber de qué partido es, comienza a formarse una pequeña niebla que, en el caso de que el llavero tuviera la bandera de España, serí­a más espesa. Es cierto que el vapor puede convertirse tanto en una corriente de simpatí­a como en un muro invisible pero el problema es que se haya formado. Sus chistes de Arévalo ya no serán lo mismo.

No tengo claro que decir que el problema no existe lo solucione y me resisto a darlo por insoluble. Desde luego, coger a la gente que no tiene el llavero que nos gusta y darle con él en la cabeza no arregla nada y tampoco, meterles uno en el bolsillo cuando no se dan cuenta o cuando están inmovilizados por la policí­a. Y es un problema no tenerlo claro porque todo el mundo te apunta con su llavero. En fin. Un buen punto de partida serí­a ser educados con el cuñado en las comidas familiares aunque el tipo nos caiga fatal por el jodido llavero.

Idiana López

martes, 30 de octubre de 2007

De vuelta al trabajo, tres Indiana López se juntan en la máquina de café.

Pues yo, dice Indiana López I, estuve en un poblado kiguli en Bismuti, que es una región al norte de Uganda. í‰ramos un grupo del club de barranquismo de Cogolludo e í­bamos con la idea de descender el desfiladero Ingusi pero nos pilló de lleno la guerra civil entre los kugulis y los batakis y secuestraron a tres miembros de la expedición, además de robarnos todo el material. Nos tuvimos que volver a la capital y, al contactar con la embajada, ¿sabéis lo que nos dijeron? Que cómo se nos habí­a ocurrido ir, que si no sabí­amos que habí­a guerra en la región. En lugar de darnos ánimos, nos echaron la bronca y, además, no nos pagaron el hotel en la capital ni tuvieron un detalle ni nada.

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Estudios

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Mi abuelo decí­a que despertarse después de las siete de la mañana deformaba el cerebro. Trabajar sentado y comer pipas, también. Te vas a volver tonto, decí­a. Rí­anse, rí­anse; pero los productores de pipas han tenido suerte de que mi abuelo naciera en un pueblo de Zamora y tuviera que ponerse a trabajar a los doce años. Si hubiera nacido en Estados Unidos, seguro que habrí­a conseguido desarrollar un estudio que confirmara que el consumo excesivo de pipas afecta al desarrollo de la inteligencia en los adolescentes. Los productores de kikos lo habrí­an financiado sin problemas y también se habrí­an apuntado los laboratorios farmacéuticos porque seguro que mi abuelo habrí­a descubierto que el consumo excesivo de pipas provoca esa epidemia infantil llamada hiperactividad con déficit de atención, una enfermedad muy grave pero muy infrecuente.

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La pocilga

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Hace tres años, un grupo de intelectuales catalanes diagnosticó que la polí­tica era una pocilga donde todos los partidos estaban conchabados para defender sus privilegios y desoí­r las necesidades de los ciudadanos. Para solucionar la situación, el grupo de intelectuales dijo que se iba a meter en la pocilga; es decir, que iba a fundar un nuevo partido para representar a los incontables ciudadanos que no encontraban su opción entre las formaciones existentes. Después de comidas, reuniones, comidas, presentaciones, comidas, conferencias y comidas, la cosa se concretó en un partido llamado Ciudadanos. La opción era interesante porque aportaba ideas nuevas, demostraba que la polí­tica no es un coto cerrado e iba a medir el apoyo real de los que afirmaban representar a incontables ciudadanos. Con los intelectuales en segunda fila tras un ebúrneo waterpolista, se presentaron a las elecciones catalanas y sacaron tres diputados.

La entrada en el Parlamento autonómico provocó que todo el mundo se apuntara la paternidad del éxito: los medios afines, los intelectuales promotores y los candidatos que habí­an dado la cara. Y, también, la proliferación de imitadores y la idea de formar un Ciudadanos para las Generales. Hace meses, el partido celebró un congreso donde los intelectuales se enfrentaron a los candidatos y ganaron los segundos. Es interesante ver cómo, en poco más de dos años, el partido regenerador está dividido en familias, con luchas internas y amenazas de escisiones, como cualquier otro habitante de la pocilga. Es posible que el problema sea que no se puede construir una alternativa polí­tica desde el ‘no’ o que los promotores no se pueden esconder detrás de ebúrneos waterpolistas o, simplemente, que la vida mancha y la polí­tica, más. 

El proyecto de crear un nuevo partido a nivel estatal se concretará este mes de septiembre y vuelve a ser interesante por las mismas razones: se aportarán ideas nuevas, se demostrará que la polí­tica no es un coto cerrado y se medirá el apoyo real de los que afirman representar a incontables ciudadanos. Pero será agridulce ver a gente con tanta ilusión descubrir que la ley electoral, nacida del loado consenso de la Transición, promueve que sólo dos se repartan la tarta. También se darán cuenta de que no tienen tantos amigos como piensan y sí­ más enemigos de los que pudieran haber imaginado. 

Al fondo de la pocilga, los antiguos ocupantes, los partidos de siempre, piden a los nuevos que limpien un poco su zona y que hagan menos ruido. Que no dejan dormir.

(Publicado ayer en Metro)

El coñazo

domingo, 1 de julio de 2007

El coñazo es uno de los fenómenos clásicos en las relaciones humanas, sobre todo cuando se producen en el periodo denominado vacaciones. Pongamos un grupo de amigos de unas siete personas que se van a un apartamento compartido en la costa, delito más que suficiente para provocar la ilegalización del grupo y su posterior internamiento en algún tipo de institución penitenciaria o psiquiátrica. Llegan, se instalan en el apartamento y deciden dónde quieren ir a cenar. Hay uno, conocedor de la zona, que propone ir a una tasquita donde dan unas gambas riquí­simas. Otro propone ir a un Burger porque, recuerda, el objetivo de las vacaciones es salir de marcha. “Bueno”, dice el otro, “no nos vamos a perder las gambas ya que estamos aquí­â€ (otro dí­a analizaremos el efecto polí­tico, económico y social del “ya que estamos aquí­â€).

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El que lo meta, gana

domingo, 1 de julio de 2007

Albert Camus decí­a que todo lo que sabí­a sobre moral y obligaciones humanas lo habí­a aprendido gracias al fútbol. En mi pueblo, Benavente, todo eso lo tení­as que aprender en casa porque, si te poní­as a jugar en el recreo sin tener claras las obligaciones, te arriesgabas a recibir mazaculo, castigo popular que no necesita descripción. El que la tira va a por ella o penalti y gol es gol eran normas no escritas que habí­a que tener claras. Los postes eran las mochilas y el larguero dependí­a de la altura del portero: no se podí­a tirar donde no pudiera llegar. Antes de jugar, también se decidí­a dónde estaba el punto de penalti o si, cuando sonara la alarma para volver a clase, habí­a gol de oro: el que lo meta, gana.   
 
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Filosofí­a

domingo, 1 de julio de 2007

Cuando el catedrático de Lógica Conceptual se enteró de que iba a haber una manifestación con el lema ‘Que Navarra siga siendo Navarra’ pensó que, por fin, la filosofí­a habí­a alcanzado el lugar merecido en una sociedad culta y pensante. Llamó a su amigo, el catedrático de Metafí­sca Contingente, y decidieron asistir cada uno con su pancarta. La del lógico decí­a ‘Viva el Logos y Abajo el Pathos’, mientras que el metafí­sico escribió ‘No más pistas para los sofistas’. Cuando estaban preparados para salir, el portero de la finca les explicó que no era una manifestación a favor de la metafí­sica ni de la lógica ni de la filosofí­a en general, sino de la evidencia. ‘Bueno’, respondieron, ‘la evidencia metafí­sica de la lógica aplastante’. ‘No es eso’, añadió el portero, ‘es más bien a favor de la redundancia’. Los catedráticos se quedaron sin palabras y el portero sentenció en voz baja: ‘hay que ir en autobús’. Ese último argumento fue definitivo, ya que ambos catedráticos padecí­an de hemorroides.

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Vidas paralelas

domingo, 1 de julio de 2007

En una ciudad mediana, vive la familia M. Es una familia normal, con dos sueldos, dos hijos, dos casas y dos hipotecas. También tienen una perra llamada Flecha. Los padres se la compraron al irse a vivir juntos y ha resistido a quince vacaciones y a todos los consejos familiares sobre la peligrosidad de los perros con los niños pequeños. Pero Flecha se ha hecho mayor. Desde hace meses, no ronda la mesa para que le den las sobras y hay que obligarla a bajar a la calle. Lo peor de todo es que empieza a no poder esperar a que los chicos vengan del colegio y deja manchas amarillas en el pasillo que enfadan mucho al padre. Su veterinario les ha dicho que tiene varios achaques se irán agravando; el peor de todos, un bulto en la barriga cerca de las mamas. El domingo, cuando volvieron de comer fuera de casa, la encontraron revolcándose bocarriba en el pasillo. En la clí­nica de guardia, les dijeron que Flecha ya habí­a comenzado ‘los últimos dí­as’ y que lo único que le quedaba era sufrir. El padre preguntó por el precio del ‘fin del sufrimiento’ y le pareció que era muy caro. Puede ir a la perrera, le dijeron. Y allí­ fue.

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