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Albert Rivera o el batería de Duncan Dhu

miércoles, 30 de octubre de 2019

Juan Ramón Viles fue batería de Duncan Dhu entre 1984 y 1989. Había comenzado a tocar las baquetas en Los Dalton a principios de los 80, donde había coincidido con el bajista Diego Vasallo. Ambos se juntaron con el guitarrista y cantante de Los Aristogatos, Mikel Erentxun, que bautizó al grupo con el nombre de un personaje de Stevenson. Fueron cinco años de éxitos. La mayoría de canciones que aún suenan en bodas o en las abundantes y poco diversas radios nostálgicas son de los dos primeros discos. En 1989, tras varios “desencuentros”, Viles fue expulsado del grupo. Poco después, concedió una entrevista a una publicación musical en la que se quejaba amargamente. Cito de memoria: Mikel pone la imagen y Diego se ocupa del sonido. Hacen las canciones entre los dos. Yo sobro. Nadie quiere repartir entre tres lo que se puede dividir entre dos.

Es exactamente el problema de Albert Rivera.

Hay un buen número de artículos que atribuyen el descenso en las encuestas de Ciudadanos a no haber buscado una fórmula de entendimiento con el PSOE, lo que habría evitado nuevas elecciones y nos habría permitido tener un gobierno estable en esta nueva crisis territorial y pre-crisis económica. También se vincula la marcha de ciertos nombres relevantes con esa ausencia de acuerdo o con un giro ideológico hacia la derecha, algo que ya existía previamente. Lanzo otra hipótesis: Ciudadanos se disuelve porque no sirve para nada.

Los partidos políticos cumplen una función. Puede ser gobernar, como el PSOE o el PP, pero también puede ser representar a sectores sociales o ideológicos, como UP o Vox, o territoriales, como PNV, que es gobernante en su territorio. ERC, por ejemplo, no ha logrado asumir que, en Cataluña, ya no es un partido que represente a un sector social y que debe asumir un otro. También hay organizaciones coyunturales o que coagulan estados de ánimo. Lo que es muy complicado es que un partido político sobreviva sin utilidad.

A nivel estatal, Ciudadanos se presentó con un discurso regeneracionista y renovador, sin perder el discurso unitario y antinacionalista de su fundación. Era joven y moderno. Era, como había deseado algún empresario, un Podemos de derechas. Aglutinaba todo el cabreo difuso que había por la gestión de la crisis, pero evitaba que este se dirigiera al modelo económico y lo dirigía otros factores, como la corrupción, el abuso bipartidista de las instituciones o el cansancio que provoca en el consumidor actual la no renovación de la oferta.

Sus primeros movimientos fueron hábiles: acuerdos a dos bandas en Andalucía y Madrid que lanzaban la imagen de controlador del viejo sistema. Con nosotros, decían, todo irá bien. No robarán más y les forzaremos a renovarse. Esto se parecerá más a Estados Unidos. Eran demandas que existían. El programa concreto se adecuó a la línea socio-liberal: una devoción por el sector privado, las bajadas de impuestos, los acuerdos comerciales y los libros de coaching (productividad, competitividad, etc.), combinada con ciertos aspectos lenitivos destinados a evitar los efectos lógicos de las medidas anteriores. También, una propuesta cultural modernizadora, tolerante con la diversidad, disfrutona con las tradiciones, pero desligada del peso religioso del PP.

Incluso, gracias a sus inicios, captó bien la herida emocional que había creado el Procés y que, además reactivar el viejo discurso rojigualdo de golpe en el pecho, había creado un difuso orgullo nacional más moderno, antes reservado para las competiciones deportivas. La victoria en las elecciones catalanas le permitió presentarse como el único partido capaz de enfrentarse al nacionalismo; el bipartidismo era preso de su historia de pactos. En aquel momento, era irrelevante que no presentasen propuestas y que su discurso tuviera un tono eminentemente futbolero que se concretaba en las intervenciones vistosas de sus líderes catalanes.

No importaba. Era el partido que molaba en las oficinas con moqueta.

Ciudadanos encontró su nicho más importante en los profesionales de mediana edad y los territorios donde se han establecido: los nuevos desarrollos urbanos de las ciudades. Ciudadanos encajaba en la visión del mundo que devenía de ese modo de vida (colegio concertado, seguro médico, centro comercial, etc.) y, en las pasadas elecciones de abril, logró establecer un cinturón naranja no sólo en las grandes urbes, sino incluso en las pequeñas capitales de provincia. Con el programa socio-liberal y un mensaje entre el coaching y el running, productivo, eficiente, duro en la competición, pero con capacidad para el disfrute, entró en la disputa en las provincias de tres a cinco escaños, lo que dio la victoria al PSOE y fue letal para el PP.

Era el momento cumbre, la antesala del desastre para quien no es capaz de gestionarlo, como saben futbolistas, músicos y participantes de realities, que atribuyen a sus méritos personales cuestiones que tienen que ver con la coyuntura y, en lugar de evolucionar, tratan de que sea la realidad la que se adapte a ellos. En las elecciones de mayo, Ciudadanos pensó que era fácil derrotar al PP gracias a la desorientación de su líder, Pablo Casado, que había confundido la renovación con la destrucción de lo existente y la imitación de lo nuevo. No funcionó. Rivera midió mal sus fuerzas. Pensó que se enfrentaba al Casado que repetía sus palabras en la campaña de abril, pero se enfrentaba al PP. Es complicado derrotar a un partido con decenas de miles de militantes en cargos de la administración que no sólo conocen el funcionamiento de la administración, sino que saben negociar.

Ciudadanos se enrocó en su mensaje electoral. Es probable que incluso la propia dirección, por un problema de retroalimentación, llegara a creerse toda la teoría conspiranoica del pacto para romper el Estado y derogar la Constitución. Las organizaciones donde sólo existe el líder y su grupo suelen oírse mucho a sí mismas y la endogamia, como nos recuerdan todos los cuadros de Carlos II, no es una buena idea. Rivera optó por no mirar el tablero político de forma global y, sobre todo, no pensó que la función de un partido es gobernar o representar. Es decir, un partido tiene que servir para algo.

Imaginemos que, tras las elecciones de mayo, la dirección de Ciudadanos baja un par de puntos su excitación y comienza a negociar a varias bandas en todos los escenarios con la idea aparente de favorecer los cambios de gobierno o encabezar los ejecutivos. Sólo, aparente. El objetivo real sería dejar al PP con la mínima cuota de poder posible. En concreto, al PP más cercano a Casado. Especialmente, Madrid. Ahora tendríamos a Ciudadanos ocupando la alcaldía de Madrid o la presidencia Comunidad o ambas, a cambio de hacer presidente a Sánchez. Casado estaría pensando en cómo dimitir o resistiendo al marianismo. El PP sería un partido fracturado, una de las cosas que más sancionan los votantes españoles. Ciudadanos, en cambio, tendría varios años para formar una organización política; probablemente, acogiendo a bastantes cuadros populares.

No hizo nada de eso. De hecho, la bisoñez de los equipos de Ciudadanos en la negociación hizo revivir al partido que pretendían sobrepasar. Rivera le puso a Casado la inyección de adrenalina de Pulp Fiction. El PP ganaba, colocaba a su gente y Ciudadanos quedaba como pagafantas, un papel indefendible en ese mundo de profesionales, criados en un ambiente profundamente competitivo. Era algo de lo que ya teníamos alguna pista por las elecciones catalanas, cuando lo primero que hizo Inés Arrimadas fue pedir unos nuevos comicios y lo segundo, no presentarse a la investidura para evidenciar su victoria. Quizá fue algo que no se percibió fuera de Cataluña por la vistosidad del discurso futbolero.

Sin embargo, el crujido llegó en Madrid y Barcelona. Valls era el tipo de persona que se había hecho de Ciudadanos. Es fácil imaginárselo jugando al pádel en Montenares o hablando de vinos, series de televisión o ejercicios para los dorsales en una barbacoa. Tampoco era difícil prever que, entre la socialdemocracia, incluso la de léxico incendiado, y el soberanismo, Valls iba a optar por la primera y oponerse era algo muy complicado de explicar porque contradecía tanto la base fundacional de Ciudadanos como su condición flexible. Al romper con Valls, Rivera se estaba expulsando a sí mismo. El crujido de Madrid se produjo en la manifestación del Orgullo. Ciudadanos pensó que podía aplicar el discurso futbolero a todos los colectivos y se encontró con una respuesta contundente que, sin esa base religiosa del PP, se queda en ruido. Es decir, es más fácil asumir que un partido viejo tenga dificultades para adaptarse a los cambios sociales que el enfrentamiento directo con el colectivo del pasado mes de junio. Por resumirlo, Ciudadanos ha dejado de molar.

Los análisis a corto plazo, la autopercepción desmedida de la propia fuerza, la confianza en la puesta en escena o el desprecio a la organización clásica es probable que estén relacionados con el tipo de liderazgo, vertical y cerrado. No hay contrapesos, nadie dice que igual nos estamos equivocando, como le explicó Núñez Feijóo a Pablo Casado hace unos meses. Tras purgar la corrupción con los resultados de abril, el PP ha recuperado un discurso propio y sólo tiene que sentarse a cosechar los votos de la Operación Retorno, salvo que vuelva a meterse en una carrera de autos locos con Vox. De hecho, es complicado hacer previsiones con un incendio en marcha, pero nadie quiere repartir entre tres lo que se puede dividir entre dos.

Ciudadanos se está hundiendo porque es prescindible. Hace trece años, Juanra Viles escribió un libro titulado Crónica de un éxito. En la presentación, dejó unas palabras que sirven para Ciudadanos; en general, para lo que se conoció como nueva política: «No tuvimos tiempo de asimilar el éxito. No teníamos una idea clara de lo que estábamos viviendo. Todo ocurría tan rápido que no teníamos tiempo de digerirlo». Es un buen resumen.

Somos la antiespaña (II)

jueves, 27 de junio de 2019

Traidor, felón, ilegítimo, chantajeado, deslegitimado, mentiroso compulsivo, ridículo, adalid de la ruptura de España, irresponsable, incapaz, desleal, catástrofe, ególatra, chovinista del poder, rehén, escarnio para España, incompetente, mediocre y okupa. En febrero de 2019, Pablo Casado pronunció 21 insultos al presidente del Gobierno en una comparecencia de unos minutos. Casi paralelamente, se convocaba de manera improvisada una concentración en la madrileña plaza de Colón con el objetivo de desalojar al ‘inquilino de la Moncloa’. Es complicado encontrar un homenaje más redondo a la historia de España. Concretamente, al pensamiento conservador, llamado moderantismo o nacional-catolicismo. Los insultos de Casado podrían estar en un texto de Girón de Velasco, Gil Robles o Donoso Cortés, y ese acto en la plaza de Colón, que el periodista Enric Juliana llamó manifestación destituyente, estaba más en la tradición del pronunciamiento. Civil y pacífico, claro. Posmoderno, podría decirse.

Para contextualizar todos esos insultos y el acto de Colón, es necesario ir al siglo XIX y recuperar a tres figuras clave en el pensamiento conservador español. La más influyente: Jaume Balmes. Tras ser un activo militante de la causa de Don Carlos en la guerra carlista (1833-1840), fue el primero que entendió que la restauración del absolutismo era imposible y que había que formular un proyecto ideológico renovador que uniera a isabelinos, carlistas moderados, élites tradicionales, burgueses enriquecidos con el comercio de personas o bienes, burgueses enriquecidos con la desamortización, pequeños propietarios, artesanos, menestrales, etcétera. Es decir, la gente de orden. Balmes hizo la tarea de Aznar 150 años antes.

El pensamiento conservador debía pasar de la contrarrevolución pura y dura a un planteamiento nacionalista, imitando al liberalismo, es decir, la constitución de España como una comunidad política moderna con alianzas entre élites y clases populares, como había ocurrido en la Guerra de la Independencia. Si el liberalismo de Cádiz se asentaba en la democracia y los derechos individuales, su idea lo hacía en los dos pilares tradicionales: la monarquía y el catolicismo.

Su nación no es una reunión de ciudadanos que se constituyen como sujeto político bajo un mismo gobierno y unas mismas leyes, como defendía el liberalismo. Tampoco una comunidad cultural con unas características homogéneas, como religión, lengua y tradiciones, como sostenía el romanticismo. De esto último, sólo podía salvarse lo primero por la heterogeneidad del territorio de la monarquía, algo que Balmes conocía bien. España no había tenido una construcción nacional, sino imperial. Los territorios acumulados sólo tenían dos características en común: la pertenencia a la monarquía y la religión católica.

Para aglutinar estos territorios, era necesaria una tercera vía que crease esa comunidad política a través de esos dos pilares tradicionales. Ambas instituciones, de una manera paternalista, regían los destinos de un pueblo que debía ser atendido y confortado, los trabajadores debían crear asociaciones para la asistencia mutua y encauzar sus peticiones (Balmes también figura entre los antecedentes del catolicismo social). Sin embargo, la participación política debía limitarse y ese pueblo no debía acceder al poder, ya que el orden social, lo mismo que las tradiciones, era la garantía de la consistencia de los pilares. El alejamiento de la política, el uso de las tradiciones y el control de la educación eran buenas herramientas.

Podríamos decir que, añadiendo la monarquía, el lema de la CEDA (religión, patria, familia, orden, trabajo y propiedad) es un buen resumen del proyecto. A nivel práctico, esto se concretó durante la Restauración en una democracia controlada por el sufragio censitario o el caciquismo, la preferencia por los impuestos indirectos (consumos) frente a los directos (contribuciones), la visión asistencial o caritativa de los servicios públicos, el control religioso de la educación, el militarismo con reclutamiento discrecional (evitable con el pago de una tasa), la represión social e ideológica o la ausencia de una política económica fija, ya que el gobierno defendía sectores económicos concretos, ya fueran cerealistas castellanos o industriales textiles catalanes.

Ya tenemos la base del sentimiento patrimonialista que tiene la derecha española de las instituciones. Hay personas que deben estar en el poder, mientras que otras lo ocupan; lo mismo que los godos ‘entran’ y los musulmanes ‘invaden’. Según esta visión, el acceso de cualquier otro grupo a una institución es ilegítimo porque hace peligrar los pilares de la comunidad política y, por tanto, la misma esencia de España.

Cualquier proyecto alternativo, denuncia, cuestionamiento o análisis crítico es peligroso porque socava la base misma. No hay consenso. No se puede negociar porque quieren acabar con España. El cambio sólo es posible mediante posiciones de fuerza; las constituciones no se negocian: se imponen las propias y se boicotean las ajenas hasta poder quitarlas. No importa usar las instituciones como contrapoder porque el prestigio de las mismas no importa: son accidentales frente a la base tradicional.

Balmes no necesitó reescribir la historia. Sobre todo, porque había muy poca. Juan de Mariana había publicado la última Historia general de España a principios del siglo XVII. Su relato partía de la antigüedad mítica y se quedaba en los Reyes Católicos, para “no molestar”, según sus palabras. Mariana desarrollaba la idea de España como un territorio disperso aglutinado por la religión católica y dirigido por la monarquía castellana. La mayoría de las publicaciones parciales, no todas, abundaban en esa idea, recalcando la vinculación a los godos y la condición de extranjeros de los musulmanes. La obra de Modesto Lafuente de 1866 actualizó ese relato providencial y, además de popularizar el término Reconquista, señaló que el carácter español era indómito e individualista en defensa de su identidad y estableció sus mitos: de Numancia y Guzmán el Bueno a María Pita o Agustina de Aragón. Los mayores de 50 años seguro que los conocen.

El pensamiento conservador de Balmes se desarrolló en otros dos grandes intelectuales: Donoso Cortés y Menéndez Pelayo. El primero, por ejemplo, teorizó sobre la legitimidad de la dictadura o la reformulación de la palabra libertad. Para él, el liberalismo, que había defendido, era una doctrina inconsistente, ya que carecía de un cuerpo dogmático. Es decir, no es posible una sociedad abierta, con pactos y consensos, porque no ofrece seguridad. El liberalismo destruye por omisión los pilares de la comunidad política y ese vacío es ocupado por el socialismo, que sí tiene una base ideológica no negociable. Para evitar esa deriva hacia la tiranía, había que defender la monarquía y, sobre todo, la religión católica, base de la libertad española y occidental. Desde la democracia, si se vota bien; si no, con una dictadura. También, por ejemplo, hay que desconfiar de cualquier descentralización. El concepto de choque de civilizaciones ha recuperado su pensamiento, ya elogiado y desarrollado por el alemán Carl Schmitt en los años 30.

El otro pensador fue el polígrafo Menéndez Pelayo, otro antiguo liberal. En su Historia de los heterodoxos españoles estableció un concepto clave que aglutina el pensamiento anterior: la antiespaña. Los heterodoxos eran españoles sólo por razones de nacimiento; pero carecían del rasgo más profundo de la ‘raza’, una manera de ser y pensar unida a la religión católica. Para él, la religión prevalecía respecto a la monarquía y el resto de instituciones. Este criterio étnico enlazaba con los estatutos de limpieza de sangre, un mecanismo discriminatorio que, con altibajos, segregó a la población por su origen desde el siglo XV hasta el XIX. En esa lista de antiespañoles, estaban los judíos, los musulmanes, los apostatas, los herejes, los erasmistas, los protestantes, los renacentistas, los jansenistas, los ilustrados, los afrancesados, los krausistas y los liberales. Podría actualizarse con los masones, los ateos, los regeneracionistas, los marxistas y los separatistas. E incluso, con el feminismo.

La construcción nacional acostumbra a partir de una dinámica amigo-enemigo que establece alianzas entre élites y clase populares a través de unas instituciones de independencia o resistencia que después evolucionan a estatales. Era lo que había pasado en la Guerra de la Independencia, pero las instituciones no tuvieron continuidad por el regreso del absolutismo. El proyecto moderantista o nacional-católico necesitaba esa dinámica y Menéndez Pelayo se la ofreció creando ese enemigo interno que recorre la historia con diferentes caras en esa eterna lucha entre el bien y el mal. Adhesión o traición.

Ya tenemos prácticamente todos los conceptos clave para entender el discurso de la derecha española. Cualquier proyecto político alternativo no llega al poder por medios legítimos y es una tiranía impuesta previa a una deriva apocalíptica, un plan oculto avivado por enemigos extranjeros, que acabará con la destrucción de la religión, la familia, la nación, la propiedad, las tradiciones y, en general, el mundo tal y como lo conocemos. Este plan siniestro para acabar con España lo tenían los liberales o los republicanos, pero también Zapatero, que iba a acabar con la familia. Y, como ha quedado claro en la campaña electoral, Pedro Sánchez. También tenían planes ocultos Manuela Carmena con las procesiones o Ada Colau, que ha convertido Barcelona en el Chicago de los años 30.

La mención a Colau es pertinente porque hay muchos puntos en común entre el pensamiento político de la derecha española y la derecha catalana. Es fácil reconocer esa patrimonialización del poder. Recordemos al ‘intruso’ Montilla, y que existe una anticatalunya, un proyecto eterno en el tiempo, siempre deseoso de diluir la nación, un arcano cultural que sólo algunos, vinculados por procedencia, saben interpretar. No hay pacto posible con ese grupo. Adhesión o traición.

Balmes acabó asqueado de Madrid y sus camarillas, preocupadas de sus haciendas particulares y demasiado devotas del ejército. Llamó a la capital cloaca corrompida y ciudad ganada al desierto. Sus alusiones al carácter africano e irreformable de los españoles podrían aparecer hoy en el tuiter procesista.

La importancia de este proyecto nacional-católico es su éxito y su continuidad, proporcionando a la historia de España ciertos hitos que la desligan de la europea. No son los únicos. Nuestra Edad Media está ligada a la larga ‘Reconquista’ que, según Eric Wolf, configuró una estructura de “tomadores de tributos”. “La guerra y apoderamiento de pueblos y recursos, no el desarrollo comercial e industrial, llegó a ser el modo dominante de reproducción social”, concluye. La Edad Moderna está determinada por la Contrarreforma, el aislamiento intelectual voluntario y el control social a través de las instituciones represivas.

La Edad Contemporánea está marcada por el fracaso del proyecto liberal democrático frente al nacional-catolicismo en dos momentos: la Restauración y el Franquismo. En España, a diferencia de los países que denominamos ‘de nuestro entorno’, el Estado nunca se impuso a la Iglesia. Cabe pensar que el siglo XIX en España terminó en 1975. O no, ya que otra idea interesante es que nuestro autoritarismo del XIX está enlazando directamente con el del XXI. Esta tradición explica ciertas particularidades de la ultraderecha española, como la defensa del orden social existente, incluida la monarquía, o la vinculación religiosa.

Los discursos se repiten en el tiempo. En la nota explicativa de la Causa General de 1940, la base ideológica de la represión posterior a la Guerra Civil, se lee: “El Frente Popular, desde que asumió el Poder, a raíz de las elecciones de febrero de 1936 —falseadas en su segunda vuelta por el propio Gobierno de Azaña, asaltante del mando político—, practicó una verdadera tiranía, tras la máscara de la legalidad, e hizo totalmente imposible, con su campaña de disolución nacional y con los desmanes que cometía o toleraba, la convivencia pacífica entre los españoles. El Alzamiento Nacional resultaba inevitable, y surgió como razón suprema de un pueblo en riesgo de aniquilamiento, anticipándose a la dictadura comunista que amenazaba de manera inminente”.

Hagamos un juego y cambiemos algunos nombres: “El gobierno de Sánchez ha practicado una verdadera tiranía, tras la máscara de la legalidad, y ha hecho totalmente imposible, con su campaña de disolución nacional y con los desmanes que ha cometido o tolerado, la convivencia pacífica entre los españoles. Hay que desalojarlo porque hay un pueblo en riesgo de aniquilamiento por la actuación de populistas y separatistas”. Esto lo pudieron decir en Colón Santiago Abascal, Pablo Casado o Albert Rivera. Manuel Valls puede ser conservador, puede tener un punto racista, puede ser elitista, puede amar el orden, pero pertenece a otra tradición política. Tarde o temprano iba a chocar.

El periodista Joaquín Estefanía se preguntaba hace meses por la evolución de Ciudadanos: “cómo un partido que citaba a Isaiah Berlín o Karl Popper ha acabado en Onésimo Redondo”, se lamentaba. Le responde Karl Marx: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando estos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”.

Artículo publicado en La Marea.

Somos la antiespaña (I): los árabes fuimos nosotros

jueves, 27 de junio de 2019

Un estudio genético ha desvelado que no hay rastro árabe en la población andaluza. La noticia, que se mueve en un resbaladizo territorio anterior a 1945 al hablar de “huella genética musulmana”, sostiene que este descubrimiento provocará un conflicto entre científicos e historiadores. No creo que ningún miembro de este segundo colectivo se haya sorprendido mucho. Por utilizar referencias conocidas, la llegada de élites dirigentes, romanos, visigodos o musulmanes, tiene más que ver con la entronización de los Baratheon o los Lannister que con una migración masiva. Su legado es, sobre todo, cultural: leyes, costumbres, religión, lengua, moneda… No aportan genes, sino memes.

Tariq, bereber, entró en la península con menos de 10.000 hombres, mayoritariamente procedentes del norte de África, como él. Justo antes de la batalla del río Guadalete, recibió el apoyo de otros 5.000 hombres, también bereberes. Tras el triunfo, el yemení Muza desembarcó en Cádiz con 18.000 hombres más, de procedencia mixta, y juntos conquistaron la península en una campaña que combinó la victoria militar con el pacto de sumisión. Una vez estabilizado el territorio, hubo más emigraciones del norte de África, territorio que también había pertenecido al imperio romano, como Hispania. Se calcula que la población peninsular en esos años estaba entre los tres y los cuatro millones de personas, lo que quiere decir que la nueva población, mayoritariamente del norte de África, estaba en torno al 1%. Abderramán se impuso al emir Yusuf con 5.000 hombres, de procedencia siria, yemení y bereber. Hubo musulmanes en España, pero no eran árabes, sino norteafricanos y, sobre todo, autóctonos.

También hay que tener en cuenta otros datos: la salida de población. Tras la conquista de Granada hubo una huida masiva, que se unió al goteo de los siglos anteriores. También, tras la rebelión de las Alpujarras. Tras esta última, unos 80.000 moriscos del reino de Granada fueron deportados a otros lugares de la Corona de Castilla. Y llegamos a la expulsión. Entre 1598 y 1614, alrededor de 300.000 moriscos tuvieron que salir de España, sobre todo, procedentes de Aragón y Valencia, que perdió un tercio de su población. Se establecieron en el norte de África y en el próspero Imperio Otomano. Fueron alrededor del 4% de la población española en aquel momento. Son cosas de las que se habla poco. Menos aún de la emigración ibérica y europea que recibió Andalucía durante los siglos en los que fue el territorio con más PIB de toda la Corona. No sólo el oro de América o el tráfico de esclavos. Hubo una industria andaluza de textiles, tabaco, licores o tenerías que, en el siglo XIX, perdió la partida por las comunicaciones.

Es probable que encontrar a un descendiente de los Omeyas en Andalucía, si queda, sea tan raro como descubrir material genético de los visigodos en Toledo o Covadonga; habría más suerte en Galicia, donde se refugiaron los que no pactaron con la nueva élite dirigente musulmana. Quizá, sería interesante hacer un estudio genético en Túnez o Estambul para localizar a nuestros antiguos compatriotas. Esta palabra sueña extraña. Esa es la clave.

Los historiadores no quedan cuestionados, sino los divulgadores de mitos, que es otro gremio con mucha más tradición. Los relatos fabulosos, como la tumba de Santiago o la donación de Constantino, se han usado para legitimar dinastías o reclamar territorios. Los teóricamente serios cronistas antoninos, como Suetonio, pusieron a parir a los emperadores de la dinastía Julio-Claudia, cuyas supuestas barbaridades aún hoy damos por ciertas. Atribuir incestos o prácticas de zoofilia garantizaba —y garantiza— la atención del respetable. Otro uso era ennoblecer los orígenes. Túbal, pariente de Noé, fue reconocido durante siglos como el primer gobernante peninsular. De él, descendían otros nombres míticos como Gargoris, Habidis, inventor de la agricultura, o Argantonio. O Hispano e Íbero, que habían dado nombre al territorio.

El estudio sólo contradice el mito histórico que denomina invasión a la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica. Sobre todo, cuando se añade árabe. Cualquier libro de historia habla de la entrada de un grupo reducido que pactó con un grupo de visigodos y aprovechó la debilidad de los restantes para vencerlos y atravesar el territorio en dirección a Francia. Tras la derrota frente a los francos, se establecieron en los lugares más fértiles y prósperos, reproduciendo un modelo feudal similar al de la élite dominante anterior: dominio militar, control de las instituciones, recaudación de impuestos y cierta tolerancia cultural y religiosa. Confirmaron su dominio tras derrotar a Carlomagno, que había atravesado los Pirineos por un pacto con el valí de Barcelona. Otro mito es creer que los bandos religiosos son grupos cohesionados y estáticos.

Algunos nobles godos se refugiaron en el norte, pero otros trataron de integrarse para mantener la posición poder. Los Banu Qasi de Zaragoza, descendientes del conde Casio (el historiador Jesús Lorenzo Jiménez ha señalado hace algunos años que tal cosa fue un mito difundido por la propia familia), es el caso más famoso, pero también es curioso citar a Omar ben Hafsún, el primer bandolero de la serranía de Ronda, que puso en jaque a los Omeyas. Abderramán III tuvo que traer precisamente a los Banu Qasi del norte para derrotarlo.

No sólo los nobles se convirtieron. Parte de la población también lo hizo, ya que ser musulmán incluía una serie de ventajas, como pagar menos impuestos y el uso, limitado, del ascensor social, ya que era una sociedad más permeable que la visigoda. Fueron los llamados muladíes. De hecho, un factor clave en el avance cristiano posterior fue la llegada de las dinastías magrebíes, almorávides, almohades y benimerines, mucho más religiosos, y que sufrieron contestación interna, como la revuelta de Córdoba. El lógico pensar que este grupo formó parte de las conversiones, voluntarias o forzadas, que se produjeron ante el avance cristiano. Si pensamos en la religión como un uso social que incorpora tradiciones y supersticiones locales, mosquearemos a la asociación de abogados cristianos, pero nos aproximaremos a la realidad.

Los mozárabes fue la población que no se convirtió al Islam. En general, las iglesias y los dirigentes religiosos fueron respetados y se desarrolló un rito mozárabe que entró en conflicto con las iglesias de los reinos cristianos del norte y noroeste: Toledo contra Santiago. Sería muy largo de contar porque es una historia que se parece mucho a Juego de Tronos. Conviene prescindir del presentismo y, sobre todo, no hay que verlo como una lucha de cristianos contra musulmanes. Las alianzas mixtas no eran extrañas ni tampoco las figuras como el Cid, caudillos militares sin una adscripción fija. El gran problema del avance cristiano fueron las guerras internas. Se luchaba por el poder. La religión era una ayuda, como los dragones.

Podríamos decir que el relato heroico de buenos contra malos llegó después, pero es falso. Desde el inicio de las campañas militares cristianas del norte, los reyes y dirigentes religiosos buscaron la legitimidad de su lucha y establecieron relatos míticos sobre la intervención divina, Santiago o San Millán, patrones de León y Castilla, y cuyos bandos entraron en disputa con la unificación. Ganó el primero. Otra cuestión clave era la legitimidad de sus reinos. En el caso de los territorios pirenaicos, Navarra, Aragón o Catalunya, el tema central era la desvinculación del dominio francés con figuras como Íñigo Arista o Guifré, y la existencia de un cuerpo legislativo foral. Y, en el caso de los reinos del norte, Galicia, León y Castilla, la vinculación con la monarquía goda, una jugada más interesante, ya que les daba el título de Rex Hispaniae, es decir, con ascendencia sobre el resto de reinos, o, mejor aún, Imperator.

Los reyes de León, después Castilla y León, querían restaurar la continuidad cristiana, rota por los pecados de los últimos reyes, sobre los que también se establecieron varios mitos, como la lujuria de Rodrigo con la hija de Don Julián o la ayuda de los judíos a los musulmanes. La derrota de los godos había sido un castigo de Dios que sí había ayudado a los cristianos al recuperar su alianza con la verdadera fe. Los reinos pirenaicos fueron absorbidos política y culturalmente y el segundo relato se extendió. Los godos ganaron. Se impuso la narración que hablaba de una ‘invasión mahometana’ de la península.

Como recuerdan Álvarez Junco y De la fuente Monge en Relato nacional (Taurus), los godos siempre entran, vienen o llegan, mientras que los musulmanes invaden u ocupan. El libro recoge cómo en la construcción del Palacio Real tras la quema del Alcázar, el ilustrado Martín Sarmiento, encargado de elegir los motivos históricos de la decoración, situó a Ataúlfo como primer rey de España. Primer rey real, ya que también estaban Túbal, Gargoris y Habidis. Estos últimos fueron retirados con Carlos III, que mantuvo al godo, un caudillo guerrero famoso por su matrimonio con la romana Gala Placidia, pero que sólo estuvo unos meses en la península. Esta narración mítica establece un hilo que une todos los territorios imperiales de la monarquía hispánica, Habsburgo o Borbón: la religión.

A pesar de que la Real Academia de la Historia nace en esa época con el objetivo de “limpiar de fábulas nuestra historia”, conserva las que sirven de base cultural a esta idea de España cuya esencia es la monarquía y el catolicismo, la alianza entre el trono y el altar que el siglo XIX convertirá en doctrina política con el moderantismo. Se conserva la participación religiosa en las batallas, los mitos originarios, como Pelayo o Santiago, y la vinculación a los godos, a los que se otorga la categoría de españoles, pese a que su presencia fue breve, comparada con los musulmanes, y su legado cultural muy escaso, ya que evitaron integrarse. Eran un pueblo muy belicoso con una tradición de tropas lideradas por caudillos que buscaban una economía extractiva y pasaron la mayor parte del tiempo en guerras internas.

Sin embargo, los godos son nuestros antepasados sentimentales y la mayoría de españoles de más 50 incluso lo estudiaban así en el colegio. Los musulmanes no eran españoles porque esa pertenencia requería ser parte de la fe católica o, por lo menos, cristiana. Ataúlfo es español, pese a que sólo estuvo unos meses en la península. El cordobés Abderramán III, no. Ni tampoco los nazaríes, que llevaban desde el siglo XII en Granada. Es probable que de esa insistencia venga nuestra cultura política del pronunciamiento y el caudilismo, que desdeña las instituciones y prioriza la imposición sobre el pacto. Los tres partidos creados en el siglo XXI son tropas acaudilladas por una élite cuyos conflictos internos se han saldado con el destierro. Como los godos. Adhesión o traición.

Los historiadores no quedan cuestionados porque no suelen despreciar estas evidencias materiales. Ni otras, como las dataciones. Ofrecen una explicación basada en hechos, pero no obligan a compartir las respuestas, ya que las ciencias sociales tampoco buscan la verdad, sino el conocimiento. Todo el que investiga algo sabe que sus tesis serán cuestionadas o descartadas por otras en el futuro porque ese es el ritmo académico. Los que quedan cuestionados son los divulgadores de mitos, los que mantienen el oficio de usar la historia para defender un proyecto político concreto que debe ser aceptado. Ellos sí buscan una verdad fija e inmutable.

Los divulgadores de mitos disfrutan de un nuevo momento de gloria. El Institut Nova Història, relanzado durante el procés, se está encontrando con la coagulación emocional de un Instituto Nueva Historia español en torno a la figura de Elvira Roca Barea y su difusión de la leyenda blanca, tan cuestionable como la leyenda negra. Ambos difunden un relato fabuloso, bastante narcisista, que debe explicar por qué estamos aquí y, sobre todo, justificar un proyecto político concreto que representa la esencia nacional, dejando fuera a los que piensan diferente: los que somos la antiespaña o la anticatalunya.

Pero esa es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

Artículo publicado en La Marea

PAUers. Una aproximación

jueves, 27 de junio de 2019

“Sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra […] Entonces, se le ocurrió que, dirigiéndose hacia el suroeste, podía llegar a su casa por el agua”. En El nadador, de John Cheever, Ned Merrill decide volver a casa tras una fiesta de piscina en piscina. “Le parecía ver, con el ojo de un cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que recorría el condado […] Primero estaban los Graham, los Hammer, los Lear, los Howland y los Crosscup […] después estaban los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde”.

Ned atraviesa los setos, saluda a los vecinos. Jardines cuidados, letreros de propiedad privada, farolitos japoneses, estatuas de dioses clásicos, de animales, enanos de jardín para guardar las herramientas. Automóviles aparcados en el garaje, automóviles aparcados en la puerta, automóviles aparcados en las conversaciones. Camareros de chaqueta blanca sirviendo ginebra fría. Restos de la fiesta del sábado por la noche, preparativos de la comida del domingo. Raquetas de tenis, palos de golf, botas de montar. “El supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color”, la tranquilidad, la continuidad, la serenidad de ser el centro del mundo.

Una casa nunca es solo una casa. Una calle nunca es solo una calle. Un barrio nunca es solo un barrio. Hay pocas cosas más políticas que cómo se construye una ciudad porque eso quiere decir cómo vivirán esas personas, con quién compartirán espacio, cómo irán a trabajar, a qué colegio irán sus hijos, cómo irán hasta allí, dónde vivirán sus amigos, cómo se relacionarán con ellos, dónde comprarán, cuándo comprarán, qué comprarán, cómo comprarán. Es decir, a qué distancia están los centros de salud, las bibliotecas, los cines, los bares, qué tipo de bares son, qué tipo de gimnasios son. Cómo vivimos acaba definiendo cómo somos.

Ned Merrill recorría una comunidad cerrada (gated community), una urbanización de casas unifamiliares, un modelo que el urbanista Bernardo Secchi definía como la negación de la ciudad, al ser “enclaves identificables de seguridad y exclusión”. No existen los espacios mixtos, las zonas grises donde se produce el encuentro con el otro. Son islas comunicadas a través del coche, donde no hay servicios ni comercio. Solo vecinos sobre los que el precio y las normas de acceso garantizan ciertas características. Secchi, autor de Ciudad de ricos, ciudad de pobres, hablaba de un “estado dentro del estado”: una cierta suspensión del orden jurídico colectivo y específicas formas de gobernanza aceptadas por sus habitantes.

Finales de los ochenta, principios de los noventa. Fue el gran momento de la casa unifamiliar en España. Boyer había calentado el mercado inmobiliario y Solchaga sostenía que era el país donde uno podía hacerse rico más rápidamente. Ned Merrill podía recorrer de piscina en piscina el oeste de Madrid (Pozuelo, Las Rozas, Boadilla…) o el norte de Barcelona (Sant Cugat, Valldoreix…). Vería barbacoas de obra a punto de encenderse. Palos de golf, tumbonas de ratán y jardines japoneses.

Es el modelo de ciudad difusa, sin servicios, sin comercios, con enclaves de “seguridad y exclusión”, aislados territorialmente. Su autonomía les permite desconectarse del espacio al que pertenece, de la red social y administrativa, lo que se traduce en una desconexión emocional. Los habitantes se transforman en territoriantes, concepto del urbanista Francesc Muñoz, usuarios de lugares fragmentados (chalet, oficina, centro comercial, escapada) con los que componen su propio espacio. Es un modelo que no para de pedir cemento. Ante las dificultades que tiene el transporte público en este ecosistema disperso, la solución habitual suele ser la construcción de nuevas infraestructuras que abren y delimitan nuevos espacios que también se ocupan. El desplazamiento es de garaje a garaje.

El ladrillazo de principios de siglo reactivó la comunidad cerrada, con modelos blindados, más latinoamericanos que anglosajones (La Finca), pero fue el momento de otro modelo: el bloque cerrado, la urbanización. Los PAU (planes de actuación urbana) promovidos por los ayuntamientos llenaron la parte exterior de las ciudades de construcciones en forma de L o U, bloques de cemento y ladrillo rodeando las zonas comunes: piscina, pista de pádel, jardín, columpios…

La urbanización comparte propuesta ideológica. Es un casi. También es un enclave identificable basado en una retórica de seguridad y comodidades. La calle exterior es insegura e imprevisible en tanto que accesible. Puede pasar cualquier cosa porque puede circular cualquier persona. Aquí, no. Las zonas comunes recrean la calle que, al estar dentro, pasa a ser un recinto delimitado y protegido. No hace falta salir. De garaje a garaje. Lugares fragmentados. De casa, al trabajo; de casa, al centro comercial; de casa, al colegio; de casa, al entrenamiento de los niños. Coche, coche, coche.

Las administraciones dejaron manos libres a los agentes privados: los promotores, las constructoras y los bancos. La burbuja creó un clima de competición en el que las administraciones urbanas se disputaban no solo el pelotazo concreto, sino futuras inversiones públicas y privadas, hospitales, zonas universitarias, contenedores culturales, centros comerciales o grandes superficies. Hay desarrollos que se establecieron junto al futuro espacio comercial, como los pueblos del Oeste nacidos alrededor de una mina. La referencia es oportuna. La desolación inicial despierta cierto espíritu de la frontera. Es una exageración, sin duda, pero esa soledad es la que crea la sensación de autosuficiencia previa a la desconexión emocional de la red.

Al principio, solo había casas. Los huecos para servicios públicos o infraestructuras municipales estaban señalados con carteles. No se llenaban. No importaba. En la mayoría de ocasiones, tampoco había asociaciones de vecinos que los reclamasen. El tejido asociativo es complicado de establecer en las ciudades difusas. Sobre todo, cuando no hay conciencia de esos huecos. Las urbanizaciones son edificios que se han girado y dicen al espacio público: no te necesito, ni tus parques ni tus tiendas ni tus colegios ni tus centros de salud ni tus polideportivos municipales ni tus bibliotecas. Puedo vivir sin ti. No es el estado dentro del estado, pero sí el sálvese quien pueda neoliberal hecho cemento y ladrillo visto con zonas comunes.

Todo es un mercado y participar es competir. Individualmente, claro. La clave no es que las posibilidades de recompensa sean escasas porque el modelo facilita la acumulación, sino la obligatoriedad de la disputa. No apostar, no disputar, significa asumir el fracaso. El riesgo es una prueba de estar en el mundo, de no haber quedado obsoleto. La ausencia de servicios colectivos hace que cada persona compita por encontrar la mejor oferta, algo que suele disfrazarse con el sustantivo libertad. La ausencia de todo te da la capacidad de escoger.

El cuestionamiento de un sistema educativo que garantice la igualdad de oportunidades, por ejemplo, solo es posible con la asimilación colectiva de ese escenario de contienda entre familias a través del concepto libertad de elección. Las administraciones promocionan la competición con el desvío de las inversiones al modelo total o parcialmente privado y el abandono del modelo público; pero, sin la seguridad que proporciona el concepto teórico todo es más complicado. Necesitamos una narrativa para ordenar nuestros actos, para dar significado a las decisiones y que se transformen en relaciones culturales y simbólicas, afectos y compromisos. Necesitamos saber que estamos haciendo lo correcto.

Cada familia busca soluciones individuales más beneficiosas que, bien descubrirán la excepcionalidad de sus hijos, bien harán que se libren de las complicadas condiciones colectivas. Estudiar alemán o chino, violín, programación o inteligencias múltiples. “Top quality education for the future”, “educar en la verdad para ser libres”. Puede ser en colegios del Opus o de Montessori. Las propias instituciones elaboran listas. ¿Dónde van los mejores? Hay que buscar la distinción.

Colegio concertado, seguro médico privado, plan de pensiones, la ilusión de que se están tomando las mejores decisiones y que se puede vivir sin las soluciones tradicionales. En las próximas décadas, gracias a la extensión de las competiciones infantiles, ligas, torneos, padres gritando en la grada, tendremos la aparición de las primeras generaciones neoliberales químicamente puras, gente acostumbrada a competir desde el destete.

Ned Merrill podría recorrer, de piscina en piscina, el cinturón de las ciudades, grandes y medianas. Barrios iguales, continúe por calle lirios hasta llegar a calle azucenas, continúe por calle orión hasta llegar a calle casiopea. Es complicado saber si uno está en Móstoles, Mislata o Esplugues. Revisar los resultados del 28-A desvela la coagulación de este estilo de vida en Ciudadanos. Los chalets son fieles al PP, los barrios conservadores, también. Fuera, están los cinturones naranja, en los PAU del norte de Madrid o en el de Vallecas. Las ciudades del cinturón rojo madrileño tienen un cinturón naranja más o menos definido. Incluso, en capitales de provincia. Serán importantes el 28-M. Hay una clara cuestión generacional, pero también la conexión de un discurso con un estilo de vida. El PP puede haberse cavado su tumba ladrillo a ladrillo.

Peluquerías, clínicas veterinarias, farmacias, fisioterapeutas, un 24 horas y algún bar. Los bancos han cerrado. Si hay niños, guarderías, academias de idiomas y dentistas. Automóviles aparcados en el garaje, automóviles aparcados en la puerta, automóviles volviendo del gimnasio, de comprar el pan, del partido de los niños. Bicicletas de montaña en el trastero. Jardines cuidados, letreros de propiedad privada, distintivos rojos de las empresas de alarmas, protege lo que más quieres, sales un fin de semana y se te mete alguien. Estadísticamente, es mucho más probable que una persona que tiene una casa sea desahuciada a sufrir una apropiación, pero los hechos son irrelevantes. Si uno no puede llegar al destino final, el chalet, por lo menos, puede aparentar tener las mismas inquietudes sobre seguridad o el impuesto de sucesiones.

Las grúas vuelven a funcionar. Todos los ayuntamientos dan luz verde a nuevas zonas residenciales. En Madrid, El Cañaveral, 14.000 casas en el distrito de Vicálvaro. Suelos protegidos, predominio de las cooperativas, más de la mitad de las viviendas tendrán algún tipo de protección. Suena bien. ¿Cómo se va a urbanizar? ¿Habrá mercados, centros de salud, colegios y bibliotecas cuando lleguen las personas o tendrán que buscarse la vida? Una de las primeras promociones será Puerta de San Fernando: pisos de dos a cuatro dormitorios desde 151.000 euros con piscina, pistas de pádel y polideportivas, zona infantil, área ajardinada, etc. Ahí está, Ned Merrill, otro lugar para nadar, otro lugar para encontrar “el supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color”.

Artículo publicado en La marea. Apuntes de clase

La sonrisa del destino (desmontando la conspiración de 2016)

sábado, 6 de abril de 2019

Hace 23 años, Ronaldo batió a Fernando, portero del Compostela, después de robar el balón a Chiba, regatear a José Ramón y fintar a William. 14 toques en 11 segundos. Esa noche, nadie podía imaginar que ese tipo sobrehumano iba a acabar siendo conocido como El gordo. Sospecho que Miguel Blesa tampoco imaginaba cómo iban a acabar las cosas. El tiempo se traga nuestras vidas, las dirigiere durante años y después deja su excremento. Con esas bostas, se intentan construir los frágiles edificios de la memoria. La historia no está al principio del proceso, sino al final. No podemos controlarla.

Creer en el destino, buscar signos de la predestinación o trazar el vínculo de causa y consecuencia en los procesos es algo natural. Responde a nuestra búsqueda insaciable de patrones que nos permitan ordenar el mundo y hacerlo predecible. Necesitamos eliminar el estrés para sobrevivir. En 2016, se hablaba mucho de procesos históricos. Las aseveraciones tenían un tono que recordaba mucho a los augures romanos que leían en el vuelo de las aves el resultado de la batalla y desconfiar de ellas se acercaba al sacrilegio.

El bipartidismo se ha acabado, se decía. El cambio generacional es imparable. Los nuevos partidos sustituirán a los viejos que quedarán como un residuo para esas personas que no se sepan adaptar. ¿Por qué? Preguntar eso era una garantía de ser situado en el basurero, junto a esas personas que no eran capaces de leer el cambio, palabra mágica. La política pasaba al terreno de la teología y cada mínimo suceso era una hierofanía reverenciada por los que no se querían quedar fuera. Todo estaba dentro de un proceso histórico imparable.

Las cosas no salieron como se esperaba y, años después, existe la tentación de reordenar los hechos para buscar signos de una predestinación inversa, es decir, una conspiración. Es algo que responde a esa búsqueda insaciable de patrones que nos permitan ordenar el mundo. De nuevo en un terreno místico, necesitamos saber por qué no sucedió la parusía, decirnos que no estábamos equivocados, que nuestra fe era verdadera y que sólo la presencia del maligno nos alejó de la Ciudad Celeste. No hay nada más tentador que pensar que el demonio existe porque nos evita pensar. Leer 2016 como el producto de una conspiración expurga todo lo humano que hubo ese año: ambición, miedo, envidia, astucia y, sobre todo, estupidez. Mucha.

Volvamos a esos años. El proceso político era implacable: el PSOE iba a desaparecer. La palabra que se utilizaba esos años no era sorpasso, sino pasokización. No sólo iba a ser superado por el nuevo partido, Podemos, sino que estaba condenado a una rápida decadencia en la que iba a mutar en el partido de la España vieja, agraria y meridional. No sucedió. El sistema electoral español es un retardador de los cambios, ya que la división provincial requiere de una cierta estructura. La carne se pudre enseguida; pero el esqueleto, no. Es fundamental entender la creencia generalizada en ese proceso histórico para entender el miedo del PSOE a ser devorado y la ambición de Podemos para laminarlo. Existe el riesgo de confundir el temor y la avidez con la simple imbecilidad, que también se cultivó. Son territorios contiguos.

Referéndum, línea roja

El PSOE celebra un Comité Federal una semana después de las elecciones. Están acojonados. Siguen siendo la segunda fuerza, pero los resultados han sido malos. Los barones que apadrinaron a Pedro Sánchez no se fían de él porque intuyen que quiere convocar rápidamente un Congreso que lo reelija. En el Comité, se habla de la repetición de elecciones e incluso de su relevo inmediato. También, se establece que la política de alizanzas tiene que pasar por la dirección y que se respetará la integridad territorial. Esta cuestión se explicita porque la palabra de esos días era referéndum: El referéndum independentista, línea roja de Podemos en Cataluña / Iglesias supedita su apoyo al PSOE a que Sánchez acepte un referéndum / La cúpula de Podemos no renunciará al referéndum, etc.

Contexto. El 27 de septiembre de 2015, se habían celebrado elecciones al Parlament. Junts pel Sí no había logrado mayoría absoluta y Artur Mas tenía dificultades para lograr el apoyo de la CUP. La posibilidad de unas nuevas elecciones era real y En Comú-Podem había ganado las generales, triplicando los votos de Catalunya Sí que es Pot en septiembre, que no había contado con el apoyo de los comunes. La opción se planteó esos días: Ada Colau, a la Generalitat con el referéndum pactado como estrella del programa electoral. No sucedió. Mas dejó pasó a Puigdemont, que anunció la independencia en 18 meses en su discurso de investidura. Tampoco sucedió, pero esa es otra historia.

Podemos no sólo insistía en el reféndum, sino en contar con cuatro grupos parlamentarios. En Comú, En Marea y Compromís querían estar diferenciados. Para los primeros, era fundamental en el caso de unas nuevas elecciones autonómicas. En Marea también quería un referéndum en Galicia, que iba a tener elecciones en 2016. No hace falta ser un lince para entender que las propuestas de consultas de autodeterminación ponían muy nerviosos a los dirigentes territoriales socialistas: Los barones del PSOE dan por segura la repetición de las elecciones. Entre los dirigentes territoriales hay temor a que Pedro Sánchez intente la investidura (4/enero). Ese mismo día, Podemos se dirigía a los “sectores sensatos del PSOE”. Volvemos al marco: pasokización. En Grecia, se había producido este trasvase de militancia y cargos intermedios entre los socialistas y Siryza. No sucedió, pero hizo aumentar el miedo del PSOE y, con él, la desconfianza. El 11 de enero, se publica una entrevista a Patxi López.
P. ¿Cuál es la aspiración de Pablo Iglesias?
R. Sustituir al PSOE.
P. ¿Antes que gobernar?
R. Sí, lo hemos visto claro en las elecciones.

Pacto del búnker

El miedo del PSOE y las condiciones de Podemos dificultan mucho la negociación sobre la Mesa del Congreso y los socialistas se centran en pactar con Ciudadanos e incluso, con el PP. Dentro de la creencia en el proceso histórico, el escenario parece muy favorable. Esos días, se lanza la idea de búnker, una metáfora potente. Los dirigentes de Podemos lanzan una y otra vez el mensaje: las fuerzas del búnker están negociando una gran coalición para continuar con el reparto de los sillones, sostener el Régimen del 78 e impedir el cambio. La frase ha envejecido mal, pero era lo último esos días, el hype.

Ya vemos que no había un buen ambiente entre PSOE y Podemos. Sin embargo, la teoría de la conspiración sostiene que la negociación para la Mesa del Congreso no se produjo por la publicación de un bulo el 12 de enero, la víspera de la constitución de las Cortes. El problema de esta versión es que el día anterior, 11 de enero, PSOE y Ciudadanos ya habían llegado a un pacto para elegir a Patxi López, que también contaba con el apoyo de Convergència. Eran otros tiempos.

El acuerdo provoca dos movimientos que se repetirán. El primero, el mar de fondo en el entorno socialista. Sánchez es una persona provisional, un aparcero que debe cuidar la secretaría general hasta que los dueños se decidan a instalarse. El segundo es una crisis interna en Podemos. Las confluencias se cabrean por tener que quedarse dentro del grupo parlamentario. Quedar al margen de la negociación puede ser una buena estrategia electoral, pero hace que los demás decidan por ti.

Arranca la negociación del posible gobierno. Para evitar los problemas internos, Sánchez busca el pacto a tres y habla constantemente de “las fuerzas del cambio”, concepto en el que se incluye. El escenario no es bueno. Ciudadanos insiste en buscar el pacto con el PP y Podemos busca el equilibrio entre el posible pacto y la idea de búnker para la repetición electoral. El escenario interno es peor. Cada vez que Sánchez avanza, se le recuerda que no tiene el control. Leemos: Líderes regionales del PSOE exigen a Sánchez “transparencia” en los pactos. Los barones quieren decidir sobre un acuerdo con Podemos, que deja el referéndum en segundo plano. Ese segundo plano es interesante porque revela el incio de la división interna. La consulta no aparece en un documento de la secretaría política, dirigida por Errejón.

Sánchez no debe

Según la teoría de la conspiración, el 20 de enero es un día importante porque se pone en circulación otro bulo. El momento clave tardará dos días en llegar. 22 de enero, viernes. El rey termina la ronda de consultas. Ese fin de semana, hay previstos contactos entre el PSOE y Podemos y Ciudadanos, por separado. El País marca terreno en su editorial: Rajoy no puede, Sánchez no debe. Es el momento de que Rajoy deje paso a otro y Sánchez renuncie a un pacto dañino. Bum.

No es la única hostia que se lleva el socialista ese día. Mientras esta reunido con el rey, Iglesias ofrece una rueda de prensa en la que, además de solicitar para él la vicepresidencia, reclama el control de los departamentos de Economía, Defensa, Interior y Justicia y Asuntos Exteriores “para visibilizar el cambio”. Y vuelve a aparecer el referéndum. “Creo que incluso la posibilidad histórica de que sea presidente es una sonrisa del destino que Pedro Sánchez tendrá que agradecer”, dice. Bum.

No hay una respuesta explícita. La dirección del PSOE se reúne ese fin de semana. La mayoría de dirigentes expresan su cabreo, pero el documento es suave. El principal mensaje es que, de momento, no se negociará nada. Podemos no quiere esperar. Sánchez tiene una conversación telefónica con Iglesias. Le reprocha las formas, dice la información, y señala que quiere dialogar, pero no, negociar. En cambio, “sí tiene mucho interés Sánchez en entablar conversaciones con Albert Rivera, y que se sepa”, se publica. El modelo de la Mesa se repite, incluida la espantada del PP. El lenguaje tambien es el mismo. Ese fin de semana, Pablo Iglesias publica un artículo en El País en el que habla de un “pacto de búnker PP-PSOE-Ciudadanos”.

A finales del mes de enero, hay otro Comité Federal del PSOE en el que los barones vuelven a marcar el terreno a Sánchez. Es interesante que se hable del “temor” de algunos dirigentes a que Sánchez consiga los números, apoyos o abstenciones, para ser presidente. Este buscará saltárselos mediante una propuesta que tiene una contestación complicada: los acuerdos tendrán que ser refrendados por la militancia. Probablemente, los barones confiaban en controlarla. No sucedió.

Cal viva

Comienza la negociación entre el PSOE y Ciudadanos. No hubo otra. No se boicoteó la negociación con Podemos porque no existó como tal. Hubo un largo juego de presiones que podemos resumir así: Sánchez pensaba que Podemos -y los nacionalistas- no le cerrarían el paso en la segunda votación. Podemos estaba convencido de que saldría beneficado de la repetición electoral. Las encuestas le daban una subida y, además, comenzaba a negociar la alianza con IU. El sorpasso, más cerca. De hecho, tras la convocatoria de la sesión de investidura para el tres de marzo, Iglesias vuelve a soltar otra bomba: referéndum en Catalunya y vicepresidencia con el control del CIS, el CNI, el BOE y RTVE. También, un plan social que queda oscurecido por lo anterior y por otras cuestiones, como la propuesta de que los jueces tengan que manifestar su adhesión al gobierno. Ciudadanos, por su parte, intenta que el PP se abstenga. Tampoco lo consigue.

El 24 de febrero, PSOE y Ciudadanos presentan su acuerdo. Los barones muestran su malestar y algunos de ellos tratan de hacer campaña en contra utilizando la reforma de las diputaciones. Cinco días después, los militantes socialistas ratifican el acuerdo. Llegamos a la sesión de investidura, donde se suelta otra bomba: la referencia a los GAL.

La investidura fallida es acogida con un alivio más o menos disimulado por parte de los barones y abre una fuerte crisis en Podemos que se salda con el cese del secretario de organización, Sergio Pascual, el 15 de marzo, exactamente un día después de la llegada al Tibunal de Cuentas de uno de falsos informes policiales. La teoría de la conspiración señala este hecho como importante, olvidando que pasó casi inadvertido por la división interna Iglesias-Errejón. El pacto con IU, del que ya se habla, ahondará en esa fractura. Hay dos titulares que ya anticipan Vistalegre II: Iglesias se hace con el control del aparato territorial de Podemos / Errejón prepara el contraataque por el control de Podemos

Sanchez se ve fuerte. Intenta negociar por separado con las confluencias, sondea a Junqueras e incluso busca la intermediación de Tsipras. También, da la batalla interna por la fecha del Congreso ante los barones. Será el elemento que provocará varios meses después su dimisión en un conflictivo Comité Federal.

Criptoarqueología

Se produce un último intento. El 30 de marzo, Sánchez e Iglesias tiene un breve encuentro, muy fotografiado. A principios de abril, se convoca una reunión a tres, PSOE, Podemos y Ciudadanos. Hay muy pocas esperanzas. El documento que presenta Podemos las dinamita todas. Vuelve a salir el derecho de autodeterminación, algo que Iglesias ya había recuperado días antes, en el Aberri Eguna. En el horizonte, las elecciones vascas y gallegas de septiembre. Abril es un mes muerto. El tres de mayo se disuelven las Cortes.

Releer 2016 como el producto de una mano negra hace que olvidemos todos esos factores humanos (ambición, miedo, envidia, astucia y, sobre todo, estupidez) que volverán a llenar este año. Hubo mierda, pero no taponó las cañerías porque ya había mucha gente interesada en que el agua no circulase. Volver tres años después sobre esos días de 2016 para buscar una conspiración de la que, en ese momento, apenas se hablaba es un ejercicio que se sitúa más cerca de la criptoarqueología, esa deliciosa disciplina que llena horas de televisión con la búsqueda de presencia extraterrestre en cualquier desarrollo urbanístico del pasado. Cuando más lejos, mejor. La proliferación de sistemas de grabación ha relegado a los alienígenas a la historia, ese lugar que podemos reconstruir y reordenar para ofrecernos una explicación que nos diga no estábamos equivocados, que nuestra fe era verdadera y que sólo la presencia del maligno nos alejó de la Ciudad Celeste.

Ecosistema emprendedor

martes, 15 de enero de 2019

El pasado lunes siete de enero, Expansión publicaba un reportaje sobre start-ups españolas. Estaban Cabify, Glovo, OnTruck o Spotahome. Nombres con sonoridad anglosajona para negocios de toda la vida: chófer, mozo de los recados o el realquiler de habitaciones. No es una exageración.

“A dos pasos de aquí, vive un hombre que se ha hecho rico con los chicos. Montó en la calle Alcalá un negocio que se llama Continental Express para llevar cartas y recados urgentes a domicilio. Y todo el negocio descansaba sobre unas docenas de chicos con una guerrera colorada y una gorra que atravesaban Madrid de día y de noche con una carterita al hombro. No les pagaba nada, sólo las propinas, pero los había que sacaban diez y doce pesetas de ellas. […] Después, el negocio vino a menos porque casi todos los estancos lo copiaron y tomaron un chico o dos, al que no le pagan nada si el estanco tiene mucha clientela”

El párrafo pertenece a la primera parte de La forja de un rebelde, de Arturo Barea, y se refiere a los inicios del siglo XX. Es decir, hace unos cien años, ya existía Glovo. En el libro también se habla de los mozos de cuerda, disponibles para cualquier transporte, o de los chavales que llevan el almuerzo o la merienda a los barrios acomodados. También aparecen los meritorios, jóvenes que se emplean sin sueldos o pagando por trabajar con la esperanza de ser contratados en un futuro. Es decir, pese a la cantinela habitual sobre la innovación y los negocios disruptivos, no hay tantas cosas diferentes.

Su ventaja, además del modo de contacto, es la construcción de la empresa. Como son nuevas, estas compañías consiguen aprovechar todas las ventajas del nuevo modelo económico: precaridad laboral, elusión fiscal, etc. Son compañías basadas en una red flexible de servicios, que puede ir desde la subcontratación al uso de falsos autónomos, y donde el capital generado tiende a la acumulación a través de sistemas de elusión. Por ejemplo, todas las filiales estatales declaran pérdidas y los beneficios sólo se declaran en un territorio beneficioso fiscalmente. Esa es su ventaja en los sectores en los que operan respecto a otros actores que, por su trayectoria, tienen más difícil eludir las normativas.

La apariencia de modernidad, comenzando por el nombre construye el relato que subyuga a todo el que no se quiere quedar atrás. En breve, tendremos una campaña electoral y un gran número de políticos se lanzarán de lleno al discurso del emprendedor. Además de la cháchara habitual de autoayuda (esfuerzo, excelencia, innovación), hablarán de atraer el talento y crear un ecosistema propicio para el emprendimiento. Eso suele querer decir facilitar aún más las dos condiciones básicas: precariedad laboral y elusión fiscal.

El avance tecnológico impide ver el retroceso social. La mayoría de las ocasiones, el ecosistema emprendedor acaba siendo subastar jornales por el móvil. Volver al Madrid de Arturo Barea.

Jódete y baila

viernes, 23 de noviembre de 2018

El puente de Dionisio era una procesión en la que los notables de Atenas desfilaban tras el carro del dios resucitado. El público ridiculizaba e insultaba a los poderosos de una forma que hoy consideraríamos impensable: se llamaba calvo al calvo, feo al feo, cojo al cojo, usurero al usurero, cobarde al cobarde y se insistía mucho en la vida sexual: los jovencitos depilados que llenaban la cama de tal o cual ciudadano o las esposas que acostumbraban a yacer con muchos varones o entre ellas, sin varón alguno. El comportamiento concreto era menos importante que el hecho de insultar. Ese momento igualaba y no es extraño que, en ese ecosistema, naciera la democracia; la ridiculización es una rendición de cuentas y, por ejemplo, era habitual que se señalase la mala gestión de algunos gobernantes o su escasa participación en las acciones bélicas.

En las fiestas de Dionsio, también se tocaban instrumentos, se bailaba y se bebía. Y se follaba. Al fin y al cabo, era un rito de fertilidad. Si se parece a una mezcla de Carnaval y Semana Santa es correcto: ambas fiestas nacen de ahí. Los más ingeniosos juntaban todo eso en composiciones y, de ellas, nació la comedia. Sobre el escenario, el texto no perdió fuerza y eran habituales la ridiculización de personales públicos o el insulto. Era algo que, como ahora, no le gustaba a todo el mundo. Cleón, un protopopulista enemigo de Pericles, quiso establecer algo parecido a una ley mordaza. Aristófanes le respondió así en Los acarnienses: “Que maniobre Cleón y que maquine todo contra mí. El bien y lo justo serán mis aliados y jamás me cogerán comportándome con la ciudad igual que él, como un cobarde y un mariconazo”.

Lo interesante no era el contenido concreto, sino el hecho de que este existiera. Es decir, que se pudiera hacer comedia de todo y que fuera posible, dentro de la representación, criticar cualquier comportamiento de cualquier ciudadano. Por ejemplo, Sócrates, a quien se ridiculiza en Las nubes. La animadversión era mutua y Platón no dudaba en echar a los comediantes de su República.

Las fiestas de Dionisio perduraron, pero el puente desapareció y la comedia clásica, también. La democracia ateniense fue sustituida por la monarquía helenística, legitimada por Aristóteles. Su sucesor en el Liceo, Teofrasto, fue maestro de Menandro, el gran autor de la comedia nueva, la que abandonó los temas políticos para centrarse en el costumbrismo. La comedia menandrea es la que juega con la intriga y el equívoco, la que tiene un final feliz lleno de sorpresas, la que ridiculiza al barbero o a la meretriz y adula al gobernante. El Siglo de Oro y el cine francés beben de ahí.

La democracia y la comedia están unidas porque parten de lo mismo: la rendición de cuentas, la ausencia de impunidad o la igualdad de todos los ciudadanos. Símbólica, claro, como cualquier ceremonia. No es extraño que la democracia y la comedia estén siendo cuestionadas simultáneamente. Como en Atenas, la oposición es transversal; Cleón y Sócrates eran enemigos, pero ambos estaban de acuerdo en acabar con la comedia. Obviamente, la acción concreta dependía de la capacidad de cada uno para llevar su posición a la práctica. Los filósofos difundían su pensamiento; los gobernantes escribían leyes. Sucede lo mismo ahora. Unas asociaciones se quejan por las redes y otras denuncian en el juzgado o influyen en el Parlamento.

Como en la Atenas clásica, el remedio para quienes resulta desagradable alguna comedia es joderse. Si un chiste, una canción, una película, un libro o una obra de teatro te resultan ofensivos, haz como los atenienses, jódete y baila. No hay más. El cerebro necesita dieta variada y ejercicio, y la comedia es el entrenamiento intensivo de la mente. Nos dice que nada es sagrado. Por eso, tiene que ser ofensiva. La muerte de la comedia es la indiferencia. El deseo de limitar el contenido puede cumplirse, pero depende de la capacidad de actuación. Esas cosas las suelen hacer los de siempre. Es absurdo intentar competir con las religiones en la elaboración de listas de contenido prohibido. Ha pasado ya muchas veces.

Carlos Sánchez Schrödinger y la materia oscura

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Carlos Sánchez Mato, concejal del ayuntamiento de Madrid, se ha convertido en el sujeto del experimento cuántico de Erwin Schrödinger: existe y no existe simultáneamente. Su labor al frente de la concejalía de Economía y Hacienda será, previsiblemente, uno de los puntos fuertes de la próxima campaña electoral de la actual alcaldesa, de la que él no formará parte. No ha sido uno de los diez elegidos para repetir.

Su trabajo para reducir la deuda municipal partía de la decisión de reducir la deuda. Es algo que parece un silogismo, pero que implica salir del espectro de la gestión y situarse en la política. La deuda, como bien saben en Latinoamérica, está relacionada con uno de los principales debates que tenemos en Europa: la soberanía. Esa palabra, tantas veces malinterpretada, quiere decir “autoridad en la que reside el poder político” y tiene que ver con la capacidad de una sociedad para decidir su modelo social y económico. ¿Quién hace las leyes?, ¿cuál es el sistema de elección?, ¿cuáles son los flujos de capital? Soberanía no quiere decir frontera, sino Constitución.

Sus actuaciones concretas fueron la reducción del ritmo de amortización de deuda, la redistribución del IBI, la anulación de los contratos con agencias de calificación o el aprovechamiento de los recursos públicos. “Y no robar”, como señaló al presentar las cuentas de mitad de la legislatura. Pero, como es lógico, la gestión chocó con la política en una de los puntos fuertes del programa electoral: la auditoría de la deuda. Volvió a haber un nuevo choque con las imposiciones del gobierno del PP, pura política, y Sánchez Mato fue relevado de la concejalía de Economía y Hacienda. Pero su trabajo sigue siendo reivindicado por el actual equipo de gobierno en un uso cuestionable de la primera personal del plural.

Sánchez Mato pasó a situarse dentro de un espectro que podríamos llamar la matería oscura del ayuntamiento, un grupo diverso en el que puede haber alguien a quien le haya quedado grande un barrio, pero donde, sobre todo, se sitúan los que no han aceptado el modelo basado en la gestión. Hace unas semanas, la matería oscura votó en contra de la Operación Chamartín, proyecto que también cuenta con la oposición de vecinos, ecologistas y otras organizaciones molestas. No deja de ser irónico que el gran legado del 15M vaya ser una operación urbanística.

En los próximos meses, el equipo de gobierno del ayuntamiento de Madrid completará su proyecto político siguiendo el nuevo modelo de personalidad fuerte que, en España, entronca con nuestra larga tradición caudillista. Es probable que haya presiones sobre toda la gente que ha quedado fuera para que no presente una candidatura alternativa bajo la idea de que divide el voto, una idea que parte de la idea de que los votantes se parecen a los aficionados a los clubes deportivos o que son seres poco dotados para la actividad intelectual.

Sin embargo, es probable que las opciones de repetir del actual equipo de gobierno pasen por una aglutinación de la matería oscura en una candidatura que logre movilizar un voto que, de otra forma, tiene un serio riesgo de ir a la abstención. Hay un tejido asociativo e ideológico que suele ser difícil de convencer y lo será más después de haber descartado la mayoría de propuestas o promesas, desde las estéticas a las prácticas, desde las primarias a las remunicipalizaciones. La idea de que nos votarán porque no tienen otro remedio se ha demostrado falsa en todos estos años. Será interesante ver a Carlos Sánchez Schrödinger en esa campaña electoral existir y no existir simultáneamente.

Apartamentos Abismo

lunes, 17 de septiembre de 2018

¿Es el jazz fascista? Es la pregunta que nos quedaba. Adorno pensaba que sí. De acuerdo, no tan rápido. Adorno sostenía que el jazz pertenecía a la música de diversión, a la industria cultural que sostenía el capitalismo e impedía la concenciación social de las masas. Además, sus compases sincopados y sus improvisaciones conectaban con la irracionalidad y la arbitrariedad que proponían los regímenes autoritarios, fascistas o nazis. El hecho de que el jazz fuera prohibido y perseguido por los esos regímenes era un detalle concreto que no sustraía el análisis académico. La anécdota, mucho mejor explicada y sin simplificaciones provocadoras, aparece en Gran Hotel Abismo (Turner), de Stuart Jeffries, biografía intelectual de la Escuela de Frankfurt, un libro que explica muchas cosas que aún nos suceden.

El Instituto, cuya misión era analizar por qué había fracasado la revolución alemana de 1919 y, de paso, reflexionar sobre cómo el capitalismo podía ser derrotado, fue fundado por un grupo de pensadores, profesores universitarios en su mayoría, gracias al dinero del padre de Felix Weil, uno de los especuladores financieros más ricos de Alemania. No fue el único. La práctica totalidad de miembros de la Escuela pertenecían a familias de empresarios, eran ovejas negras para los que el marxismo era una distinción cultural dentro de su clase. Ahí está la clave de su objeto de estudio.

Jeffries indica que los patrocinadores del Instituto podía molestarse si se hacía un hincapié excesivo en la cuestión económica y, por eso, los temas culturales acabaron siendo los preferidos. Con la teoría crítica, se podían hacer grandes análisis del funcionamiento interno de la publicidad, el cine, las tradiciones o la música sin cuestionar el reparto de la riqueza, el meollo de la cuestión. Tampoco se mezclaban con las organizaciones, ni sindicales ni políticas. La palabra claves es desconexión. ¡Qué vulgaridad interrumpir con el precio del pan una disertación sobre Malher!

El título del libro se debe a una acusación del húngaro Georg Lukács, que señaló que la Escuela vivía instalada en en el hotel Abismo, un sitio “con toda clase de lujos, entre excelentes comidas y divertimentos artísticos, al borde de un abismo, de la vacuidad, del absurdo”. Lukács sostenía que la Escuela carecía de compromiso y veía el precipicio desde una distancia prudencial. A él, también hijo de banquero, su militancia le valío la cárcel o el exilio.

Existe un hilo entre la Escuela de Frankfurt y la de Birmingham, en la que nacieron los estudios culturales, y la de París, donde el Gran Hotel Abismo se transformó en un resort en el que se podía tomar de todo siempre que se dispusiera de una pulsera freudiana. Lo que disfrutaría Adorno al decidir cuál de las películas de Star Wars es más revolucionaria.

No es casual que se produjera en París el primero de los movimientos primavera, mayo del 68, al que Pasolini definió como guerra civil burguesa: “a través del marxismo, el apostolado de los jóvenes extremistas de extracción burguesa no es más que la rabia inconsciente del burgués pobre contra el burgués rico, del burgués joven contra el burgués viejo, del burgués impotente contra el burgués poderoso”. Pasolini hablaba siempre de extremistas porque eran grupos que renunciaban a las grandes organizaciones y siempre proponían grandes objetivos inalcanzables que les permitían ser siempre universitarios o, en el caso de que tuvieran que ocupar el lugar de sus padres, disfrutar de una saludable melancolía. Si se parece mucho al 15M, no es casualidad. Todos los movimientos primavera acaban igual.

El problema es el vacío que dejan tras la marea emotiva, ese vacío sobre el que ahora opinamos todos en ese Apartamentos Turísticos Abismo (disponibles en Airbnb) que es internet. Nada de lo que digamos es relevante.

En los próximos años, habrá una nueva crisis económica cuyos resultados serán menos extensos, pero más intensos. Es decir, en lugar de la gran explosión de 2007 habrá bombas inteligentes que solo estallarán en las vidas particulares de mucha gente. En especial, sufrirá la generación que hoy tiene 30-40 y que, tras ir al desempleo, le costará volver al mercado laboral porque su puesto será ocupado por una nueva generación mejor preparada y, sobre todo, nativa-precaria. El Estado tampoco podrá reaccionar por el peso de la deuda y la merma creciente de ingresos. Si carece del apoyo de sus padres y no dispone del colchón de una vivienda en propiedad, lo pasará mal. Y no todos viven en el centro de Madrid o Barcelona. ¿Quién gestionará ese cabreo?

Necesitamos oferta política

martes, 11 de septiembre de 2018

Uno de los augurios de la nueva política, además de la inevitabilidad de las primarias, fue la desaparición de los partidos y su sustitución por movimientos eslásticos que recogiesen las demandas populares. Llegaban tarde. Desde hacía tiempo, los principales partidos ya eran eso. La principal diferencia era que la recopilación de esas demandas populares no se realizaba a través de asambleas presenciales o analógicas, sino a través de empresas de demoscopia.

Hace tiempo que los partidos políticos ya no existen. Es decir, los partidos políticos como organizaciones políticas. Existen organizaciones con cuadros de gestión, coagulaciones personales y movimientos oportunistas. A veces, puede convivir todo a la vez, como sucede en Convergència. Nada de eso es un partido y una de las explicaciones del ascenso del populismo de derechas es la ausencia de partidos políticos de izquierda.

Un partido no va de abajo a arriba o, por lo menos, no va solo en esa dirección. Un partido no solo recoge las demandas de la sociedad, sino que ofrece organización e ideología. Es decir, un sistema de pensamiento que sirve para analizar la realidad. No para inventarla ni para deformarla. Una ideología, la que sea, permite analizar fenómenos como la pujanza del modelo economíco asiático (China-California) o los movimientos migratorios y establecer un programa que no esté pendiente de la última encuesta o que busque parecidos en propuestas contrarias. La ideología permite ver las relaciones de poder o los flujos de capital. Así, pueden analizarse debates emocionales, como la gestación subrograda. Si uno no tiene ideología y va dando bandazos o no entra en determinados debates deja espacios vacíos que son los que llena el populismo de derechas.

Usando una metáfora que se comprenderá tanto en Ferraz como en La Morada, un partido es Apple. Hay muchas empresas que venden teléfonos, baratos, caros, sofisticados, simples, grandes, pequeños, pero Apple ofrece más: un mundo propio. No solo un sistema operativo, sino un universo particular que no comparte con el resto. Apple no duda. No hace encuestas sobre si su batería tendría que durar más o sobre la capacidad de sus chips. Ofrece. Necesitamos oferta política. Con urgencia.