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Excepto los pirómanos

lunes, 2 de julio de 2018

Cuando un gobernante acceder al poder, es lógico que quiera solucionar los problemas; en concreto, aquellos que se han producido cuando estaba fuera y que, directa o indirectamente, han provocado su acenso. Así, es normal que Sánchez busque una solución para la cuestión territorial y, sobre todo, para la situación creada en Catalunya. Es un error. Lo más probable es que cualquier intento, por bien encaminado que esté, acabe en un fracaso que, a medio plazo, puede provocar un acortamiento de su estancia en el gobierno. La clave es que la situación, ahora mismo, es irresoluble desde fuera. Cualquiera que entre se quemará. Excepto, claro, los pirómanos.

El problema de Catalunya no es España, sino Catalunya. Según la doctrina política de los tres elementos, el reconocimiento de un Estado depende de si una población que habita un territorio determinado está organizada bajo una autoridad pública efectiva que tiene soberanía interna o, en el caso del período inicial, poder constituyente. Es decir, la base –hablamos de modelos democráticos– es el reconocimiento interno. El externo viene después.

Cuando se analiza el otoño de 2017, se hace hincapié en la parte institucional; es decir, en la ausencia de esa autoridad pública efectiva, lo que en el procés se ha llamado “estructuras de estado”. Es probable que centrar toda la atención en el tercer factor tenga que ver con la incomodidad que provoca examinar el problema previo y fundamental: la población no reconoce el proyecto o, mejor dicho, no lo reconoce de la forma mayoritaria e incontestable que es necesaria en este tipo de procesos. El problema político de la fuga de empresas no es económico, sino político: el reconocimiento de la autoridad pública efectiva.

Se puede debatir sobre si el apoyo es del 49%, del 50% o del 51%; si tal o cual partido o persona no apoya el objetivo final; pero sí, su tramitación. Si un proceso rupturista necesita material de laboratorio, como microscopios o balanzas de precisión, para medir sus apoyos, es poco probable que alcance sus objetivos. Estamos en 2018. Sobre todo, cuando los que quedan fuera no son un conjunto indiferente, sino que se posicionan claramente en contra. El proceso catalán tiene muchas cuestiones inéditas y cabe añadir otra: el partido más votado del futuro Estado es uno que quiere la destrucción del Estado.

Pensar que el concepto de Estado solo engloba una estructura administrativa es tener una visión muy corta. Quizá, ese ha sido otro de los problemas. Un Estado se compone también de las relaciones sociales y podríamos decir que es el modo de actuar, más allá de la burocracia. Es decir, el Estado muestra su fortaleza tanto en la elaboración de los consensos como en la gestión de los disensos. O, quizá, más en esto último. Por eso, la moción de censura es una muestra de la solidez del Estado y la permanencia del gen convergente es una muestra de debilidad.

El problema de Catalunya es Catalunya y es un problema irresoluble porque no se reconoce como tal. Siguiendo la tradición reaccionaria hispánica (Menéndez-Pelayo), no se busca la gestión del conflicto, sino la exclusión moral y simbólica de los disidentes, definidos como “anti”. Eso hace que la situación esté enquistada. No se puede volver y también es imposible avanzar. Sólo quedan los símbolos, los gestos. Y lo probable es que se usen para mantener la ficción de un conflicto.

Esa es la situación a la que se enfrenta el nuevo gobierno y, por eso, fracasará. El procés ya no avanza. Es una peonza girando sobre sí misma y, como cualquier cuerpo en rotación, eleva la temperatura del espacio que ocupa. No, de una manera alarmante, pero cualquiera que entre se quemará. Excepto los pirómanos, claro. La única salida del procés es que otra peonza, otro proyecto reaccionario similar, ocupe la Moncloa por si un choque inesperado –el cisne negro que no se produjo en otoño– se da en esta ocasión.

El gobierno 15M, un triunfo del Estado

viernes, 8 de junio de 2018

“Sí, se puede”. El grito de la semana pasada dejaba una pregunta: ¿es el gobierno del 15M? La respuesta es sí. De hecho, ese es el gran problema de este gobierno. Narrativamente, funciona mucho mejor como final que como principio. Es la conclusión del viaje del héroe realizado por Sánchez y, sobre todo, la concreción de las aspiraciones expresadas el 15M con el grito de “no nos representan”. Esta semana ha concluido el ciclo político que se abrió en 2014, el que sostenía que el eje izquierda-derecha estaba superado y que debía ser sustituido por otro generacional: viejo-nuevo. Ya está. Este es el gobierno de lo nuevo. Es un gobierno populista. Este es el gobierno del cambio que representa –aspiracionalmente, sobre todo– a ese sujeto político llamado “la gente”.

Es interesante ver que el gobierno del cambio no ha sido confeccionado por ninguno de los dos nuevos partidos, sino por uno de los antiguos, por uno al que se daba por muerto hace un par de años y que esta semana ha mostrado de una forma avasalladora que ha superado tanto su problema para atraer personalidades como el control del ritmo cronológico de las redes sociales. El PSOE no llegó a morir porque los procesos políticos no se adaptan a los formatos televisivos.

Los nuevos partidos han querido anotarse el tanto de una manera poco estética. Era esto, era esto, era el mensaje que se intuía en la entrevista de hace unos días en la SER a Iñigo Errejón. La transversalidad era esto. Por eso, la influencia de Podemos ha sido tan escasa. Era su idea inicial. Existía la idea de que su influencia no podía ser igual que la vieja IU. Es cierto: ha sido menor.

La oposición a corto plazo no será fácil: requiere abandonar el eje viejo-nuevo y reconstruir el ideológico, algo que tampoco se adapta a la velocidad de la televisión. Errejón reclamaba colaboración entre los proyectos progresistas porque entiende que su proyecto tenía sentido dentro del choque generacional. Ahora, está desdibujado. Sucede lo mismo en el Congreso (según Myword, los votantes de UP son los que mejor ha recibido al nuevo gobierno). Por decirlo en el lenguaje de tuiter: no se puede descarrilar el gobierno NASA desde la Sierra.

Regresar al eje ideológico no será sencillo porque la acción política de la izquierda se basa en la movilización, algo que precisa de esas organizaciones a las que la actual dirección de Podemos se enfrentó en los años de su eclosión. El gobierno del cambio sí facilita que UP evolucione en Unidad Popular, un proceso que requerirá de una reestructuración (iniciada en Andalucía) y de un recambio, que volverá a ser traumático, en la dirección.

Luis Garicano, olvidando que Ciudadanos votó en contra de la moción, ha señalado que este gobierno sin burócratas grises es la idea que ellos tienen. Además de revelar que carece de espejos en casa, ese análisis revela un desconocimiento profundo del funcionamiento de la política, que no es solo lo obvio, lo visible. El PSOE ha logrado sobrevivir estos años gracias, por ejemplo, a que tuvo 20.000 concejales en las anteriores elecciones municipales (por 1.000 de Ciudadanos y un par de decenas de Podemos).

Ciudadanos, además de cambiar de director de escena de sus festivales, debería tener en cuenta que el PP tuvo aún más y que también tiene mucha presencia en las diputaciones o en los parlamentos autonómicos. Matar al PP es muy complicado. Hay mucha gente. Ucedización es una palabra que ya se escucha poco; quizá, porque los que la repetían en abril, hace dos meses, desconocían que la UCD no existía, sino que era una coalición de 20 partidos. El PP sí existe. El PSOE, también.

Ese es el principal mensaje que lanza el nuevo gobierno: los partidos existen. El Estado existe y no es un bloque monolítico institucional fácilmente bombardeable, sino una combinación permeable de elaboración de los consensos y control de los disensos. En medio año, el Procés ha comprobado algunos de los recursos de los estados para permanecer: el monopolio de la violencia, la persuasión legal y, finalmente, la renovación adaptativa. Todo eso es el Estado (el 113 y el 155 de la Constitución).

Pocas cosas han envejecido peor estos cinco días de junio que las escenas del Procés y será complicado, en un momento en el que la forma es el fondo, defender en Europa el discurso de la España irreformable. Estamos como hace 150 años. Liberales (tecnócratas reformistas) en Madrid, Carlistas (legitimistas románticos) en Barcelona  (en este grupo entran tanto los procesistas como Ciudadanos).

Ese será el gran problema: la coalición reaccionaria. Ciudadanos, superado el shock, se dará cuenta de la gran ausencia del gobierno del cambio, la bandera, y recuperará su discurso unificador, no tanto contra la plurinacionalidad (este gobierno no ha hecho bandera), sino contra la diversidad y volverá a ponerse al frente de manifestaciones contra las lenguas constitucionales, es decir, contra la Constitución, contra las lenguas españolas, es decir, contra España. Los proyectos reaccionarios españoles son nacionalistas y, por tanto, excluyentes, y siempre encuentran alianzas en otros proyectos reaccionarios. Así acabó la Gloriosa. El PP luchará por ese discurso y lo hará desde los 100.000 cargos públicos que tiene. Es probable que, en las próximas elecciones, el PP quede fuera de lo urbano e inicie el viaje que el PSOE acaba de terminar.

Volver a 2011

viernes, 1 de junio de 2018

La moción de censura es una victoria de Pedro Sánchez. Y de su equipo. Si apuramos, del PSOE. Y ya. Al conocerse la votación, se oyeron gritos de “sí, se puede” en el Congreso y el grupo parlamentario de Unidos Podemos estalló de una forma más explícita que el socialista. En las redes, se vinculaba el éxito de la moción a la movilización social y, en una pirueta complicada, al movimiento 15M. ¿El éxito del 15M es volver al 15 de mayo de 2011?

Hay algo cierto: la moción nos ha devuelto a ese momento. Ha sido muy siglo XX. Las negociaciones han girado en torno a los actores tradicionales (PP, PSOE y nacionalistas) y han mostrado la irrelevancia actual de los tres proyectos de la nueva política (Ciudadanos, Podemos y procesistas). Los tres tenían poco que decir. Los segundos no podían descarrilar otra vez el tren del cambio y los últimos carecían de representación efectiva. Madrid es el único lugar donde aún existe el catalanismo político y todo proyecto político trata de pervivir.

Para Ciudadanos, la moción era despertar del mundo virtual en el que se había instalado y en el que ya ocupaba la presidencia del gobierno, un momento en el que ya estuvo Podemos hace años. De hecho, esa ha sido la clave de la moción. El miedo al populismo nacionalista de Rivera, más Torrente que Macron o Trudeau, ha logrado aglutinar a los grupos hasta entonces dispersos.

La moción ha mostrado el poder de la política concreta, la que va sobre votos y cargos y no, sobre encuestas o editoriales de prensa. La que trata sobre aspectos materiales, en lugar de imaginar realidades virtuales, como el proceso constituyente español o la república catalana. Números en lugar de emociones. La realidad se ha impuesto a la virtualidad.

Es una victoria de Pedro Sánchez, y del PSOE, pese a que muchos la reclamen achacando pasividad al nuevo presidente. Los procesos políticos españoles no funcionan por polarización, sino por decantación, como ha explicado en varios libros Josep Maria Colomer. En el que dedicó a la transición, mostró cómo el proyecto de Suárez era rechazado por el resto de actores que, sin embargo, acabaron convergiendo en él. En cada decisión -Colomer usa la teoría de juegos-, la opción presentada por el gobierno Suárez ofrecía a los grupos alguna ganancia propia o pérdida ajena que decantaban las preferencias.

La realidad se ha impuesto a la virtualidad. De momento. Es probable que el gobierno de Sánchez se parezca al del Zapatero y tenga una crispación elevada, sobre todo, en la cuestión territorial e ideológica. Sería una equivocación no dotar a las leyes que se aprueben -todas esas que han sido bloqueadas por el gobierno- de una contundente base discursiva y copiar el tono bajo de Zapatero. Otro error sería encajarse en la M-30 y no pensar que el próximo año hay elecciones municipales y autonómicas.

En los próximos meses, es muy improbable que el PP se desmorone. Los que anunciaban que el PP iba a seguir los pasos de la UCD desconocían que no era un partido sino una coalición de casi 20 formaciones, algunas casi unipersonales. Lo que sí es bastante posible es que el PP, ya fuera del gobierno, asuma el populismo nacionalista de Ciudadanos y pase a liderar una reacción neoconservadora de tipo trumpista que consiga aglutinar tanto a la derecha vieja y nueva como a los que se sienten excluidos.

El voto de la distinción

miércoles, 2 de mayo de 2018

“Tenemos que poner la alarma antes de irnos de vacaciones no sea que se nos meta alguien en casa”, dice la voz preocupada de una mujer. Dentro del problema de la vivienda, la ocupación es un problema residual, pero sirve para un anuncio de alarmas y para un proyecto de ley que agiliza los desalojos, un problema que sí es importante. Si uno tiene una casa es mucho más probable que acabe siendo desahuciado a que se encuentre con la cerradura cambiada tras las vacaciones.

Sin embargo, es probable que esa persona solo se imagine el primer escenario y, además de poner una alarma, vote a los partidos que promueven o apoyan ese proyecto de ley. Es decir, votará a favor de que lo puedan echar de su casa con más facilidad. Vota en contra de sí mismo, cierto, pero todas las explicaciones del mundo, todos los datos, no servirán porque no lo percibe así.

Pierre Bourdieu escribió hace años un libro llamado La distinción en el que sostiene que existen tres tipos de capital: material, social y cultural. El primero no necesita explicación; el segundo se refiere a la red de contactos que uno tiene y que explica por qué hay sitios (colegios, clubes, etc.) que no son accesibles a todo el mundo; el tercero abarca los conocimientos, costumbres o incluso actitudes correspondientes a una determinada clase. Es el más aspiracional.

La publicidad funciona con esa magia simpática que atribuimos al capital cultural: los libros que lee X, la ropa que se pone Y, los restaurantes a los que van Z y W. No es algo nuevo. Hace 700 años, la gente peregrinaba para impregnarse de la santidad del bazo embalsamado de San Aquilino de la misma manera que hoy se leen los discursos de Steve Jobs. El milagro se hará en mí.

Una de las vías más sencillas para lograr esa magia simpática es la política. La forma más sencilla de lograr esa distinción es asumir el discurso ideológico de la clase superior; por ejemplo, las preocupaciones. Aunque sea más probable estadísticamente, debo abandonar el miedo a ser desahuciado porque eso es algo que sucede a otras personas que están por debajo. Mi miedo es el otro, la ocupación. Pertezco a otro grupo, a ese que se queja de los impuestos.

Habitualmente, esa lógica aspiracional de la distinción se suele solventar con un “la gente es estúpida”, pero eso solo realimenta la espiral. ¿Cómo salir? Ni idea, pero negarlo no va a hacer que desaparezca.

Estabilidad

domingo, 8 de febrero de 2015

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Viraje

viernes, 30 de mayo de 2014

viraje

Aniversario

jueves, 29 de mayo de 2014

ucrania

Responsabilidad Social Corporativa

martes, 4 de febrero de 2014

roig

Invite a un pobre a su mesa

lunes, 16 de diciembre de 2013

Solucionando desde la caridad la miseria creada desde la política. Invite a un pobre a su mesa. Por teléfono.
Bpi

Resumen de la conferencia política del PSOE

domingo, 3 de noviembre de 2013

psoe